En los dos anteriores artículos de esta serie nos hemos ocupado de explicar, en breves y sencillas palabras, qué es lo que realmente está pasando en Venezuela. Explicamos el aspecto interior y el aspecto exterior, que son la guerra económica y los intereses geopolíticos en juego por el asunto del petróleo.

Eso está bien y ya con eso sería suficiente para tener un buen pantallazo y empezar a comprender todo el cuadro. Pero queda faltando un aspecto fundamental de la cuestión Venezuela: ¿Por qué el gobierno de Nicolás Maduro sigue de pie, si recibe embates de todos lados y son bien duros?

La respuesta, que está contenida en el título de esta publicación, es que el chavismo ya ganó la batalla cultural en Venezuela, lo que también sirve para entender por qué en Argentina fuimos derrotados y nos dimos un gobierno como el de Macri, y por qué en Brasil fuimos derrotados y nos quedamos clavados con un gobierno como el de Bolsonaro. Al igual que en el caso de Evo Morales en Bolivia, Nicolás Maduro ya ganó la batalla cultural en Venezuela y por eso no cae ni va a caer. Nosotros la hemos perdido y aquí pasa todo lo contrario.

Entonces la clave para entender por qué ellos triunfaron y nosotros no solo puede pasar precisamente por la comprensión de qué cosa es la batalla cultural.

Se puso de moda entre nuestra progresía deconstruida y mediática el llenarse la boca para hablar de “batalla cultural”. Según dichos opinólogos, el proyecto nacional-popular habría perdido la batalla cultural en Brasil y en Argentina y, por lo tanto, en estos países tenemos a los Macri y a los Bolsonaro.

El diagnóstico de esos intelectuales livianos es correcto, pero no profundiza en la cosa. Ellos dicen “batalla cultural” sin explicar de qué se trata. Y es porque efectivamente no saben de qué se trata.

Los militares de Venezuela, muy bien adoctrinados por la institución fuerzas armadas con los contenidos de soberanía nacional, independencia política y justicia social de la doctrina de Hugo Chávez. ¿Cómo van a darse vuelta, si están convencidos de lo que debe ser y de su propia misión histórica?

Contrario a lo que fue instalado por esos intelectuales en el sentido común de nuestra militancia sin doctrina, la batalla cultural no es una lucha entre individuos a ver quién tiene la razón. No es colgarse un pañuelo para “dar el ejemplo” y esperar que los demás se pongan de acuerdo con uno, no es ser un “kuka” e ir a pelearse con el vecino “globo”. Eso es simplemente generar fracturas innecesarias entre las clases populares. La batalla cultural es otra cosa.

De acuerdo con el autor de la categoría, el revolucionario italiano Antonio Gramsci, la batalla cultural es una lucha al interior de las instituciones de la sociedad civil, con el objetivo de copar, de hegemonizar esas instituciones y controlar el contenido del mensaje que ellas emiten.

En una palabra, no se trata de salir a convencer de a uno. Eso sirve para ganar unas elecciones y con los dientes muy apretados. Para ganar realmente la batalla cultural y abandonar el famoso péndulo que va de ciclos de gobierno de los pueblos a ciclos de gobierno de los ricos es necesario controlar las instituciones y convencer de a muchos, convencer de un solo saque a todos los que creen en esas instituciones.

Eso es lo que pasa en Venezuela, donde el chavismo ya ganó la batalla cultural y por eso no va a caer. A cada intentona golpista, la institución fuerzas armadas sale a respaldar al gobierno socialista, reafirmando su lealtad y subordinación al conductor. A cada embestida de oposición cipaya, sale la institución poder judicial a confirmar que el gobierno chavista es legítimo y que no puede ser derrocado, que eso sería ilegal.

Y ahí tenemos dos ejemplos de institución —fuerzas armadas y poder judicial— que tanto en Argentina como en Brasil los pueblos estamos muy lejos de controlar. Las controlan las minorías oligárquicas desde siempre y las usan para golpear una y otra vez a los gobiernos de tipo nacional-popular hasta destruirlos y reemplazarlos por un gobierno de ricos. Ellos están ganando la batalla cultural aquí y por eso logran hacer eso, cosa que es imposible en Venezuela y en Bolivia, por ejemplo.

“El desespero y la intolerancia atentan contra la paz de la Nación. Los soldados de la Patria no aceptamos a un presidente impuesto a la sombra de oscuros intereses ni autoproclamado al margen de la ley. Las fuerzas armadas bolivarianas serán un garante de la soberanía nacional”.

Vladimir Padrino López, Jefe de las fuerzas armadas de Venezuela

En Argentina no controlamos el poder judicial y nos inventaron un Nisman, nos tienen a la conductora atosigada por denuncias y procesos inventados. En Brasil no controlamos el poder judicial y por eso Lula está preso, por eso la Corte Suprema avaló el golpe institucional contra Dilma Rousseff.

Tampoco controlamos las fuerzas armadas, ni aquí ni en Brasil, y entonces no podemos contar con ellas para defender la soberanía nacional. Más bien todo lo contrario: las fuerzas armadas en estos países siempre han sido cómplices del saqueo y brazo ejecutor de la represión necesaria para que el saqueo tenga lugar.

Cuando Maduro dice que “la unión cívico-militar garantiza la paz en Venezuela”, está diciendo eso, está diciendo que controla las principales instituciones de la sociedad civil y que ni lo intenten, porque el gobierno socialista no va a caer. Por un lado los golpistas se van a encontrar con las armas; por otro, van a chocar contra la ley.

No hay forma de derrocar a Maduro sin una intervención militar directa por parte de las potencias occidentales, puntualmente los Estados Unidos. No hay forma de hacerlo como no pudo hacerse con Al-Assad en Siria, porque Al-Assad también tiene el control de las instituciones en ese país, quizá incluso más que Maduro y que Morales en Bolivia y Venezuela.

Si queremos lograr el triunfo también aquí debemos ganar la batalla cultural. Debemos meternos en las instituciones y luchar al interior de ellas hasta coparlas y hegemonizarlas. Debemos ir por el control de la Iglesia, de los sindicatos, del poder judicial, de las fuerzas armadas, de los clubes de barrio y, por supuesto, de los medios de comunicación masivos.

Mientras no hagamos eso, vamos a seguir alternando entre periodos de gobierno nacional-popular que construye y periodos de gobierno oligárquico-cipayo que destruye todo lo que se había logrado.

Esa es la batalla cultural y la debemos entender. No se da ninguna batalla haciendo guerrilla de opiniones en las redes sociales ni en la mesa familiar. Nosotros mismos, al interior de las instituciones, la tenemos que ganar. La tenemos que ganar o no tendremos otro futuro que el pelearnos entre nosotros mismos por contradicciones que no existen.