A más de tres años del inicio del gobierno de las corporaciones y aun con toda la destrucción que hizo a la vista, la segmentación del electorado argentino sigue inalterada en valores iguales a los que se verificaron durante la campaña para las elecciones del año 15, unos valores que son la radiografía de una sociedad fragmentada en tres tercios y que nuestra militancia simplemente no conoce, nunca vio ni comprende.

En dicha segmentación en tres partes, estamos por un lado los que formamos el 30% aproximado de los llamados “talibanes K”, un enorme grupo de gente absolutamente convencida, un núcleo duro, pero insuficiente para ganar las elecciones. Por otra parte, otro núcleo igual de duro: el 30% del bando opuesto, los “talibanes amarillos”. Ellos, al igual que los otros/nosotros, ya están convencidos de su verdad —la verdad que el poderoso les vendió como propia, la verdad del 0,1% más rico del mundo— pero son, asimismo, un tercio insuficiente para ganar las elecciones.

Ninguno de los dos tercios gana por sí solo y las elecciones, en realidad, están en otra parte. Están justo en el medio.

Allí, en esa “ancha avenida del medio”, sin identificarse con ninguno de los bandos y sin certezas de las que aferrarse, está el 40% de los llamados “ni-ni” o “veletas”. Y pese a toda la destrucción que están llevando a cabo las corporaciones con el poder en el Estado, en más de tres años no hemos podido llegarles a esos indefinidos para convencerlos de algo y alterar esa segmentación hecha de compartimientos que parecen estancos. Los “ni-ni” siguen indefinidos, ahora diciendo que no quieren a Macri, pero que al kirchnerismo no lo quieren ni ver.

La única conclusión posible es que algo hemos estado haciendo mal en tres años de hablar y hablar, porque nuestra militancia no está convenciendo a nadie y eso significa que la militancia no está funcionando como se supone debería funcionar. No estamos convenciendo gente.

¿Qué estamos haciendo mal? Pues muchas cosas, entre ellas el seguir montados sobre la certeza de que el gobierno nacional-popular que terminó en diciembre del año 15 fue un gobierno perfecto, una torre de marfil altísima desde la que agredimos, reprochamos y humillamos a todo aquel que no esté de acuerdo esa certeza y esa verdad que solo existen en nuestras propias conciencias. En vez de seducir a los “ni-ni” para que voten por nuestro proyecto político, en vez de hacerles ver que tenemos la mejor alternativa para el conjunto del pueblo argentino, los estamos enajenando a base de gritos e insultos, a la vez que seguimos hablando entre nosotros, festejándonos mutuamente las ocurrencias y pescando en una pecera.

¿Quiénes estamos haciendo eso? Los que tenemos la responsabilidad de llevar el relato de lo nacional-popular en el cotidiano: nosotros mismos, los militantes.

He ahí lo que nos toca: buena parte de la comunicación política a esta altura del siglo XXI se difunde ya por las redes sociales. Con la televisión restricta a un público cada vez más envejecido y la radio y los diarios llegando apenas a las minorías cuya opinión ya está formada, es en las redes sociales donde debe circular el mensaje político electoral para captar el voto del que siempre va a votar al que lo seduzca mejor en cada momento.

Y es exclusivamente en las redes sociales donde los que militamos podemos expresarnos, puesto que el acceso a los medios de difusión tradicionales se encuentra cerrado para nosotros. No tenemos otro canal de comunicación que estas redes sociales en Internet.

No entendimos el año electoral

Hasta aquí hemos visto dos incomprensiones: no comprendemos la segmentación del público en tres tercios y tampoco entendemos que venimos llevando el relato hace tres años en las redes sociales. A estas dos se le suma una tercera incomprensión, la del público meta.

Aquí, en Finlandia y en Papúa Nueva Guinea, el mensaje de las campañas electorales tiene un destinatario preciso. Al hacer su comunicación, ningún candidato, partido o fuerza política se dirige jamás al bando contrario y —aquí está lo esencial— tampoco al bando propio. Toda la comunicación política en años electorales se orienta a convencer a los “veletas” o “ni-ni” en cada elección. ¿Por qué? Porque ellos son los que deciden las elecciones, siempre.

