Muy a menudo el discurso ambientalista es utilizado por el poder a través de la instalación de un discurso progresista a ultranza con el objetivo de meter confusión y dispersión. Es harto sabido que corporaciones calificadas como oenegés, llámense Greenpeace u otras de similar naturaleza y menor calibre, utilizan la cuestión de la defensa de la ecología para operar estratégicamente contra ciertos países que buscan su desarrollo, como en el caso de Rusia. Allí, a cada intento de ampliar la capacidad productiva de la industria del petróleo y el gas —que responden por la gran parte del PBI de los rusos—, las corporaciones “ecologistas” han estado desde siempre para trabar ese proceso mediante el despliegue de argumentos ambientalistas. Y lo mismo en tantos otros países dichos en vías de desarrollo, nunca en las potencias centrales industriales que responden por casi toda la destrucción ambiental a nivel global.

Eso es verdad y, no obstante, no significa que la cuestión de la preservación del medio ambiente sea menor y mucho menos irrelevante. Desde la revolución industrial en adelante, el hombre ha generado una enorme cantidad de daño a la ecología en nombre del progreso, puesto que la modificación de la naturaleza es inherente a la propia actividad industrial. La industria contamina y altera lo que viene dado naturalmente en su proceso productivo que implica el uso de elementos químicos y combustibles fósiles, la extracción de recursos naturales y el consumo de materias primas en gran escala. En una palabra, en los últimos doscientos cincuenta años y aún más intensamente durante el siglo XX y principios de este siglo XXI las sucesivas revoluciones industriales se lograron en base al sacrificio medioambiental y eso no es sino la más lógica consecuencia del proceso. Lo que desde el advenimiento de la máquina a vapor en adelante entendemos por “progreso” es esa alteración del medio natural y su transformación, que es una cosa dañina para el planeta. Y entonces la contradicción no puede estar entre desarrollo industrial y protección de la naturaleza, ya que el hombre moderno y posmoderno lo es porque asimismo tiene su industria. No la puede negar. La contradicción pasa por el nivel de desarrollo de la industria y sus fines.

Es por eso que el debate serio sobre la cuestión ambiental jamás incluyó a los llamados extremistas de la ecología, a los que sugieren revertir la modernidad mediante la supresión de toda industria. No hubo ni nunca pudo haber entre las opciones de la modernidad la prescindencia de lo que la define como etapa cualitativamente distinta en la historia del desarrollo humano, realmente nunca fue materia de discusión “olvidar” la industria y volver a la artesanía premoderna como método de producción para satisfacer las demandas que la propia industria creó. No se puede “desinventar” lo que ya fue creado, no se concibe hoy un mundo sin máquinas, sin motores, sin energía y sin producción en serie. En dos siglos y medio la industria multiplicó por ocho una población mundial que había tardado unos 10.000 años en llegar a mil millones. Hoy somos ocho veces más humanos sobre la tierra que en el año 1800 y no hay producción artesanal que alcance para satisfacer a todos ni mucho menos.

Protesta ambientalista en Occidente, organizada por la miríada de oenegés estilo Greenpeace con diversos intereses. Cuando se hace un uso “progresista” del discurso del cuidado del medio ambiente, el resultado es el aprovechamiento de las consecuencias en la manipulación de la opinión pública para mover la aguja en la lucha entre bandos.

Entonces la reversión de la industrialización no estuvo y sigue no estando en discusión, la industria en sí no se discute porque se hizo necesaria al crear su propia demanda. Lo que realmente se debate hoy en el mundo es el cómo, esto es, de qué manera y con qué intensidad seguirá esa industrialización. Y en esa discusión se pone de manifiesto la relación entre los países industrializados, los que se desindustrializaron en los últimos 50 años mediante la llamada deslocalización de su aparato industrial y el resto, que somos todos los demás o los países que nunca llegaron a industrializarse y son para la metrópoli las provincias proveedoras de materias primas, combustibles y alimentos. Si no puede prescindirse de la industria y es necesario en cambio resolver la cuestión de un equilibrio relativo con el medio ambiente, por lógica el debate puede estar en tan solo un lugar: en definir quiénes van a aportar más y quiénes van a aportar menos al esfuerzo para lograr ese equilibrio.

