En cuestión de 48 horas hemos tenido las tres cosas: el triunfo de Schiaretti en Córdoba, la tan esperada foto de María Eugenia Bielsa y Omar Perotti en Santa Fe y la aparición de Cristina en el Partido Justicialista, rodeada por una buena cantidad de personalidades indigeribles para el paladar negro de algunos que establecen prioridades muy raras en tiempos de guerra. Tres hechos políticos de enorme magnitud que el enemigo está padeciendo y que, sin embargo, la tropa dicha “propia” del kirchnerismo —o una parte de ella— no está logrando descodificar.

Y tampoco es que haya demasiado allí para descodificar, no se trata de ningún mensaje encriptado. El peronismo está diciendo que Cristina es la conductora del movimiento y Cristina está diciendo que está dispuesta a hacer la unidad del peronismo a prácticamente cualquier precio, incluso bajando a sus propios candidatos en ciertos distritos para no estorbar y juntándose con viejos caciques que otrora no fueron bienvenidos en su espacio. Ambos el peronismo y Cristina están hablando claramente para orientar a la tropa de cara a la lucha que se viene. Pero la tropa, quizá acostumbrada a la instrucción directa de las cadenas nacionales, no está entendiendo la orden. Y resiste con aguante, pero no a Macri, sino a las instrucciones de la conductora.

En esa resistencia a la organicidad que un movimiento de masas como el peronismo necesita para funcionar hay un componente que sería curioso, si no fuera trágico en medio al desastre que nos toca padecer con un gobierno como el de Macri: aparece el provincialismo de algunos, ahora bien preocupados por que no gobiernen en sus distritos los llamados “traidores”.

Entonces viene el cordobés con que “no me vengan a decir que lo vote a Schiaretti porque lo conozco bien, hizo esta, esta y aquella”. De igual manera, aparecen los santafesinos a decir lo mismo respecto a Perotti y agregando, sin sonrojarse, que prefieren votar al mal llamado “socialismo” antes de dar su voto al “traidor” del peronismo. Y lo hacen enumerando los ítems del prontuario del candidato, que ahora reflotan como el excremento en Dolores cuando llueve. Incluso aparecen los que ponderan a Perotti como “no deconstruido” y hasta como “antiderechos”, poniendo como prioridad el asunto de los pañuelos verde y celeste sobre la lucha política crucial que se está desarrollando en todo el país.

Reunión cumbre entre María Eugenia Bielsa y Omar Perotti, en una mesa de café, para ajustar detalles de cara a la unidad del peronismo que cierto sector de la militancia no quiere aceptar.

El provincialismo de los que les cuentan las costillas al candidato y piensan transitar la campaña y entrar al cuarto oscuro a elegir libremente, como quien va a la verdulería a comprar tomates, está en contradicción directa con la condición de militantes y/o simpatizantes del movimiento peronista y esto es así por una razón muy sencilla: no existe la llamada “libertad de conciencia” para el militante. Esto es duro de decir y feo de explicar, no es simpático, pero es así. El militante de una fuerza política no vota como cualquier elector, como cualquier civil. El militante es el homólogo del soldado donde la política es la continuación de la guerra y no puede —simplemente no puede— discutir las órdenes de la conducción sobre el campo de batalla. Las tiene que cumplir a rajatabla o abandonar la militancia, porque aquí hay un compromiso que se asume al empezar a militar. El que no esté de acuerdo con dicho esquema no debe presentarse a militar, porque está incurriendo en la firma de un contrato que no va a cumplir. Y eso es grave.

Todos los cálculos políticos se hacen dando por sentado el supuesto de que la militancia va a ejecutar la totalidad del plan. Si la conducción duda de que eso va a ser así es imposible hacer ninguna estrategia y si está visto que los militantes van a actuar como civiles durante la campaña, van a hacer uso de una “libertad de conciencia” que no les corresponde, entonces el triunfo también será imposible porque el fuego amigo será el que determine la derrota.

Ya lo hemos vivido en el año 2015, cuando buena parte de la militancia pateó hacia el lado contrario —donde algunos metieron el gol en contra y hasta lo festejaron— porque Daniel Scioli no gustaba mucho. Ese año la militancia hizo caso omiso de la consigna “el candidato es el proyecto”, olvidó que tenía un proyecto y perdió los papeles. Scioli, la individualidad de Scioli, no sedujo lo suficiente a los militantes y el resultado fue el siguiente: algunos se desmotivaron y directamente no lucharon la campaña, sobre todo las famosas “viudas de Randazzo”; otros lo hicieron, pero empezando demasiado tarde. Y así es como el pueblo argentino fue entregado en una bandeja de plata al enemigo oligárquico del pueblo argentino para que lo saqueara y lo matara mediante un genocidio por goteo. Es grave.

