Se dice del sujeto que padece de hipermetropía que es capaz de ver bien desde lejos, aunque tiene dificultades para ver lo que tiene cerca. Afectado por dicho mal, el paciente puede leer tranquilamente un letrero a mucha distancia y adivinar que se acerca el colectivo que debe tomar, aunque no puede leer un libro ni ver aquello que tiene literalmente debajo de sus narices.

La sociedad argentina —al igual que las demás por toda América Latina y Europa, para que no creamos que tenemos ninguna exclusividad— sufre de hipermetropía. Es una enfermedad social, por cierto, ocasionada por el consumo excesivo de humo.

Cualquier argentino promedio sabe que Venezuela es un desastre, sabe a ciencia cierta que en ese país ubicado a unos 5.000 kilómetros al norte de donde vive hay una crisis humanitaria terminal, que se mueren todos de hambre y que no hay papel higiénico. El argentino sabe que Maduro reprime y que acalla a los medios opositores. “Venezuela es una dictadura”, concluye ese argentino, con la conciencia tranquila del que opinó sobre una injusticia y con ello ya hizo algo para subsanarla, lo que en sí también es muy típico de argentinos.

Imágenes de la represión actual en Argentina, el país que es la Venezuela que no es.

El argentino ve muy bien desde lejos, aunque claramente interpreta mal lo que ve. Lo que en verdad le cuesta al argentino es ver de cerca, esto es, poner la vista sobre lo que pasa no a miles de kilómetros de su casa, sino a pocos metros. El argentino promedio, cuya visión a distancia está mediada por los cristales de la manipulación mediática, no ve o no quiere ver lo obvio ululante: que todo lo que piensa que ve lejos ocurre, en realidad, cerca.

El actual gobierno de las minorías privilegiadas en un sentido oligárquico de la expresión ganó las elecciones del 2015 (y pretende volver a ganar este año otra vez) con un discurso que se basaba en un chantaje. Macri tenía que ganar y tiene que ser reelecto, porque si eso no pasaba y no vuelve a pasar “vamos a ser Venezuela”.

Existen dos Venezuelas: una para los venezolanos que están en su país y otra para los venezolanos y todos los demás que allí no estamos. De acuerdo con la Venezuela de estos últimos, la de los primeros es un lugar donde uno la pasa muy mal porque hay escasez, hay dictadura y hay amenaza de invasión yanqui en puerta. Pero en la Venezuela de los venezolanos que están en Venezuela no hay ningún sufrimiento, sino que hay sacrificio. Según la tradición semántica del cristianismo, la diferencia entre sufrimiento y sacrificio es la que media entre pasarla mal sin perspectiva de estar mejor y pasarla mal sabiendo que se está pagando un precio para pasarla mejor en el futuro.

Ataques a la libertad de expresión que no ocurren en Venezuela, sino en Argentina, pero no son vistos por el argentino con hipermetropía.

El venezolano que está en Venezuela, por lo tanto, no sufre. Al estar dispuesto a hacer un sacrificio para estar mejor en el futuro, el venezolano de Venezuela hace el sacrificio con cierta dosis de alegría, porque sabe que al final del camino está la soberanía nacional que pondrá a su país en el lugar de los ricos del mundo, que es donde tiene que estar el que tiene la primera reserva de petróleo a nivel mundial y la tercera reserva de oro.

Así es la Venezuela de los venezolanos que decidieron quedarse en Venezuela para luchar. Ese país es una cosa promisoria, es la luz al final del túnel. Y entonces vale el sacrificio.

Ahora bien, he aquí lo más curioso de todo este asunto y es que el argentino afectado por la hipermetropía también sufre de un mal que podría definirse como “entender las cosas al revés”. Si analizamos bien el discurso del gobierno en este país, el gobierno de Mauricio Macri, vamos a encontrar todos esos elementos: sacrificio, estar mejor en el futuro, luz al final del túnel, alegría y afines. Todo eso consta del discurso de Mauricio Macri, no del de Nicolás Maduro, que no promete el paraíso después de la muerte ni nada por el estilo.

Más argentinos pasándola mal sin expectativa de estar mejor.

Entonces el argentino, que está mal, sabe que va a estar peor y no tiene ninguna perspectiva de que eso cambie habla de Venezuela. Sufre y habla de sacrificio, sabe que va a morir sin redención ni trascendencia, pero cree en la vida eterna. El argentino se está muriendo de hambre en un genocidio silencioso, por goteo; tiene la represión a metros de su casa, los despidos, el cierre de fábricas y comercios, todo a su alrededor. Pero no lo ve. Tiene hipermetropía y entiende todo al revés. Le hicieron creer al argentino que todo lo que le pasa en primera persona no pasa acá, sino en Venezuela.

Tanto la hipermetropía como el entender las cosas al revés son ocasionados, como decíamos, por el consumo excesivo de humo. Y el humo es mediático, es un relato sobre una realidad ajena que se usa para disimular la realidad propia. Al argentino lo están distrayendo con una Venezuela que no es para que no vea la Argentina que es. Y además lo están amenazando con que, de sacarse los pies del plato y dejar de consumir humo, Argentina, que ya es la Venezuela que no es, va a terminar siendo, justamente, esa Venezuela que no es.

Pero la verdad es que Argentina ya es Venezuela, ya es esa otra Venezuela que los venezolanos patriotas no conocen. El pueblo argentino hoy sufre y no tiene esperanza de dejar de sufrir, no tiene horizonte. Mientras siga mirando la realidad mediatizada para no ver la realidad real, va a seguir así. Y va a estar en harapos, muerto de hambre y con el país saqueado, pero agradecido por no ser esa Venezuela que no es.