El presidente Nicolás Maduro acaba de emular a Hugo Chávez, pero recargado: cortó de cuajo las relaciones diplomáticas entre Venezuela y los Estados Unidos, fletando de yapa al embajador de este país en Caracas al grito de “tiene 72 horas para retirarse de Venezuela”. Estados Unidos había reconocido un gobierno rebelde y golpista en Venezuela, y esa fue la gota que rebalsó el vaso. Es la historia siendo escrita en este preciso momento.

Entonces empiezan las especulaciones: ¿Maduro se volvió loco? ¿Habrá guerra? ¿Qué harán los yanquis? Y aquí tenemos una breve síntesis de la coyuntura, simple y directa, para despejar algunas dudas y ver que no, Nicolás Maduro no está loco ni mucho menos, como tampoco lo estaba Chávez.

Lo primero que debe saber el atento lector es que Venezuela no está en condiciones de resistir a una hipotética ofensiva militar por parte de los Estados Unidos y mucho menos de la OTAN en su conjunto. Pocos países en el mundo podrían resistir a un ataque de esas potencias y ninguno de esos países está en América Latina, por supuesto.

Maduro, no obstante, no es ningún suicida ni está loco. Si tomó la decisión de hoy y cortó las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos y echó al embajador yanqui en Caracas, es porque tiene el respaldo necesario para hacerlo. La locura y las inclinaciones individuales al suicidio aquí no son una variable del análisis.

Maduro y Venezuela tienen respaldo. La cuestión es comprender de dónde viene ese respaldo y por qué.

La situación en Venezuela, en términos de estrategia geopolítica, es muy parecida a la de Siria. Ahí tenemos a los Estados Unidos intentando instalar un gobierno títere “rebelde” para provocar una supuesta guerra civil, derrocar el gobierno nacional-popular y hacerse del control del territorio. Eso pasó y está fracasando en Siria, eso puede estar pasando ahora mismo en Venezuela.

Maduro, junto a Putin y Xi Jinping en Moscú, celebrando el Día de la Victoria de la Unión Soviética en la II Guerra Mundial. Ubicando a Maduro en la línea de frente, Putin da un mensaje claro: este es mi amigo.

Ahora bien, ¿por qué los Estados Unidos quieren hacerse con el control del territorio venezolano? Por las mismas razones que quisieron hacerse del control de Siria: por una cuestión de pesos y centavos. Siempre es así.

El control del territorio es una cosa fundamental. En el caso de Siria, por ejemplo, el control del territorio en manos de una fuerza política nacional-popular está estorbando el camino de la realización del proyecto occidental de tender un gasoducto desde el Golfo Pérsico hasta Europa. Dicho gasoducto tendría que pasar necesariamente por Siria y serviría para liberar Europa de la dependencia del gas de Rusia.

Entonces, desde el punto de vista de Occidente en general, Bashar Al-Assad estorba y debe ser derrocado, porque es un factor determinante para la defensa de los intereses de Rusia en la región, cosa que las corporaciones no quieren.

Lo mismo ocurre, por razones no muy distintas, con Maduro. Al igual que Chávez, Maduro es un estorbo para los planes de las corporaciones occidentales porque defiende los recursos naturales del país y debe ser destruido, trabajo sucio que se les encarga a los militares y los espías de los países que representan los intereses de esas corporaciones: los Estados Unidos y las demás potencias occidentales.

El respaldo de Maduro

El atento lector recordará que ya van ocho años de ofensiva contra Bashar Al-Assad en Siria y que, sin embargo, Bashar Al-Assad sigue allí, vivito, coleando e impidiendo que pase por su territorio el gasoducto que transportaría el gas saudí a Europa. Al-Assad sigue ahí y Europa sigue dependiente del gas ruso.

Por otra parte, al igual que Venezuela, Siria tampoco estaría en condiciones de defenderse sola de un ataque de Estados Unidos y ni siquiera de desactivar una “guerra civil” instalada por la CIA en su territorio. Solo y sin amigos, Al-Assad tendría el destino de un Saddam Hussein o de un Muamar Gadafi. Pero eso no pasa y, por el contrario, Al-Assad ya retomó el control de gran parte de Siria, reconstruyendo y normalizando el país después de ocho años bajo fuego.

