La distancia más corta entre dos puntos no siempre es una línea recta. En estos momentos se produce en la política argentina un fuerte movimiento en el que algunos sectores más bien sobreideologizados intentan ejercer presión sobre el peronismo para golpear y destruir el gobierno de Macri lo más pronto posible. Esos sectores aducen que así se termina como por arte de magia el hambre en la Argentina y a la renuncia de Macri todos los que hoy no están comiendo van a comer.

Claro que no lo dicen así abiertamente, pero esa premisa está implícita en su razonamiento. Según esos sectores, que se hacen llamar “de izquierda” y “revolucionarios”, la destitución inmediata de Macri es el camino más corto para terminar con el desastre que el gobierno de Macri generó. Es el razonamiento básico de nivel infantil: al eliminarse la causa del problema, desaparece inmediatamente el problema en sí.

Eso es sostener que el camino más corto entre dos puntos es una línea recta, cosa que no se da en la realidad fáctica. Sobre un mapa, que es una teoría, es una representación de la realidad y es un plano, la línea recta une más rápidamente a los puntos. Pero el territorio no es el mapa, la tierra no es plana. En la realidad de lo que es el camino más corto entre dos puntos suele ser una curva.

Lo diremos de una vez: el peronismo está convencido de que el camino más corto para llegar desde una situación de hambre a una de relativa normalidad en la que todos comamos es que Macri llegue a las elecciones de octubre, las pierda por paliza y entregue la botonera del gobierno el 10 de diciembre con todas las de la ley. Los sectores sobreideologizados de nuestra mal llamada “izquierda” sostienen que no es así y que el camino más corto entre los dos puntos es una recta: Macri se tiene que ir esta noche o mañana por la mañana. Y para que eso pase hay que tomar las calles, romper todo y poner el pecho a las balas de la represión, la que resultaría en la renuncia de Macri.

Pero esto no es como la “izquierda” dice que es y está muy lejos de serlo. No lo es, en primer lugar, porque una eventual renuncia de Macri no reactiva de golpe la economía, sino más bien todo lo contrario. Si Macri renunciara hoy, lo que podría abrirse es una caja de Pandora de la que nadie sabe muy bien qué cosas van a salir. ¿Gobierno provisorio? ¿Suspensión de las elecciones hasta que se tranquilicen las calles? ¿Suspensión de las garantías constitucionales y de la Constitución en sí misma? ¿Cuánto tiempo podría durar ese estado de anomia?

Probablemente mucho más que los 45 días que nos separan hoy de las elecciones del 27 de octubre. Pero hay una hipótesis aún más oscura y es la de que al estado de sitio, la represión en las calles y el saldo espantoso de muchos muertos no se les siga la renuncia de nadie. Lo que puede pasar es que todo eso pase y aun así Macri no renuncie, sino que decrete el estado de sitio, la suspensión de las elecciones y de la Constitución, lo que en sí sería un autogolpe por donde se lo mire.

La hipótesis es oscura, pero no es descabellada. Con la certeza de que va a perder las elecciones y ante la perspectiva de tener que enfrentarse a la Justicia por toda la destrucción que hizo, a Macri le tiene que parecer muy atractiva la idea de seguir con el poder en el Estado sin tener que someterse a elecciones. Si el país está prendido fuego, con enfrentamientos y muertos en las calles todos los días, no será difícil para Macri argumentar que en esas circunstancias no están dadas las condiciones para realizar elecciones normalmente. Entonces Macri solo puede desear ardientemente que el peronismo convoque a los pueblos a marchar a Plaza de Mayo masivamente, porque así se podrá desplegar la represión masiva y los muertos podrán contarse por decenas.

Pero el peronismo no le va a dar el gusto a Macri. El peronismo, en realidad, está a punto de ganar las elecciones en 45 días y de desalojar a Macri con todas las de la ley. ¿Por qué el peronismo habría de patear el tablero de un juego en el que está ganando?

No, los que van ganando no patean el tablero. Lo hacen los que van perdiendo y estos son el gobierno y las fuerzas políticas que todavía lo apoyan, sí, pero también son los que discursivamente afirman oponérsele radicalmente. También la mal llamada “izquierda” está perdiendo como en la guerra y no tiene ningún interés en que las elecciones de octubre se realicen. Si esas elecciones tienen lugar, la “izquierda” va a ser aplastada otra vez en las urnas y eso la “izquierda” no quiere. Por lo tanto, otra vez coinciden en sus intereses las pésimamente llamadas “derecha” e “izquierda”: ambas quieren suspender las elecciones porque las está ganando el peronismo, que no entra en el juego perverso de la falsa contradicción entre izquierdas y derechas.

