Circula en las redes sociales en los últimos días la catarsis de un tuitero, quien expresaba enloquecido sus sentimientos negativos respecto a la imagen de una María Eugenia Vidal emponchada. El poncho, como se sabe, es una prenda de vestir, pero también es símbolo de lo popular y, en la opinión del alucinado tuitero, no correspondería que Vidal se vista con uno. “No puedo poner en palabras lo que me violenta (ver a) Vidal en poncho”, escribe el opinador de Twitter. “Es como (…) la concha de tu madre (…) vivís en una base militar escondida de la gente. ¿Qué te hacés la Juana Azurduy, hija de re mil putas?”. Lógicamente, la traducción del mensaje al castellano es nuestra, porque el original está escrito en lenguaje posmoderno de redes sociales y es impublicable.

La violencia experimentada por el tuitero y luego vomitada en Twitter fue muy festejada por otros que evidentemente sintieron lo mismo al ver a María Eugenia Vidal vistiendo un poncho en un acto junto a Mauricio Macri. Pero dicha violencia radica en algo que el tuitero y sus aplaudidores no comprenden: la culpa nunca es del chancho, sino del que le da de comer. María Eugenia Vidal y Mauricio Macri son solo los intérpretes de una capacidad operativa que la “derecha” —la representación política de los ricos— tiene y nosotros no tenemos. La violencia es la impotencia de reconocer que ellos son más eficientes que nosotros en algo y nos están ganando de mano.

En su edición del 20 de noviembre de 2018, el diario español El País publica la noticia de que el gobierno de Emmanuel Macron en Francia —de “derecha”— propone “volver a lo básico” en términos de Educación. Según El País, además de restaurar la enseñanza de lenguas clásicas como el latín y el griego, el ministro de Educación Jean-Michel Blanquer anuncia que el plan de Macron es literalmente volver a enseñar a leer, escribir, contar y respetar a los alumnos del sistema educativo francés. Y esa propuesta, en plena era de la informática y de todo lo virtual, ha suscitado la ira de los sectores dichos “progresistas”, los que insisten en que en todo eso atrasa un siglo.

Dogmáticos enojados y pragmáticos cínicos

En la disputa entre lo que solemos llamar la “derecha” y su propuesta de “volver a lo básico” en materia de Educación y los inefables “progresistas”, que califican eso como “atraso”, está expresado ante los ojos del que lo sepa leer todo el problema que tenemos nosotros en estas latitudes frente a un gobierno que destruye el país y se hunde, y aun así se mantiene políticamente vivo y hasta habla de pelear la reelección. “¿Cómo es posible que exista hasta un 30% de electores dispuestos a volver a votar a Macri este año, si todo el gobierno de Macri ha sido un fracaso y estamos hoy mucho peor que en el 2015?”, se pregunta, incrédulo, el militante de la causa de los pueblos aquí, homólogo de los “progresistas” franceses.

No es una cuestión de qué políticas van a implementarse en la Educación o en general, sino de comunicación. La impotencia de nuestro militante ante un Macri que todavía está vivo y coleando cuando ya tendría que haber renunciado, la violencia del tuitero que no gusta de ver a María Eugenia Vidal en poncho y la ira de los “progresistas” franceses que no quieren “volver a lo básico” radican todas en lo mismo. Todos ellos miran impotentes cómo las clases populares aquí, en Francia y en todas partes entienden y asimilan el discurso de los Macri, de los Macron, de los Trump y afines, pero no entienden el discurso de igualdad y justicia social que emitimos nosotros, los que tenemos la razón.

¿Qué es lo que la “derecha” sabe hacer y nosotros no? Pues sabe ser pragmática y usar ese pragmatismo para hacer una lectura en tiempo real del sentido común, que es el sentir, el pensar y el creer de las clases populares. Y sabe, por supuesto, convertir los resultados de esa lectura en tiempo real en un discurso ajustado a la capacidad de comprensión del público. Mientras nosotros seguimos estancados en el dogma, la “derecha” dice lo que las mayorías quieren escuchar, las mayorías entienden el mensaje de la “derecha” y votan, en consecuencia, a la “derecha”.

Esta profunda autocrítica nos permitirá entender por qué nos cuesta tanto ganar elecciones diciendo la verdad y haciendo el bien, mientras que a ellos, a los de la “derecha”, les sale tan fácil ganarlas mintiendo y haciendo el daño.

¿Computadoras o tizas?

Cuando Macri aparece junto a una Vidal emponchada para anunciar solemnemente que no hay lógica en proveerles computadoras a alumnos de escuelas públicas que no tienen conexión a internet, eso es realmente lógico porque es el resultado de la lectura del sentido común, el que indica la necesidad —también lógica— de ir de menor a mayor en las cosas de la vida. Claro, los dogmáticos sabemos por dogma que eso no es así. En todo caso, antes de quitarles las computadoras a los chicos de las escuelas públicas porque estas no tienen conexión a internet, la solución sería más bien proveerles esa conexión. Nosotros lo sabemos, pero las mayorías no lo saben.

