Con el agravamiento de la situación política en Venezuela y la hora decisiva acercándose, vemos en los últimos días una profusión de expresiones por parte de la mal llamada “izquierda” y de los progres en general contra Nicolás Maduro y la Revolución Bolivariana. Dichas expresiones van desde un “Maduro y Trump son lo mismo” hasta consignas directamente golpistas. Y no son pocos los atentos lectores que se preguntan cómo puede ser, o cómo es posible que desde sectores supuestamente revolucionarios vengan esas barbaridades ultra reaccionarias.

Y las razones son muchas, de las que podemos enunciar las siguientes, que no excluyen tantas otras:

Maduro es de “derecha” (y Chávez también)

Nicolás Maduro sigue la línea de Chávez y Fidel en la idea que los latinoamericanos tenemos de lo que debe ser el socialismo. Esa idea es contradictoria con el marxismo decimonónico de Occidente que sobre todo el trotskismo sigue profesando. Al igual que Chávez, Maduro no pierde oportunidad para decir que deposita su fe en el futuro de la Revolución y de la patria en la unión cívico-militar y en la protección de Dios.

Léase bien: fe, patria, unión cívico-militar y Dios. “Eso es de derecha”, grita la mal llamada izquierda, pero aquí hay un error en la caracterización del arco político en el siglo XXI y una bruta manera de evaluar los contenidos de las categorías.

Ateo, apátrida y revolucionario. Así se autodefinía Carlos Marx en el siglo XIX. Para Marx en ese momento y lugar —siglo XIX y Europa occidental—, la patria no era más que un mero instrumento de las clases dominantes para someter a los pueblos, los militares eran las fuerzas del orden del régimen burgués y Dios no existía, no pasaba de humo utilizado para fundamentar la religión, ese “opio del pueblo”.

En ese sentido, Marx no se diferenciaba mucho de vulgares anarquistas como Bakunin y acólitos. De hecho, fundó con ellos la Internacional, la primera, se sentó con ellos a establecer una mesa de ateos, apátridas y revolucionarios. Y allí dio inicio a una tradición y mística que la izquierda en todo el mundo habría de seguir hasta los días de hoy, en mayor o en menor medida: en la opinión del trotskista y de mucho progresista uno no es un buen revolucionario si no es ateo y apátrida, si no rechaza de plano todo militarismo, porque para el talibán la política es siempre una cuestión de todo o nada.

Y en eso llegó Chávez, ya en el siglo XXI y en América Latina, hablando de un Cristo socialista, de patria y nacionalismo. Llegó un militar como Chávez diciendo esas cosas y descolocó la izquierda no solo en nuestros pagos, sino en el mundo entero.

La unión cívico-militar en Venezuela da como resultado las milicias de hombres y mujeres que están dispuestos a morir dándoles a los yanquis un Vietnam diez veces peor que el original.

Dios, patria, unión cívico-militar, palabras que para el trotskista y el progresista clásico son muy malas. Palabras que expresa Nicolás Maduro. Y, por si fuera poco, Maduro ahora empieza a promocionar el servicio militar, instando a la juventud a enrolarse en aquello que los argentinos llamamos “colimba”.

Pero Maduro no convoca a los pibes a correr, limpiar y barrer ni a ser humillados y maltratados en los cuarteles. Maduro quiere poner un fusil en las manos de cada joven venezolano para que defiendan la patria frente a la agresión imperialista. Por lo demás, los contenidos de Dios, patria y unión cívico-militar son radicalmente opuestos a los que el militante argentino de izquierda o progresista piensa que son en su conciencia colonizada por la ideología occidental, como explicamos ya en el primer artículo de esta serie.

En una palabra, la mal llamada izquierda y el progresismo quieren bajar a Maduro simplemente porque, como siempre dice Cristina Fernández, no existe más el ordenamiento de la política entre izquierda y derecha que fue la regla en los siglos XIX y XX. Así, cuando desde la “izquierda” dicen que Nicolás Maduro es de “derecha”, eso no representa ninguna definición real de lo que Nicolás Maduro representa en el siglo XXI para los pueblos en su contradicción verdadera frente a las corporaciones y el poder fáctico del dinero a nivel mundial.

Instrumentos del imperialismo y la reacción

En enero de 1966 se realizó en La Habana la Primera Conferencia Tricontinental para la organización de solidaridad de los pueblos de África, Asia y América Latina. En dicha conferencia, Fidel Castro pronunció ese famoso discurso en el que define al trotskismo como el vulgar instrumento del imperialismo y la reacción. De allí en adelante, los trotskistas dejaron de operar “con carpa” contra la Revolución cubana y pasaron a hacerlo de manera desembozada.

