Allá lejos y hace tiempo, a principios del año 14, empezábamos a hacer La Batalla Cultural con un propósito específico y claro: hacer la crítica de los medios de información y correr el velo de la manipulación que hacen con ellos de las conciencias.

Ha llovido mucho desde entonces y nos hemos embarrado con asuntos más bien relacionados al reverso de la trama política, denunciando otros tipos de manipulación del poder, que no solo es mediática. Y en ese proceso fuimos aprendiendo que el enemigo juega en su propio campo y mucho más en el campo contrario, esto es, que la manipulación no está solo allí donde ya hemos aprendido que está. También está donde pensamos que no.

Ya estamos avisados —a la manera de Malcolm X— de que todo lo que sale publicado en los medios de las corporaciones son operaciones de sentido orientadas manipular el sentido común y en contra de sus propios intereses populares. Ninguno de nosotros consume un Diario Clarín o La Nación, un TN o un Canal 13, una Radio Mitre esperando encontrar en esos medios información genuina. Ya sabemos que allí solo hay manipulación y el saberlo es un enorme avance, sin lugar a dudas.

Ahora bien, la cosa es mucho más complicada de lo que parece, porque la manipulación no está solo en los medios claramente identificados como de propiedad del enemigo. Está también en aquellos que vemos como “neutrales” (un hecho que ya ha sido descubierto por muchos de los nuestros) y además en los que pensamos que son amigos. Aquí está la novedad.

No queremos dedicar esta publicación para exponer una vez más medios tradicionales como Página/12 no son lo que nosotros solíamos creer. Guillermo Moreno ya presentó los resultados de sus investigaciones mientras luchaba al interior de Papel Prensa y reveló la confesión de Jorge Carlos Rendo sobre el hecho que Página/12 es el “ala izquierda del Grupo Clarín”. Ya sabemos que en Página/12 hay de los unos, pero también hay de los otros y que ese es un diario para leer con pinzas, porque dispara buena cantidad de “fuego amigo” que consumimos muchas veces de modo irreflexivo.

Vamos a profundizar, vamos a ver qué pasa con los medios “amigos” no tradicionales, es decir, los que difunden sus contenidos ya no en formato de televisión, radio o diario, sino en las redes sociales. ¿Qué pasa con los que reafirman todos los días nuestra verdad revelada mediante la negación del que no está de acuerdo con nosotros?

Eso es lo que en la década pasada se dio en llamar la “blogósfera K”, una generación de productores de contenido independientes que, aun no tanto en las redes sociales, que estaban en pañales, difundía desde los blogs un contenido contrahegemónico, haciendo así la oposición a los medios tradicionales.

Los blogs desaparecieron y fueron superados por las llamadas “fanpages” y “cuentas”, sobre todo en Facebook y Twitter, alcanzando así una difusión masiva que antes no tenían. El que antes escribía en un blog y era leído como misa de séptimo día (solo amigos y parientes), ahora tiene cientos de miles de seguidores en las redes sociales que consumen a diario el contenido que ese bloguero devenido en fanpage produce y difunde.

A primera vista no habría nada mejor que eso, que la difusión masiva de los contenidos alternativos frente a la hegemonía de los medios tradicionales que están en poder de las corporaciones. Esa masividad pudo haber sido la clave para desarticular esa hegemonía, informar de otra manera y desde otro lugar, y terminar de una vez con el discurso único del poderoso.

Pero pasaron cosas.

Después de la derrota electoral del año 15, la casi totalidad de las fanpages se abstuvo de generar una comunicación alternativa a la de los medios tradicionales y directamente se refugió en la lógica del “resistir con aguante”. Las fanpages se tomaron muy a pecho el asunto de la grieta y empezaron a producir y a difundir contenidos que ya no tenían por objetivo informar a nadie de otra manera, sino a reforzar el fanatismo de un sector de la sociedad frente a otro que ya estaba fanatizado.

