La mejor manera de saber qué piensan realmente los que cortan el jamón y quieren imponer su voluntad sobre las mayorías es precisamente dejarlos hablar. Cuando hablan y se dirigen a sus propios aplaudidores, es cuando verdaderamente dicen lo que con maniobras, marketing y blindaje mediático intentan ocultar.

Desde este espacio venimos diciendo que el proyecto real de los Estados Unidos en Venezuela va mucho más allá de Venezuela en sí y se cierne sobre todo el continente, incluyendo la parte que a los argentinos nos toca directamente. En su prédica, los John Bolton y los Mike Pompeo lo niegan y siguen insistiendo en que se trata de “llevar la democracia a un país que hoy está oprimido por una dictadura”, pero ya es casi imposible disimular que la estrategia del imperialismo está virando hacia América Latina ante el retroceso impuesto a las corporaciones occidentales en Asia por los emergentes de esa región. Rusia, China e India socavan el poder yanqui desde Damasco hasta Pyongyang y la potencia hegemónica mundial en decadencia intenta replegarse a su propio “espacio vital”, a su “patio trasero”, para resistir al embate de esos países emergentes, que vienen degollando por todo el Asia.

Por una parte, lo autoevidente: la vieja y gastada consigna yanqui de “llevar la libertad” a fuerza de bombardeos e invasiones a países que no se alinean con sus intereses —sobre todo cuando esos países son ricos en petróleo— ya suena ridícula en algunos ámbitos. De hecho, no es inusual la referencia a esa consigna en tono burlón y se dice que, de hallarse petróleo en Marte, los Estados Unidos se aprestarían a “llevarle la libertad” a ese planeta. Para colmo de males, Marte es un planeta rojo. Sin lugar a dudas, un fuerte candidato a ser visitado por los marines si se descubrieran hidrocarburos en su subsuelo.

Los Estados Unidos no quieren ni pueden llevar la democracia o la libertad a ninguna parte, fundamentalmente porque no las tienen ni para ellos mismos. Lo que se disimula tras un sistema electoral endeble y unas enmiendas constitucionales que ya cayeron en el olvido es que los Estados Unidos están gobernados por una verdadera dictadura: la dictadura de las corporaciones, en la que los dos partidos dominantes —el Republicano y el Demócrata— no son republicanos y mucho menos demócratas y son, desde luego, cómplices en la aplicación de un mismo proyecto político orientado a priorizar los intereses de las corporaciones sobre los de los pueblos.

Clásico meme representando el águila imperialista en sus ponderaciones acerca de la necesidad de llevar la democracia y la libertad a cualquier lugar donde exista petróleo, una demostración de cómo el mundo ya no cree en las consignas hipócritas con las que Estados Unidos viene saqueando y matando hace décadas.

Lo que los Estados Unidos llevan a los países a los que bombardean e invaden es la sumisión y el saqueo de los recursos naturales y humanos existentes en esos países. A esta altura del siglo XXI y con todos los antecedentes históricos habidos, es imposible creer que el objetivo de los Estados Unidos al derrocar el gobierno de un país por el golpe o por la fuerza sea el de llevar la democracia y la libertad a ese país.

Por otra parte, la cuestión lógica. ¿Dónde está el testamento de Dios en el que puede leerse que los Estados Unidos deben ser los gendarmes del mundo? ¿Por qué deben ser ellos, los yanquis, los elegidos para determinar cuando un régimen es democrático o cuando falta la libertad en otro país? He aquí que el debate sobre el derecho a la autodeterminación de los pueblos no está en la agenda y solemos dar por sentado que la decisión sobre si el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela es o no democrático debe tomarse en Washington. Y no es así. Aunque los Estados Unidos fueran un modelo de democracia y libertad puertas adentro —cosa que, como veíamos, está lejos de ocurrir en la realidad— por el principio de autodeterminación el pueblo-nación venezolano tiene soberanía y es el único habilitado para opinar sobre sus cuestiones internas.

El debate, por lo tanto, está mal planteado. Desde los medios de difusión de países subalternos como Argentina, Chile o Colombia inducen a las mayorías a valorar subjetivamente (y desde lejos) la calidad democrática de otro país, Venezuela. Sin importar el hecho de que en esos países la calidad democrática es bajísima y sigue bajando todos los días, lo cierto es que no nos corresponde opinar sobre el gobierno de Nicolás Maduro, simplemente porque ese es un asunto exclusivo de los venezolanos que están en Venezuela. Estamos debatiendo mal y además sufrimos de hipermetropía, ya que queremos ver de muy lejos, pero no logramos poner la vista a lo que ocurre debajo de nuestras propias narices.

