Más allá de que esta obra maestra de Stanley Kubrick ya ha sido explicada, comentada y criticada en incontables ocasiones, el contexto actual en el que vivimos en la Argentina administrada por la oligarquía rancia y sádica de ayer y de siempre amerita una nueva concepción de lo que en este relato audiovisual se manifiesta, con el propósito de entender desde otro lugar lo que nos está pasando como sociedad desorganizada.

Empezando por el principio, La Naranja Mecánica (Reino Unido y Estados Unidos, 1971. 136 min.) es una película dirigida por el brillante Kubrick y basada en la novela homónima de 1962 escrita por Anthony Burgess. Las más de dos horas que dura el film están tan cargadas de significados y símbolos que difícilmente quien la mire se dé cuenta del paso del tiempo, ya que resulta altamente hipnótica tanto por lo intensa como por lo cruda, pero también por la cantidad de sensaciones encontradas que genera al ponernos en situación de empatía con el protagonista a quien no quisiéramos sentir tan cercano.

La historia de Alex (Malcolm McDowell) es la de un joven producto de un mundo aparentemente distópico en el que el enajenamiento, la violencia y el crimen son la norma que atraviesa al conjunto y en el que sólo se destacan aquellos que, como Alex, hacen de sus trastornos individuales un ejercicio social. El joven, junto a su banda de amigos, goza de salir por las noches a consumir leche con drogas para estimularse y con ello luego ir en busca de adrenalina mediante el uso desatado de la agresión ante cualquier otro ser humano que encuentren en condiciones de vulnerabilidad. Y acá es donde empezamos a interpretar el relato audiovisual desde nuestra coyuntura actual, ya que si nos ubicamos en la Argentina macrista lo que impera es el descargo entre conciudadanos y compatriotas por causa de la opresión que la oligarquía ejerce sobre el conjunto, llevándonos a querer suprimirnos los unos a los otros apenas unos se sienten en superioridad de condiciones frente a los otros.

La presentación a lo largo del relato de los dos mundos, el de los opresores y el de los oprimidos, siempre se basa en el pueblo y sus condiciones de existencia, colocando en una y otra posición a los mismos ciudadanos que son todos consecuencia de un mismo sistema de opresión y violencia sistematizadas. Alex y sus amigos van mostrándose cada vez más violentos hasta el punto de asesinar y no tener por ello ningún tipo de miramiento ni remordimiento, aspectos que quedan demostrados cuando, al finalizar la noche en la que vemos cuáles son las psicopatías que manifiesta nuestro protagonista, lo observamos despertar en la casa de sus padres y entendemos que se trata de un adolescente que tiene una vida a la sombra de lo que sus progenitores están dispuestos a ver por su propia abstracción del mundo en el que viven. Son los lúmpenes que hoy vemos pulular y reproducirse por causa del antiperonismo reinante que se ha encargado, una y otra vez, de suprimir cada avance en materia de justicia social que desde la llegada de Perón y Eva Perón a nuestra construcción nacional se han cimentado para evitar, justamente, que la sociedad derivase en este caos generalizado en el que vivimos ahora.

A raíz de este desenfreno, Alex termina siendo encarcelado y condenado a prisión, que es la manera en que los Estados antipueblo solucionan los problemas que ellos mismos generan. Una vez allí, Alex se encuentra con la lectura de la Biblia y con el consejo de un sacerdote que le habla sobre aquello que marca el punto de inflexión en el relato, y que es lo que nosotros, los peronistas, entendemos y defendemos por nuestro humanismo y nuestro cristianismo intrínsecos: al ser interpelado por el joven sobre un tratamiento experimental que supone la eliminación de las conductas violentas, el sacerdote le responde que “(…) La cuestión es si el tratamiento realmente hace bueno a alguien. La bondad viene de adentro. Es una elección. Cuando un hombre no tiene elección, deja de ser un hombre”. Y cuando las condiciones de existencia del hombre están limitadas porque los ricos quieren ser más ricos a costa de que los pobres sean más pobres, entonces ya no hay elecciones ni tampoco humanidad. Por eso la Patria peronista promueve que los únicos privilegiados sean los niños, ya que en tanto ellos no tengan niñez por causa de los privilegios de los que gozan los adultos odiadores de la humanidad, entonces no habrá posibilidad de vivir en un país ni en un mundo en el que reine la justicia social.

