Desde la segunda quincena de enero en adelante una avalancha de noticias y operaciones mediáticas tomó por sorpresa a la opinión pública a nivel mundial con el anuncio de la probabilidad de una invasión de Rusia sobre el territorio de Ucrania, o la guerra en su forma más clásica: la confrontación directa y armada entre Estados nacionales. Por razones que veremos a continuación, Vladimir Putin posicionaba al cierre de esta edición a varias decenas de miles de soldados en la extensa frontera ruso-ucraniana, rodeando prácticamente al país en todo su extremo meridional, oriental y, con la ayuda de Bielorrusia, aliado histórico del Kremlin, también por el norte. Siglos de una relación íntima y a la vez complicada entre Rusia y Ucrania emergen hoy en el intento de dar con la explicación de por qué el país más extenso del planeta parece interesado en expandirse hacia el oeste, más de treinta años después de la disolución de la Unión Soviética y la pérdida del control por parte de Moscú sobre el inmenso potencial económico de esos territorios de Europa central.

En su teoría del espacio vital —que no ha podido falsarse en la geopolítica de Europa a lo largo de la historia por la efectiva simplicidad de los términos en los que se plantea—, el geógrafo alemán Federico Ratzel sostenía a fines del siglo XIX que una determinada nación tenía el destino de expandirse sobre el territorio de otras naciones con el fin de obtener los medios económicos necesarios para su grandeza o tenía el destino de ser borrada de la faz de la Tierra, precisamente por ser objeto del expansionismo ajeno. La teoría de Ratzel fue aprovechada posteriormente por la Alemania nazi para justificar hasta ideológicamente el avance de las tropas de Hitler sobre Polonia y sobre otros países europeos en el marco de lo que fue la II Guerra Mundial, aunque Ratzel no tenga ninguna relación con lo hecho de sus teorías geográficas después de su muerte. El espacio vital es la conclusión de la determinación económica de la política, allí donde la riqueza de las naciones se define en la modernidad y desde mucho antes por su capacidad de obtener recursos más allá de sus fronteras. En una palabra, sobre todo en espacios geográficos reducidos y sobrepoblados como los de la vieja Europa, la alternativa a hacerse del control de su espacio vital es la de ser un espacio vital controlado por otras naciones y ahí está expresado el fundamento económico de toda guerra desde que se tenga noticia.

Entonces la primera explicación de por qué Rusia viene tratando de avanzar sobre los territorios que alguna vez estuvieron bajo su control mientras existieron la Unión Soviética y el bloque socialista del Este en su “cortina de hierro” es la del espacio vital en los términos propuestos por Ratzel, las pacientes campañas rusas en Crimea, en Donbás y luego directamente contra Ucrania en su soberanía territorial integral deberían responder al interés de Rusia en un espacio vital del que pudiera extraer la riqueza necesaria para su desarrollo como nación y como potencia. Pero precisamente ahí está el primer problema, el más grave que presenta esta hipótesis, puesto que Rusia es territorialmente nada menos que el más extenso de los países existentes y además, por esa misma razón, ya tiene fronteras adentro en términos de recursos naturales muchísimo más de lo que necesitaría para lograr un desarrollo pleno de potencia económica global. ¿Por qué habrían de hacer los rusos un desgaste militar enorme, poniéndose en frente a todo el Occidente y jugando a deflagrar una contienda de proporciones globales, con la finalidad de ir a quitarle a Ucrania lo que en Rusia ya tienen en abundancia?

Pieza de propaganda de la Alemania nazi, en la que se justifica ideológica y hasta técnicamente la necesidad del espacio vital o “lebensraum”, teoría que había sido planteada por Ratzel a fines del siglo anterior. Una nación sin los recursos necesarios para su desarrollo como potencia mundial puede salir a buscar dichos recursos fuera de sus fronteras o puede, en cambio, condenarse a la extinción cuando otras vengan a hacerlo a sus expensas. De hecho, el “lebensraum” hoy explica muy bien la política exterior de los Estados Unidos y de todos los países imperialistas de Occidente sin que nadie se atreva a llamarlos “nazis”.

