La siguiente, podría decirse, es una historia de amor. De amor, sin lugar a dudas, aunque no del amor de tipo romantizado, individualista y sexualizado que predomina en el sentido común liberal. Esta es la historia de un amor altruista, de un amor que no personaliza aun en las peores circunstancias personales y siempre prioriza al grupo sobre el individuo. La siguiente es la historia de cómo Amado Boudou está expresando hoy —contra todo pronóstico— la doctrina peronista, que en Argentina es la doctrina de lo nacional-popular.

En las últimas horas de una tarde calurosa del pasado mes de diciembre, Amado Boudou abandonaba el penal de Ezeiza y recuperaba su libertad, aunque de manera precaria. Ese día, el poder judicial argentino resolvió subsanar momentáneamente una injusticia al liberar a uno de los tantos presos políticos del régimen neocolonial que dos días antes había cumplido tres años de existencia. Boudou salía así de la cárcel luego de varios meses de encierro, en los que fue miserablemente expuesto a toda suerte de maltrato y presiones psicológicas que tenían por objetivo quebrarlo, destruir su voluntad y someterlo finalmente al poder. Al poder real, desde luego, el mismo que Boudou se atrevió a enfrentar y cuyos intereses están por detrás de toda la trama que veremos a continuación.

Amado Boudou, junto a Cristina Fernández de Kirchner, en un momento de alegría durante el tercer periodo de gobierno nacional-popular. A partir de allí empezaría la vendetta del poderoso que llevaría a Boudou a transitar un verdadero infierno.

Porque es necesario decirlo: en la pantomima judicial y mediática que armaron para la persecución a Amado Boudou hay un poco de cálculo político, otro tanto de una estrategia que apunta a la anulación moral y política de los soldados del bando enemigo y, eso sí, mucha sed de venganza y de escarmiento por parte de quienes consideran que fueron damnificados por Boudou en el pasado. La lista no es muy larga, pero cualitativamente nutrida: constan de ella los hombres más poderosos y peligrosos del país, los que de una manera o de otra vieron sus negociados perjudicados por la acción política de Amado Boudou, sobre todo mientras este ocupó la titularidad de ANSES y luego del Ministerio de Economía de la Nación. El atento lector puede tener la certeza de que ninguna de las causas judiciales que se le siguen a Boudou tiene por objeto castigar los supuestos delitos que en ellas se declaran, Boudou nunca estuvo preso por nada que tenga que ver con Ciccone, con la deuda pública de ninguna provincia, con los papeles de un coche usado o con lo que fuere. Amado Boudou es objeto de una persecución política por haber desatado la ira de gente que no perdona ni olvida y es, además, lo suficientemente poderosa como para destruir a prácticamente cualquiera.

Desde el punto de vista de la opinión pública nacional, Amado Boudou era todavía un desconocido funcionario cuando a mediados del año 2008 —en el marco de la retomada de la iniciativa por parte del gobierno popular de Cristina Fernández, tras la intentona golpista del lock-out patronal— presentó la idea de estatizar los fondos jubilatorios que habían sido privatizados en la reforma previsional de la década de los 1990. La movida era audaz: volver a poner bajo el control del Estado argentino varios miles de millones de dólares que estaban en manos de las llamadas Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones (AFJP) y poder finalmente, habiendo recuperado esos fondos, poner en marcha un plan integral de justicia social en todo lo que se refiere a programas sociales, moratorias y reconocimiento del trabajo de décadas a trabajadores que jamás aportaron al sistema simplemente por haber trabajado informalmente a lo largo de sus vidas. Sin ir mucho más lejos, uno de los mayores logros del primer gobierno de Cristina Fernández, la Asignación Universal por Hijo (AUH), es una consecuencia directa de la estatización de los multimillonarios fondos que antes estaban en manos de las AFJP privadas. La AUH fue implementada por Cristina exactamente un año después de esa estatización y fue financiada a su vez por el Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS), el que solo existe porque el dinero ya no está en poder de las AFJP, sino de ANSES y del Estado argentino de un modo general.

En el año 2008, Boudou era precisamente el titular de ANSES cuando le presentó al entonces jefe de gabinete Sergio Massa la idea de estatizar los fondos jubilatorios y terminar de una vez por todas con el monstruoso negociado de las AFJP. Massa había estado al frente de ANSES y al ser convocado por Cristina para la Jefatura de Gabinete, indicó a Boudou para sucederlo en el cargo. Por lo tanto, era más que natural el hecho de que Boudou le expusiera su idea a Massa, aunque desde luego no encontraría allí la receptividad deseada.