El atento lector podrá corroborar que eso es así mediante la aplicación de la sociología del estaño: vaya y pregúntele a un individuo de los que nosotros ubicamos en la categoría de “no politizados” qué piensa de la argumentación de Macri y verá como ese individuo dirá que eso es lógico, porque “los chicos de hoy escriben cada vez peor, no saben hacer cuentas, no leen” y todo lo que ya sabemos. En vez de darles computadoras, dirá el entrevistado, hay que darles lo básico.

Ese es el sentido común que ellos analizan en tiempo real y a nosotros nos enfurece. ¿Cómo puede ser que no entiendan que Macri está bolaceando? Y la conclusión que hacemos es que son todos una manga de estúpidos, porque no entienden lo que nosotros, los dueños de la razón, decimos y caen como chorlitos en el cuento de Macri escrito por un vulgar lector de sentido común: el asesor de imagen y de comunicación.

Ahí está el problema. Al ser tan dogmáticos y al estar convencidos de que tenemos la razón —porque, efectivamente, la tenemos—, se nos hace imposible comprender que para ganar elecciones es mucho más importante entender a las mayorías que enojarse con las mayorías cuando ellas no nos entienden. Cuando el sentido común repetía en el año 2015 que iba a votar a Macri porque “Cristina no escucha a la gente”, eso era rigurosamente cierto desde su punto de vista. En vez de ir a escuchar al pueblo, analizar el sentido común y producir un discurso acorde con los contenidos que circulan allí, lo que solíamos hacer era “bajar” al territorio a anunciar la verdad. No solo pecamos de soberbios, sino que rompimos la regla de oro de la comunicación. Para que la comunicación sea exitosa, el mensaje debe ser captado, comprendido por el receptor. Si eso no pasa, la comunicación falló.

Si hubiéramos escuchado al sentido común de los que llamamos “no politizados”, sabríamos que, por ejemplo, en materia de Educación, ese sentido común estaba reclamando lo más básico que hay: que los chicos aprendan en la escuela a leer, escribir, contar y respetar. Y habríamos producido un discurso acorde a eso, sin perjuicio de las políticas públicas que realmente aplicamos. El Conectar Igualdad se haría igual, porque es lo correcto, sabemos que lo es y sabemos que es necesaria la inclusión digital para el mundo que se viene, pero también nos fijaríamos en que los chicos tengan lo básico en la escuela y el sentido común vería satisfecha su demanda inmediata, real o percibida, pero inmediata al fin. Y el sentido común concluiría que, además de brindar una Educación de calidad, el Estado proveía a los alumnos de computadoras portátiles.

En Francia no piensan abandonar el uso de la computadora en las escuelas y Macron no propone reemplazarlas por una enseñanza de tipo decimonónica. Lo que Macron hace es colmar la expectativa del sentido común, de la gente de a pie que ve cómo sus hijos egresan de la escuela sin saber escribir ni contar bien, sin leer jamás y, sobre todo, sin respeto. El sentido común de Francia percibe que la escuela no está educando a los jóvenes en aquello que el sentido común cree que es la Educación de calidad y Macron resuelve el problema anunciando que va a “volver a lo básico” para que eso ocurra.

El dogma sirve para hacer, no para comunicar. Las políticas públicas se diseñan en base a una matriz ideológica, pero la comunicación debe ser absolutamente pragmática. Es urgente que el campo de lo nacional-popular en América Latina se haga de una estrategia de comunicación popular, pero en serio. De una comunicación popular basada en la lectura del sentido común y en la producción de un discurso que las mayorías puedan comprender y asimilar. Mientras sigamos intentando hacer que las mayorías nos entiendan y no que entendamos a las mayorías primero, esas mayorías nos van a seguir pareciendo muy estúpidas. Los dogmáticos queremos inculcarles ideas y valores del siglo XXII a gente que recién está entrando al siglo XX. Sí, estamos adelantados en ideas, pero la verdad es que no somos muy inteligentes. Y mientas tanto la “derecha” nos sigue derrotando en nuestro propio campo, lo que nos genera mucha violencia, impotencia e ira. Eso no va a cambiar hasta que aprendamos a escuchar primero y hablar después, aunque tengamos la razón de antemano.

Lo que nuestro tuitero violentado no sabe, porque no fue discípulo del Dr. Botalla como nosotros, allá lejos y hace tiempo, es que el investigador frente a un virus no se pone a putearlo, sino a entenderlo. Justamente para no tener que violentarse a la puteadas cuando el virus aparece. Lo que nos está faltando es pragmatismo, viveza y quizá un poco de calma.