Sabemos hoy en posesión del diario del lunes que la teoría del espacio vital de Ratzel no puede falsarse, pero puede descartarse por inútil si se la aplica fuera de la realidad geográfica europea, que es la que Ratzel conoció y sobre la que efectivamente teorizó. En otras latitudes como las de nuestra América del Sur no existen realmente los conflictos territoriales reales más allá del despojo ocasional resultante de guerras por otras razones económicas o geopolíticas. Paraguay, por ejemplo, perdió gran parte de su territorio soberano a manos de Brasil y Argentina al finalizar la Guerra de la Triple Alianza, pero no porque a Brasil o a Argentina les hicieran falta los recursos naturales del territorio expoliado a los paraguayos, de ninguna manera. De hecho, tanto Argentina como Brasil tenían aún sin explotar vastas extensiones de sus propios territorios soberanos y ni el actual Mato Grosso brasileño ni la actual provincia de Formosa argentina ameritaban el tremendo esfuerzo de guerra puesto en cinco años y más para llevar a cabo un verdadero fratricidio contra el pueblo paraguayo. De no ser por la manipulación de Gran Bretaña, gran interesada en destruir el desarrollo industrial incipiente de Paraguay con Solano López a la cabeza, la Guerra de la Triple Alianza no podría haber tenido lugar simplemente porque en el plano económico a ninguno de los involucrados le interesaba ir a expoliar lo que ya era abundante en sus propios suelos.

Entonces el espacio vital de Ratzel no podría aplicarse a enormes países como Brasil y Argentina, el quinto y el octavo territorios más extensos del planeta, respectivamente. Y, de manera análoga, lo mismo vale para Rusia, país que en su extensión territorial es más grande incluso que Brasil, Argentina y todo el actual Mercosur combinados, Venezuela, Bolivia, Paraguay y Uruguay incluidos. La teoría de Ratzel se ajusta bien a países como Alemania, donde hubo y sigue habiendo una colosal desproporción entre capacidad industrial instalada y recursos naturales necesarios para mover esa industria y alimentar a la población. Es comprensible que Hitler en su proyecto de dominación mundial haya avanzado sobre sus vecinos de Europa para obtener lo que en Alemania escaseaba o bien directamente no existía: combustibles, minerales, alimentos y reservas acuíferas. Pero lo mismo es inexplicable en el caso de Rusia hoy en relación con Ucrania de la misma forma en que lo fue en el caso de Brasil y Argentina en el siglo XIX respecto al Paraguay de Solano López. Rusia no avanza sobre Ucrania por un interés económico directo, esto es, no está apostando sus tropas sobre la frontera simplemente para hacerse del control del trigo, que en Ucrania se produce mucho y en Rusia más todavía. Aquí hay intereses económicos indirectos, los que podrían calificarse con más precisión como intereses geopolíticos.

Esquema simplificado del enfrentamiento entre la OTAN y el Pacto de Varsovia antes de la caída del Muro de Berlín en 1989. En este mapa se ve claramente la llamada “cortina de hierro” de los países socialistas alineados y no alineados, mediando dicha cortina entre Europa occidental y la Unión Soviética. Actualmente todos esos países se han unido a la OTAN, cambiando radicalmente de bando. Y no solo eso: los países bálticos (Lituania, Letonia y Estonia), que eran parte directamente de la URSS también forman en la OTAN. Rusia está literalmente rodeada y ahora libra una guerra de liberación nacional.

Hasta que implosionó definitivamente a fines del año 1991, el campo socialista en Oriente fue un proyecto político monumental, el más grande de toda la historia de la humanidad. Bajo el liderazgo de Rusia, 14 otras naciones —entre estas, Ucrania— formaron la Unión Soviética y otras tantas en el Este de Europa formaron el “telón de acero”, un cordón sanitario entre Moscú y el capitalismo occidental. Buena parte de la fortaleza de la Unión Soviética en la defensa de su proyecto político frente a las constantes embestidas del capitalismo occidental y su propaganda arrolladora tuvo que ver con la existencia de dicho cordón sanitario, con el trabajo defensivo en la primera línea que hicieron Hungría, Polonia, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria, la Alemania Oriental y, en cierta medida, Yugoslavia y Albania, países que respectivamente con el Mariscal Tito y Enver Hoxha jugaban su propio juego sin dejar de ser naciones socialistas en los Balcanes.