Ahí está prácticamente toda la discusión sobre la contradicción del desarrollo industrial y la preservación de la naturaleza, no se trata de otra cosa. Desde que la agenda ecológica empezó a discutirse seriamente hace unas cinco décadas, lo que realmente se discute es quiénes tendrán autorización para alterar y destruir la naturaleza y quiénes deberán ser “verdes”. El equilibrio entre la industria y el medio ambiente se quiere hacer mediante la prohibición para algunos —para la mayoría, de hecho— del acceso al desarrollo industrial, no con el equilibrio en un sentido estricto. No es una cuestión de limitar la producción industrial en todo el mundo, sino de impedir que los más tengan industria. El conflicto actual entre los Estados Unidos y China que se dio en llamar “guerra comercial” es solamente eso, es un país que supo deslocalizar su industria hacia países emergentes de Asia y ahora pretende relocalizarla en la comprensión de que sin aparato industrial no es posible ocupar decenas y cientos de millones de brazos. De un lado, los Estados Unidos en esa comprensión y en la política de Donald Trump cuyo objetivo es la relocalización de la industria; de otro, China intentando impedirlo y, a la vez, tratando de impedir que se metan otros en la conversación. Esa es la parte que nos toca.

El testamento de Dios

Desde el principio de la revolución industrial fueron los países occidentales los únicos privilegiados autorizados a tener desarrollo de industria y progreso en un sentido moderno. A todos los demás se los condenó al subdesarrollo y solo hay en toda la historia tres países que han logrado transitar el camino de la industrialización después de la revolución industrial inicial. O cuatro, si se tiene en cuenta la experiencia de Paraguay, abortada prematuramente por la intriga inglesa mediante la Guerra de la Triple Alianza. Paraguay llegó efectivamente a un conato muy interesante de desarrollo industrial que pudo haber arrastrado en su estela a toda la región sudamericana, llegando incluso a la siderurgia y a la fabricación de armamento, todo con tecnología propia y capitales propios. Pero la aventura soberanista del Mariscal Solano López fue ahogada en sangre y solo tres países lograron completar el proceso, saliendo de una situación semicolonial hacia la independencia industrial: la Unión Soviética, Corea del Sur y, más recientemente, China. La primera y la última mediante procesos de industrialización forzada propiciados por la existencia en esos países regímenes de carácter totalitario y la otra gracias a una inusitada ayuda de una potencia central. La Unión Soviética y China se industrializaron tardíamente gracias a sus revoluciones socialistas y Corea de Sur hizo lo propio aprovechando los camiones de dinero volcados en el país por los Estados Unidos en su esfuerzo de construir allí un “paraíso capitalista” para hacer oposición a los socialistas del norte y ganar la lucha ideológica. Y nada más. Desde que las potencias centrales hicieron la revolución industrial el ascenso desde el subdesarrollo colonial al poder industrial estuvo cerrado para todos los demás países del mundo. En el caso de los paraguayos, como se sabe, ese acceso se cerró con la imposición de un genocidio.

El Mariscal Francisco Solano López, quien supo dotar a Paraguay de maravillas modernas en pleno siglo XIX como el telégrafo, el ferrocarril, la siderúrgica y mucho más. Todo lo hizo con capitales y tecnología propia, utilizando el dinero de las exportaciones de productos primarios como la yerba mate para reinvertirlo en la industrialización y en enviar a los hijos del país a estudiar y a aprender en el extranjero la técnica que luego aplicaban en su patria. Paraguay estuvo a un paso de ser lo que hoy llamamos un país “de primer mundo” y por eso la corona inglesa ordenó su destrucción, la que llevaron a cabo los cipayos de Brasil, Argentina y Uruguay en la infame Triple Alianza.