Fidel ya sabía entonces —hace más de medio siglo— que los trotskistas se financiaban con dinero de la CIA y el Departamento de Estado para operar la contrarrevolución por todo el mundo mediante el ardid de romper por “izquierda” cualquier conato de organización popular. Y entonces hemos transitado cincuenta años y más de escuchar a los famosos troscos criticar a Fidel desde el sillón.

Fidel Castro, militar y objeto del odio acérrimo del trotskismo a nivel mundial. Fidel fue el primero en decir —con sus propias palabras— que el trotskismo es un instrumento de la CIA para destruir la revolución popular en América Latina.

El trotskismo jamás hizo una revolución en ninguna parte ni ganó elecciones en nada que no fuera un centro de estudiantes. ¿Por qué? Porque no existe para eso, sino precisamente para lo opuesto: el trotskismo existe para destruir las revoluciones en su origen, para impedir que se desarrollen. Desde luego que los dólares de yanquis no benefician a los militantes trotskistas rasos y ninguno de ellos sabe de estos tejemanejes de sus dirigentes, pero el hecho es evidente. Desde que Trotsky fue a refugiarse en México bajo la protección de la CIA y empezó a operar contra la Unión Soviética, el trotskismo ha sido el vulgar instrumento del imperialismo y la reacción en todo el mundo. Fidel tenía razón, siempre la tuvo, y la historia ya lo absolvió.

En Venezuela no dicen “todes”

No, los venezolanos no se subieron a las movidas divisionistas por género que las corporaciones occidentales impusieron sobre sus semicolonias de América Latina. En Venezuela existe desde Chávez la igualdad de género efectiva y los venezolanos no ven la necesidad de consumir humo de Occidente.

En realidad, gracias a la doctrina sembrada por Chávez, el pueblo venezolano no pierde de vista al enemigo y sabe perfectamente que los privilegiados no son los varones de clase popular. Las mujeres venezolanas luchan codo con codo y a la par de los varones contra el imperialismo, sin desviar ni perder el foco de la verdadera lucha.

Y eso para el trotskismo y la progresía en general es intolerable. Estos “revolucionarios” —los mismos que criticaban a Fidel desde el sillón— sostienen que Maduro debe deconstruirse, sin comprender que Venezuela y Cuba están años luz por delante de países como Argentina en materia de igualdad de género. Pero como los venezolanos y los cubanos lo hacen a su manera, sin participar de la agenda de las corporaciones, la mal llamada izquierda y la progresía a lo Pepe Mujica quieren reventarlo todo y que vuele Maduro.

Las mujeres venezolanas, listas y preparadas para defender la patria y alcanzar la gloria a la par de los varones: la igualdad de género en la Revolución Bolivariana es un hecho, no una proclama progre. Existe no para llevarla en los labios y vivir de ella, sino para llevarla en el corazón y morir por ella, de ser necesario.

La Revolución Bolivariana existe en la comprensión que los venezolanos han tenido a partir de Chávez y esa comprensión es la comprensión de la cultura del pueblo, no nace de intrigas intelectuales sobre Freud, Jung, Engels, Marx en mesas de bar. Tanto Chávez y Maduro entienden que el pueblo-nación venezolano es creyente y cristiano, que quiere orden y no caos permanente. Chávez y Maduro saben que el pueblo-nación de Venezuela se identifica con la patria y es nacionalista en ese sentido. He ahí la unidad nacional-popular que la izquierda y la progresía quieren romper a como dé lugar: pueblo-nación y política en perfecta comprensión de la realidad, o la muerte del imperialismo.

Pero lo más importante es que, al igual que Fidel, Chávez y Maduro siguen al pie de la letra las indicaciones de José Carlos Mariátegui, a quien los compatriotas peruanos llaman “El Amauta”, el maestro en idioma quechua. Mariátegui dijo que la revolución en América Latina no sería calco ni copia, sino creación heroica de los pueblos. Años más tarde nuestro “Che” Guevara replicaría esa definición de Mariátegui y en la actualidad ella se materializa en Venezuela, donde los pueblos están creando una revolución heroica que molesta a los poderosos del mundo, sí, pero también al que grita “¡Maduro dictador!” mientras se toma un cafecito en Starbucks y se cuelga otro pañuelito de color para presumir de deconstrucción posmoderna frente a los demás cuatro o cinco sectarios que nunca entendieron nada.