Fue gracias al “telón de acero” o “cortina de hierro”, en palabras de un siempre muy ocurrente Winston Churchill, que los soviéticos pudieron mantener durante décadas el aislamiento estratégico de los pueblos en sus 15 repúblicas socialistas —sobre todo en las que estaban geográficamente ubicadas hacia el oeste de la federación, como es el caso objetivo de Ucrania—, evitando la influencia del enemigo. En términos prácticos, basta con imaginarse un mundo sin todas las herramientas de comunicación del presente, sin internet, sin teléfonos celulares y con el espectro radioeléctrico muy bien controlado para la televisión, en el que a un ucraniano se le ocurriera la idea de tomar contacto con un austriaco, un alemán occidental o un italiano. Para hacerlo, ese ucraniano debía primero abandonar el territorio de la Unión Soviética (lo que en sí ya era muy difícil) y luego sortear las enormes extensiones de los países socialistas ubicados al oeste respecto a Ucrania: Polonia, Hungría o Checoslovaquia para llegar a Alemania o a Austria, Rumania y Yugoslavia para llegar a Italia o a una salida al mar no controlada por el Kremlin. Y eso era entonces aún más difícil que salir legal o ilegalmente de la Unión Soviética, por los innumerables puestos de control existentes en todos los caminos.

El filósofo ruso Aleksandr Dugin, autor de la cuarta teoría política. Según Dugin, la tercera posición de Putin en Rusia sería, en realidad, una cuarta posición al superar al liberalismo, al socialismo y también al fascismo. Sea como fuere, Rusia no es “yanqui ni marxista” en los términos del peronismo clásico. Y es un bastión de lo nacional-popular en el mundo.

Así los soviéticos pudieron sostener el aislamiento estratégico respecto al contagio ideológico de la propaganda occidental. Hubo generaciones de ucranianos, bielorrusos, moldavos e incluso rusos que vivieron y murieron sin tener contacto con una Europa occidental, cristiana y capitalista a la que tenían relativamente muy cerca. No son pocos los analistas dispuestos a concluir que la Unión Soviética empezó a derrumbarse cuando se debilitó ese cordón sanitario que la separaba de Europa y la prueba más cabal de que eso debe haber sido así fue la caída del Muro de Berlín en 1989 y la reunificación de Alemania, unos meses más tarde. Una vez rota la “cortina de hierro” fue tan solo una cuestión de tiempo hasta que los pueblos antes aislados hacia Oriente tomaran contacto con Occidente para dejarse seducir por la promesa de una vida con abundancia en el capitalismo, la que por su parte siempre fue una quimera.

“Back to USSR”

Eso es lo que entiende históricamente Vladimir Putin y es por eso que las afirmaciones, un poco en serio y otro poco en broma, de que Putin quiere restaurar la Unión Soviética son descabelladas, aunque no lo son tanto. Está claro que el proyecto político de Putin en las últimas dos décadas tuvo por objetivo central el restablecimiento de la grandeza que Rusia tuvo mientras existió la Unión Soviética, es decir, no se trata aquí de reinstalar el proyecto político del socialismo soviético sino más bien de recuperar el poder que ese proyecto tuvo mientras dominó territorialmente la región de Asia septentrional y la región de Europa oriental. Lo que Putin quiere restaurar de la Unión Soviética es la propia Unión, pero bajo su proyecto político de tercera posición —ni marxista ni liberal—, el que el filósofo Aleksandr Dugin califica como la cuarta teoría política, excluyendo y superando de paso también al fascismo. La Unión Soviética planteada como una federación de naciones libremente asociadas con Rusia a la cabeza y con el fin de combinar el potencial de todas las partes, pero sin la imposición del marxismo-leninismo ni del Partido Comunista como partido único y dirigente.

No es ciertamente muy difícil imaginarse cómo sería eso en la práctica habiendo tenido el precedente histórico de la propia Unión Soviética, muy útil para proyectar y ver que a países como Kirguistán, Bielorrusia o la propia Ucrania les convendría esa unidad bajo el liderazgo de Moscú y cierto nivel de autonomía para garantizarse un justo reparto de los beneficios en la mesa de discusión. Por lo demás, en todos los casos, se trata de países con una historia y una cultura comunes con Rusia, siglos de tradición en la convivencia y casi siempre incluso con un fuerte componente demográfico ruso fronteras adentro. Y otra vez aparece Ucrania como ejemplo por antonomasia de lo que se quiere expresar: el propio concepto de “Rusia” tiene su origen en Kiev, ciudad que hoy es la capital ucraniana, buena parte de la población de este país es de origen ruso, los idiomas y la cultura son muy parecidos y perfectamente comprensibles entre sí. Podría decirse que, salvando las distancias, la naturaleza de la relación entre Ucrania y Rusia está en la diferencia en lo que va de un español a un portugués o de un sueco y un danés, incluyendo un origen común y una integración inevitable desde el vamos, con todos los lazos culturales firmemente atados hace ya varios siglos.