Entonces la lista de los herederos de Dios sobre la tierra es bien acotada. En ella están las potencias centrales de Occidente (los Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia, Bélgica, Holanda, Austria, quizá en menor medida y hasta cierto punto Italia, Canadá y Australia), los socios no occidentales de estos (Japón, Corea del Sur e Israel) y China, puesto que Rusia todavía no pudo hacer del desguace de la Unión Soviética una industria competitiva, aunque conserva todo el desarrollo tecnológico de los soviéticos y por eso sigue en el juego. Todos los demás países del mundo oscilan entre economías absolutamente primarias (las naciones africanas y de Hispanoamérica en general), industrialización precaria o apenas subsidiaria (Argentina, Brasil y México, entre otros), emergentes resultantes de la deslocalización (casi todos en el sudeste de Asia) y los periféricos cercanos histórica y geográficamente a las potencias centrales (España, Suecia y pocos más). Esa es, en una síntesis muy apretada, la naturaleza del juego en la modernidad y es la tensión por el equilibrio entre desarrollo industrial y cuidado del medio ambiente. Unos pocos están en el testamento de Dios y pueden seguir expandiéndose a expensa de los demás.

El mapa antes propuesto puede verse claramente al superponerse con otro mapa, el de los países que producen un símbolo de la industria del siglo XX: el automóvil. Las únicas naciones que han logrado desarrollar la suficiente tecnología para producir motores al 100% propios son solo los del primer grupo de privilegiados y los del último, los de cercanía histórica y geográfica. Desde Ford y General Motors/Chevrolet en los Estados Unidos, Peugeot, Renault y Citroën en Francia, Volkswagen y Mercedes Benz en Alemania, Fiat y Alfa Romeo en Italia, Toyota y Nissan en Japón y hasta Volvo en Suecia, los únicos fabricantes de automóviles son los países realmente industrializados, quedando para los demás la importación total o el ensamble de tecnología ajena, en el mejor de los casos. El automóvil es el símbolo más puro de lo expresado, es la forma más clara de graficar dónde está la revolución industrial sin ambages. Todos los países no pertenecientes al grupo de los privilegiados que intentaron desarrollar sus motores fueron miserablemente boicoteados y saboteados hasta fracasar, como ocurrió en Argentina y en Brasil, por ejemplo. Y, por otra parte, la Unión Soviética, China y Corea del Sur fueron admitidos a regañadientes en el club de los industrializados al desarrollar sus Lada, su Chery, su Hyundai, sus Kia y sus Daewoo.

El Justicialista, uno de los intentos argentinos hacia la fabricación de un motor propio. Al igual que proyectos similares en Brasil como el Gurgel, todos los esfuerzos sudamericanos por lograr un automóvil nacional fueron boicoteados y saboteados por las corporaciones occidentales.

Esa es la comprensión básica necesaria para empezar entender qué cosa decimos hoy cuando hablamos de equilibrar el desarrollo industrial y el cuidado del medio ambiente. Cuando el atento lector sienta hablar de eso, debe saber de antemano y sin dudas que ese equilibrio implica una limitación a la industria, pero jamás en las potencias centrales. Más allá de toda hipocresía y de todo discurso ambientalista utilizado para el sostenimiento del statu quo, la verdad es que aquí se trata de un solo asunto: de evitar que países con economía primaria dejen de serlo y de reprimarizar aquellos que hayan tenido algún conato de industrialización a lo largo del siglo XX. En este último grupo estamos los argentinos, los que bajo la conducción de Juan Domingo Perón iniciamos un proceso de industrialización con la sustitución de importaciones en un comienzo y luego avanzamos hasta lograr muy interesantes niveles de desarrollo industrial en el tiempo, con avances y retrocesos. El discurso ambientalista hoy se utiliza para lograr ese fin, pero además con un toque perverso de hipocresía. Desde las potencias centrales se busca impedir con argumentos “ecológicos” la industrialización en la periferia y también —he ahí la hipocresía— se busca deslocalizar las actividades contaminantes no industriales a esos mismos países y con los mismos argumentos. En otras palabras, prohíben el acceso a la industria con una mano mientras imponen la producción subsidiaria de materias primas y alimentos que en sus territorios no quieren producir por razones ecológicas, sanitarias o ambas. Ese es el caso de la producción de carne de cerdo que China quiere ahora deslocalizar y ubicar en otros países, entre ellos la Argentina.