Viñeta del genial brasileño Carlos Latuff, que expone al Tío Sam llevando la “democracia” en forma de bombas a los países que no responden a los intereses de las corporaciones trasnacionales, cuyos intereses el gobierno de Washington realmente representa.

Y mucho menos le corresponde al gobierno de los Estados Unidos hacer ninguna valoración sobre el gobierno de Maduro. ¿Es democracia? ¿Es dictadura? No importa, eso no es asunto de yanquis. Pero si a los yanquis los dejamos hablar, entonces podemos ver claramente que no se trata de democracia ni de dictadura, ni de nada por el estilo. Se trata de lo que decíamos al comienzo: a los yanquis los están corriendo de Asia, están perdiendo lealtades que parecían inobjetables —como es el caso de Turquía, por ejemplo— y tiembla como nunca antes la hegemonía del orden mundial unipolar que resultó de la caída del Muro de Berlín y la disolución del campo socialista en el Este a principios de la década de los años 1990.

Entonces la estrategia se modifica y aparece el repliegue. Cuando habla, Donald Trump dice que tras la caída de Nicolás Maduro vendrá “un nuevo día para América Latina”. ¿Para Venezuela, habrá querido decir? No, para América Latina. Trump no se equivoca, se confiesa: Venezuela no es otra cosa que el trampolín necesario para volver a imponer la Doctrina Monroe y la política del “Big Stick” sobre todos nosotros y ahí, en la confesión de la estrategia estadounidense en boca de su gerente, aparece que Venezuela está en el centro de la geopolítica del momento.

Si los Estados Unidos realmente llevan a cabo una invasión militar sobre el territorio venezolano y tienen éxito en dicha operación (lo que en sí son dos cosas muy distintas, porque una cosa es entrar a un país y otra es salir de allí vivo y con algo entre manos), con Venezuela caemos todos nosotros. Quizá los argentinos no estemos preparados aun para comprenderlo, pero el futuro de lo que ocurre aquí se está jugando a unos 5.000 kilómetros al norte.

Frente a frente, una vez más. Después de salir derrotados y humillados por Rusia en Crimea y en Siria, los Estados Unidos están a punto de batirse nuevamente con el Este en Venezuela, pero ya con un panorama mucho más oscuro: aquí aparecen además India y China como contrincantes. Si no pudo con los rusos en soledad, ¿podrá el imperio contra una alianza de potencias emergentes entre las que está China, el país que ya en 2020 desplazará a los propios Estados Unidos del puesto de principal economía a nivel mundial?

Los argentinos quizá no lo entendamos y sigamos discutiendo la calidad democrática de Venezuela desde la comodidad del sillón, pero en otras partes hay gente que entendió todo. En China, por ejemplo, no pierden de vista que el control de América Latina por parte de los Estados Unidos sería un durísimo golpe a los intereses chinos en la región, que son muchos y muy diversos, pero además al proyecto de orden mundial multipolar que junto a Rusia y otros países los chinos vienen cocinando. Beijing sabe que el control de América Latina representaría una enorme bocanada de aire fresco a la hegemonía mundial de los Estados Unidos. Y esa bocanada China no puede permitirle al rival que ya tiene contra las cuerdas.

Maduro tiene la lealtad de los militares de Venezuela y tiene además a unos dos millones de civiles armados y dispuestos a defender el suelo patrio con un fusil al hombro desde cada terraza y en cada esquina, lo que en sí ya resultaría en un escenario muy parecido al que los Estados Unidos encontraron en Vietnam hace medio siglo. Pero el as de espadas de Maduro es el apoyo de las potencias emergentes del Este, de China, de Rusia, de India, todas ellas potencias nucleares que están desafiando el orden mundial unipolar y quieren verlo caer. En esos países no se detienen a discutir la calidad democrática del gobierno de Venezuela: están más ocupados en no permitir que el imperialismo occidental siga avanzando y en construir un mundo mejor, que es posible.

Mientras los medios de difusión de las corporaciones distraen a las mayorías y nos proponen discutir el sexo de los ángeles, hay en el mundo gente con los pantalones largos bien puestos y decidida a terminar con la hipocresía y la farsa de los que dicen “llevar la democracia” para saquear a unos y a otros por turnos. Los condenados de la tierra han levantado cabeza y ahora es solo una cuestión de tiempo, aunque en los programas de la tarde de la televisión argentina insistan en la hipermetropía de ver con detalle lo que pasa en Venezuela para tapar el desastre que es Argentina hoy.