Viejo mapa en inglés de la extensión territorial de la Unión Soviética en 1989, en vísperas de su disolución. Aquí vemos a Rusia y a otras 14 naciones que formaban la federación (en sentido contrario al reloj: Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia, Ucrania, Moldavia, Georgia, Armenia, Azerbaiyán, Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán, Kirguistán y Kazajistán). Esta fue una colosal constitución política cubriendo unos 22,4 millones de kilómetros cuadrados entre Europa y Asia, más que toda América del Sur y América Central. Todos estos países tienen fuerte relación histórica, política, económica y cultural con Rusia, aunque algunos sectores de su política interna quieran negarlo. Y esa es la unidad natural que Putin quiere restaurar.

Y otro tanto pasa entre Rusia y Bielorrusia, entre Rusia y Georgia, entre Rusia y Tayikistán y, en fin, entre los rusos y los pueblos de los otros catorce países que hasta principios de los años 1990 formaron la Unión Soviética. Hay entre ellos muchísimo más de continuidad en todos los aspectos de la existencia humana que de ruptura, existe entre ellos la tendencia a la unidad. Dicho de otra forma, la alianza natural de un país como Ucrania es y siempre será con Rusia y con los demás países de la región que están en la misma o en similar situación, jamás con Austria, Francia, Suiza y demás países de Occidente con los que los pueblos ucranianos no tienen relación histórica de proximidad. Y ahí está el que la intención declarada del gobierno de Ucrania de integrar la Unión Europea y formar en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hace tanto ruido en Moscú, pero mucho más en Kiev: es en la mismísima Ucrania donde el acercamiento a Occidente genera la mayor controversia. ¿Darle la espalda al aliado de toda la vida para asociarse con el enemigo histórico de este aliado? Eso tiene pocas probabilidades de éxito.

Quedara dicho anteriormente que el interés de Moscú en Ucrania y todo el esfuerzo de guerra que parecería hacer Vladimir Putin por estas horas no tenían tanto que ver con un objetivo económico inmediato, sino más bien con una estrategia geopolítica a mediano y largo plazo. Y ello se explica en detalle con la combinación del concepto de cordón sanitario y del proyecto de los gobiernos ucranianos en los últimos años de integrar la OTAN. Por una parte y mucho más allá de la personalidad de Putin, Rusia como nación soberana y como potencia que quiere recuperar su estatus global no puede en ninguna circunstancia permitir que Occidente ponga su bota cerca de sus fronteras, lo que fatalmente ocurriría automáticamente al ingresar Ucrania a la OTAN. Por el contrario, Rusia necesita la estabilidad del territorio ucraniano para avanzar luego desde allí en el restablecimiento de su cordón sanitario en los países de Europa del Este que formaron el “telón de acero” sin llegar a pertenecer directamente a la Unión Soviética. Lejos de permitir que el enemigo histórico avance sobre su zona de influencia hasta estacionarse militarmente sobre sus fronteras, Rusia necesita expandir esa zona de influencia hasta recuperar el control en países como Polonia, Bulgaria, Rumania, Hungría y Albania, entre otros, países que fueron signatarios del Pacto de Varsovia con el que los soviéticos se pararon de manos frente a la OTAN durante la Guerra Fría y que ahora, irónicamente, forman parte de la propia OTAN.

José Stalin fue el gran arquitecto del colosal proyecto de la Unión Soviética. Después de la muerte de Lenin en enero de 1924, Stalin puso en práctica sus convicciones nacionalistas expresadas en ‘El marxismo y la cuestión nacional’ —la obra cumbre de un dirigente que se destacó más por la praxis política que por el trabajo intelectual propiamente dicho— y puso en un segundo plano el concepto de internacionalismo tan preciado por los bolcheviques revolucionarios para crear la que sería, tras la II Guerra Mundial, una de las dos superpotencias globales junto a los Estados Unidos. En un sentido histórico, Putin es el continuador de la tradición nacional-popular de Stalin y no de la ideología socialista de Lenin.