Mil millones necesitan comer

He ahí que a lo largo de la historia de la modernidad la constante entre las potencias industriales es la ingente demanda de materias primas y combustibles, resultando en la famosa división internacional del trabajo. Como las potencias centrales necesitan mover su industria y a la vez necesitan mercados para colocar sus manufacturas, manipulan desde siempre el sistema-mundo para ubicar a los países periféricos en el lugar fijo del exportador de productos primarios baratos —sin valor agregado— e importador de productos industriales caros. La revolución industrial limitada a los que hicieron esa revolución y unos poquitos que lograron meterse por la ventana es eso, es la asignación de roles a todos los demás donde esos roles son en función del sostenimiento de la industrialización limitada a los pocos. Así es cómo los paraguayos fueron agredidos y diezmados en un 90% de su población masculina cuando se atrevieron a subvertir el sistema-mundo de la modernidad. Si Paraguay hubiese logrado industrializarse con el proyecto de Solano López, ese país habría sido un exportador menos de materias primas (pasaría a insumirlas en sus propias fábricas), un importador más de las mismas materias primas al no ser suficientes las reservas locales (haciendo subir el precio de las commodities en el mercado internacional) y un importador menos de productos industrializados, lógicamente. Todo eso en uno solo y mucho más: un “mal ejemplo” para sus vecinos regionales, a los que tarde o temprano se les ocurriría hacer lo mismo, destruyendo el sistema entero.

Mercados, materias primas y luego combustibles. Ahí está toda la revolución industrial desde el punto de vista de los que nunca participamos más que como auxiliares. Pero habría de haber más y aunque también se les requería alimentos a las colonias del mundo subdesarrollado, sobre todo en tiempos de guerra, no fue sino con el advenimiento de China como potencia industrial que esa exigencia llegó a ser central. China concentra toda la industria y por eso necesita el suministro constante de ingentes cantidades de materia prima y combustibles como cualquier potencia industrial desde la máquina a vapor en adelante, pero con una vuelta de tuerca más: al tener una población que ninguna de esas potencias jamás tuvo, China también necesita una escandalosa cantidad de alimentos para sostener a unos 1.400 millones de chinos. No es una situación ni siquiera parecida a la de los británicos respecto al trigo y la carne de Argentina, de Australia y de Nueva Zelanda en el siglo XIX y principios del siglo XX. Lo que China necesita hoy de los países periféricos en materia de cantidad no tiene precedentes históricos. Ninguna potencia industrial jamás demandó tantos alimentos de sus colonias y semicolonias como demanda China hoy para seguir en carrera y eso está modificando totalmente las economías en todo el mundo.

La soja en Argentina, un fenómeno en expansión pese a la caída en los precios internacionales. A medida que China va elevando el nivel de vida y de consumo de sus 1.400 millones de habitantes, crece la demanda por soja y lógicamente se expande la frontera de la siembra, puesto que la soja es absolutamente extensiva y destructiva para el suelo y el medio ambiente en general.

Es lo que está en la base del proyecto de deslocalización de unas 25 granjas y frigoríficos para cría de cerdos y la producción de carne porcina. China quiere que la Argentina le provea más de 100 millones de esos animales, o lo equivalente a 1,3 millones de toneladas de dicho producto primario por año. Pero véase bien que la cuestión es una deslocalización, es decir, es de “importar” granjas que de otro modo tendrían que estar en China o en otra parte, pero se van a instalar aquí. Y eso nos lleva a cuestionar, de entrada, la primera obviedad ululante: ¿Por qué China, que es el tercer país más extenso del mundo con casi 10 millones de kilómetros cuadrados de territorio soberano, va a deslocalizar una actividad que podría desarrollar puertas adentro? ¿Por qué criar millones de animales al año en otra parte, trasladando una actividad económica vital y empezando a tener costos fiscales y de transporte que antes no existían? Nótese el atento e interesado lector que esas no son preguntas retóricas, que son preguntas cuyas respuestas revisten de mucha importancia. ¿Por qué exportar la producción de algo que puede producirse en el mismo país?

