Ya en la primera mitad del siglo XX Arturo Jauretche afirmaba tener un método infalible para formar opinión respecto de una cuestión sin equivocarse, aun sin estar consustanciado en la materia. Si al levantarse por la mañana Jauretche no sabía qué pensar sobre un determinado asunto, abría el Diario La Nación y se fijaba en la postura de ese medio, tan solo para pararse en vereda de en frente. Jauretche opinaba lo diametralmente opuesto al Diario La Nación en cualquier tema y así se aseguraba de no equivocarse jamás, ya que el Diario La Nación era en esa época —y todavía sigue siéndolo— la tribuna de doctrina de la oligarquía.

Es una cuestión de clase. De un modo práctico y sin muchas vueltas, los intereses de una clase oligárquica jamás coinciden con los intereses de los pueblos en un país. A diferencia la burguesía nacional, que no existe en estas latitudes, la oligarquía no comparte un destino común con los que técnicamente son sus compatriotas y, por lo tanto, sus intereses de clase van a coincidir siempre con los intereses de la antipatria. En una palabra, al vivir en las colonias de la extracción y exportación de materias primas en crudo, sin ningún proyecto de desarrollo del país, la oligarquía solo puede ser cipaya y representante local de los intereses de las potencias que les compran esas materias primas a precio vil.

Así es como la naturaleza de un diario termina contradiciendo su propio nombre: lo único que no hay ni nunca hubo en el Diario La Nación es sentido nacional. No hay proyecto de nación en las páginas de La Nación, lo que en sí sería una paradoja ante ojos no entrenados para ver los mecanismos de proyección y cinismo por los que la oligarquía siempre dice con la boca lo opuesto a lo que hace con el cuerpo y siempre acusa al otro de aquello que ella misma es.

Entonces sabemos que es preciso opinar siempre lo opuesto a lo que opinan las finas plumas de La Nación para no derrapar y no hacerle el juego al enemigo. Pero hay un problema: ¿Qué pasa cuando La Nación dice algo que, al menos en apariencia, es justo y razonable? ¿Qué hacer cuando parece ser imposible ubicarse en la vereda de en frente respecto a un asunto de justicia universal? ¿Existe alguna excepción a la regla de Jauretche?

En la edición del 15 de marzo, el Diario La Nación titulaba de la siguiente manera: Pussy Riot: el colectivo punk feminista que enloquece a Vladimir Putin [ver nota aquí] para presentar a una supuesta agrupación musical que también supuestamente sería perseguida por un gobierno autocrático de Oriente. Solo con el titular y la foto principal de la nota (cuya semántica analizaremos a continuación, en el comentario al pie o en epígrafe de foto) ya sería más que suficiente para convencer a cualquier argentino de que las Pussy Riot —literalmente “rebelión de las cachufletas”— son poco menos que mártires en la defensa de la libertad de expresión, los derechos humanos y la dignidad. “Pobres chicas”, piensa el argentino promedio ante el titular, la bajada y la foto publicados en La Nación. “Por hacer música y defender los derechos de las mujeres son perseguidas por Putin, un dictador estalinista, machista y enemigo del arte”.

Escándalo semiológico: la imagen de una Pussy Riot con cara de “buena piba” y “pobre víctima”, con un patrullero de la policía de fondo. Esta misma imagen fue utilizada por Página/12 para ilustrar la nota que ese diario “progresista” publicó hace unos días para promocionar a las Pussy Riot, dejando en evidencia que el adoctrinamiento liberal se da por “derecha” y por “izquierda” alternativamente.

Si uno es “progresista” en el sentido que damos los argentinos a la expresión, esto es, un “liberal de izquierda”, necesariamente tiene que abrazarse en esta con Bartolomé Mitre y aplaudir la actitud del Diario La Nación, que denuncia en sus páginas un clarísimo caso de represión, censura y atropello a las garantías individuales más básicas. El trotskismo, por ejemplo, que se abraza frecuentemente con Bartolomé Mitre y hasta con Julio Argentino Roca —precisamente porque el trotskismo es lo más “liberal de izquierda” que puede haber—, tiene a las Pussy Riot como bandera y alto símbolo de lucha. Y lo mismo sucede con muchos “progres” no trotskistas, muchos de los que se hacen llamar “kirchneristas” y hasta “peronistas”: su odio por todo lo que no sea occidental, por la religión y por lo no deconstruido en general los lleva a comerse todas las curvas del enemigo y a terminar abrazados con las fuerzas más reaccionarias de nuestra oligarquía cipaya. ¿Por qué?