Entiéndase bien: a partir de la disolución del campo socialista en el Este, Occidente avanzó sobre la “cortina de hierro” de los soviéticos y se instaló allí al incorporar a los países de la región a su alianza militar. Y no solo eso, sino que además avanzó sobre el territorio de lo que había sido la propia Unión Soviética con el ingreso a la OTAN de Lituania, Letonia y Estonia, los tres países del Báltico cuya relación con Rusia fue históricamente caótica. Entonces Occidente ya cooptó todo el cordón sanitario y ya penetró además en el territorio del enemigo. Desde el punto de vista de los rusos, por lo tanto, Rusia está hoy acorralada y su lucha por mantener a Ucrania lejos de las garras de Occidente es una lucha de defensa de su propia soberanía nacional.

Mamushkas guerreras

La mejor analogía de la aseveración occidental de que Vladimir Putin quiere invadir Ucrania es la reacción británica frente a la “invasión” argentina a las Islas Malvinas que en 1982 ocasionó una guerra entre nuestro país y el Reino Unido. Los británicos le usurparon las Malvinas en el siglo XIX a una Argentina en pleno proceso de establecerse como nación soberana y desde entonces se instalaron allí ilegítimamente, aunque con constancia. Cuando ya promediaba el siglo XX, la Junta Militar de la última dictadura argentina vio en la recuperación de las Islas Malvinas la oportunidad dorada para hacerse de una causa de unidad nacional en medio a un contexto político que le era adverso y fue por ello, lanzando una campaña militar en las Islas. A esa campaña los británicos llamaron “invasión” y llamaron en consecuencia a la defensa del territorio. ¿Pero quién era ahí, sin reivindicar la figura del General Galtieri ni mucho menos, el verdadero invasor y quién era el defensor del territorio soberano?

Claro que la cuestión se planteó al revés por los británicos en el nivel de la propaganda de guerra y lo mismo ocurre hoy en el inminente conflicto planteado por los rusos en Ucrania, con sus lógicas particularidades. Si el ordenamiento considerado natural entre Occidente y Oriente que heredamos de la II Guerra Mundial y que atravesó toda la Guerra Fría posterior indicaba que los países de Europa del Este formaban parte del Pacto de Varsovia, es una obviedad que la conversión de esos países a la OTAN es una invasión a todas luces. Y que el avance de la misma OTAN sobre los países del Báltico y ahora sobre Ucrania es la profundización de dicha invasión, dando como resultado el que en este caso Rusia no hace más que pelear legítimamente por su zona de influencia. En palabras del General Perón, la OTAN les habría robado el perro a los rusos y ahora querría volver a exigir el collar, reprochando a Rusia por atreverse a cuestionar la calidad del negocio.

La Guerra de Malvinas es el ejemplo histórico más cercano que tenemos los americanos para comprender la doble hermenéutica deshonesta que hace la OTAN en la cuestión de Ucrania. Siendo el invasor de las Islas Malvinas, Gran Bretaña se mostró ofendidísima frente a la opinión pública por la “invasión” argentina a las Islas en 1982, invirtiendo todo el argumento, falsificando la verdad histórica y poniéndose en el lugar del agredido. Lo mismo hace la OTAN hoy respecto a Rusia y en la OTAN, como se sabe, uno de los socios mayoritarios es precisamente Gran Bretaña. El zorro pierde el pelo, pero jamás las mañas.

En línea con este razonamiento, el presidente de Bielorrusia y gran aliado de Putin Aleksandr Lukashenko dijo públicamente mientras escalaba el conflicto en Ucrania que a Occidente no le convenía “meterse con nosotros, puesto que somos invencibles”, donde “nosotros” significa una alianza inquebrantable entre Bielorrusia y Rusia con la participación de Serbia, Hungría y algunos países más por todo el mundo. “No se metan con nosotros, es imposible derrotarnos. Somos invencibles por nuestro espíritu y por el territorio que se extiende desde Brest a Vladivostok. Muchos lo han intentado y han fracasado”, fue la cita textual de Lukashenko en la que se leen los intentos fracasados de violar la soberanía rusa por parte de Napoleón y de Hitler en el pasado y también la declaración de la real extensión territorial del “nosotros” en cuestión: desde Brest, en el extremo occidental de Bielorrusia y sobre la frontera de este país con Polonia, hasta Vladivostok, en el extremo oriente ruso, allí donde tiene su terminal el ferrocarril Transiberiano. Ese es el espíritu que invoca Lukashenko, el de la grandeza de la Rusia de todos los tiempos.