Sin ir mucho más lejos, ahí está la razón por la que la campaña de Daniel Scioli en el año 15 tenía la estética de una publicidad de detergente o de hojas de afeitar, con un fondo musical plagiado de una canción de Coldplay y no basada en la Marcha Peronista y mucho menos en La Internacional, como desearían algunos. Ahí está también la razón por la que un joven y apuesto dirigente con aspecto de clase media como Martín Insaurralde fue ungido como candidato para encabezar las listas del kirchnerismo en las elecciones legislativas del año 13. No, no pudo ser un veterano peronista clásico: tuvo que ser una figura potable para los “ni-ni”, para los “veletas”, los que nunca están en ninguna militancia, nunca toman parte y deciden todas las elecciones.

Los núcleos duros son lugares imposibles para la comunicación política y más aún en años electorales. Es imposible que del 30% de talibanes amarillos salga un solo voto para el proyecto nacional-popular en ninguna circunstancia. Pase lo que pase, digamos lo que digamos, ese talibanaje va a apoyar a los candidatos y va a votar las listas que presente el poder fáctico de las corporaciones, por lo que nosotros jamás debemos dirigirnos a ellos. Es al divino botón y un gasto innecesario de energía y recursos.

De igual manera, es prácticamente imposible que del núcleo duro de los “talibanes K” salga un solo voto para los candidatos y las listas del poder fáctico de las corporaciones. Puede pasar (y de hecho pasa y va a seguir pasando) que una pequeña cantidad de los nuestros no comprenda la estrategia comunicacional del año electoral, se sienta ofendida porque el nivel de deconstrucción no es lo suficientemente alto para sus estándares posmodernos y termine votando al trotskismo o una opción dicha “de izquierda”. Pero ese daño es colateral y no mueve el amperímetro. Hoy por hoy, la casi totalidad del núcleo duro de lo nacional-popular va a votar por la candidata o el candidato que resulte ungido en la unidad del peronismo.

Entonces la cuestión no está de un lado ni del otro, no está en hablarles a los propios ni a los ajenos. Está en hablarles a los que no son ni lo uno ni lo otro, literalmente los “ni-ni”, que pueden votar a Dios o al diablo alternativamente según la capacidad de persuasión que tengan Dios y el diablo en cada momento.

Eso es lo que no estamos haciendo, no estamos persuadiendo a nadie. No entendimos que ya empezamos a transitar un año electoral (quizá el más importante de nuestra historia) y seguimos con el proceder que hemos tenido en tres años. Seguimos bardeando, reprochando y humillando al pueblo argentino por cómo el pueblo argentino votó en el pasado. ¿Cómo lo hacemos? Con memes, textos y videos ofensivos que se difunden escandalosamente en las redes sociales y caen como bombas en la conciencia de los “ni-ni”. Los estamos enajenando, estamos piantando voto a lo pavote, como dice el buen sentido popular.

Porque aquí hay una diferencia entre lo que hacen los talibanes amarillos en las redes sociales y lo que hacen nuestros talibanes K, y es una diferencia grande. Cuando los talibanes amarillos hacen un meme ofensivo, lo dirigen específicamente al 30% del bando opuesto, esto es, ese meme viene a caer como una bomba en el cuartel de los que de ninguna manera nos vamos a poner de acuerdo con ellos, aunque nos propusieran ellos la paz con rendición incondicional incluida y besos en los pies.

No obstante, cuando desde los talibanes K sale un meme, un texto o un video ofensivo, en cambio, ese material va dirigido no a los soldados del enemigo, sino a todo aquel que no piense como nosotros, es decir, a todo el restante 70% de la población. Y ahí no son todos amarillos ni mucho menos: ahí están precisamente los “ni-ni”, los que votaron a Menem dos veces, votaron a Néstor y luego a Cristina, para finalmente terminar eligiendo a Macri en el 2015. Ese meme va a caer como bomba, pero no sobre el cuartel del enemigo. Va a caer como bomba sobre la conciencia del que tenemos que convencer para ganar las elecciones.