Y todo eso, vayamos viendo, porque Scioli no gustaba. Aunque había sido ungido por la conducción, parte de la militancia hizo “libertad de conciencia” y Scioli perdió. Pero Scioli no perdió nada, porque Scioli era tan solo la cara visible en las elecciones. El que perdió fue el proyecto nacional-popular y, por extensión, el propio pueblo argentino, que ahora está bajo la bota. Scioli fue el candidato elegido por la conducción y esa conducción estaba, entonces como ahora, en manos de Cristina Fernández, a quien la militancia le había jurado lealtad eterna y hasta prometiendo armar quilombo si el gorila se atrevía a tocar a Cristina.

Muy bien, el gorila no solo tocó a Cristina como además la está haciendo pasar por un trance alucinante que incluye aprietes a su núcleo familiar, indagatorias humillantes y amenazas de cárcel. No, ningún quilombo se armó y es improbable que se arme aun en el supuesto de que el gorila efectivamente se anime a encarcelar a Cristina. El caso de Lula en Brasil es revelador en ese sentido. ¿Y entonces? ¿La militancia está para armar quilombos o qué?

No, la militancia no existe para eso. Los que arman quilombos son los barrabravas, fanáticos irreflexivos de un club de fútbol o de una banda de rock. La militancia está para cumplir las órdenes que bajan desde la conducción y que son resultado de una estrategia armada por los que tienen todo el mapa en la cabeza, los generales propiamente dichos, que miran el campo de batalla desde un punto de vista privilegiado y totalizador. La militancia es para la lucha, no para las escaramuzas.

Todo lo anteriormente dicho es la síntesis de una doctrina que nuestra militancia no tiene porque los partidos políticos dejaron de lado el adoctrinamiento de sus soldados tras la caída del Muro de Berlín, la disolución de la URSS y el “fin de la historia” neoliberal de Francis Fukuyama. Los partidos políticos fueron reducidos a cascarones vacíos, a meros instrumentos electorales. Y así abandonaron la práctica de sentar a sus militantes para impartirles la doctrina. Por lo tanto, aquí debe haber un mea culpa y una autocrítica de la conducción, por supuesto, aunque nada de eso justifica el comportamiento inorgánico de individuos cuya única tarea es ser precisamente orgánicos.

(Foto/archivo: Diario El Litoral)

Finalmente, así es cómo aparecen el provincialismo berreta y la valoración moral y hasta estética de los candidatos como excusa patética para darle el triunfo al enemigo. Ninguno de los santafesinos que quieren votar a Bonfatti porque Perotti no es de su agrado está pensando en el impacto que va a tener la derrota de un candidato apoyado por Cristina y hasta por su contrincante en las PASO, por todo el peronismo, en la segunda o tercera provincia más importante del país. ¿Alguien puede dudar de que una derrota de Perotti será presentada por los medios con bombos y platillos como una derrota de Cristina?

Los peronistas con doctrina dicen que “peor de los nuestros es infinitamente mejor que el mejor de ellos” y eso es literalmente así. No existe posibilidad de que un gobierno de los “socialistas” gorilas de Estévez Boero —socialista y estanciero— sea mejor para el pueblo de Santa Fe que un gobierno peronista del pelaje que sea. Y mucho menos de que lo sea para los peronistas de Santa Fe, lo que está de más decir. No hay nada mejor para un peronista que otro peronista, decía Perón, pero los muchachos desconocen la doctrina y parecería escapárseles esta verdad, enorme como una casa.

Citando a San Ignacio de Loyola, Fidel solía decir que “en una fortaleza sitiada, toda disidencia es traición”. Fidel fue un gran estratega y para hablar de fortalezas sitiadas debió conocer muy bien la definición de otra mente igual de estratégica que la suya, la del barón prusiano Carl von Clausewitz, fallecido hace ya casi dos siglos. Según Clausewitz, “(…) La guerra es la continuación de la política por otros medios” y nosotros, con Fidel, nos damos la libertad de invertir los términos de la proposición para afirmar que la política es la continuación de la guerra por otros medios. Una guerra donde el enemigo hoy tiene todo el poder y está destruyendo a los nuestros como moscas, además de tener asediada nuestra fortaleza. No es momento de cuestionar las órdenes de la conducción: es momento de luchar. Y cualquier disidencia por parte de la soldadesca será interpretada como traición.

El horno no está para bollos, hay nenes que no están comiendo, hay trabajadores sin trabajo y hay abuelos que se mueren por cualquier nimiedad derivada de la falta de atención. Gana Perotti en Santa Fe y gana Cristina o el indicado por ella en la nación, en primera vuelta y por paliza. Cualquier resultado distinto a este es inaceptable para los que le juramos a Néstor cuidar a su compañera y transformar el país.