Tanto en La Batalla Cultural como en esta revista, el atento lector ya lo sabe, tratamos de evitar la primera persona del singular. Pensados como un proyecto de comunicación y de pensamiento colectivo, consideramos que ese estilo no es adecuado para expresar aquello que se construye como idea colectivamente y es por eso que preferimos el nosotros al yo, salvo rarísimas excepciones. Y aquí hay una de esas excepciones: la necesidad de contar la historia de una amistad. El amigo, como se sabe, es una cosa personal e intransferible. No corresponde decir “nosotros teníamos un amigo” cuando el amigo es amigo de uno. Lo que cabe decir y diré es que yo tenía un amigo.

Conocí a Martín a principios de la década, cuando él no era más que un adolescente inquieto haciendo sus primeras armas en la militancia desde el lugar de un marxismo-leninismo más bien ortodoxo. Martín se hacía llamar entonces Iona Yakir, tomando para sí el nombre de un revolucionario ruso y luego soviético que fue además un destacado militar del Ejército Rojo. Yo, que aun no peinaba las canas que peino ahora, pero ya tenía algunos años más que Martín, y por lo tanto ya había pasado largo los años de la fantasía con los héroes de la Revolución Rusa y de la gloriosa Unión Soviética, no perdía la oportunidad de provocar al amigo y de reírme con su idealización juvenil de lo que para mí ya era más política que mito. Sí, es cierto que a mis 30 años de edad me hacía el veterano para gastarles bromas los que eran entonces lo que yo mismo había sido no mucho tiempo antes y Martín —para mí simplemente Iona Yakir— era uno de esos jóvenes a los que yo les exigía el correspondiente pago de derecho de piso. Y si bien a la mayoría de ellos no les caían muy bien esas bromas mías, Martín no se las tomaba a pecho. Y seguía, tan Iona Yakir como antes.

Estampilla postal conmemorativa de la Unión Soviética con la imagen de Iona Yakir, el viejo referente práctico e ideológico de nuestro Martín Licata.

Los medios dicen que fue periodista. Nada más alejado de la realidad: Martín fue un militante de la causa de los pueblos desde el lugar del socialismo revolucionario y en esa trinchera luchó, expresó ideas, argumentó y contraargumentó una y otra vez en plena era de la quiebra de la argumentación y de la lógica. Nunca perdió la paciencia, nunca bajó los brazos. Tenía una fe inquebrantable y envidiable en que la capacidad de comprensión es inherente al individuo y solo necesita ser ejercitada, estimulada y provocada.

Martín fue uno de los pocos con el suficiente coraje para cuestionar la movida divisionista de los pañuelos, al progresismo berreta y talibán y la degeneración política del posmodernismo en general, en un momento en el que muy pocos éramos los que nos animábamos a pararnos frente a una ola que parecía llevarse por delante al mundo entero. Defendió su postura desde el marxismo, denunció la utilización de esa doctrina para cosas que nada tenían que ver con ella.

Es verdad que no somos nada y que de un momento a otro podemos dejar de existir en la forma que actualmente tenemos, esto es, nos podemos morir en un sentido estricto. Pero de alguna manera uno no muere nunca, porque vive en lo que deja como legado a los que vayan quedando y es inmortal aquel que tiene un amigo. Y yo tuve un amigo que todavía tengo y tendré para siempre.

Gracias, Martín Mil Nombres. Acá seguimos los tuyos.

*Erico Valadares