Pero lo más importante en las declaraciones de Lukashenko, quien claramente habla por sí mismo y por su socio y amigo Putin fue lo siguiente: “Nosotros no queremos territorio de otros países, tenemos bastante ya. Queremos mantenerlo y convertirlo en un lugar mejor. Esos son nuestros objetivos. Sí, lo repito una vez más por si alguien no lo ha entendido: lo lamentarán durante mucho tiempo. No es una amenaza, sino una simple advertencia”. Y ahí está todo el diagnóstico indicando explícitamente que aquí no hay una cuestión de espacio vital en los términos planteados por Ratzel, o que Rusia no está en proceso de expansión. En realidad, Rusia quiere recuperar el terreno perdido que considera esencial para defender su propia existencia. Y eso es objetivamente legítimo.

Lukashenko también denunció unos movimientos de tropas de la OTAN que vienen dándose en Polonia y en los países del Báltico (Lituania, Letonia y Estonia). De acuerdo con el líder carismático y presidente de Bielorrusia desde 1994, unos 30.000 militares de la OTAN estarían concentrados en esos países que fueron parte del Pacto de Varsovia (en el caso de Polonia) y directamente parte de la Unión Soviética (en el caso de los bálticos) con la sola finalidad de intimidar a Moscú. ¿Y para qué quiere Occidente ejercer esa presión? Pues precisamente para seguir avanzando en el proyecto de deconstrucción de Rusia “por los bordes”, lo que configura claramente una invasión a cuentagotas. Y también porque esa guerra está contenida en el marco de otra guerra muy superior en dimensión y en importancia, es una mamushka dentro de otra mamushka más grande.

El bielorruso Aleksandr Lukashenko y el ruso Vladimir Putin, mostrándose amistosamente juntos como en infinidad de ocasiones. En realidad, la amistad inquebrantable es entre Rusia y Bielorrusia, la que llevó a Lukashenko a sostener buena parte de la idea de la Unión Soviética en su país, contra viento y marea, desde 1994. Con la URSS en desintegración y el orientalismo ruso siendo avasallado por la presión occidental, Lukashenko se mantuvo firme durante casi tres décadas y hoy ve renacer el proyecto del que ha sido un histórico militante.

Es un hecho ampliamente conocido el de que la inquina occidental nada tiene que ver con una cuestión ideológica, esto es, nunca hubo en la raíz de los avances de los países occidentales sobre Rusia ninguna motivación que apuntara a destruir un determinado proyecto político. Napoleón Bonaparte avanzó contra el zar Alejandro I y Hitler, más de un siglo después, avanzó contra los comunistas que habían fusilado al zar Nicolás II y liquidado a la dinastía de los Romanov. No hay nada que les venga bien ni importa quién gobierne en cada momento o la ideología política rectora de dicho gobierno, el problema de Occidente con Rusia es Rusia en sí misma. Existe en Occidente la comprensión cabal de la imposibilidad de una coexistencia sostenible: en el mediano o en el largo plazo, Oriente y Occidente tratarán de someterse mutuamente y eso es todo lo que realmente hay en el fondo de la cuestión.

Entonces el forcejeo en Ucrania, las concentraciones de tropas de la OTAN en Polonia y en el Báltico y toda la “rosca” que se está armando progresivamente en la región desde que los hechos de Plaza Maidán culminaron con el golpe al presidente prorruso de Ucrania Víktor Yanukóvich en el año 2014 son todas etapas de una guerra que está dentro de otra guerra y esta, a su vez, dentro de otra guerra aún más grande, trascendente y prolongada. La guerra permanente entre Occidente y Oriente es el marco general, es la animadversión invariable y es la comprensión mutua de la imposibilidad de coexistencia. Pero con una vuelta de tuerca más que viene dada por la posmodernidad: Occidente ha dejado de ser en esencia los Estados nacionales que lo solían componer y ha pasado a representar en la geopolítica los intereses de sus corporaciones trasnacionales. Dicho de otra forma, los países occidentales emplean sus armas ya no para la defensa del interés nacional en cada país, sino para la imposición de la voluntad de las corporaciones en un esquema de globalización neoliberal.

