El gran Otto Lara Resende, ampliado por Nelson Rodrigues, otro grande de las letras de Brasil, decía que el brasilero solo es solidario en el cáncer, que es como decir solidario para nada. Con el cinismo que caracteriza a los intelectuales de Brasil y a todos los intelectuales en general, Lara Resende ponía de manifiesto aquello que se sabe, pero casi nunca se dice: en la más difícil nadie quiere estar. Si no es por una fatalidad personalísima como el cáncer, los problemas de uno son solo de uno mismo y nadie va a poner el hombro cuando dichos problemas hagan crisis.

El brasilero solo es solidario en el cáncer y podría decirse que el argentino ni eso, rápidamente le soltamos la mano al que cae en desgracia. El observador externo diría que el argentino acompaña hasta la puerta del cementerio, pero nunca se hace enterrar con el difunto. Ese es el fenómeno social de la falta de solidaridad que el sentido común popular ya tiene bien identificado y sistematizado en la metáfora de las ratas que abandonan el barco en los minutos previos al naufragio. Cuando madura el hundimiento ya nadie es solidario con el capitán, el único obligado a hundirse con la nave por el código moral del mar.

Entonces todos abandonan el barco antes del hundimiento, es cierto, pero las ratas lo hacen primero que nadie. Los roedores son los que viajaron gratis, son los que comieron gratis durante todo el viaje y son asimismo los menos solidarios entre todos los pasajeros.

Portada actual de la revista Barcelona, en la que con “humor” echan nafta al fuego pintando a Alberto Fernández con los colores del fracaso: los del radicalismo incapaz de cumplir el mandato de las urnas.

Eso es lo que está pasando con ciertos medios de comunicación en la actualidad. Luego de comer pauta del Estado a lo pavote durante los últimos meses, algunos ya olfatean el naufragio y empiezan a querer despegarse del actual gobierno de Alberto Fernández. Ese es el caso de la revista Barcelona, un medio considerado “humorístico” que opera el discurso ideológico disimulado en chistes “progresistas” de dudosa calidad y que ha sido desde el vamos uno de los más obsecuentes al actual gobierno.

Pero el despegue es una cosa complicada que requiere de ciertas maniobras arriesgadas de salvataje, todas ellas muy evidentes. Cuando el mercenario hizo obsecuencia por dinero y se quiere despegar, no puede simplemente cambiar de tema, hablar de otra cosa. No. El mercenario debe dar un giro de 180 grados y debe empezar negar abiertamente el objeto de su anterior obsecuencia, tiene que darse vuelta como si fuera una veleta.

La revista Barcelona hace exactamente eso en la portada de su última edición. En un pase de manos, caracteriza “con humor” a Alberto Fernández como Raúl Alfonsín, atribuyéndole en letras de molde: “Discurso socialdemócrata, mano blanda con las fuerzas de seguridad que lo presionan, dólar indomable, inflación permanente y bigote”. Si se dejaran interpelar, los “creativos” de la revista Barcelona dirían que es un chiste, pero esa no es la intención. Lo que se quiere es abrir el paraguas y despegarse de lo que presienten no va a terminar bien. Lo que se quiere poner de manifiesto son los errores del gobierno y ponerle el sello del fracaso, que en nuestro país está muy asociado a radicales como Alfonsín.

La célebre campaña de la revista Panorama contra Arturo Illia entre 1965 y 1966, en la que hacían del presidente radical una imagen de tortuga: la lentitud y la ineptitud.

Ese es el comportamiento de la rata frente a la perspectiva del naufragio, pero está antecedido por el comportamiento del obsecuente, que está justo en la raíz de cualquier fracaso. Cuando había que criticar y exigir para enderezar el rumbo, la revista Barcelona aplaudió irreflexivamente, haciendo caso omiso de los errores que iban a conducir al desastre. Con el desastre casi consumado —gracias en parte justamente a la obsecuencia que no permite avanzar con la debida autocrítica— los “creativos” se acuerdan de marcar todos y cada uno de esos errores cuando ya es tarde para subsanarlos.

A partir de ahora veremos a muchos medios y comunicadores “amigos” emulando ese comportamiento. Los que antes no hicieron jamás una sola crítica y además embistieron con furia inusitada contra los que sí se animaron a criticar ahora verán errores hasta en la sopa. Y pondrán en el grito en el cielo, como el que dice: “no tengo nada que ver con eso”.

Más caracterizaciones radicales donde en teoría había peronismo. Ricardo Alfonsín homologa a Fernández con su padre, anunciando que el presidente está corriendo la misma suerte. Es la escritura de la narrativa de un fracaso en tiempo real.

Maquiavelo ya lo sabía y desaconsejaba el empleo de soldados mercenarios en batalla, pues son los primeros en desertar frente a la perspectiva de la derrota y son también muy rápidos para venderse al mejor postor. Siempre conviene ir a la guerra con los amigos, pero los verdaderos, no con los que callan cuando ven equivocarse al amigo y mucho menos con los que incentivan la persistencia en el error aplaudiendo como una foca. El amigo verdadero es quien critica cuando hay que criticar, con el objetivo de forzar el avance y la mejora.

En los medios dichos “amigos” no van a querer ser solidarios en la hora más difícil del gobierno de Alberto Fernández. Será cuestión de no permitirles a los roedores navales comedores de pauta que se saquen el uniforme de mercenario.