A fines del año 2010 la Ciudad de Buenos Aires fue escenario de un episodio lamentable que quedó conocido como la ocupación del Parque Indoamericano. Ese fue un conflicto entre el Estado porteño y una multitud de familias que venían de asentamientos precarios exigiendo respuestas a sus urgencias y dicho conflicto tuvo consecuencias fatídicas: tres muertos y una cantidad de heridos en la represión e intento de desalojo llevados a cabo en conjunto por la Policía Federal y la que en ese momento era una incipiente Policía Metropolitana.

Aquella multitud en harapos estaba compuesta básicamente por inmigrantes llegados de Bolivia y Paraguay y eso fue suficiente para que Mauricio Macri —entonces jefe de gobierno de la Ciudad— afirmara que había una “inmigración descontrolada” en Argentina, cosa que las estadísticas jamás corroboraron. “Esto tiene que ver políticas públicas erradas”, decía Macri, sentado entre María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta, para responsabilizar al gobierno nacional de Cristina Fernández de Kirchner y sus flamantes políticas sociales por los incidentes en el Parque Indoamericano.

Sí, la campaña de cara a las elecciones del año 2015 empezó ya antes de las elecciones del 2011. El proyecto de poder de Macri, Vidal y Rodríguez Larreta era de largo plazo y ahora los tres ocupan la presidencia de la Nación, el gobierno de la provincia de Buenos Aires y el de la Ciudad, respectivamente.

En abril del año 2000, apareció esta portada en una revista, denunciando una “invasión silenciosa” de indeseables. Con mucha liviandad, acusaba a los extranjeros de quitarles trabajo a los argentinos, usar indebidamente los servicios públicos del país sin pagar impuestos y hasta de cometer delitos para evitar la deportación. Este discurso, como se ve, es histórico en nuestro país. No obstante lo denunciado por esta revista, el saldo migratorio de Argentina en el año 2000 fue negativo: había más argentinos buscando refugio en Europa y Estados Unidos que inmigrantes de países limítrofes llegando a nuestras tierras.

“Por eso yo quiero pedirle a la señora presidente (sic) que realmente trabajemos juntos en esto. No podemos seguir expuestos como sociedad a una inmigración descontrolada, al avance del narcotráfico, al avance de la delincuencia. Le pido a toda la gente de buena fe, a la que vemos negociando con estos mafiosos y comprando un terreno, que no lo compren porque no lo vamos a legalizar”, decía Macri en esa misma conferencia de prensa. Y allí están la inmigración descontrolada, el narcotráfico y las mafias, ya en el año 2010, presentes en el discurso que saldría triunfante de las elecciones cinco años más tarde.

Pero nunca estuvo reflejada en las estadísticas, como decíamos, ninguna inmigración descontrolada. De hecho, los inmigrantes sobre el total de la población argentina siguen estables alrededor de un 5% desde mediados de los años 1970, luego de haber sido de casi un 25% a principios del siglo XX.

La “inmigración descontrolada”, por lo tanto, es un mito, al igual que el flagelo de las mafias y del narcotráfico. Y en base a esos mitos han construido todo un discurso que permeó el sentido común de la sociedad argentina hasta generalizar la percepción de que esos eran problemas reales y, en consecuencia, de que la Argentina debía darse un gobierno capaz de enfrentarlos.

En una palabra, es falso que Macri haya mentido en el debate con Daniel Scioli para ganar las elecciones del año 2015: Macri viene mintiendo hace años respecto a la realidad del país, viene instalando un discurso muy alejado de esa realidad y el resultado es la aplicación de un proyecto político orientado a satisfacer las demandas de una pequeña minoría de privilegiados que no viven esa realidad en día a día, como puede apreciarse hoy, ya con el diario del lunes a la vista.