Avances y retrocesos

En un esquema quizá demasiado simplificado que rozaría adrede el maniqueísmo con fines didácticos, podría decirse en este punto que desde esa perspectiva larga del tiempo que es tan propia de los orientales los rusos ya saben que las corporaciones vienen por ellos y, en consecuencia, ponen las barbas en remojo. En realidad, Rusia y sus aliados son hoy la representación más fiel del concepto de Estado-nación en oposición al gobierno global centralizado que las corporaciones supranacionales (y antinacionales) vienen tratando de imponerle al mundo mediante la aplicación de una política de shock permanente, como había planteado ya oportunamente la periodista canadiense Naomi Klein. La destrucción de los Estados nacionales es condición sine qua non para el sometimiento de los pueblos a dicho gobierno globalista centralizado y esa destrucción solo puede llevarse a cabo contra los Estados que realmente existen como tales: los que tienen soberanía nacional real.

Las mamushkas (o matrioshkas), toda una tradición rusa que consiste en unas muñecas huecas que contienen a otras de menor tamaño. Esta es mejor analogía de un proceso contenido en otros procesos mayores, allí donde la explicación del uno solo es posible al explicarse los otros. La guerra en Rusia es una pequeña mamushka dentro de la guerra entre Occidente y Oriente y esta, a su vez, está contenida en la lucha de las corporaciones globalistas por la dominación mundial.

Ese proyecto neoliberal ha tenido un enorme avance de cara a su objetivo central a fines de la década de los años 1980 con la caída del Muro de Berlín en Alemania y luego a principios de los años 1990 al disolverse la Unión Soviética y todo el campo socialista en el Este como consecuencia lógica del primer hecho. En poder de la hegemonía global sin oposición, los Estados Unidos usaron ese poder absoluto no para expandir la dominación del país Estados Unidos sobre otros países, sino para manipular el sistema entero en beneficio de las corporaciones apátridas, cuyo crecimiento en el periodo posterior a la Guerra Fría fue exponencial. Casi toda la brutal concentración de la riqueza mundial se dio a partir de los años 1990 hasta llegar a la situación actual, la que según datos de Oxfam International es más bien distópica: seis u ocho familias concentran más riqueza que la mitad de la población mundial, o unos 3.500 millones de seres humanos. Y ahora, en posesión de semejante riqueza, esas familias han conformado una oligarquía global dispuesta a avanzar con la siguiente etapa del proceso que es la disolución de los Estados nacionales para terminar de una vez con el escollo.

Por lógica, el mayor esfuerzo en el desgaste de las constituciones nacionales lo harán las élites contra las que entre esas constituciones son las más sólidas. Además de China, donde triunfa el proyecto político del capitalismo de Estado al que llaman “socialismo con características chinas”, los Estados-nación más fuertes y más sólidos que existen en la actualidad son los de Rusia y los de los países que están en su órbita y comparten un destino común. La cuenta es clara y en ninguna hipótesis Occidente puede permitir que Putin restablezca la grandeza y la gloria perdidas por Rusia al desplomarse la Unión Soviética, no puede haber en Oriente (ni en ninguna parte, de hecho) una comunidad nacional organizada con pretensiones de sentarse a la mesa de discusión y capacidad para hacerlo, por supuesto. Rusia debe ser cada vez más pequeña, debe estar un poco más acorralada todos los días hasta que colapse en luchas intestinas y simplemente deje de ser.

La caída del Muro de Berlín en 1989 es un acontecimiento histórico solo comparable en magnitud a la caída de la Bastilla, ocurrida exactos 200 años antes. Para los atlantistas fue el triunfo final, el que motivó a Francis Fukuyama a hablar de un “fin de la historia”. Pero la historia jamás termina y Rusia vuelve a cuestionar el proyecto globalista de Occidente mediante la defensa de su soberanía nacional, la misma que había perdido al desintegrarse la Unión Soviética y el campo socialista en el Este como un todo.

El desmantelamiento de Rusia es un juego de ajedrez y de mucha, muchísima paciencia. Para que se tenga una idea de lo complejo que es la tarea del globalismo frente a Moscú, se estima que de las 20.000 ojivas nucleares actualmente activas en el mundo, más de la mitad están en Rusia como herencia de la Unión Soviética, por lo que no hay realmente ninguna posibilidad de embestir con un ataque militar frontal a los rusos, la guerra abierta contra el territorio y el pueblo podría desencadenar una respuesta nuclear con consecuencias impredecibles. He ahí expresada en la práctica la máxima de que en última instancia lo que garantiza la soberanía nacional es la bomba atómica y es por eso que el globalismo debe desmantelar a Rusia si quiere destruir al Estado nacional en todo el mundo, porque en Rusia el Estado nación es realmente existente.

