La política, diría Maquiavelo, es contingencia. Y lo que hoy parece una derrota segura puede transformarse mañana en un rutilante triunfo. Esa es la mejor definición de China, la potencia emergente que va a superar a los Estados Unidos como primera economía mundial ya para el año que viene y que, sin embargo, estuvo a punto de ser victimada por un golpe orquestado por los servicios de inteligencia occidentales hace tres décadas.

El proyecto político del Partido Comunista de China (PCCh) parecía derrumbarse hace exactamente 30 años. A mediados del año 1989, los efectos de la perestroika y de la glásnost en la Unión Soviética de Gorbachov llegaban a Beijing y se producían al efecto las célebres protestas en la Plaza de Tiananmén. En ese momento y en lo sucesivo, con la posterior caída del Muro de Berlín en Alemania y luego la disolución del campo socialista en el Este, todo parecía indicar que el giro liberal y la muerte de la revolución serían tan solo una cuestión de tiempo y que el socialismo en China tenía sus días contados.

El campo socialista se disolvió y la propia Unión Soviética fue incapaz de resistir a la avanzada occidental cuyo objetivo era poner la hegemonía mundial en manos de los Estados Unidos y sus corporaciones. ¿Por qué China habría de resistir?

Porque la revolución en China es más filosófica que política.

Lo que existe en China y deberíamos mirar con atención para aprender con humildad es una profunda unidad nacional-popular, la que está muy por encima del proyecto político del PCCh, del propio partido y de sus dirigentes. Más allá de que si la economía en China es planificada o es de mercado, si existe el socialismo o no, lo cierto es que los chinos están dispuestos a mantenerse unidos para seguir avanzando con su modelo de desarrollo, que es único.

China es un país muy nacionalista en el sentido de la defensa de los intereses del pueblo-nación chino, su cultura y sus recursos naturales y humanos como prioridad número uno. Y cuando eso tiene éxito, entonces resulta en soberanía política, independencia económica y justicia social.

Lo que China y otros pocos países en el mundo lograron fue generalizar una doctrina entre la población, instalar los postulados básicos de una ideología de tipo nacional-popular en el sentido común de las mayorías. Y eso, cuando las mayorías son unos 1.500 millones de individuos, es grandioso.

Imagen icónica del “hombre tanque”, un personaje de la revuelta liberal que el PCCh aplastó en la Plaza Tiananmén en 1989: lo que Occidente no logró en Beijing, lo habría de lograr en Moscú dos años después.

China adoctrinó a los chinos, por decirlo mal y pronto. La patria educó a sus hijos para que no quedaran vulnerables al canto de la sirena del imperialismo occidental. Y entonces los buitres no pueden entrar con su propaganda disruptiva de la unidad nacional-popular china. Esa unidad es indestructible.

Existe en China un gobierno central con mano de hierro, existe la censura a la información que llega desde Occidente, hay cosas que no pueden accederse por Internet y hay vigilancia estatal. Y los chinos no solo saben perfectamente que existe todo eso, sino que además pueden ponderarlo y terminar concluyendo que está bien así, porque así es como se garantiza que 1.500 millones de personas hagan causa común y no se destrocen mutuamente en medio al caos generalizado.

Dice un ciudadano chino respecto a la censura:

“La censura en los medios chinos es estricta por una razón. Yo a veces miro videos de YouTube, pero hay muchos videos en contra del Partido Comunista de China que difaman a nuestros líderes. Muchos videos son así, muchas personas no pueden diferenciar lo correcto de lo incorrecto: Si miran estos videos serían fácilmente afectados y eso no es conveniente para el desarrollo de China”.

Sobre lo que Occidente llama “dictadura del PCCh”, otro chino de a pie dice esto:

“El modelo occidental es el de varios partidos turnándose por el cargo. En comparación, eso es más democrático, pero menos eficiente a la hora de tomar decisiones. China es siempre dirigida por el Partido Comunista y tenemos un sistema multipartidista de cooperación. Por eso, somos más eficientes a la hora de tomar decisiones. Creo que esa es una de las razones del rápido desarrollo de China”.

Y la conciencia de la unidad nacional-popular y su importancia para el destino común del pueblo-nación es expresada por otro ciudadano de esta manera:

“Tenemos un vínculo nacional muy fuerte. Podemos unirnos y avanzar juntos”.

Todo eso y mucho más dicho en plena calle, frente a un medio extranjero que quiso averiguar qué pensaban los chinos de su país y de cómo se organiza. Todo está en el video a continuación, en el que podremos ver gente no frenética argumentando de manera racional lo que piensa a partir de una base de educación hoy impensable para nosotros aquí.

Lo que vamos a ver es que China permite la diversidad de opiniones, pero no permite que ninguna de esas opiniones sea contradictoria a la doctrina que garantiza el bienestar de todos. En una palabra, China no permite que ningún chino salga a pedir una intervención de los Estados Unidos o de la OTAN porque no está de acuerdo con el gobierno.

Eso es unidad nacional-popular y eso es adoctrinamiento eficaz de los pueblos para que sepan defenderse.

El siguiente material de Asian Boss vale oro porque es muy poco lo que llega a estas colonias de Occidente sobre China que no esté mediado y contaminado por el relato de las potencias dominantes.

(Si el video a continuación no arranca con los subtítulos, activalos con el control ubicado en el rincón inferior derecho del reproductor).