En su libro La presidenta: historia de una vida, la periodista Sandra Russo reproduce el testimonio de Cristina Fernández para contar cómo, un día feriado y vestido informalmente, Boudou fue a encontrarse con Sergio Massa para presentar el proyecto de estatización de los fondos de las AFJP. “Otra medida definitoria fue recuperar los recursos de los trabajadores. Eso parecía imposible, y creo que si lo hicimos fue por el envión del 2008, cuando el mundo se vino abajo. Por eso yo lo valoro tanto a Amado Boudou. Porque fue él el que vino a traerme esa idea. Era un feriado. Me llama Massa, que era el jefe de Gabinete. Massa tiene una cosa… Cuando algo lo supera, cuando se pone nervioso, se ríe sin parar, pero casi histéricamente, pobre, no puede parar de reírse. Ese día me llamó muerto de risa, me decía que estaba con Amado, que Amado se había vuelto loco y que querían comentarme una idea. Bueno, le dije, vengan. Fuimos a la Jefatura de Gabinete. Sí, era feriado. Porque llegaron de sport. Llegan los dos. Amado me dice, mientras Massa se sigue riendo: ‘Presidenta, el mundo no va a volver a ser lo que fue. Tenemos que ir por las AFJP’. Le pregunté cómo sería. Y empezó a desplegar hojas y hojas, a explicarme. Massa, muerto de risa. Le dije a Amado: ‘Me gusta, pero llamemos a Kirchner a ver qué opina’. Y ahí mismo lo llamamos y le pedimos que fuera a la Jefatura. Estábamos sentados en mi escritorio. Néstor vino y se paró detrás, en el medio, y Amado volvió a desplegar las hojas y a explicar el proyecto. En ese momento el Estado estaba pagando el 60 por ciento para que las AFJP cumplieran con el pago de las jubilaciones mínimas. Nunca me voy a olvidar ese momento. Néstor escuchó todo en silencio, y cuando Amado terminó de hablar, no dijo nada. Primero le extendió la mano, y mientras se la estrechaba le dijo: ‘Estoy totalmente de acuerdo’. Para nosotros fue una noche muy importante. Néstor ya lo había pensado, incluso creo que llegó a analizar la recuperación de los fondos previsionales con Lavagna. Pero no se animó. En dos años hemos duplicado los fondos que ellos juntaron en doce. Era un negocio impresionante. Muchas de las cosas que hicimos ya las habían pensado otros, pero no se animaron. Pasó con la Asignación Universal, con la regulación de las prepagas, con Aerolíneas, con el Matrimonio Igualitario, con tantas cosas. Con cada una nos fueron diciendo oportunistas. Pero son nuestras ideas de siempre (…) Uno no llega hasta acá para dejar las convicciones en la puerta”.

Templanza. Pese a que había salido minutos antes de la cárcel, Boudou atendió a los periodistas con paciencia y la cabeza bien fría frente al penal de Ezeiza.

Ese día, al concebir la destrucción del curro de las AFJP y la recuperación de los fondos jubilatorios, Boudou se ganó el odio de los que no perdonan. Por eso Massa se reía, porque tenía conciencia de lo que iba a implicar el ponerse enfrente a los dueños del país. Pero a Boudou nada de eso le importó, Boudou solo pensaba en el interés de todos los argentinos y allí empieza a delinearse ante los ojos de quienes observamos esa entereza moral que lo caracteriza.

La estatización de los fondos jubilatorios resultó en un éxito rutilante del gobierno nacional-popular de Cristina Fernández de Kirchner y abrió la posibilidad de la implementación de políticas sociales de altísimo impacto sobre la realidad objetiva del pueblo argentino, como la ya mentada AUH, las asignaciones familiares y luego las asignaciones por embarazo, las jubilaciones de amas de casa y de los trabajadores que jamás habían podido aportar por haber sido sometidos a una vida de informalidad laboral. Nada de eso hubiese sido posible si ANSES no tuviera el FGS para financiarlo y todo el avance en materia de justicia social que caracterizó ese periodo de gobierno nacional-popular no habría pasado de una entelequia. Las buenas intenciones pueden estar —como estuvieron, por ejemplo, durante el gobierno de Raúl Alfonsín—, pero si no existen los recursos para llevarlas a cabo sobre la realidad social, entonces no son más que buenas intenciones y de ellas, ya lo sabemos, está repleto el camino al infierno.

