Junio de 2019, Día de la Bandera. Faltan pocas horas para el cierre de las listas de candidatos de cara a las elecciones generales de este año, que son las más importantes en muchos años y quizá en décadas. Mientras los propios esperamos la definición de las listas propias, del otro lado el enemigo de los pueblos pone a funcionar su maquinaria de horror. Sí, el otro también juega y juega mucho mejor de lo que puede imaginar el que nunca lo ve venir. Del otro lado, el enemigo presenta un monstruo: María Luján Rey será candidata a diputada en las listas de Cambiemos por la provincia de Buenos Aires.

El hecho va a venir con mucha cola y del tipo de cola que a nosotros no nos conviene. La jugada es simplemente brillante porque se monta sobre la memoria afectiva de las mayorías, sobre aquello que no puede argumentarse. María Luján, como se sabe, es la madre Lucas Menghini Rey, una de las víctimas de accidente ferroviario de la estación de Once en el año 2012. El cuerpo de Menghini Rey fue encontrado entre los hierros retorcidos de las formaciones siniestradas muchas horas después del accidente, constituyendo uno de esos dramas que suelen vender mucho diario, marcar una generación entera y ser determinantes en la política por años. María Luján Rey se monta sobre ese episodio para seguir literalmente robando hoy, a más de 7 años de aquel accidente, aun con el caso resuelto y los responsables condenados por la Justicia.

¿Por qué, entonces? ¿Por qué María Luján Rey sigue siendo un monstruo útil al poder hoy, ya habiendo desvanecido el objeto de su discurso al haberse hecho justicia? Porque del otro lado —de nuestro lado— ahora está Sergio Massa como primer candidato a diputado nacional y Sergio Massa se montó sobre el accidente del Once para construir el discurso de su campaña arrolladora en las elecciones del año 2013. Ahora tenemos a Massa en nuestras listas y Massa tendrá que hablar del tema al ser interpelado por María Luján Rey. Y nada de lo que diga Massa va a caer bien entre nosotros.

He ahí el objetivo del poder en esta: meter confusión en el campo del enemigo, además de robar los votos de los “indignados” de siempre. María Luján Rey repetirá el eslogan de toda la vida, dirá una y mil veces que “la corrupción mata” y ubicará, lógicamente, la corrupción de este lado, haciendo caso omiso de la monumental corrupción que existe en el gobierno de Macri. Eso es absurdo, claro, pero tendrá sus resultados porque se trata del razonamiento más básico que puede haber, el tipo de razonamiento favorito de los idiotas “indignados”: el accidente de Once ocurrió durante el gobierno peronista de Cristina Fernández, murió mucha gente y fue, de acuerdo con lo que los medios ya lograron instalar hace mucho, resultado de la corrupción en ese gobierno. Por lo tanto, el peronismo es corrupto y mata. El que intente argumentar contra eso será tildado de insensible y cruel, será percibido como un auténtico hijo de puta que hace política con la desgracia, lo que en rigor es lo opuesto a la verdad. La que hace política con la desgracia es María Luján Rey al servicio del poder, pero ellos son expertos en contarla e instalarla al revés.

Ahora bien, todo eso ya está, el daño ya está hecho y nos tocará sufrir otra vez en campaña. No hay nada que hacer al respecto, no es posible explicar que la cosa no es como la cuenta María Luján Rey. Ella es la víctima y las víctimas en nuestra cultura no pueden ser objetadas. Lo único que podemos y debemos hacer es proceder de manera distinta en el futuro para que no existan más símiles genéricos de María Luján Rey que el poder use para operar en la política.

La conclusión necesaria es la que más duele y es que María Luján Rey es un monstruo —con nombre de virgen y cara de mártir— que hemos creado nosotros mismos con nuestro seguidismo y nuestro fanatismo. Para los que militábamos en el año 2012 todo estaba bien, el gobierno de Cristina Fernández era perfecto y el que se atreviera a decir lo contrario era inmediatamente escrachado y aislado. Entonces nadie se animaba a decir nada y nadie se animó a decir en ese momento que los trenes del Gran Buenos Aires se encontraban en estado calamitoso. Nosotros sabemos que el maquinista no frenó y eso fue lo que ocasionó el desastre, pero el argumento es débil frente a la realidad del mal estado de nuestro sistema ferroviario de la época. Nosotros sabemos que el accidente de Once no fue ningún accidente, pero las mayorías no lo saben porque los medios no lo dicen. Lo que los medios dicen es que eso pasó porque alguien se robó el dinero que debió haberse invertido en el mantenimiento de trenes y vías. Eso es lo que está instalado, que hubo corrupción, que no hubo inversiones y que, por lo tanto, murió gente. “La corrupción mata”, sintetiza María Luján Rey, acongojada, y la cosa prende como fuego en época de sequía.

Si hubiéramos tenido entonces el coraje de decir que los trenes del Gran Buenos Aires debían ser renovados, esa renovación se hubiera llevado a cabo a tiempo, nunca a destiempo y no habría posibilidad de argumentar un choque de trenes como resultado del mal estado del sistema. No habría habido Once, en una palabra, y María Luján Rey seguiría siendo una anónima más. Pero es un monstruo que hace política con la desgracia de su hijo y ese monstruo es nuestra creación, es resultado de nuestra incapacidad de autocrítica.

Muchos de los nuestros no han aprendido nada de todo esto y van a seguir siendo los “olfas” de siempre cuando ganemos las elecciones. No van a aceptar que se marquen los errores y las dificultades y, por el contrario, van a perseguir a los que se animen a hacerlo. Los van a señalar con la letra escarlata de la traición. Y por eso la cuestión estará en cambiar de verdad, derrotar al seguidismo, ser mejores en serio. Una vez que ganemos las elecciones debemos ser autocríticos a tiempo. Una vez que ganemos las elecciones tenemos que ser distintos, no tenemos que volver iguales.

Una vez que ganemos las elecciones, por encima de los monstruos como María Luján Rey y los monstruos que la usan para destruir, saquear y robar. Una vez que ganemos las elecciones.