La guerra dentro de la guerra es eso, son los movimientos bélicos calculados en el marco de una estrategia mayor. La geopolítica clásica que existió hasta mediados del siglo pasado planteaba la lucha entre Estados nación en el campo de batalla y la última expresión de esa realidad fue la II Guerra Mundial, en la que las potencias globales del momento lucharon en el establecimiento de un nuevo reparto colonial del mundo. Pero inmediatamente después se desarrolló la tecnología nuclear y los movimientos de tropas pasaron a ser localizados, la guerra fría y a cuentagotas. La siguiente etapa es la actual, es la de un impasse permanente entre los países que tienen armas nucleares, es la del avance imparable de las corporaciones apoderándose de algunos de esos países (los de Occidente, precisamente) para la utilización de su poderío militar en el proyecto de ir asfixiando de a poco a los díscolos de Oriente, pero en el fondo siguen siendo dos bloques geográficamente muy bien distribuidos donde el uno no puede coexistir con el otro y lo trata de someter. En cierto punto, la diferencia entre las invasiones napoleónicas a Rusia y el actual acorralamiento de Rusia por parte de los ejércitos de la OTAN al servicio del poder fáctico global es que Napoleón fue mucho más sincero, simplemente porque pudo serlo en un mundo sin armamento nuclear.

Napoleón Bonaparte intentó doblegar a Rusia y fue derrotado, lo mismo que Hitler en su momento. Al parecer, Occidente sabe que el espíritu ruso es indestructible, aunque no se da por vencido y emplea nuevas estrategias para lograr su cometido, unas muy distintas a las utilizadas por franceses y alemanes en su momento.

Sería exagerado decir que Rusia es la última esperanza del hombre frente al globalismo y su marcha arrolladora, pero quizá no tan exagerado si se observa la estrategia mayor. Si Rusia cae derrotada, caen igualmente todas las naciones que están en su órbita y ya no habrá en el mundo ninguna comunidad organizada con capacidad de resistir a la imposición de un gobierno global centralizado en manos de las seis u ocho familias de la oligarquía mundial. Vistas las cosas desde esta perspectiva, la grandeza de Rusia es la última garantía de libertad y soberanía para todos los pueblos del mundo, incluso para los de aquellos países que hoy tratan de acorralar a Rusia por cuenta y orden del globalismo de las corporaciones. Si Rusia cae, quedará solo una China que no es garantía de nada, puesto que nadie entiende muy bien cuál es su juego. Por lo pronto, al parecer China está mucho más interesada en hacer negocios que en gravitar ideológicamente en la geopolítica, no es ni nunca quiso ser la heredera de la Unión Soviética en cuestiones de equilibrio del tablero. Ese rol lo juega Rusia desde siempre, o por lo menos desde que Vladimir Putin se hizo a fines del siglo pasado del poder político.

Este es un momento de retroceso para los pueblos, un momento que se inició con la caída del Muro de Berlín y que debe estar cerca de culminar. Si el globalismo fracasa y en Oriente subsiste la idea del Estado nación como ordenador de las comunidades nacionales en la defensa de sus intereses colectivos, puede sobrevenir un periodo de avance en la causa nacional-popular. El globalismo solo triunfa realmente si no hay un solo lugar en el mundo que no esté bajo su control efectivo, no es globalismo de una parte del globo. Si Oriente resiste a estas embestidas y Rusia logra restablecer la zona de influencia hacia el centro de Europa que supo construir en su momento la Unión Soviética, todos los países que hoy están inermes frente al poder fáctico global —el nuestro entre ellos— tendrán donde referenciarse y con quien hacer alianzas para la defensa y la cooperación. La guerra dentro de la guerra hoy en las fronteras rusas es mucho más importante para el futuro de la humanidad de lo que se imagina la propia humanidad, hipnotizada por el relato falsificado de los medios de difusión. Les guste o no les guste ideológicamente a algunos, Moscú es hoy la última trinchera de resistencia contra un proyecto monárquico que es sin corona, sin títulos de nobleza y sin territorialidad, pero que quiere concentrar un poder cuya magnitud no tiene precedentes en la historia del hombre.