Cuando la mentira es funcional

Pero la mentira sigue y se invierte según las necesidades del que miente en cada momento. Los medios no lo dicen, no hay indignación ni escándalo. A diferencia de lo que ocurre con los demás inmigrantes de los países limítrofes, aquí no hay ninguna señal de alarma por una “inmigración descontrolada” o una “invasión silenciosa”. Nadie lo dice, aunque los vemos llegar a los miles todos los días: el país se está llenando de inmigrantes venezolanos sin que eso sea motivo de preocupación.

“La cuestión es que todos esos venezolanos son funcionales al proyecto de poder de los Macri, las Vidal y los Rodríguez Larreta”, cuenta Gustavo Paura, director de Radio Hache, “Entonces no gritan que la inmigración está descontrolada, ya que a diferencia de los bolivianos, los paraguayos y los peruanos, los venezolanos que llegan a nuestro país vienen altamente politizados y vienen, además, a hacer política”, alerta Paura.

El periodista pone el ejemplo de lo que pasó recientemente en Colombia para desvelar el verdadero objetivo del flujo de inmigrantes venezolanos a la Argentina: “En Colombia hay alrededor de un millón de venezolanos, todos antichavistas furiosos. Claro que esos venezolanos no votan en Colombia y tampoco votan en Argentina, eso es falso. Lo que ellos hacen es un chantaje emocional sobre los que sí votan. Durante la campaña para las elecciones del año pasado, esos venezolanos se subían a los buses de transporte público a decir a viva voz que si el colombiano votaba por Gustavo Petro, Colombia iba a ser Venezuela”, relata Paura.

Gustavo Petro fue el candidato del proyecto nacional-popular en Colombia y fue finalmente derrotado por Iván Duque, el delfín de Álvaro Uribe y la cara visible del proyecto de alineamiento automático con los intereses de las corporaciones, esto es, el homólogo de Macri en Colombia. Y Duque ganó las elecciones en buena parte gracias a ese chantaje emocional que un millón de venezolanos llevaron a cabo, en una auténtica militancia, sobre la conciencia del pueblo colombiano.

“Estamos lejos, pero no ausentes”, reza el cartel de un venezolano en pleno centro de la Ciudad de Buenos Aires: estamos importando cientos de miles de militantes reaccionarios para que nos apliquen el chantaje emocional de su odio a los proyectos de corte nacional-popular.

Ya son entre 150 y 200 mil los venezolanos instalados en la Argentina y en su enorme mayoría, sino directamente todos, son furiosos opositores del chavismo en Venezuela. “Por ahí andan todos los días”, dice Gustavo Paura. “Son los llamados ‘escuálidos’ (los gorilas de Venezuela) que llegan con la ayuda de oenegés como la de Catherine Fulop y rápidamente se insertan en la sociedad, diciéndoles a los argentinos que si votan a Cristina o al peronismo genéricamente, ya saben, vamos a ser como Venezuela”.

Para Macri y sus voceros ese flujo migratorio no es descontrolado, sino todo lo opuesto: Macri habla de los “hermanos venezolanos”, a los que debemos recibir con los brazos abiertos. ¿Cuál sería la diferencia práctica entre un indeseable inmigrante boliviano o paraguayo y un “hermano venezolano” en Argentina? Es que, a diferencia de los primeros, estos últimos vienen forjados por la politización de la sociedad que también es resultado directo de la Revolución Bolivariana. Esos venezolanos son a su manera hijos de esa Revolución y ahora salen por toda América Latina a militar la contrarrevolución.

No hay zócalos, titulares en los diarios ni portadas de revistas. Nadie lo dice, pero está. Están, los “escuálidos” y los “majunches” vomitados por Venezuela ya están entre nosotros y saben lo que tienen que hacer de aquí a octubre y el chantaje emocional que impondrán sobre el pueblo argentino será brutal. Cabe a la militancia contrarrestar a esos agentes de los intereses de otros y desactivar la bomba de esta invasión silenciosa que desde el poder fomentan y ocultan.