Pasó un tanto inadvertido durante el fin de semana, entre controversias secundarias de todo tipo que ocuparon todo el espacio en los medios tradicionales y también en las redes sociales. Pero pasó y es un hecho de suma importancia: desde el Vaticano, el jefe argentino de la Iglesia puso en atención de alrededor de 1.300 millones de católicos en todo el mundo que la especulación financiera, la evasión fiscal y la concentración de riqueza son pecados. Eso pasó durante la última semana, aunque muy poca gente parecería interesada en discutir la importancia del hecho.

Un no católico dirá que esa importancia es relativa, puesto que los no católicos no suelen ser destinatarios del mensaje papal. Pero la importancia es absoluta a la luz de lo que realmente es una batalla cultural: se trata de una institución de la sociedad civil que, a nivel global, tiene más miembros que la cantidad de habitantes del continente americano. Hay una institución universal de alrededor de dos milenios de antigüedad y con esa cantidad de miembros incorporando a su doctrina —con valor negativo— conceptos que muchos de nosotros ya hemos naturalizado en perjuicio propio. El Papa se expresó públicamente sin mediatintas y puso en la categoría de “estructuras del pecado” las prácticas de la timba financiera y acumulación de riqueza por parte de los poderosos que están destruyendo el mundo.

Durante siglos las definiciones de qué es un pecado y qué no lo es han ordenado el mundo. Por lo menos hasta el advenimiento de la modernidad industrial y, quizá en menor medida hasta el presente, los códigos éticos rectores de la vida de buena parte de la humanidad se han basado en esas definiciones. La Iglesia católica ha monopolizado desde siempre el poder de decir qué es el bien y qué es el mal, con todas las consecuencias sociales a la vista. Y entonces el hecho es objetivamente extraordinario: la Iglesia católica se ha expresado públicamente para colocar en la categoría de “mal” lo fundamental de aquello que para la ética del capitalismo tardío es la mismísima regla del juego.

 “Hoy”, dice el Papa Francisco, “la economía y las finanzas se vuelven un fin en sí mismas. En el mundo predomina la idolatría del dinero, la codicia y la especulación”. Y luego de la parte del diagnóstico vino la definición: “Esta es la globalización de la indiferencia y estas son las estructuras del pecado”. Para los que, católicos y no católicos, nos oponemos a la globalización impuesta por el neoliberalismo, la definición papal cae como un mazazo sobre el campo de los enemigos de los pueblos. “Las 50 personas más ricas del mundo tienen un patrimonio equivalente a 2,2 billones de dólares. Esas cincuenta personas por sí solas podrían financiar la atención médica y la educación de cada niño pobre en el mundo, ya sea a través de impuestos, iniciativas filantrópicas o ambas cosas. Esas 50 personas podrían salvar millones de vidas cada año”.

Los datos de Francisco son precisos. De acuerdo con los estudios de una organización insospechada como Oxfam International, un puñado de familias concentra hoy más riqueza que la mitad de la población mundial y la tendencia es regresiva, esto es, ese puñado de familias es cada vez más exclusivo, dejando a las claras que el proceso de concentración de riqueza sigue a toda marcha.

Como institución fundamental de la sociedad civil, tanto en Occidente como aquí en las colonias de América Latina y África, la Iglesia católica se ha percatado de la magnitud del problema y de la necesidad de intervenir. Y la importancia del hecho pasa por ahí, por la claridad meridiana con la que se expresa el jefe de esa Iglesia en medio del ruido y la confusión existentes. En otras palabras, mientras las mayorías estamos discutiendo apasionadamente asuntos de escasa y muy escasa importancia, asuntos que realmente no hacen a la problemática social real, la Iglesia católica se pone a la vanguardia de la lucha por los intereses de las propias mayorías populares confundidas y se pone a denunciar sin eufemismos lo que nadie parece dispuesto a denunciar.

Los medios de difusión marcan la agenda y tienen por objetivo ocultar la realidad de la concentración de la riqueza en muy pocas manos. ¿Por qué? Porque eso termina justamente cuando se hace de sentido común, es decir, cuando la atención de la llamada “opinión pública” se vuelva hacia el problema. Es condición ineludible para que siga el proceso de concentración de riqueza que el mismo proceso no sea visible y por eso las definiciones del Papa de la Iglesia católica han sido directamente invisibilizadas por los medios dominantes, instrumento cultural del poder fáctico que saquea a los pueblos y concentran la riqueza a su voluntad.

Es probable que el poder siga saliéndose con la suya por algún tiempo más y que sigamos entretenidos en discutir la fiebre, jamás la enfermedad. Pero la verdad está a la vista: nada en el mundo se va a resolver mientras no se resuelva la disputa por la conducción del capitalismo. Como decía Cristina Fernández en Cuba, esa conducción recaerá sobre el libre mercado o recaerá sobre los Estados nación según sea el resultado que arroje esa lucha. Solo el Estado como representación de la voluntad y de los intereses de las mayorías puede resolver otro problema detectado por Cristina en su presentación de Sinceramente en La Habana: la insuficiencia regulatoria sobre los ricos. Solo el Estado, reiteramos, puede imponer las regulaciones que faltan y puede conducir el capitalismo de aquí en más y de modo que el proceso no conduzca a una escisión de la humanidad entre una aristocracia dueña de todo, por una parte, y todos los demás, por otra.

En la película Elysium, que vio la luz en el año 2013, se plantea un escenario distópico en el que esa escisión se produjo y los ricos han abandonado un planeta Tierra agotado. Aquí abajo nos quedamos todos los demás, sobreviviendo precariamente en un mundo contaminado, en ruinas, viendo cómo los que han concentrado toda la riqueza sin regulaciones se dan la gran vida en una estación espacial acondicionada con óptimas condiciones para la existencia humana. La escisión se hace patente allí, cuando uno de los grupos —el de la ínfima minoría privilegiada— se abre físicamente del mundo y se va a vivir a un planeta B. Alguien dirá que el problema no es tan grave, que se trata de una ficción distópica y que nada de eso va a suceder. Los pronósticos contenidos en ficciones distópicas como Elysium, 1984 y Un mundo feliz no suelen cumplirse.

No acordamos con ello, por supuesto. El problema es más grave de lo que suponemos y no puede tardar 134 años —Elysium “ocurre” en el año hipotético de 2154— en resultar en una escisión concreta de la humanidad. El Papa Francisco lo sabe, Cristina Fernández lo sabe. La conducción del capitalismo y la insuficiencia regulatoria sobre el poder fáctico por parte de la sociedad son los problemas, cuya resolución es clave para resolver todo los demás y es cuestión de optar: seguir discutiendo la agenda de los medios u ocuparse de la cuestión fundamental. Hasta la Iglesia católica optó por lo último. No está tan difícil.


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