Enemigos poderosos

La justicia social durante el gobierno nacional-popular fue más que la exposición de buenas intenciones. Pero alguien tuvo que pagar el precio de esa concreción y la estatización de los fondos que antes significaban un multimillonario curro para unos pocos privilegiados fue el pecado por el que Amado Boudou tuvo que recorrer el camino del infierno.

“¡Boudou, Boudou! ¡Una foto, por favor! ¡Jubilaste a mi abuela!”, gritaba una chica entre la multitud que rodeaba a Amado Boudou para abrazarlo, besarlo y sacarse fotos junto a él en la última peña del Instituto Patria, que se realizó el pasado diciembre en el Club Ferrocarril Oeste. Recién salido de la cárcel y junto a otros que allí también estuvieron, como el candidato a vicepresidente de la Nación en la lista de Daniel Scioli, Carlos Zanini, Boudou fue la sorpresa de aquella velada. Habló, por supuesto, y también tocó la guitarra. Fue allí un auténtico rock star. “¡Vos sos nuestro Mick Jagger!”, le gritaba este cronista a Boudou, mientras la multitud lo estrujaba a besos.

Pero había llovido muchísimo antes de aquel momento de gloria entre los que nos expresamos con el amor y estamos lejos del odio. Luego de proponer y ejecutar la estatización de los fondos de las AFJP privadas y de ser elegido —justamente por ese logro— vicepresidente de la Nación en el segundo mandato de Cristina Fernández, Boudou empezó a transitar la vendetta: cayó sobre él una feroz persecución judicial y mediática en la que se le acusó de todo lo que se pueda imaginar y se lo condenó desde los canales de televisión, los estudios de radio y los grandes titulares en letra de molde, como suele decir Cristina, de los principales diarios del país. Son célebres ya las muchas veces que el Diario Clarín anunció a los gritos en su portada que Boudou estaba “complicado” por algo. No hubo en el país un solo hecho que no “complicara” un poco más a Boudou en las páginas de Clarín. “¿Llueve? Boudou complicado”, parecerían decir los operadores mediáticos en su versión criolla del famoso refrán de la cultura popular italiana. El Grupo Clarín, que se quedó sin curro con la plata de los jubilados y con la sangre en el ojo, como dice la sabiduría popular, instrumentaba así su venganza contra Boudou, instalando desde el poder del discurso dominante su culpabilidad de prácticamente todos los males del universo en la opinión pública.

Una vez terminado el gobierno nacional-popular a fines del año 2015, esa persecución mediática dejaba el camino despejado para la persecución de un Poder Judicial absolutamente adicto al gobierno de Mauricio Macri. Fue entonces muy fácil para los jueces decretar la prisión de un Boudou que ya era culpable para la opinión pública manipulada. Para el argentino promedio, intoxicado por la mentira mediática, Boudou es “chorro” y tiene, por lo tanto, que estar preso, aunque nadie sepa muy bien cuál es el objeto del supuesto robo. Los procesos judiciales están claramente amañados, son parte de la estrategia de lawfare o guerra judicial, cuyo objetivo no es demostrar la culpabilidad de los acusados —eso es imposible, como vemos en el caso de Lula da Silva en Brasil, contra quien jamás pudo producirse ni una sola prueba y sigue preso por “íntima convicción” de un juez de primera instancia—, sino más bien lograr esa condena social que no entiende de debidos procesos y se mueve por la “presunción de culpabilidad” para sacar del juego a aquellos dirigentes que molestan al poder fáctico de tipo económico de las corporaciones.

Junto al pueblo. De no mediar una intensa campaña mediática en su contra, los jubilados argentinos tendrían la posibilidad de comprender que, desde el punto de vista de sus intereses, Amado Boudou es un auténtico prócer.