En una palabra, con un tercio de nuestro pueblo ya fanatizado por los medios tradicionales de difusión con el mensaje de odio, lo que hicimos “de este lado” fue apuntar al tercio opuesto y meterle el odio opuesto. Si de aquel lado odian al kirchnerismo, al peronismo y a todo lo que tenga un mínimo olor a popular, de este lado empezamos a odiar a los que nos odian.

Entonces el resultado es que dos tercios de nuestra sociedad se odian mutuamente, mientras que el 40% restante, el que supo ser el famoso “veleta”, no sabe para qué lado agarrar. ¿Me pongo del lado de los que odian a los unos o del lado de los unos que odian a los otros que los odian?

Y los “comunicadores del campo popular” en las redes sociales son funcionales a que esa contradicción insalvable se sostenga en el tiempo. En vez de presentar una propuesta superadora al odio de los talibanes del enemigo, se convierten ellos mismos en talibanes de lo opuesto. Como respuesta al fanatismo irreflexivo del 30% de “globos” amarillos irrecuperables para el razonamiento y la convivencia democrática, oponen el fanatismo irreflexivo de otro 30%, el de los “kukas” de todos los colores igualmente irrecuperables para el razonamiento y la convivencia democrática.

Así es cómo el 60% de nuestra sociedad es incapaz de ofrecerle al 40% restante una comunicación alternativa y una alternativa real al saqueo que están llevando a cabo las corporaciones con el poder en el Estado.

Y así es cómo los blogueros de la “blogósfera K” devenidos en fanpages en las redes sociales se han convertido en medios de difusión del enemigo, porque en vez de intentar cerrar la grieta con el 40% no fanatizado, se enfrascan en una guerra santa contra los talibanes del enemigo, tratándolos de “globos”, “globertos”, “cabeza de globo” y afines, mientras estos responden llamándolos “kukas”, “kakas”, “vagos”, etc.

Mientras eso pasa, el 40% mira sin comprender y, sin alternativa, prende el televisor para intoxicarse con el contenido de siempre, el que en un principio nos habíamos propuesto superar.

Al igual que la radio y la televisión en sus comienzos, Internet nació con un potencial revolucionario y con una característica que las otras dos no tenían: darle voz a cualquiera. Pudimos haberlo aprovechado para construir una comunicación alternativa, nacional-popular, orientada a la defensa de nuestros propios intereses de pueblo-nación y a derrotar el monopolio mediático de las corporaciones, pero eso no pasó. Lo que pasó es que Internet le dio voz literalmente a cualquiera, la dirigencia se desentendió de la organización de ese espacio y los cualquiera consolidaron un talibanaje en espejo con el talibanaje del enemigo, sentando las bases para el preludio de una guerra civil y la destrucción de 209 años de construcción política.

En el siguiente video —que subtitulamos con mucho cariño para vos, atento lector que aún cree en mirar a los ojos y quiere pensar en una manera de cerrar la grieta—, David Bowie hace una predicción en 1999 de lo que iba a llegar a ser Internet y la clave está acá:

“Estoy diciendo que el contexto y el contenido van a ser muy distintos a todo lo que podemos imaginar en este momento. La interacción entre el usuario y el proveedor (de información) será tan armoniosa que aplastará nuestras ideas sobre lo que realmente son los medios”.

Esa interacción armoniosa entre el consumidor y el proveedor de información es una verdad absoluta. Si el medio difunde mierda, el consumidor consumirá mierda y reproducirá mierda en su discurso cotidiano. Cuando en las redes sociales publicamos mierda, los que nos leen van a ir con esa mierda a transitar el día a día en sociedad y la sociedad, lógicamente, va a ser una mierda.

Bowie también decía que eso en Internet iba a aplastar nuestras ideas sobre lo que realmente son los medios. Tenía razón, pero resultó ser mucho peor. La interacción entre consumidor y proveedor de información en las redes sociales terminó aplastando no solo nuestras ideas no sobre los medios, sino nuestras ideas a secas. Somos una sociedad sin ideas que transmite lo que siente publicando memes ofensivos contra el otro en las redes sociales.

Y nada de eso puede terminar bien.