No hubo chalecos antibalas ni cascos. No estuvieron las cámaras de televisión para el show mediático, que parece estar reservado para los dirigentes del campo nacional-popular en América Latina. Pero Michel Temer —que se llama Miguel y ya no es de temer— marchó preso. Ya son dos los presidentes de Brasil detenidos y la verdad es que ambos están técnicamente en la categoría de presos políticos, puesto que sus detenciones no están contempladas en la Constitución o están en prisión sin que pese contra ellos ninguna condena fundamentada en pruebas concretas de la comisión de ningún delito, como en el caso de Lula da Silva, específicamente.

La detención de Temer no es para que la festejemos los que nos indignamos con el golpe institucional liderado por Temer contra Dilma Rousseff en el 2016. En aquel momento, Temer y el entonces PMDB (ahora, otra vez, MDB, el partido “catch-all” más grande América Latina y uno de los más grandes del mundo) articularon en el Congreso brasilero las voluntades necesarias para destituir a Dilma. Ahora, poco más de dos años después, Temer entra a prisión mientras Dilma viaja a España, donde dictará en los primeros días de marzo una conferencia en la Universidad Carlos III de Madrid. Parece justicia kármica, pero no es para festejar.

Temer es hoy un rehén que el sector cipayo del gobierno de Bolsonaro tomó para apretar al presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia, en el contexto de una reforma laboral y previsional que se encuentra embarrada, ahora más que nunca. Lo que está por detrás de la detención de Temer y no está a la vista de la opinión pública internacional, que no suele acceder a los detalles de la política interna de países ajenos, es una amenaza directa a Maia. Junto a Temer, cayó preso uno de sus principales ministros, el veterano sociólogo y exgobernador de Río de Janeiro Moreira Franco. Y ahí está la parte de la amenaza: Rodrigo Maia es yerno de Moreira Franco.

El diputado Rodrigo Maia, del partido DEM. Maia es hijo de un célebre zorro político y exintendente de la ciudad de Río de Janeiro, y ahora empieza a tener la relevancia que el apellido le demandaba: al trabar las reformas neoliberales de Bolsonaro, Rodrigo Maia tiene hoy una centralidad inimaginable meses atrás.

El sector cipayo del gobierno —que se contrapone al sector militar, liderado por el vicepresidente Hamilton Mourão y no alineado con las embajadas de los Estados Unidos e Israel— está presionado por los “mercados” (la especulación financiera del imperialismo) para aprobar a como dé lugar las reformas laboral y previsional, que tienen que venir acompañadas por toda suerte de desregulaciones de la economía. La cosa parecía encaminada y los intelectuales al servicio del gobierno ya habían logrado convencer a buena parte de la población acerca de las “bondades” de esas reformas. Pero hubo problemas en el Parlamento.

Por alguna razón, el presidente de la Cámara Rodrigo Maia no aceleró el proceso de tramitación de las reformas y, por ello, fue embestido por el inefable exjuez Sergio Moro, el mismo que encarceló a Lula da Silva y ahora es ministro de Bolsonaro. Eso no le cayó bien a Maia y el diputado redobló la apuesta trabando del todo las iniciativas de Bolsonaro en el Congreso, cuestionando incluso ciertas chucherías que Bolsonaro había regalado en su reciente paso por Washington, como la eliminación de la exigencia de visas para el ingreso de turistas estadounidenses. Ahí quedó declarada la guerra entre un gobierno que está partido al medio y cuya aprobación popular viene en picada y un Rodrigo Maia que controla las acciones en el Congreso. Las reformas que el imperialismo le exige a Bolsonaro no son viables si salen por decreto, tienen que pasar necesariamente por el Congreso. Y allí el camino está bloqueado por un Maia que no parece dispuesto a ceder al chantaje de Moro.