En la respuesta ni siquiera puede aducirse que las razones de ello son similares a las que motivaron a los occidentales a deslocalizar su industria a los países asiáticos —entre ellos la mismísima China— desde mediados del siglo pasado. Está claro que el costo laboral pesó muchísimo en ese proceso y que las corporaciones se mudaron a Asia buscando trabajo semiesclavo o directamente esclavo allí donde la legislación lo permitiese. Eso acá no gravita, puesto que los salarios en Argentina todavía son más altos que en China y en el sudeste asiático en general. Dicho de otra forma, los capitales chinos que quieren deslocalizarse e instalarse en nuestro país con la producción de carne de cerdo aquí no vienen en busca de trabajo menos calificado y más barato. Y tampoco en busca de trabajo más calificado, puesto que la actividad es primaria y no lo requiere. Las granjas chinas vienen a instalarse en la Argentina por razones que nada tienen que ver con lo laboral, lo salarial o lo técnico. Aquí hay otra cosa.

Vista de una fábrica de artefactos electrónicos en el sudeste de Asia, adonde se han deslocalizado los capitales procurándose mano de obra más barata para maximizar sus ganancias. Ahora el proceso tiene una vuelta de tuerca más y Asia empieza también a deslocalizar, pero no la industria que da valor agregado y genera puestos de trabajo. Lo que los asiáticos se quieren sacar de encima es la producción primaria, la actividad agrícola y ganadera que no agrega valor ni emplea a nadie: solo contamina y destruye.

Por una parte, la geopolítica de la revolución industrial. Los que logran entrar tarde al club son los que más celosamente tratan de impedir el ingreso de nuevos socios justamente para no devaluar su propia membresía. La industrialización es un privilegio en tanto y en cuanto sea eso mismo, un privilegio de muy poquitos. Por eso, desde el punto de vista de Beijing, cualquier esfuerzo será poco a la hora de impedir que países como Brasil y Argentina —potenciales rivales en la pugna por mercados y commodities— lleguen a industrializarse. Al contrario, muy por el contrario: el retroceso hacia la reprimarización de las economías de Brasil, Argentina y México le interesa a China en la misma medida que le interesó a Gran Bretaña la destrucción del Paraguay de Solano López o a los Estados Unidos el sometimiento de todos los demás. No es por maldad ni por crueldad, no es más ni menos que la geopolítica del imperialismo, que es siempre la misma. Es el cuidado del valor de la membresía en el club de las potencias industriales y dicho valor está íntimamente relacionado a la exclusividad. El primer interés de China hoy es que nadie más haga lo que los mismísimos chinos hicieron después de Deng Xiaoping, que es industrializarse con tasas anuales de crecimiento exorbitantes.

Pero hay más y aquí aparece el asunto del cuidado del medio ambiente, que funciona ahora en el esquema del desarrollo desigual y combinado. Para que la ecología esté equilibrada en China sin que eso represente un desabastecimiento, lógicamente es preciso destruir el medio ambiente en otras partes. Si las 25 mega granjas de cerdos se deslocalizan hacia la Argentina, entonces el impacto ambiental dejará de existir en China y se trasladará a nuestro país. Se estima que las heces de 100 millones de cerdos por año son algo parecido a una calamidad ambiental al ser absorbidas por la tierra y/o arrojadas al agua, pues terminan fatalmente penetrando las napas subterráneas hasta afectar seriamente la cuenca hídrica en su totalidad. Esa es la calidad del agua que luego se va a consumir en el país de destino de las mega granjas y nada de esto puede pasarse por alto. A esa calamidad se le suma el incremento brutal en los gases invernaderos que los cerdos generan e impactan hoy en China, uno de los países más contaminados del mundo.