Pero Siria, como veíamos, está beneficiando a Rusia al impedir que pase el gasoducto por su territorio. Entonces Vladimir Putin es el respaldo de Bashar Al-Assad. Los sirios están liberando la patria con la ayuda de los rusos, porque de otro modo ya serían puré.

Y lo mismo pasa con Nicolás Maduro y Venezuela.

Los precios internacionales del petróleo se establecen por una simple ley de oferta y demanda: si hay abundancia del producto, el precio baja; si hay escasez, el precio sube. Y la abundancia o la escasez se definen por la voluntad de los países que producen petróleo.

Venezuela tiene las reservas de petróleo más grandes del mundo y Arabia Saudita ocupa el segundo lugar en ese ranking. En el tercer puesto está Rusia y aquí todo empieza a cerrar.

Los Estados Unidos ya controlan el territorio de Arabia Saudita mediante el sostenimiento político de una monarquía títere. Y dicha monarquía paga el favor de los yanquis quemando sus reservas de petróleo a un ritmo alucinado, esto es, produciendo por encima de su capacidad para que haya más petróleo en el mundo y, en consecuencia, el precio internacional baje. El gobierno de Arabia Saudí está reventando las riquezas de su pueblo para seguir gobernando con el apoyo de los yanquis.

Venezuela no está bajo el control de los Estados Unidos y hace justamente lo opuesto, cuida los recursos naturales y produce por debajo de su propia capacidad para forzar el alza del precio internacional, dado que su economía depende de esa cotización al no estar diversificada. Venezuela básicamente vende petróleo, vive de lo que vende y, si el precio del petróleo baja, Venezuela se va al tacho, como dicen los muchachos en el barrio.

Nicolás Maduro homenajeando en Caracas al líder chino Xi Jinping. China actúa en silencio, pero no puede permitir que los Estados Unidos se hagan con el control del petróleo a nivel mundial.

Pero no solo Venezuela está en esa situación. Rusia tiene un PBI muy pequeño en relación a lo que es el país en términos de extensión, influencia política y poderío militar y tecnológico. El PBI de Rusia es inferior al de países como Italia, Brasil y Canadá, y está en los mismos niveles de otros como España, Australia y México. Y buena parte de ese PBI depende las exportaciones de petróleo y gas, de los que Rusia tiene —como veíamos— la tercera reserva más grande del planeta.

Si el gasoducto de Arabia Saudita a Europa haría desplomarse las exportaciones de gas natural de Rusia, en Venezuela pasa algo parecido. De caer Venezuela en manos de Estados Unidos con un gobierno títere, los yanquis pasarían a controlar las dos mayores reservas de petróleo del mundo, las harían producir a ambas muy por encima de sus capacidades y el precio del barril de petróleo bajaría al orden de los centavos de dólar.

Si eso pasara, la que quebraría sería Rusia, puesto que los rusos también dependen muchísimo de las exportaciones de sus hidrocarburos. Habría inestabilidad económica en el país, la oposición —hoy aislada y bajo control— envalentonada haría crujir el gobierno de Putin hasta derrocarlo.

Claro que el juego se complica más todavía cuando pensamos en China. Si bien es cierto que los chinos son los principales consumidores de hidrocarburos y podrían beneficiarse momentáneamente con una baja en el precio de los combustibles, por otra parte no pueden permitir que los Estados Unidos se hagan con el control mundial de la producción de petróleo y gas, por razones lógicas.

Entonces los respaldos de Nicolás Maduro son nada menos que Rusia y China, dos socios asiáticos que por su parte están ya en guerra contra los Estados Unidos por la hegemonía mundial.

El asunto no está en Venezuela, sino mucho más arriba. Lo que sí es cierto es que los venezolanos pueden aprovechar esta oportunidad para aportar a la destrucción de la hegemonía de los Estados Unidos en el mundo, ayudar a construir un orden multipolar y lograr al fin la liberación nacional en el proceso. Maduro solo tiene que jugar bien y aguantar, solo tiene que seguir el ejemplo de Bashar Al-Assad. No hay ofensiva que dure cien años y normalmente en menos de diez los atacantes caen derrotados cuando existe la resistencia.