Cuando se juntan la alegría por lo logrado y la angustia por una coyuntura desfavorable, la sensación es agridulce. Así es como nos sentimos en La Batalla Cultural al llegar al segundo año de vida —el quinto de nuestro proyecto, de una manera global— de nuestra Revista Hegemonía. Llegamos a la edición número 11 sin interrupciones en la periodicidad mensual e ingresamos en el año 2019, que será el año de nuestras vidas. El año de las vidas de los argentinos, de la vida en singular del pueblo-nación argentino.

Y todo eso produce alegría, por lo logrado en este modesto, pero taladrante proyecto, y porque el 2019 va a significar el fin de un ciclo de saqueo brutal, porque dará inicio a un nuevo ciclo de gobierno de los pueblos en el Estado, con todo lo que eso implica en materia de felicidad para los argentinos, de soberanía política, independencia económica, justicia social y nacionalismo cultural.

Por otra parte, está lo amargo de unas fiestas con mucha tristeza entre las clases populares de nuestro país. Hacía mucho tiempo que no estábamos tan mal y quizá la hayamos pasado ahora incluso peor que durante las fiestas del año 2001, que tuvieron lugar a pocos días del estallido social y fueron teñidas por la represión en las calles de un gobierno cuyo signo político es el mismo del actual y quiso “poner orden” por la fuerza sobre un pueblo que no comía. En aquella ocasión, no obstante, justamente porque el estallido se produjo y quedó la certeza de que algo iba a cambiar, las fiestas no se vivieron con tanta tristeza. Lo que había, en realidad, era expectativa. La situación económica de las familias era similar a la actual, pero se veía la luz. Ahora ni eso: estamos ante la perspectiva de otros doce meses de lo mismo y por eso no es arriesgado afirmar que la navidad del año 2018 fue la más triste que haya vivido el pueblo argentino en quizá muchas décadas.

He ahí lo agridulce de la situación, porque si bien logramos seguir de pie aquí y haciendo comunicación de ideas desde lo nacional-popular, contra todos los pronósticos, por otra parte, nos pesa muchísimo el sufrimiento silencioso del pueblo argentino, tanto por sufrimiento como por silencioso. El sometimiento al discurso dominante, la aceptación pasiva y resignada del saqueo que se le está imponiendo, el “actuemos normalmente” ante la catástrofe que se cierne sobre la patria. Todo eso nos inquieta sobremanera y echa sombras sobre lo que debió ser una coyuntura de felicidad por lo logrado en otro ámbito.

De modo que no, no podemos festejar, no hay que nada que festejar y posiblemente tampoco habrá dentro de poco más de un mes y medio, cuando La Batalla Cultural cumpla sus cinco años de existencia, que es además una existencia repleta de logros: miles de publicaciones, cientos de miles de compatriotas suscritos a sus espacios virtuales, tres libros publicados —todos agotados— y uno más en vías de aparecer, una revista mensual que ya llega a su undécima edición, cada vez mejor. Hitos alcanzados y que serían dignos de celebración, pero no: la patria sufre, el pueblo sufre porque es la patria, el año empieza como terminó y todavía nos dura la penitencia. ¿Hasta cuándo, nos preguntamos, hasta cuándo nos durará el castigo de haber cambiado un gobierno nacional-popular por uno de los ricos y de las corporaciones?

De acuerdo a lo planificado, hasta diciembre. Pero hay que llegar a diciembre, lo que vale tanto para nosotros como para el gobierno de los ricos. Hay que llegar a diciembre transitando un año de debacle económica con elecciones en el medio. Hay que llegar a diciembre haciendo —en medio a ruinas— aquello que siempre nos costó muchísimo a los militantes del proyecto de la patria: convenciendo a nuestros compatriotas de que otro país mejor es posible y de que ya lo hemos tenido, de que basta con volver a esa senda para que todo marche de nuevo sobre sus rieles y nos pongamos de pie. Parece lógica la proposición, pero no lo es para muchos de nuestros compatriotas, que están perdidos en la niebla del discurso del poderoso, están con odio ajeno y están confundidos.

El desafío es romper con todo eso y echar luz sobre las tinieblas que envuelven a nuestros amigos, vecinos, familiares, compañeros de estudio y de trabajo. El desafío es ayudar a que superen el estado de confusión para que juntos, ahora sí, podamos construir la patria que soñamos en una perfecta unidad nacional-popular con nuestra cultura y nuestra joven construcción política de poco más de dos siglos. Eso es la militancia, es convencer al otro de lo que el otro no está convencido, es poner el hombro y dar una mano. La militancia es ese tipo de amor, que pone lo personal en segundo plano, olvida las ofensas y tiende el puente del diálogo con aquellos que hasta aquí nos han vilipendiado. Lo personal no es político y la patria allá afuera espera que la rescatemos. La patria somos nosotros mismos, incluso los que no tienen la comprensión del hecho y necesitan nuestra ayuda. La patria necesita que salgamos al rescate.

Allá vamos, como siempre. Hasta la victoria. Siempre.

Erico Valadares
Revista Hegemonía
La Batalla Cultural