Porque el argentino es culturalmente liberal. Por eso, en este hermoso país uno puede ser “liberal de derecha”, esto es, un gorila a secas, o puede ser un “liberal de izquierda”, lo que vendría a ser un “gorizurdo”. Pero uno siempre es liberal y, al serlo, ya viene con toda la doctrina instalada de fábrica, por supuesto. El sustrato cultural del argentino es mitrista y por eso el diario de Mitre no tiene ninguna dificultad en sostener un relato liberal y mitrista en las conciencias débiles de nuestras mayorías culturalmente liberales (y mitristas). Si el Diario La Nación dice que Putin es un dictador y persigue a unas pobres chicas que buscan únicamente hacer su música punk y reivindicar el derecho de las mujeres, entonces eso tiene que ser cierto y Putin es malo, malo, malo.

Conservadores muy progresistas

Ahora bien, ¿por qué? ¿Por qué el mismísimo guardián de la moral de nuestra oligarquía conservadora se pone a alabar la “rebelión de las cachufletas” para hacerle la contra a un tipo que es presidente de un país que está a miles de kilómetros de aquí? Porque el huevo está muy lejos de donde canta el tero.

Durante más de un año los medios dominantes como La Nación, Clarín e InfoBAE, entre otros, han instalado las palabras clave “colectivo” y “feminista” con un sentido muy positivo, lo que en sí sería muy raro viniendo de medios que representan los intereses de sectores que odian toda forma de lucha colectiva y literalmente se cagan en reivindicaciones de género. Pero lo instalaron y no lo hicieron gratuitamente ni para darse ningún tiro en el propio pie: lo hicieron para apropiarse del sentido y utilizarlo luego para defender sus propios intereses, que nada tienen que ver con cachufletas, sino más bien con pesos y centavos. Esos medios instalaron los conceptos de “colectivo” y “feminista” para poder —entre otras operaciones de sentido— titular que un “colectivo feminista” es el baluarte de la lucha contra la dictadura populista que está molestando los intereses de los verdaderos dueños del Diario La Nación, de Clarín, de InfoBAE y afines. La cosa viene de muy arriba.

Una protesta del aparato liberal occidental denominado “Femen” contra Putin. De a poco y con paciencia, los medios occidentales fueron instalando en las conciencias —en Occidente, pero también aquí en las colonias— la imagen de un Putin “antiderechos” para suscitar el odio de los “progresistas” con la pancita llena y poca doctrina popular en el cerebro.

Hay una guerra fría en curso. Al momento de escribir estas líneas, Rusia, China y Oriente en general luchan a brazo partido para destruir la hegemonía de los Estados Unidos, sus títeres occidentales y sus corporaciones. La vemos manifestada en episodios que no parecen tener relación entre sí, como la “guerra comercial” entre los Estados Unidos y China, la “guerra civil” en Siria, el asedio imperialista sobre Venezuela, el desarrollo de armas nucleares en Corea del Norte y mucho más. Todas esas son batallas de una sola guerra, en la que el orden mundial unipolar con predominio de las corporaciones y del capitalismo financiero intenta sostenerse de pie, mientras las llamadas potencias emergentes buscan destruirlo para instituir un nuevo orden de tipo multipolar, basado en la soberanía de los Estados-nación y en un sistema más orientado a la producción que a la especulación.

Nuestra oligarquía, como decíamos, es cipaya y está interesada en sostener el orden actual. No le interesan la soberanía de los países, la actividad productiva ni la multipolaridad. Lo único que hace nuestra oligarquía es operar dentro de sus posibilidades y límites para que la hegemonía estadounidense no caiga y para eso, como se ve, opera contra los que intentan destruir dicha hegemonía. Y sucede que, gracias al advenimiento de la Revolución Bolivariana en Venezuela y su coincidencia temporal con la guerra fría por el cambio de paradigma, América Latina está en el centro de la geopolítica mundial y, en consecuencia, en América Latina pasan cosas que van a darle a nuestra oligarquía cipaya un rol protagónico en una película que la supera enormemente. De pronto, lo que diga o deje de decir el Diario La Nación en Argentina pasa a ser importante para un juego que no se juega solo en Argentina. Nos hemos internacionalizado de golpe.

El diario hace lo que quiere con vos

Cuando un diario como La Nación prescinde de golpe de su conservadurismo cultural y empieza a hablar de “colectivos feministas” asignándole a eso un valor positivo, es porque en el fondo nuestra clase dominante está viendo que el problema es otro. Y si los medios empiezan a utilizar a los “colectivos feministas” para atacar a un Putin que está en Moscú, es porque tanto Putin como Moscú deben estar a punto de hacerse muy relevantes para nosotros en Argentina.

Dos casos sustentan esa teoría: la hipótesis del hundimiento del submarino ARA San Juan a manos de fuerzas militares de Occidente (Estados Unidos, Inglaterra y acólitos) y la olla que está empezando a destaparse a partir de la revelación de los contenidos de los celulares y computadoras secuestradas por un juez argentino en el marco de una causa que, en principio, no tendría nada que ver con la guerra fría por la hegemonía a nivel mundial.

