En el hecho de que Venezuela siga de pie y contra todo pronóstico siga desafiando la hegemonía mundial de los Estados Unidos existe un factor determinante que muchas veces pasamos por alto: la lealtad de los militares al gobierno de Nicolás Maduro. Y en esa lealtad que es la piedra angular de la unidad nacional-popular de Venezuela juegan un rol fundamental ciertos individuos sobre los que las corporaciones han hecho alguna hipótesis golpista que nunca se corroboró.

Poco antes de morir, el comandante Hugo Chávez tuvo la previsión de ungir claramente a un sucesor y evitar así las luchas intestinas que habrían de implosionar la Revolución Bolivariana en el mediano plazo (ver video). Frente a las cámaras, Hugo Chávez sentó a Diosdado Cabello a su derecha y a su izquierda a Nicolás Maduro. Un militar a un lado y un civil al otro, había que elegir. Y el militar Chávez dijo claramente en ese momento decisivo que delegaba la continuidad de la Revolución en el civil, en Nicolás Maduro, dando por finalizada cualquier especulación al respecto.

El comandante Hugo Chávez, el 8 de diciembre de 2012, definiendo frente a las cámaras de televisión que Nicolás Maduro debía ser el continuador de la Revolución.

Pero las especulaciones sobre la sucesión de Chávez se sustituyeron por las hipótesis golpistas. Cabello no aceptaría la decisión de Chávez, no podría aceptar la dirección de un civil, y más temprano que tarde golpearía a Maduro para derrocarlo y hacerse con el control de la Revolución.

Los que pensaban así lo hacían pensando en un precedente histórico bien preciso: el de Augusto Pinochet, quien en Chile vendió su alma a la CIA y al Departamento de Estado, al poder fáctico de las corporaciones. Vendiéndose al enemigo de la patria en 1973, Pinochet golpeó a Salvador Allende y lo derrocó. Pinochet era el general de confianza de Allende y le pagó con la peor de las traiciones.

Pinochet cometió, por lo tanto, traición a la patria al llevar a cabo en Chile un golpe de Estado financiado y patrocinado por intereses extranjeros. Ese tipo de traición a la patria es mucho más frecuente en la historia de América Latina de lo que solemos suponer y entonces los profetas del odio no tardaron en poner sobre Diosdado Cabello la esperanza blanca de la reacción que iba a llegar cuando el propio Cabello fuera alcanzado por el soborno y la infamia del poder. Era solo cuestión de reunirse con él, prometerle el oro y el moro y contar con una buena dosis de ego para que Cabello se volviera en contra de Maduro para hacerle un golpe de Estado.

Pero eso nunca pasó ni parece que vaya a pasar. ¿Por qué?

Porque en Venezuela existe hoy algo que no existió en Chile en 1973 y solo en raras ocasiones se vio en la historia de nuestra Patria Grande latinoamericana. En Venezuela los militares están profundamente adoctrinados para cumplir la ley y obedecer a los civiles que defienden el interés nacional en la lucha política.

Así, podemos ver hoy a un Diosdado Cabello aceptando la decisión tomada por el comandante Chávez a fines del año 2012 y haciendo declaraciones como esta:

“Aquí en Venezuela no hemos sido tocados por el virus maldito de la traición. Aquí estamos en unión cívico-militar para luchar y hacer que esta patria sea independiente.”

Diosdado Cabello

Cuando Cabello y Maduro hablan de la “unión cívico-militar” —expresión que espanta a muchos de nuestros compatriotas aquí en Argentina, porque se suele asociar con la dictadura genocida de 1976 en nuestro país—, están hablando de la conciencia generalizada en los cuarteles de que los militares deben ocuparse del combate al enemigo, no de la gestión de gobierno, que les corresponde a los civiles.

“Un milico es un milico”, solemos decir en Argentina y eso es rigurosamente cierto. Los militares siempre hacen lo mismo: combatir el enemigo. Entonces el problema no está realmente en los militares, que siempre actúan igual, sino en quienes educan a los militares para determinar dónde está el enemigo. El problema de la unión cívico-militar no es la pata militar, sino el componente cívico de esa unión.

Tanto en el golpe de 1973 a Salvador Allende como en el golpe de 1976 contra María Estela Martínez de Perón hubo civiles interesados en golpear la democracia para introducir intereses de otros en el país. Esos civiles son personeros cipayos de los enemigos foráneos de la patria y son los verdaderos golpistas, los que golpean las puertas de los cuarteles para pedirles a los militares que hagan el trabajo sucio.

Salvador Allende, con Augusto Pinochet al fondo. Pinochet era el general de confianza de Allende, pero al no existir la unión cívico-militar en Chile, Pinochet fue cooptado por los enemigos extranjeros de la patria e hizo el golpe genocida contra Allende y contra el pueblo chileno.

En el genocidio de los 30.000 compatriotas entre 1976 y 1983 y en la masacre ejecutada por Pinochet contra el pueblo chileno hubo unión cívico-militar, pero la dirección siempre estuvo del lado cívico de esa unión.

Eso es lo que solemos llamar la complicidad civil en la dictadura cuando pedimos sentar también a los civiles en el banquillo de los acusados y juzgarlos, como hicimos con los militares. Pero lo estamos diciendo mal: no hay ninguna complicidad, no existe ni existió ningún golpe de Estado dirigido verdaderamente por militares. Estos son siempre los ejecutores, porque los autores intelectuales no usan uniforme ni botas.

Hugo Chávez supo adoctrinar a los militares en Venezuela, supo hacerles entender que el respeto a la Constitución es el principio rector de la Revolución Bolivariana. Lo que Chávez hizo fue una obra monumental, fue cambiar la matriz ideológica de las fuerzas armadas de Venezuela en un giro de 180 grados: de milicos oligárquicos a militares del pueblo sin escalas. Y aquí tenemos los resultados.

Las fuerzas armadas de Venezuela, adoctrinadas en la verdad popular y listas para darles a los invasores un Vietnam en el que enterrarse y perder, literalmente, como en la guerra.

En Venezuela, además de dos millones de milicianos listos y preparados para defender la patria, están las fuerzas armadas que siguen la línea de Hugo Chávez y no pierden de vista tampoco a Simón Bolívar, quien dijo:

“Maldito el soldado que apunta su arma contra su pueblo”.

La verdad es que los venezolanos están, junto a los cubanos, años luz por delante del resto de América Latina en lo que respecta al nivel civilizatorio. Se equivoca profundamente el que piensa que el pueblo venezolano está sufriendo, eso no ocurre. El venezolano no sufre porque sabe que se está liberando, sabe que va a atravesar el mismo infierno, pero ve el horizonte porque lo tiene y sabe que está en camino a la liberación. Los que sufrimos somos los demás latinoamericanos, a los que nos están matando por goteo mientras pensamos la unión cívico-militar es el mal.

El Pentágono, la CIA, el Departamento de Estado y todas las corporaciones del poder fáctico que financian esas máquinas, por lo tanto, saben que a Venezuela podrán entrar, pero que les va a costar salir. Ellos saben que Venezuela puede ser Siria o puede ser Vietnam. Ellos saben que en Venezuela solo pueden enterrarse y perder. El pueblo venezolano ya triunfó porque entendió todo.