Son las primeras horas de una mañana fría y lluviosa de invierno. De reojo, uno mira por la ventana entrecerrada y ve que todavía está oscuro, todo oscuro. Y uno está allí, en la comodidad de una cama calentita, como disfrutando un ratito de eso que se parece tanto a esa vida intrauterina de la que no tenemos recuerdo, pero que sigue grabada en nuestra conciencia. Y sin embargo el despertador grita desquiciado: ya es hora de levantarse.

Y uno hace el esfuerzo sobrehumano, todos los días lo hace. No hay un día hábil de nuestras vidas en el que no tengamos que abandonar el confort para salir a lucharla. No tiene que ver con el sistema capitalista ni nada de eso, es que simplemente en la vida hay momentos para refugiarse y hay momentos para salir a la lucha.

El refugio es muy cómodo, por cierto, y nos cuesta horrores abandonarlo una vez que nos acomodamos allí. El refugio es la vida intrauterina y nadie quiere salir, aunque todos salimos efectivamente. El refugio hoy es el bunker, es un lugar donde nos sentimos contenidos y protegidos de los “malos del mundo”, de los “caretas”, los “cabeza de globo”, los “pelotudos que votaron a Macri” y de todos los que no piensan como nosotros.

Pero sí, el refugio es una burbuja, es un termo. No, ellos solos no viven en un termo: nosotros también.

Ellos se levantan y desayunan Canal 13. Van al trabajo con Radio Mitre y una vez que llegan ponen TN para consumir esa información tóxica pasivamente, con la atención a eso puesta en segundo plano, pero la letra entrando. A cada rato toman el celular y se meten en las redes sociales de los talibanes amarillos para consumir un poco más de veneno contra lo nacional-popular. “Procesaron otra vez a la Yegua. ¡Chorra, hija de puta! ¡Tiene que ir en cana! ¡Nisman! ¡Centeno!”, vomitan, liberando ese odio contenido. Más tarde cenan otra vez con el noticiero de la noche, un ratito más de Fantino o algún símil y a dormir pensando qué hacer con las facturas, el alquiler, la cuota del auto, las patentes…

Sí, ellos viven en un termo. Y nosotros también, pero en otro termo.

Nos levantamos a la mañana y desayunamos C5N. Vamos al trabajo escuchando AM 750, el éter del talibanismo K por antonomasia, y durante el día consumimos los memes de odio contra los “pelotudos que votaron a Macri” que se publican en las redes sociales del talibanaje nuestro. Nos reímos con furia, se los reenviamos a nuestros parientes, amigos y compañeros de trabajo por WhatsApp, por Facebook, por Twitter, por donde sea. Y si no se puede lo imprimimos y se lo pasamos por debajo de la puerta. “Ya se van a dar cuenta de que son unos pelotudos”, pensamos, mientras llegamos del trabajo y ponemos C5N otra vez para que el Gato Silvestre nos cuente “la realidad”. Y a dormir pensando qué hacer con las facturas, el alquiler, la cuota del auto, las patentes…

Sí, el Gato Silvestre nos cuenta “la realidad” , mientras Alfredo Leuco se la cuenta a ellos. Eso somos.

No somos distintos a ellos, sino más bien el espejo de ellos. Ellos odian y nosotros también. Ellos odian a la Yegua y nosotros odiamos al Gato, ellos a nosotros los “kukas” y nosotros a ellos, los “globos”. Ellos tienen a Leuco, nosotros tenemos “la realidad”.

Todos bien cómodos en el tupperware, cada uno en su burbuja, bien protegidos por la placenta en nuestra vida intrauterina.

“La militancia tiene un problema”, decía Ricardo Rouvier, hace ya algún tiempo, justamente en AM 750, aclarando previamente que iba a decir algo muy antipático. “La militancia a veces nos separa de la gente y termina favoreciendo los procesos de simbolización y no de realización, sobre todo cuando la militancia se burocratiza mucho y pierde contacto con la población”, agregaba Rouvier y luego proseguía:

“Terminamos haciendo funciones de cine para nosotros, haciendo bailes para nosotros, terminamos haciendo actos para nosotros. Cuando vamos a los actos nos vemos, nos abrazamos, nos casamos, nos separamos, tenemos hijos… hacemos una familia”.

Todo entre nosotros, nos dice ahí Rouvier. Y ahí tenemos el llamado microclima militante, que no es otra cosa que el termo, la burbuja, el útero de mamá, el lugar donde nos sentimos cómodos.

Pero el despertador suena, porque mientras seguimos cómodos acá el enemigo sigue transmitiendo las 24 horas del día por todos los medios de difusión del universo. Entonces ellos son más que nosotros, entonces no ganamos las elecciones.

Ejemplo clásico de dirigentes simulados, que hacen una militancia simulada de microclima y, lejos de persuadir al que piensa distinto, lo enajena con su proceder contracultural que la mayoría rechaza de plano.

He ahí el límite: el año electoral. El despertador suena y es aun de madrugada, hace un frío terrible allí afuera y no queremos salir, pero suena porque es el año electoral que acaba de empezar y que va a definir el futuro de todos nosotros, de los que estamos en una burbuja, de los que están en la otra y —acá está la clave— de los que no están en ninguna de las dos, del 40% restante de la población que no es talibán K ni talibán amarillo y que está esperando a que alguno de los bandos salga, abandone la comodidad del odio festejado entre odiadores y presente una alternativa.

Enero está terminando, pronto se irá también febrero. En marzo estaremos en plena campaña, si es que no adelantan las elecciones y la campaña empieza antes. ¿Qué estamos haciendo con el que no está en ningún microclima talibán? Nada. O, mejor dicho, lo seguimos reprochando porque desde nuestro punto de vista votó mal en el año 15 y por eso estamos como estamos. Va a empezar la campaña y seguimos haciendo la misma catarsis del hace ya más de tres años.

Los seguimos poniendo en frente a los “ni-ni”, a los que no son K ni amarillos. Empezó el año electoral, sonó el despertador y seguimos haciendo remolón en la cama calentita de los muchos, pero insuficientes, que piensan como nosotros. Vamos a llegar tarde al trabajo.

Ya es hora de abandonar el confort del bunker y salir al campo de batalla. Cuesta, sí. Es desgastante, sí. ¿Hay peligros? Muchos, puesto que se trata de una guerra, justamente. Pero hay que hacer el esfuerzo, el mismo que hacemos todos los días cuando suena el despertador y es sobrehumano.