“Cuando la patria está en peligro, todo está permitido, excepto no defenderla”.

José de San Martín

El mundo está patas arriba, como diría Galeano. Y en un mundo así, con las cosas dadas vueltas, es valiente el que patotea a lo barrabrava y es tibio el que propone el diálogo con el diferente para construir mayoría y luchar por la victoria.

Esta es la expresión más escuchada por nosotros cuando proponemos tenderle la mano y abrirle los brazos al que está confundido, votó mal en 2015 y puede arrancar para cualquier lado este año, justamente por seguir confundido: “No me cabe la tibieza, me muero con la mía”.

Muy bien, esa es la actitud del talibán y es, como veremos a continuación, la actitud del tibio y del cobarde, aunque a primera vista parezca que es todo lo opuesto.

En el sistema de representación con elección de representantes por voto directo, la gente vota. Y el resultado del voto de la gente va a definir quienes serán los encargados del gobierno en el Estado por un determinado periodo. En otras palabras, durante un tiempo va a gobernar y va a realizar su proyecto político el que tenga más votos en las urnas, lo que en sí es una obviedad.

Pero no es tan obvio cuando vemos una actitud por parte de un sector de la militancia que dejó de ser militante y pasó a ser talibán de la custodia de la verdad universal. Esos talibanes no entendieron que a partir del 10 de diciembre de este año la Argentina será gobernada los próximos cuatro años por la fuerza política y el candidato que obtengan más votos.

No, no va a ganar necesariamente el mejor candidato ni el mejor proyecto y tampoco es seguro que gane el que a nosotros nos parezca la mejor opción. Va a ganar literalmente el que tenga más votos en las urnas, sí o sí.

Lo que nosotros mismos llamamos “nosotros”, los militantes, amigos y simpatizantes del proyecto nacional-popular somos entre el 27% y el 30% del padrón electoral. Somos un montón de gente, sin lugar a dudas, pero nuestros votos son insuficientes hoy para imponer un candidato en las elecciones de octubre.

Tampoco son suficientes los votos duros que tiene el enemigo, de los que son capaces de pasarla muy mal con tal de que no vuelva a haber un gobierno peronista. Ellos también son alrededor del 30% o quizá algo menos, pero están absolutamente ideologizados y no van a cambiar de opinión, aunque el país estalle con ellos dentro.

Ellos están ideologizados, nosotros también. Pero ninguno de los polos tiene los votos suficientes para ganar las elecciones y la decisión no la tiene en sus manos el talibanaje convencido de aquel lado ni la tenemos los talibanes convencidos de este lado. La tienen, como siempre, los que no están convencidos de nada.

Ese es el discreto encanto del sistema electoral que hemos importado de Occidente: el resultado de las elecciones siempre, pero siempre está en manos de los que —para decirlo muy mal y pronto— no tienen la más puta idea de lo que quieren.

Así es como funciona la mal llamada “democracia representativa”, siempre pendiente de la opinión de una manga de auténticos veletas, los “ni-ni”.

¿Vamos a poder modificar eso de acá a octubre? De ninguna manera y lo más probable es que no podamos modificarlo en absoluto en el mediano plazo. La cosa es como es, la lucha se da en estos términos y hay que jugar con estas reglas.

Entonces hay que captar el voto de esos “ni-ni” si lo que se quiere es ganar las elecciones. Y eso es barro, eso es mierda y es un laburo muy desagradable. Es ponerse a establecer un diálogo con gente que simplemente no entiende casi nada de lo que pasa y que, para colmo de males, muchas veces tiene una opinión formada por los medios de difusión del poder. Y eso es irritante que duele, porque lo que repiten es pura mierda.

Pero es lo que hay, no hay otra forma de ganar que no sea captando el voto de los “ni-ni”, de los veletas que no tienen mucha idea de nada y normalmente repiten ideas de las que tampoco están consustanciados.

Entonces vamos viendo que eso de persuadir gente es un laburo para valientes, para hombres con cojones y mujeres con ovarios bien puestos. Ningún tibio está apto para tragarse el sapo, poner sus convicciones a un lado y a escuchar las barbaridades que dicen los “ni-ni”. Ningún tibio podrá jamás encarar esa tarea insalubre desde un ángulo moral y psicológico, porque el tibio no tiene estómago para revolver la mierda y destapar la cañería para que todo al fin fluya. El tibio llama al plomero y se refugia en el cuarto hasta que el plomero termine el trabajo.

Sí, el tibio se muere con la suya, que es no revolver la mierda. El tibio se mantiene puro, no se mezcla con la gentuza. El tibio mira la mierda de lejos para no sentir el olor nauseabundo y para no descomponerse, que hay que evitar la fatiga. El tibio es un barrabrava que insulta y agravia al que piensa distinto, pero siempre en patota, siempre de lejos y siempre entre los que piensan igual, en la comodidad del bunker.

En este mundo patas arriba el que se anima a revolver la mierda para ganar es un tibio, porque el barrabrava piensa que el plomero, al mezclarse con la mierda, se fusiona con ella. El barrabrava piensa que es valiente, pero no pasa de un tibio y un cobarde que mira muy de lejos y, de lejos, piensa que plomero, cañería tapada y mierda son lo mismo.

Hay que salir a persuadir gente y hay que salir ya. Hay que ser valiente para hacerlo, porque humillar e insultar en las redes sociales —de lejos, nunca en la cara— al que nos tiene que votar para que ganemos es de cobardes, es de trotskistas y es de barrabravas.

Tampoco hay que esperar la definición los candidatos, porque la campaña ya empezó y sean los que fueren vamos a tener que militarlos para ganar con ellos.

Necesitamos menos talibanes y más militantes que entiendan esta realidad: serás militante el día que convenzas a alguien de tu verdad relativa. No hay militancia sin persuasión del otro, no se trata de morir uno con la suya. Se trata de no morir. Si el militante no convence, no es militante: es un barrabrava que “aguanta los trapos” mientras el poder al país le pasa el trapo. Y si ese barrabrava encima pianta los votos que necesitamos y facilita así el triunfo del enemigo, entonces es un vulgar instrumento del poderoso para la destrucción de los pueblos, aunque se haga llamar “militante” para la satisfacción de su propio ego.

Lo personal no es político. Traguemos el sapo.