Llegado al punto del tratamiento, lo que sucede es algo fenomenal: se pretende erradicar la violencia del sujeto mediante la ejecución de más violencia sobre ese mismo sujeto, al que se lo inmoviliza y estimula para dejarlo en situación de vulnerabilidad e indefensión extremas, no dándole opción a huir del espanto que él mismo había sido capaz de propiciarle a otros, generando como reacción un condicionamiento físico martirizante ante cualquier estímulo que tuviese que ver con el comportamiento que él mismo tenía antes del tratamiento que le aplicaran. Es decir, Alex pasa de ser un sociópata desenfrenado a ser un sociópata reprimido, con los mismos deseos de violencia de siempre, pero con un autoflagelo inducido por causa del trauma ejercido sobre su humanidad. De igual manera, el gobierno de la oligarquía en nuestro país se ha dedicado a ejercer violencias extremas sobre el conjunto cada vez que el pueblo se hubo de manifestar en reclamo por los derechos avasallados y las pérdidas generadas. Porque la opresión que el mismo gobierno ejerce sobre los trabajadores al quitarnos cada día un pedazo más de lo que habíamos construido, es causa de la violencia que expresamos como sociedad y que, nuevamente, el gobierno se encarga de reprimir e incrementar, llevándonos al estado actual de incomprensión, odio y rencor por el que nos cuesta tanto vincularnos con aquellos que no entienden que la solución siempre fue y será el peronismo bien entendido y bien ejercido.

Finalizando con la historia que nos acerca La Naranja Mecánica, lo que observamos es que al Alex “recuperado” ya nadie lo quiere ni acepta: es rechazado una y otra vez por cada uno de los que formaban parte de su vida anterior, quedando expuesto a la venganza de todos quienes se lo encuentran en su nueva etapa y le devuelven, por su fragilidad inducida, la violencia que él alguna vez les perpetró. Pero como la naturaleza de Alex no ha cambiado, sino que simplemente ha sido bloqueada en su manifestación, no aprende ninguna lección luego de todo lo sucedido y más bien termina, gracias a un giro inesperado, por volver a ser lo que era, pero ahora con el aval de aquellos que habían pretendido demostrar con él que el Estado tenía la capacidad de ordenar a la sociedad.

De igual manera, cuando vemos, por ejemplo, que un policía que mata a un delincuente por la espalda termina siendo recibido con honores y rescatado como héroe, estamos presenciando esa misma pretensión de capacidad de orden por parte de un Estado que, en lugar de garantizar derechos, los va eliminando uno por uno para retrotraernos a un estado primitivo en el que impere la “ley del más fuerte” y por lo cual la norma sea esa incertidumbre a la que nos dijeron que nos debíamos acostumbrar.

Porque, al fin y al cabo, cuando vemos en un relato tantos elementos que nos recuerdan la miseria que no pudimos aún eliminar de entre nosotros, no podemos ni debemos dejar de interpretar con esas herramientas lo que nos sucede en la actualidad, ya que necesitamos repensarnos como sociedad y entendernos en el contexto en el que vivimos, de modo que seamos capaces de adquirir herramientas por todos los medios posibles para salir definitivamente del infierno que el antiperonismo y el odio hacia las expresiones de todos los pueblos del mundo han creado para nosotros.

Por lo tanto, si no vieron esta obra de arte, véanla, y si ya lo hicieron, vuelvan a verla, porque podemos seguir interpretándola desde nuestra propia idiosincrasia para crecer y explicarle a otros lo que nos pasa. La Naranja Mecánica es una película imprescindible y siempre actual que recomendamos con estrellas, planetas y galaxias, porque no hay que perder la oportunidad de vernos a nosotros mismos para entendernos mejor.

*De la redacción