Y ese poder tiene el control, entre muchas otras cosas, de los medios de difusión. El camino al infierno que Boudou debió transitar al vencer su mandato de vicepresidente de la Nación en el año 2015 fue allanado por esos medios, como veíamos, y fue a terminar en la cárcel, donde el poderoso hizo aquello que siempre hace con los que caen bajo sus garras. Amado Boudou fue sometido al maltrato psicológico y físico que se le aplicó con el objetivo de quebrar su voluntad. Eso es lo que se llama tortura, es el modus operandi clásico del poderoso en todos los países y principalmente en el nuestro. Es el modo que ellos tienen de torcerle el brazo al otro y de conseguir que el otro diga y haga como ellos quieren.

Algún día podremos conocer los detalles del infierno por el que pasó Boudou en las cárceles del horror. Mientras tanto nos alcanza con comprender que ese infierno y ese horror tienen su explicación —en parte— en la sed de venganza del poderoso. Al animarse a enfrentar los intereses del poder desde ANSES y luego desde la vicepresidencia de la Nación, desde un lugar de absoluta lealtad política a Cristina Fernández, Boudou garantizó para sí mismo el odio eterno de gente que no olvida ni perdona una ofensa y que hace pagar carísimo cada atrevimiento en su contra. Pero hay otro aspecto de la cuestión y no podemos soslayar que en el método utilizado actualmente por el Poder Judicial argentino para obtener “arrepentidos” que “canten” a otros para producir confesiones y seguir encarcelando a los dirigentes políticos del campo nacional-popular la tortura es un elemento fundamental. Cualquiera de nosotros, individuos promedio, del montón, sería incapaz de resistir una pequeña parte de lo que Boudou resistió sin empezar a decir hasta cosas de las que no tenemos idea. Piénsese el atento en la misma situación, arrastrado en pijamas de la intimidad del hogar, arrojado a un calabozo luego de ser escrachado en todos los medios y separado —ahora sí, el peor de todos los suplicios— de dos hijos recién nacidos, incomunicado de ellos. Cualquiera de nosotros hubiera confesado incluso lo que no pasó con tal de salir de allí.

Lejos quedaron las especulaciones del sector más ortodoxo del peronismo respecto al origen militante de Boudou. En una década y media al servicio de la patria, pocos han demostrado un nivel más alto de lealtad al movimiento y a los pueblos.

Pero Amado Boudou no es cualquiera de nosotros, es uno de los mejores entre nosotros. Es distinto. Boudou no solo no produjo ninguna confesión amañada contra Cristina Fernández u otro dirigente del gobierno nacional-popular mientras estuvo privado de su libertad y separado de sus hijos y su mujer, sino que aguantó estoicamente el injusto castigo al que se le sometió y salió de prisión dándole al pueblo-nación argentino el más acabado testimonio de entereza moral: frente a los micrófonos y las cámaras de televisión que lo esperaban a la salida del penal de Ezeiza, Boudou eligió no hacer un escándalo acerca de la seguidilla de injusticias, atropellos y maltratos en su contra, no hizo aquello que cualquiera de nosotros hubiera hecho y con mucha razón. En lugar de hacer eso, Boudou salió de la cárcel hablando de hacer patria.

“En lo personal, alegría”, manifestaba Boudou sobre el hecho de su liberación, a minutos de ser efectivamente liberado. “Pero no podemos estar felices porque hay muchos compañeros y compañeras que están detenidos sin causa. Ustedes saben que en Argentina hay presos políticos, hay un abuso —que incluso fue referenciado por importantes personas del Poder Judicial— de la prisión preventiva”. Al ser preguntado otra vez por su situación procesal, aseveró: “Voy a seguir defendiendo mi inocencia. Un fallo que tiene 400 páginas… está claro que han tratado de escribir lo inescribible, lleno de adjetivos, lleno de garabatos”.

Pero era solo el comienzo de una jornada de auténtica abnegación, en el más estricto sentido de la palabra. En vez de irse a su casa a refugiarse en la intimidad luego de una estancia amarga en la cárcel, Boudou cambió de ropa y se dirigió a los estudios del canal de televisión C5N. Allí, pese a la insistencia de un Gustavo Sylvestre que parecía más interesado en hacer chimento que periodismo y que no escatimó preguntas e interrupciones por demás inoportunas, Boudou hizo el esfuerzo supremo de utilizar sus primeras horas en libertad para analizar la situación del país y de hacer una crítica a la política económica del actual gobierno antipopular, con la claridad y la objetividad del profesional que es. No aprovechó el tiempo para descansar y mucho menos para dramatizar su situación personal frente a las cámaras, sino para hablar de lo que nos interesa a todos los argentinos como colectivo. He ahí todo: Boudou salió sin ganas de personalizar la discusión, salió de la cárcel dando la clara definición de que lo personal no es político y de que, por lo tanto, en la política debemos debatir lo que es colectivo, lo que es de interés del grupo y no lo que le interesa al individuo en cada momento. Y lo hizo, como vamos viendo, en uno de esos momentos en los que cualquiera de nosotros hubiéramos puesto el grito en el cielo para denunciar un atropello en nuestra contra. El diferente no pensó en sí mismo, sino en el otro de un modo colectivo, como cuando asumió las consecuencias de hacerse poderosos enemigos para devolverle al pueblo-nación argentino unos recursos que estaban en manos de saqueadores.