Panorama de las inundaciones en Argentina. La soja, además de desertificar, impermeabiliza la tierra y produce en el mediano plazo catástrofes ambientales donde antes solo había un entorno armónico.

También es presumible que seguirá avanzando la frontera de la soja, alimento básico de los cerdos, incentivando aún más la deforestación y los incendios intencionales que se llevan a cabo con el objetivo de despejar los campos para la siembra de la oleaginosa. Nada que ya no esté ocurriendo hoy en la Argentina, por supuesto, puesto que la soja consumida hoy por la industria de la carne de cerdo en China ya la estamos produciendo. Con las granjas instaladas acá, se exportará menos soja y quizá aumente la demanda a medida que crece la cantidad de animales. Y en eso habrá un aumento en las inundaciones por impermeabilización del suelo, además de sequías prolongadas y todo tipo de desastres ambientales resultantes de la actividad agrícola orientada a proveer el forraje. Todo eso sin hablar de la destrucción de la riqueza del suelo —patrimonio natural único que tenemos los argentinos— al intensificarse la producción de la soja, terriblemente dañina para la fertilidad de la tierra en el mediano plazo.

La soja es la desertificación, por cierto, pero ese es el menor de los males y probablemente lo padeceremos, aunque no vengan aquí a instalarse las mega granjas. La sola existencia de China como potencia industrial ya es de por sí un factor de garantía para el avance de la producción sojera y entonces la discusión pasa por otro lado. Lo que se suma al argumento ambiental utilizado con hipocresía es el argumento sanitario en los mismos términos. Beijing ya comprendió que la cría de animales en escala industrial está en la base de la proliferación de enfermedades. Todas las grandes epidemias de este siglo, desde la gripe aviar, el H1N1 (precisamente la gripe porcina) y el propio coronavirus, tuvieron su origen en China. No es casualidad y Beijing lo sabe: los enormes criaderos de animales para el consumo humano representan un riesgo también enorme para la salud comunitaria. Y aunque lo nieguen una y otra vez, detrás del interés en deslocalizar las granjas e instalarlas en países periféricos como el nuestro está la preocupación sanitaria, un peligro que China desea erradicar a la brevedad, transfiriendo el problema a otros.

Las granjas de cría de cerdos en China, una actividad que ahora se quiere exportar, alejando del gigante asiático todo el costo ambiental y todo el riesgo sanitario inherentes a la actividad.

No existen las casualidades y tampoco la solidaridad entre países en la geopolítica. Las potencias centrales no deslocalizaron en su momento a los países del sudeste de Asia la industria que ahora quieren recuperar para llevar el desarrollo a Vietnam, a China, a Tailandia y a los vecinos de la región. Las corporaciones se instalaron allí para explotar la mano de obra de esos pueblos y maximizar sus ganancias a expensas de esos pueblos, nadie se va a industrializar jamás con capitales ajenos. De manera análoga, China no quiere deslocalizar su producción primaria para generar trabajo en Argentina. China tiene 1.400 millones de habitantes y necesita todos los puestos de trabajo en casa.

Aquí hay una evidente cadena de intereses geopolíticos, en cuyo extremo inferior estamos los países no industrializados de América y África. El establecimiento de las relaciones sur-sur que condujeron a la formación del ahora abandonado BRICS dio una fugaz ilusión de que la historia con los chinos iba a ser distinta y que en el marco de una nueva hegemonía global podía estar nuestra segunda y definitiva independencia, pero no es así. No hay milagros. La naturaleza del imperialismo no varía según el color de la bandera visible en cada momento y si la Argentina desea lograr soberanía política e independencia económica debe necesariamente hacer su política y atender sus propios intereses económicos, debe hacer su propio juego. Al fin y al cabo, todos quieren lo mismo: gobernar el mundo. Y no hay independencia bajo tutela. Todos los países de África que aceptaron ser vertederos de basura terminaron mal. La Argentina no puede tener el mismo fin.


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