Entre los inmensos e inconmensurables aprendizajes obtenidos a lo largo del 2018, uno de los fundamentales y vitales tiene que ver con la comprensión de lo que durante tantos años repetimos como consignas pero que, en la práctica, terminó siendo exactamente lo opuesto y causa, entre otras, de las derrotas que sufrimos en 2015, primero, y en 2017, después. Y en este sentido, si algo podemos rescatar de lo nefasto de este ciclo de saqueo corporativo que ya está llegando a su fin es el hecho de, justamente, haber tenido que hacer un repaso minucioso y responsable de los factores que nos llevaron a este punto de nuestra historia.

Porque, ¿qué hicimos como militantes los últimos años de gobierno nacional-popular y luego profundizamos con la derrota que sufrimos en manos de los CEO? Señalamos al otro. Permanentemente nos dedicamos, con furiosa y convencida contundencia, a indicar que teníamos la razón en todo por haber apoyado a un gobierno del pueblo, que supo devolvernos la dignidad y los sueños, ante quienes estaban equivocados ya que no lo habían hecho y por ese motivo se habían ganado nuestro menosprecio, nuestra burla permanente e incluso nuestro odio. Hicimos de nuestras banderas una pelea, un arma de confrontación, una excusa para sentirnos mejores que aquellos que estaban, para nosotros, “en la vereda de enfrente”.

Sin embargo, ahora que el tiempo pasó, que luego de eso perdimos las elecciones y que durante los dos primeros años de la administración de la oligarquía en el Estado nos estuvimos lamentando y pensando “¿cómo pudimos perder después de haber ganado tanto?”, tenemos ante nosotros la posibilidad del recuento y la reorganización crítica para poder avanzar y aprender de los errores. Por empezar, debemos entender que nunca hubo veredas reales, sino que fueron propuestas del poder apátrida para empezar a dividirnos como conjunto, para desintegrarnos como pueblo-nación. Históricamente, en la Argentina, las únicas categorías que existieron fueron las del pueblo y el antipueblo, que desde Perón hasta el día de hoy se transformaron en peronismo y antiperonismo, sin que exista ninguna otra manera de explicar el porqué de nuestro permanente retorno a las ruinas después de los ciclos de construcción.

Pensémoslo de esta manera: desde 1945 a esta parte no hubo un sólo signo político que no fuera el peronismo que haya cimentado ni edificado ninguno de los derechos, instituciones y estructuras de los que hoy seguimos gozando los argentinos. Todos los que vinieron con un plan de gobierno en disonancia con los intereses del pueblo fueron antiperonistas, incluso el menemismo que, a pesar de llevar el signo político del pueblo, respondía a intereses internacionales, en el contexto de la caída del muro de Berlín y el Consenso de Washington como factores determinantes de las decisiones gubernamentales de toda la región. Y aun así, a pesar del descalabro verdaderamente neoliberal que se ejecutó en nuestro país durante los años ‘90, hubo períodos en los que los trabajadores pudieron acceder a mejores condiciones materiales de vida, cosa que no ocurrió jamás con ningún gobierno antiperonista. Y estos son hechos, no opiniones.

Entonces, ¿por qué existe cosa tal como el antiperonismo, siendo que es la única fuerza que desde su origen ha sido constructora de la Patria en la que todos vivimos? Porque existen y existieron siempre intereses en el mundo que están basados y sustentados en el odio. Quien quiere tener más que el otro, quien quiere vivir a costa del trabajo ajeno, quien quiere enriquecerse por encima de sus necesidades y en detrimento de las condiciones de vida de los demás está guiado por el odio, que no es más que autoodio porque lo dirige a un ser humano que es él mismo en otro cuerpo. Y aquellos que odian que el vecino pobre se compre un televisor, o que se vaya de vacaciones donde no podía ir antes, o que tenga una computadora otorgada por el Estado, o que al nacer tenga todo lo que necesita para estar protegido, entre las tantas otras cosas que los pobres, los invisibles de la oligarquía tuvieron siempre gracias a las políticas de justicia social que el peronismo aplicó, odian justamente con más fervor a la fuente de aquello que ven realizado en los que necesitan sometidos. En tanto los pueblos no tienen esperanzas de vivir mejor, los oligarcas pueden seguir enriqueciéndose a costa de todo ese capital humano les brinda, porque los ricos siempre vivieron del trabajo ajeno.

En este sentido, es lógico que exista un antiperonismo, porque es la reacción que siempre aparece ante el amor. Ahora, bien, esto es histórico y, como decíamos antes, cíclico, pero, ¿por qué después de haber vivido 12 años de construcción patriótica caímos tan profundo en el abismo del saqueo neocolonial? Porque en algún punto del camino perdimos de vista el horizonte. En algún momento, de tanto ganar, nos olvidamos de aquello que nos movía, que nos atravesaba a todos por igual: nos olvidamos del amor. Y no de los eslóganes o de las frases bonitas, tampoco de las cuestiones románticas ni de ninguna cursilería, no es ese el amor. De lo que nos olvidamos es del amor al prójimo, que es el próximo, que somos nosotros mismos porque el pueblo-nación argentino es uno solo, con todos adentro guiados por elementos que nos hacen sentir y formar parte del mismo cuerpo.

