Parece obvio, pero no lo es. La nueva estrategia de imagen para el sostenimiento del gobierno de Macri en esta etapa final y ya pensando en su reelección es la de presentar a un Macri “enojado” ante la opinión pública, que es la opinión privada, como decía Quino. Parece una obviedad la de que Macri está actuando de “caliente” para tapar los innumerables baches, pero las obviedades no suelen ser visibles a los ojos del sentido común, que no ha sido adiestrado para ver detrás de la cortina de humo, sino justamente para no poder hacerlo.

Lo obvio en la cuestión es que Macri no está “caliente” ni nada por el estilo, sino más bien exultante. Macri ha logrado realizar un brillante plan de gobierno en más de tres años sin ser prácticamente molestado en su misión y, lo más importante, sin haberse esforzado para hacerlo. El proyecto político de las corporaciones, del capital financiero y de la oligarquía se aplicó en su totalidad mediante el reemplazo esporádico de ministros y sin la necesidad de que el individuo electo para la jefatura de gobierno ponga la cara. En una palabra, Macri está cerca de llegar a octubre habiendo cumplido todos sus compromisos electorales (que no son con los votantes, por supuesto) sin despeinarse. Cuando no estuvo directamente de vacaciones, estuvo escondido en su casa. Y solo salió para instalar los factoides puntualmente generados por sus asesores de gestión simbólica.

Macri llega a abril del año 2019 personalmente intacto y políticamente cumplido. Macri cumplió el mandato de las corporaciones a rajatabla: dejar hacer a los agentes de los ricos en el Estado y estorbar lo menos posible. ¿Cómo va a estar enojado? De ninguna manera. Macri está, como dice el buen sentido popular, chocho.

Ahora bien, ¿cuál es entonces el trasfondo de esta nueva imagen de un Macri “caliente”? Es la instalación en el sentido común de que Macri no deseaba los resultados que arrojan la realidad. Lo que se quiere instalar es que los funcionarios del gobierno cometieron todos los errores y eso no es lo que Macri quería, lo que en sí no es otra cosa que la aplicación de la teoría política clásica, esa que desde Locke y Maquiavelo enseña que los ministros —entendidos como los funcionarios subalternos al príncipe, que es el funcionario más visible y en teoría es omnipotente y omnipresente— son como fusibles cuyo objetivo es saltar en todo cortocircuito, justamente para que no salte el príncipe. Un gobierno puede literalmente triturar a todos sus funcionarios cada seis meses de ser necesario hacerlo, pero si la cabeza del gobierno está intacta, el gobierno estará intacto.

Macri es el príncipe, es la “cabeza” del actual gobierno de los más ricos y del capital financiero internacional, pero lo es solo de una manera simbólica. Lo es para los que observamos la realidad a través de la imagen fabricada por los medios. En esa imagen, el gobierno es de Macri. Pero Macri es, en realidad, tan solo un componente de ese gobierno y su tarea es la de actuar en determinadas puestas en escena orientadas a la gestión simbólica. La gestión política, que es el gobierno en un sentido estricto, está en manos de otros.

¿En manos de quiénes? Precisamente de esos funcionarios subalternos que se nos aparecen como fusibles y entran y salen del gobierno cada vez que el gobierno quiere presentarle a la sociedad que se hicieron “cambios”. Los cambios son en los nombres y ocurren de vez en cuando, pero no son sustanciales. Tanto el funcionario que entra como el funcionario que sale responden ambos al mismo mandato y hacen siempre lo que ese mandato demanda.

El mandato del actual gobierno de Argentina pertenece a los que hicieron posible la elección de Macri, no a los que fueron seducidos por ellos para votarlo a Macri. Macri no se debe a sus votantes y no tiene ni nunca tuvo ninguna intención en cumplir lo que les prometió durante la campaña del 2015. De hecho, es notorio que ninguna de esas promesas se cumplió ni se va a cumplir: Macri no es presidente para hacer eso.

Entonces los genios y los gurúes del marketing político ponen en evidencia la imagen de un Macri “caliente”, golpeando la mesa con enojo por la ineptitud de sus funcionarios, que no trabajaron bien para que Macri pudiera cumplir las promesas de Macri a sus votantes en el 2015. Eso es lo que quieren que pensemos y la estrategia comunicacional es exitosa en sus límites. Los que todavía se debaten entre la disyuntiva “le creo o no le creo” tienen enormes probabilidades de llegar a pensar el fracaso disgusta a Macri, pobre, porque no lo ayudaron a gobernar.

Existen solo dos tipos de gobierno: el que gobierna de hecho y por sus propios medios y el que deja gobernar a otros. El gobierno de Macri está en la segunda categoría, porque no es de Macri ni mucho menos. El ejemplo opuesto es el gobierno en un proyecto nacional-popular, que al no estar sometido a los intereses de los ricos y fundar su gobernabilidad en los que lo votaron para estar allí, tiene que trabajar todos los días para gestionar un país, cosa que no es moco ‘e pavo. Y las cabezas de esos gobiernos de tipo nacional-popular son las que realmente mandan en el gobierno y nunca se las ve “enojadas”. No tiene tiempo para la actuación el que está efectivamente ocupado en gobernar y gestionar lo que sin política es inmanejable.

Macri está contento, cumplido y esperando el primer agravio por parte de la oposición para renunciar y poder instalar la vieja zoncera de que “el peronismo no deja gobernar” o de que “un gobierno no peronista nunca termina su mandato porque el peronismo no se lo permite”. En ese sentido, el cuidado que los dirigentes de la oposición han tenido hasta aquí para no aparecer como golpistas debe ser redoblado. No podemos permitir que a pocos meses de las elecciones, habiendo aguantado ya hasta acá, Macri se escape con la excusa de que fue derrocado por un golpe de Estado. De haberlo querido hacer realmente, el peronismo lo hubiera hecho en el 2016, en el 2017, no promediando el último año del mandato de un gobierno que no es del que anda buscando una excusa para decir que le ponen “palos en la rueda”.

Lo simbólico es importante, siempre lo fue. Pero lo es mucho más en esta posmodernidad mediática, en la que todo se ve en alta definición. La rueda no está girando y no existe ninguna posibilidad de que nadie le ponga palos, porque ya está detenida. Y esta detenida adrede, eso es lo que los poderes que sostienen a Macri querían. Si Macri quiere renunciar en los próximos días, que lo haga. Pero no permitamos que instalen la idea de que esa renuncia tiene algo que ver con los que tenemos un proyecto de país diferente. Macri no puede renunciar e irse haciéndose ver como “enojado”, “caliente” y mucho menos golpeado. Macri se tiene que ir con su imagen real: la de un saqueador que robó y está huyendo, para que en la huida podamos capturarlo a él y a los artífices del saqueo para hacer la justicia que la Argentina está necesitando para sanar.

Cualquier otro escenario es inaceptable. No les demos lo que ellos quieren para seguir impunes, porque alguien tiene que pagar los platos rotos en el país bombardeado que ellos van a dejar.