Pero antes de ir a C5N a decir las verdades de lo nacional-popular, aun frente al penal de Ezeiza, Boudou se puso los auriculares para ser brevemente entrevistado por un Víctor Hugo Morales (otro que tiene enemigos muy poderosos y viene pagando el precio de su atrevimiento) que hablaba desde el estudio. Y luego de dar algunas precisiones sobre el sesgo político de la causa que se le sigue, Boudou dio nuevamente esas definiciones que son propias de la entereza moral y la lealtad al pueblo: “Hay que seguir peleando por una Argentina distinta porque lo más grave no es la situación individual de cada uno de nosotros, sino lo que están viviendo los jubilados, los trabajadores, los asalariados. Yo estoy rodeado acá de trabajadores que seguramente la inflación va muy por arriba de sus aumentos de sueldo y no les alcanza. Incluso aquellos que tienen trabajo van a tener una navidad muy triste. Imagínese Ud., Víctor Hugo, aquellos que han perdido su trabajo. Así que, poco importa acá lo individual, mi situación, lo que importa es lo colectivo, lo que está sucediendo en la República Argentina”.

Luego de eso, Boudou estuvo todavía un largo rato parado bajo el sol, conectado a los auriculares y respondiendo preguntas de Víctor Hugo Morales respecto a la situación de los jubilados y al estado calamitoso de nuestro país en general. Largos minutos, al cabo de los que Boudou finalmente pudo irse a su casa a cambiarse y volver a la lucha. Pero no sin antes regalarnos la maravilla de la expresión de ternura, esa dosis de emoción que en política es la llave para abrir las puertas del entendimiento. Sobre el final de aquella breve entrevista en vivo, la sensibilidad de Víctor Hugo Morales puso en la pantalla de los argentinos un momento de intensa emoción que hubiera pasado desapercibido, pero que quedó grabado para toda la eternidad. “¿Cómo piensa la navidad? ¿Cómo la piensa en este momento?”, indagó el relator del gol del siglo, experto en ponerle relato a lo grandioso. Y Amado Boudou, que no se quebró ante la injusticia, el maltrato y la tortura, que resistió al atropello sin darles a sus verdugos lo que los verdugos querían, finalmente tuvo, en ese momento, ante la imagen de lo que uno ama y había sido suscitada en la pregunta de Víctor Hugo, cinco segundos de debilidad. “Con mis dos niños”, respondió, con la voz embargada y esa lágrima que insistía en escaparse para desahogar el alma después de todo. “Y con mi mujer, por supuesto”.

En sus Pasajes de la guerra revolucionaria, nuestro Ernesto “Che” Guevara desarrollaba una prosaica, pero indestructible teoría: la teoría del coco, que sirve para demostrar que los militantes debemos ser duros por fuera y blandos por dentro. Y de allí surge la frase inmortal, esa que inspira y seguirá inspirando a millones de luchadores por la justicia en todo el mundo y nos enseña que “hay que endurecerse, pero sin perder la ternura jamás”. Guevara también fue un distinto, uno que frente a quien lo iba a fusilar en Bolivia tuvo el valor de no alterarse y decirle: “Póngase sereno y apunte bien: usted va a matar a un hombre”. Entereza moral, lealtad, dignidad, dureza exterior y ternura para regalar. El que tiene esas cualidades no tiene razón para tener miedo ni aun frente a la muerte, a la prisión, a la tortura ni a la maldad infinita del que existe para odiar. El que tiene todas esas cualidades es un ser diferente y así es Amado Boudou, que le hace justicia a su nombre y es amado por los argentinos que conocemos la verdad.

*Erico Valadares