Para presionar a Maia, el gobierno hizo uso de la intervención sobre el poder judicial y encarceló a Temer, a Moreira Franco y a un segundo exministro. En una palabra, Temer no está preso por las tropelías golpistas del año 2016 ni por ninguna otra razón relacionada a sus actividades de lacra vieja. Temer está preso como un rehén de Sergio Moro, un experto en la toma de rehenes.

Incluso el presidente Lula da Silva, desde la cárcel, afirmó que la detención de Temer es ilegal y que nadie debe ser encarcelado sin el debido proceso. Lo que vemos aquí es la extensión de la persecución política que el Departamento de Estado de los EE.UU. le encargó a Sergio Moro, ahora avanzando sobre dirigentes que no son del Partido de los Trabajadores (PT), una clara señal de que la situación se está descontrolando.

El presidente Michel Temer, detenido ilegalmente y en una situación muy parecida en términos de precariedad a la de otro presidente, el popular Lula da Silva.

Pero también estamos viendo que la alianza entre el PT y el PMDB/MDB, la que hizo posible los dos gobiernos de Lula da Silva y los de Dilma Rousseff, era mucho más que una alianza con fines electorales. Un país como Brasil no puede gobernarse si no existe un consenso entre los principales partidos y cuando ese consenso se rompió en el año 2016, Brasil se tornó un país ingobernable.

Los muchachos de Bolsonaro se subieron a la ilusión de un gobierno de partido único, sin alianzas con los partidos más pesados y cierto nivel de consenso con la oposición. Quisieron gobernar de prepo, a base de imposición. Y aquí encontraron el límite: sin el apoyo del MDB, con una relación no aceitada con el DEM de Rodrigo Maia y con el PT y demás partidos populares directamente enfrentados e incomunicados, el gobierno de Bolsonaro está acorralado y a punto de desplomarse a menos de tres meses de haber asumido. Brasil sigue siendo ingobernable mientras no exista un acuerdo político entre los principales partidos. Y dicho acuerdo es imposible mientras el principal líder de la oposición esté preso y su verdugo se pasee por los ministerios encarcelando gente para apretar.

La conclusión es que Brasil y Argentina parecen encaminados a sincronizar otra vez sus procesos políticos. Si bien el gobierno de Macri ya lleva más de tres años y el de Bolsonaro no tiene aún tres meses de vida, ambos están en retirada porque encontraron los límites del gobierno absoluto al mismo tiempo. Macri porque se acercan las elecciones y la situación económica es un descalabro; Bolsonaro porque nace como la continuación de un golpe que no permite establecer las alianzas necesarias para estabilizar el gobierno y gobernar.

Hamilton Mourão, el vicepresidente de Bolsonaro que frenó el avance del Grupo de Lima sobre Venezuela y viene dando definiciones insospechadas en los últimos meses. ¿Se rebelará del todo para hacer el acuerdo nacional que Brasil necesita?

Puede pasar que expiren ambos gobiernos al mismo tiempo y que cambie la suerte tanto en Brasil como en Argentina aun en el curso de este 2019. Si eso pasa, en el contexto de la lucha por la hegemonía mundial entre los Estados Unidos e Israel, por una parte, y China, Rusia y otros emergentes, por otras, habrá muy malas noticias en América Latina para el eje Washington/Tel Aviv: en Brasil se perfila un gobierno quizá de transición en manos de militares nacionalistas dispuestos a liberar a Lula; en Argentina, un triunfo arrollador del peronismo en las urnas.

Conviene no perder de vista al General Mourão, que ya se está relamiendo y puede llegar a ser otro ejemplo de militar que termina siendo todo lo opuesto a lo que a priori se esperaba que fuera. No es prudente esperar que emule a Chávez, pero es factible que el General sea una pieza clave en el acuerdo nacional que Brasil está necesitando y que América Latina pide para no ser colonia de nadie.

Al fin y al cabo, todos se van, todos pasan y siguen. Mientras tanto, Nicolás Maduro y la Revolución bolivariana siguen firmes en Venezuela. Chávez y Fidel van a tener razón otra vez.