Porque, claro, sentimos que nosotros entendíamos mejor lo que significaba la Patria y su defensa, que éramos los guardianes de la soberanía y los precursores del crecimiento y el desarrollo económico, y que entendíamos lo político porque abrazábamos la ampliación de los derechos. Y efectivamente todo esto sucedía, pero no supimos explicárselo a quienes no lo sabían ni lo entendían, porque creíamos que era suficiente con que nosotros lo hiciéramos y que no importaba el otro en verdad, porque los medios, la ignorancia y la distracción fueron sus maestros y ahí es donde nos enajenamos mientras ayudábamos a la enajenación de ese otro. Lo empujamos lejos, le dijimos que no entendía nada, que era un pelotudo, que era un desagradecido, que era el enemigo. Y no es que todo esto no fuera cierto, pero ahora que pasó el tiempo y que ya no podemos hablar con el vecino con el que tomábamos mate “por lo político”, cuando en realidad lo que compartíamos era el anhelo de una vida más feliz más allá de nuestras diferencias personales, es tiempo de que entendamos que la culpa de lo que hoy nos pasa no es del otro, sino que es resultado de lo que todos, como comunidad, hicimos y dejamos de hacer por el bien común.

¿Qué me importa a mí si mi vecino es de tal o cual equipo de fútbol, si come tal comida y tal no, si profesa una religión o no lo hace o si le gusta más la montaña que el mar? Ninguna de esas cuestiones tiene que ver con el proyecto de país que queremos, nunca tuvo nada que ver. Sin embargo, en el afán de gritar verdades (por más verdaderas que las verdades fueran), perdimos el tacto y la paciencia, condiciones que provienen exclusivamente del amor que tengamos dentro de nosotros mismos y por aquello que defendemos. ¿De qué nos sirvió tener razón con la “Campaña del Miedo”? De nada, porque mientras nosotros nos enojábamos por ver que Macri representaba la destrucción del país, su equipo de comunicación se encargaba de burlarse de nosotros para provocarnos, para que perdamos la paciencia, para que salgamos a querer sacudir personas por la impotencia que nos daba el ver que no nos estaban queriendo escuchar. Y así perdimos, con mucha razón, sí, pero de nada sirve tener razón si no sabemos explicarle al otro para que entienda.

Y desde ahí hasta ahora, con la frustración a cuestas y la razón en la mano, nos pasamos la mayor parte del tiempo señalando con el dedo al globoludo, al amarillo, al macrista, al aparente perpetrador de la destrucción del conjunto. Lo alejamos más, le dimos motivos para creer que estaba bien defender aquello en oposición a lo que nosotros representábamos para él. Y ahí volvimos a perder.

Por eso hoy, que esa etapa ha pasado, que vemos que el vecino que votó esto la está pasando tan mal como nosotros, que llora porque no puede pagar los servicios, que se desespera porque se queda sin laburo, que se enferma porque no aguanta la presión de vivir en una Argentina que está siendo desguazada, tenemos que volver a enamorarlo. Tenemos que poder darle un abrazo sincero, volver a compartir un mate, volver a decirnos buenos días y buenas tardes y sonreírnos, mirándonos a los ojos, porque necesitamos reencontrarnos para hacerle frente a la desidia y al espanto. No hay dos bandos en el pueblo, nunca los hubo: acá sólo somos trabajadores y no todos tienen la comprensión de lo que nos sucede, de modo que hoy nuestra tarea como militantes no es la de seguir gritando verdades, sino la de profundizar en los puntos de encuentro con el otro para lograr que nos quiera volver a escuchar. Es retomar la construcción de la Patria con el otro, no por el otro, en donde cada uno pueda hacer desde su lugar y complementarnos en la tarea, porque como reza una de las verdades peronistas, “(…) ningún peronista debe sentirse más de lo que es ni menos de lo que debe ser. Cuando un peronista comienza a sentirse más de lo que es, empieza a convertirse en oligarca”. Y esto es algo que no se nos debe volver a perder jamás de vista, porque no podemos permitirnos un ciclo más de saqueo y destrucción, ya que de darse nos quedaríamos sin país que defender ni en el que habitar.

Es por todo eso que Eva Perón decía: “El fanatismo es la única fuerza que Dios le dejó al corazón para ganar sus batallas. Es la gran fuerza de los pueblos: la única que no poseen sus enemigos, porque ellos han suprimido del mundo todo lo que suene a corazón. Por eso los venceremos. Porque, aunque tengan dinero, privilegios, jerarquías, poder y riquezas no podrán ser nunca fanáticos. Porque no tienen corazón. Nosotros sí. Ellos no pueden ser idealistas, porque las ideas tienen su raíz en la inteligencia, pero los ideales tienen su pedestal en el corazón”. La fuerza que nos debe movilizar de ahora en más es la del amor, pero no con condescendencia, sino con firme convicción transformadora, con el objetivo de procurar un bien común que siempre debe estar por encima de los intereses particulares e individuales. Porque si tenemos una Patria libre, justa y soberana, cada uno de quienes componemos el pueblo-nación argentino podremos ser y existir en esas mismas condiciones para volver a ser felices. La revolución es amor, amor, amor. Y el amor somos nosotros. Estamos a tiempo, amemos y ganemos.

*De la redacción