Ahora bien, acá ambas la “derecha” y la “izquierda” tienen un problema y es que, políticamente, nada es posible en la Argentina sin la participación activa del peronismo, puesto que esta es la fuerza política que representa a las mayorías. Entonces Macri necesita quilombo en las calles para salir a reprimir, decretar el estado de sitio y suspender las elecciones. Pero la “izquierda”, dispuesta a funcionar en esa sociedad y darle a Macri lo que Macri necesita, no tiene la capacidad de llenar las calles de gente. Quiere, pero no puede. ¿Por qué? Porque la mal llamada “izquierda” no representa a nadie y no puede convocar a las multitudes a tomar las calles. Eso solo lo puede hacer el peronismo.

Por lo tanto, la “izquierda” necesita que el peronismo se suba al carro, convoque a las multitudes y así llenar las calles de gente enardecida y dispuesta a batirse con las fuerzas de seguridad del Estado en enfrentamientos mortales. ¿Pero cómo hacerlo, si el peronismo ya sabe que gana las elecciones y no quiere saber nada con la suspensión de las elecciones y el quilombo en las calles a 45 días del 27 de octubre?

Lo único que puede hacer la mal llamada “izquierda” es activar a sus agentes que venían haciendo entrismo en el peronismo desde que Macri asumió el gobierno. Cuando los pueblos perdimos las elecciones del 2015, se formó en la oposición un rejunte en el que muchos perdieron de vista la diferencia entre un peronista y un trotskista, por ejemplo. Ese rejunte se asemeja a la noche, en la que todos los gatos se ven pardos y entonces muchos empezamos a considerar “compañeros” a los que no coinciden con nosotros en nada, solo por el simple hecho de que se declaraban opositores a Macri. Así es cómo la “izquierda” hace entrismo en el peronismo para engrupir a los peronistas y hacerles pisar el palito: la “izquierda” se disfraza de popular y se hace pasar por lo mismo.

Un caso de entrismo cuya hilacha terminó mostrándose pudo verse hoy. Un medio dicho alternativo como la Revista y Editorial Sudestada reaccionó a los intentos del candidato del peronismo por pacificar el escenario y publicó llamando a seguir tomando las calles. En una palabra, Sudestada no pudo esperar a que llegue diciembre y trosqueó al conductor del peronismo, lo corrió por “izquierda” y lo contradijo.

“¿Qué efecto puede tener eso?”, se preguntará el atento lector. Y la respuesta está, precisamente, en el entrismo: Sudestada estuvo “careteando” durante los últimos cuatro años, en los que logró captar la atención de muchos simpatizantes y hasta de militantes del peronismo. Durante esos años, Sudestada hizo un culto de la imagen de Evita —eso sí, invisibilizando a Perón, porque para tanto no les da el estómago— que atrajo a muchos de los nuestros, los que hoy consumen los contenidos de Sudestada y consideran válida su opinión.

Eso es entrismo, como se ve, pero la verdad está a la vista: las manos que mueven los hilos de un medio como Sudestada son manos trotskistas. Su método es el culto de Evita, mujer, civil y de humilde extracción social. Evita es peronista, es de hecho la primera de los peronistas, pero los trotskistas de Sudestada la pueden tolerar por su perfil, la pueden resignificar y presentarla como “de izquierda”. Y con eso pueden hacer entrismo en el peronismo sin la necesidad de tolerar a Perón, que es “macho”, “milico” y enemigo de la mal llamada “izquierda”.

Se precipitan los hechos y las aguas empiezan a partirse antes de las elecciones. A partir de ahora el público en general empezará a ver que todos los gatos no son pardos y que no todos los que estuvimos haciéndole oposición a Macri lo hicimos porque estábamos interesados en reemplazar el gobierno de Macri por un gobierno peronista, un gobierno de tipo nacional-popular. Ahora los incautos entre nosotros van a ver que medios como Sudestada estuvieron entre nuestras filas para hacer entrismo y para llevar agua a su molino, el molino de los gorilas zurdos a los que siempre nos referimos en este espacio.

El enemigo es cruel y despiadado, pero es asimismo frontal y se presenta en la lucha como lo que realmente es: un enemigo de los pueblos, un gorila. Pero el entrista es mucho más insidioso, porque se presenta como amigo y sostiene esa farsa todo el tiempo que sea necesario para terminar clavándoles el puñal de la traición a los que le creen. Es necesario empezar a separar la paja del trigo, porque el entrista de hoy es el opositor al gobierno popular de mañana y es el que operará “por izquierda” para desestabilizar ese gobierno de unidad nacional que tanto andamos necesitando.

Alberto Fernández y el peronismo del que es el conductor hoy tienen razón, no es hora de estar en las calles provocando a la reacción para que vengan represión y muertos. Es hora de estar serenos para ganar las elecciones y terminar con la pesadilla. Es hora de ir por la distancia más corta entre los dos puntos, que no es la línea recta propuesta por el entrismo. Y el que el fuere buen peronista que sepa pararse bien en esta, que sepa no darles de comer a los que vienen a robar.