En el primer caso, el atento lector no tendrá dificultades para recordar que Vladimir Putin y Rusia fueron los únicos que buscaron seriamente el submarino ARA San Juan mientras estuvo “perdido”. Los rusos insistieron con la búsqueda incluso después que el gobierno argentino desistiera de ella y, efectivamente, los rusos no solo supieron siempre donde estaba la nave, sino que además saben por qué se hundió. En los últimos días, volvió a tener estado público la hipótesis de que el ARA San Juan fue torpedeado, probablemente por un buque británico, lo que significa la OTAN como coalición guerrera occidental. Si eso fuera así, los únicos capaces de comprobar la hipótesis y exponer a los perpetradores del atentado terrorista contra el submarino de la Armada Argentina serían los rusos, porque tienen la tecnología suficiente para hacerlo, estuvieron en el terreno y no les deben ninguna lealtad a los Estados Unidos. Si el ARA San Juan fue hundido por un torpedo occidental y Putin sale a revelar esa información, es muy importante para los Estados Unidos y para sus cipayos de acá que los argentinos no le crean a Putin, por lo que es preciso desacreditarlo.

Por otra parte, al abrir el juez Ramos Padilla los archivos de los celulares y computadores secuestrados al espía Marcelo D’Alessio, empiezan a aparecer cosas que el juez no esperaba encontrar allí. Empiezan a aparecer relaciones de los servicios de inteligencia, de periodistas y de jueces y fiscales argentinos con la embajada de los Estados Unidos, con la CIA, con la DEA, con la NSA y hasta con el Mossad de Israel, las tramoyas yanquis para hacer un golpe de Estado en Venezuela y mucho más. Empieza a aparecer, en una palabra, el reverso de la trama que el imperialismo occidental tejió durante décadas para sostener su dominación en estas colonias de América Latina sin la necesidad de mantener ejércitos de ocupación sobre el territorio. Lo que está apareciendo es un archivo quizá más importante que el de WikiLeaks.

Marcelo D’Alessio, el espía que cayó y terminó entregando una enorme cantidad de documentos que describen el funcionamiento de la red de dominación imperialista mediante el control de funcionarios, periodistas, fiscales y jueces por la embajada de los Estados Unidos. Si Rusia y China se ponen para asegurar el éxito de la misión, esto puede ser más grande que WikiLeaks.

Está claro que toda esa información, de llegar a ver la luz, sería un golpe mortal a la dominación estadounidense en América Latina. Los latinoamericanos sabríamos cómo funciona la red de dominación y sabríamos —lo que es lo más importante— quienes son los cipayos locales que la sostienen. Lo sabríamos con pruebas, sabríamos quién cobra y cuánto cobra cada uno en la embajada, qué servicios brinda y en qué contribuye a que nuestro país siga estando sometido a los intereses de otros. Entonces esa información es muy sensible y los Estados Unidos van a emplear toda su fuerza para evitar que se difunda. ¿Quién la puede difundir entonces? Solo lo puede hacer Putin, que en este momento lucha en Venezuela para sostener la soberanía de la región frente a las pretensiones de los yanquis y sus corporaciones.

En resumidas cuentas, Putin puede golpear y puede hasta darle el tiro de gracia a la hegemonía estadounidense en mundo mediante la destrucción del dominio que los Estados Unidos sostienen sobre el resto del continente americano. Privado de los abundantes recursos de países como Venezuela, Brasil, México y Argentina —y yendo esos países a negociar con Oriente en términos muy distintos a los actuales—, los Estados Unidos quedarían automáticamente desfinanciados e incapacitados para seguir retrasando la marcha de la historia. Si los Estados Unidos se quedan sin colonias ricas, no tienen la capacidad de luchar contra Rusia y China por una hegemonía que ya está quebrada de hecho. Eso fue lo que le pasó a Inglaterra en su momento y así fue como ese imperio dejó de existir, reordenándose el mundo de allí en más.

No existen excepciones a la regla de oro de Jauretche. Siempre que el Diario La Nación dice algo, es porque a los pueblos les interesa lo opuesto a ese algo. Y si uno quiere saber cuáles son sus intereses reales como ciudadano argentino, no tiene más que observar cuáles son los intereses que defiende esa tribuna de doctrina de la oligarquía cipaya y pararse en frente. Si el Diario La Nación empieza a abrir el paraguas para contarnos que desde Rusia viene un tipo muy malo, es porque ese tipo viene con algo que nuestra oligarquía no quiere. Y si nuestra oligarquía no quiere, entonces el que realmente no quiere es el que controla y domina las conciencias de nuestros oligarcas: el imperialismo occidental, con los Estados Unidos todavía a la cabeza. Nada es gratis en las páginas del centenario diario de Bartolomé Mitre y Jauretche ya lo sabía: el Diario La Nación es el mejor manual para el argentino que quiere defender la patria y no sabe por dónde empezar. Basta con abrir ese diario, ver qué dice y hacer lo radicalmente opuesto. Ahí no hay posibilidad de error.

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