La Argentina, en un interesante cruce de coincidencias entre gobierno y amplias franjas sociales, está renunciando a la presunción de inocencia. Lo hace, además, asentada en prejuzgamiento mediático, pues la orientación de la condena se fija a través de los espacios comunicacionales tradicionales y las redes sociales.

Se instala con intensidad propia de un alud que si una persona dice que alguien hizo tal cosa, y logra la difusión adecuada, resulta imprescindible y “justo” creerle. Quien señala desconocer personalmente a los protagonistas y por tanto sostiene, con lógica constitucional, que el Poder Judicial realice la investigación pertinente, pasa a ser “cómplice”.

El detalle de lo que está sucediendo en estos momentos es trascendente: Juan Darthés es condenado públicamente antes del juicio, pero no lo son Ricardo Darín (imputado por Valeria Bertucelli y su esposo) ni Víctor Hugo Morales (acusado por Sandra Borghi) entre varios. Lo que es más: los testimonios que defienden a unos y a otros son evaluados de diverso modo.
Las declaraciones a favor de Darthés son despreciadas como cobertura machista, mientras que las registradas a favor de Darín y Víctor Hugo son valuadas como creíbles y respetables. Quienes, como el redactor de estas líneas, desconocen absolutamente todo de las vidas de los involucrados y precisan “no puedo opinar porque no sé qué pasó”, son sospechados de algo. ¿De machismo por no condenar a Darthés o por no hacer lo propio con los otros denunciados? Quién puede saberlo. Lo cierto es que todas las opiniones recibidas al respecto se basan en “no le creo porque se expresó de tal o cual modo” o “pero fijate que la denuncia fue apoyada por muchas personas”.

Es decir, el país está ingresando en una zona cenagosa donde una persona —amparada por la difusión mediática— logra condenar a otra sin haber llegado a la realización de un juicio “con todas las de la ley”. Si se reflexiona un poco, podrá entenderse a qué franjas dominadoras de los grandes medios puede beneficiar, en perspectiva, este proceder.

Para ahondar más en el trabajo psicológico social efectuado por estas empresas comunicacionales: es previsible que a esta altura personas involucradas en la campaña presente infieran que se encuentran leyendo una nota “de apoyo a Darthes”. ¿Por qué haría eso? Es obvio que deseo, como ante cualquier denuncia de delito, un juicio justo para clarificar y, eventualmente, condenar.

El acusado, ahora presunto culpable. El actor Juan Darthés, entre todos los personajes de la farándula y del tilingaje argentino, posiblemente sea el blanco más fácil para una operación de instalación de la presunción de culpabilidad. Debido a su notorio comportamiento frente al sexo femenino, es virtualmente imposible no creer que tiene algunos casos de abuso y de violación en su haber. Y así, mediante una lógica muy sencilla, se instala en el sentido común la peligrosa idea de que, si alguien parece culpable, entonces es culpable, más allá de lo que ocurra en el debido proceso. La operación es un éxito, sin cuidado de lo que les pase a Darthés y a Fardín, meras piezas en un juego que no compenden y los supera enormemente.

Lo que estamos indicando es: 1) No le conviene a la sociedad argentina admitir un retroceso político jurídico de estas dimensiones porque la presunción de inocencia protege a todos, pero fundamentalmente a quienes realizan actividades beneficiosas para las causas populares, y; 2) No se entiende por qué, si se acepta ese precepto, en algunos casos es válido y en otros no.

En la misma línea, podríamos indicar que aquellos que aman las películas de Darín o disfrutan el relato de Víctor Hugo pueden suponer que deseo su condena. Nada más lejos. Lo único que puedo decir, junto a millones de personas es: no los conozco, a ellos ni a sus acusadoras; no sé qué pasó. No voy a alzar la voz para prejuzgarlos. Me parece justo que la Justicia investigue.

El Caso Darthés ofrece otra singularidad. Por motivos indescifrables la anulación de la suposición de inocencia implica, de varios días a esta parte, que los abogados no pueden defenderlo y que los periodistas no pueden entrevistarlo. Si lo hacen, son “cómplices”. Esto brinda un aura fácil de obtener a los que forman parte de la campaña.

Esa aura permite a los que no se animan a confrontar con la más grande empresa comunicacional-telefónica-agropecuaria del país, el Grupo Clarín, ganar fama de justicieros criticando a Mauro Viale. Se podrá objetar la tarea de ese periodista, pero todos saben que no dispone de un poder equivalente al antedicho. Sólo es permitido ofrecer voz a los acusadores de Darthés.

Este planteo no convierte al acusado en inocente ni mucho menos. Sólo indica que resulta profundamente perjudicial para la sociedad argentina admitir la anulación de la presunción de inocencia. Advierte que sumarse a una condena mediática abre las puertas al desarrollo de otras, más orientadas y, en vísperas de elecciones, bastante previsibles.

Lo grave no es que Clarín haya ingresado en este terreno. Más preocupante aún es que Página/12 lo haya hecho. Entre ambos, están devaluando una causa justa. Quizás resulte peor el silencio de quienes visualizan con claridad lo que sucede, pero, para no contrastar con “la oleada”, guardan prudente y cobarde distancia.

El caso de Jésica Ripodas (der.) es el claro ejemplo de la doble vara con la que los medios manejan el asunto de los abusos sexuales: como su denuncia involucra al Grupo Clarín —del que Ripodas fue indebidamente despedida—, su denuncia no tiene visibilidad. Aquí no hay presunción de culpabilidad ni nada en absoluto, solo silencio, olvido y encubrimiento de aquello que no es conveniente al poder.

Vale una información muy reciente y poco difundida, para entender la crítica a la vara diferenciada: La periodista Jésica Ripodas, quien se desempeñaba como conductora y movilera del noticiero Somos Noticias, del canal Somos Bahía (Grupo Clarín), fue despedida luego de denunciar acoso laboral y maltrato.

¿Alguien se enteró de esto? Sucedió la semana pasada. Es aún más grave que cualquiera de los temas indicados previamente, porque incluye prejuzgamiento a la probable víctima. Pero bueno, el grupo empresarial involucrado resolvió barrer bajo la alfombra. En tanto, a su través, nos enteramos del empleo brasileño de Darthés y de los avances de las mujeres en esta… ¿su causa?

Finalmente, la preocupación. El gobierno danza de alegría con estos asuntos, que han gestado quiebres verticales en las organizaciones populares y una fuerte cacería sobre quienes sólo dicen que las investigaciones se lleven a cabo, pero no alzan el dedo acusador.

A los organizadores del Encuentro de Mujeres parece no importarles, porque más allá del feminismo, parten de la idea izquierdista “macrismo y peronismo son parte de un mismo sistema”. Entonces, un masivo cónclave que congrega militantes de base de todo el país termina conducido por sectores que no lamentan esas fracturas al interior del campo nacional y popular.

Para quien redacta estas líneas hubiera sido más fácil no hacerlo. Pensé mucho antes de publicarlas. Sin embargo, lo que está en juego hacia octubre del año venidero es demasiado importante. Cuatro años más de gobierno oligárquico resultarían letales para la matriz productiva argentina. Cuatro años más resultarían, también, nocivos para todos los derechos cívicos.

Así que cuando observo intentos de quiebre, los señalo. Si encuentran en este texto, leído una y otra vez, alguna objeción a las demandas de igualdad y justicia por parte de las compañeras, avisen. Si poseen honradez intelectual, piensen. No es preciso estar de acuerdo para pensar.

*Gabriel Fernández
Director La Señal Medios
Sindical Federal
Área Periodística Radio Gráfica