Esquema simplificado de cómo funciona la difusión del mensaje de odio que pianta voto en las redes sociales. Los “amigos” (contactos en las redes sociales) de nuestro talibán K representan el electorado argentino en una miniatura proporcional. De un modo general, las listas de “amigos” de todos nosotros tienen esa proporción y eso es lo que ocurre cuando compartimos un meme, un texto o un video ofensivo ahí: les tiramos una bomba a los 7 de cada 10 que no están de acuerdo con nosotros para que los otros 3 talibanes nos feliciten la ocurrencia con un “Me gusta”. Eso es todo lo que ganamos, una ganga.

Ahora bien, ¿por qué los “ni-ni” son “veletas” y votan así, sin coherencia? Porque no tienen orientación ideológica definida, no se ponen la camiseta de las corporaciones ni se ponen la camiseta de los pueblos. No entienden la disyuntiva, ni la registran. Están en otra y por eso son los llamados “veletas” y son los que realmente deciden las elecciones en este y en todos los países del mundo, porque portan un documento nacional de identidad y votan cada dos años, aunque no entiendan qué está en juego cuando lo hacen.

Los responsables por las bombas son los que fabrican, venden y tiran las bombas, precisamente. Y la militancia del campo nacional-popular, con muy poca formación doctrinaria y nada de compromiso con el destino del pueblo-nación argentino, está hoy llena de tirabombas. Son las “fanpages” y “cuentas” de memes, sobre todo en Facebook y Twitter. Ellos son los que fabrican y arrojan las bombas que los demás talibanes K van a recoger y volver a arrojar sobre sus parientes, amigos, vecinos y compañeros de trabajo y estudio que son “ni-ni”.

Así es cómo los mal llamados “comunicadores del campo popular” juegan contra los intereses del proyecto nacional-popular al generar el material que luego será utilizado por nuestros talibanes silvestres para enajenar el voto de los “ni-ni” que tanto necesitamos para ganar las elecciones. Talibanes, sí, porque si fueran militantes no estarían ocupados en descargar su odio sobre el que piensa distinto, como hacen los talibanes amarillos desde siempre. Si fueran militantes, estarían militando, es decir, estarían tratando de convencer al que no está de acuerdo, ignorando al núcleo duro del enemigo y apuntando bien al centro de la grieta para conseguir las adhesiones necesarias de cara al triunfo que tenemos que lograr.

Decíamos que las elecciones de este año son las más importantes de nuestra historia y no exageramos. Nunca fuimos llamados a elegir en las urnas entre dos proyectos tan distintos, tan opuestos y en un país que saldrá de las elecciones tan quebrado y endeudado. Estas son las elecciones más importantes de nuestra historia y las tenemos que ganar en primera vuelta con, mínimamente, el 60% de los votos. Vamos a necesitar mayoría en ambas cámaras del Congreso para aprobar rápidamente las leyes necesarias para desactivar —esta sí— la bomba atómica que el gobierno de las corporaciones nos está dejando.

Y no se obtiene el 60% de los votos cuando el 30% del padrón está empecinado a bardear, a reprochar y a humillar al resto del electorado por cómo votó en elecciones que ya pasaron. Estamos en un año electoral y hay que ganar, no tener razón ni satisfacer nuestras broncas a expensas de nadie. Estamos en un año electoral y es bueno que vayamos anoticiándonos de ellos, porque si no vamos a perder las elecciones y ya no habrá memes, ni redes sociales ni internet. Nos van a destruir como país y como pueblo-nación, no van a dejar piedra sobre piedra.

Lo personal no es político y debemos dejar nuestros resentimientos de lado. Si vamos a personalizar la discusión, jamás los vamos a poder convencer. Solo vamos a seguir enemistándonos con el pueblo argentino hasta transformarnos en una fuerza minoritaria y testimonial. Nos vamos a convertir en trotskistas, en los que tienen toda la razón y toda la verdad revelada, pero jamás ganan una elección en lo que no sea un centro de estudiantes y una fotocopiadora.

Todavía es enero y estamos a tiempo. Paremos ya de bardear, reprochar y humillar al pueblo argentino