Jair Bolsonaro es el presidente de Brasil desde que ganó las elecciones de octubre de 2018 prácticamente sin oposición. Y esta es la historia de una derrota por abandono, o de cómo entregar los puntos sin haber jugado el partido.

La historia dirá en el futuro que algo pasó en la política sudamericana y más específicamente en sector de la representación de los intereses de las mayorías a partir del año 2013. Ese sector, que en la Argentina se llama peronismo y en los demás países de la región —a falta de una doctrina nacional propia— se llama vulgarmente “izquierda” o “progresismo”, perdió de vista en algún momento desde el 2013 lo esencial, que es justamente la obligación inherente de representar los intereses de las mayorías. Y pasó a representar no se sabe bien qué cosa, pero seguramente la parte y no el todo.

El atento lector recordará que hacia el año 2013 el pronóstico era de triunfo de los pueblos, pero entonces pasaron cosas. En marzo de ese año el fallecimiento de Hugo Chávez generó un terremoto en Venezuela y la derrota del kirchnerismo a manos de Sergio Massa en las elecciones legislativas hizo lo propio en Argentina. Empezaba un proceso de mutación apenas visible en el momento, ya que los gobiernos populares parecían sólidos en Brasil, en Bolivia, en Ecuador y hasta en Uruguay. El temblor no parecía ser tan grave: la sucesión en Venezuela se encaminaba a realizarse exitosamente y en Argentina el gobierno daba la apariencia de haber asimilado bien el impacto de la paliza en las urnas. Al fin y al cabo, las elecciones de medio término no definen nada y Chávez no iba a vivir para siempre, lo importante era consolidar a Nicolás Maduro en la sucesión.

Pero Maduro nunca pudo realmente hacer pie y tampoco pudo ser más que una sombra de Chávez. Y en Argentina el impacto de los resultados de las elecciones de 2013 iba a empezar a verse ya en los primeros días del año siguiente, con un giro copernicano en la política económica y también en el discurso, que pasaba allí a expresar unas consignas identitarias que antes no había tenido mientras se inauguraba la etapa del ajuste y la devaluación. Se abandonaban la política y el discurso dichos “populistas” por la contra y se iniciaba la etapa “progresista”, con la justicia social en términos de pesos y centavos siendo bruscamente desplazada por los derechos individuales de las minorías.

Nadie se percató de ello y pasó. Ya durante el año 2014, Dilma Rousseff tendría enormes problemas para rascar una apretada reelección, tan solo para ser destituida dos años y medio después, a mediados de 2016. Al año siguiente, Rafael Correa se haría suceder por Lenin Moreno, quizá la traición más grande de la historia de la política mundial. Apenas asumido, Moreno dio inicio a una brutal política oligárquica y a una feroz persecución judicial a los que habían sido sus compañeros de toda la vida.

Quedaban de pie los gobiernos de signo popular en Bolivia y en Uruguay, aun con todas las limitaciones del Frente Amplio para pertenecer a la categoría. Esos dos últimos bastiones habrían de caer tardíamente en 2019, a seis años de iniciado el proceso de debacle a nivel regional. Y ahora el resultado es el siguiente: de hacernos un esfuerzo conceptual y considerar al gobierno de Alberto Fernández una continuación tardía de aquel ciclo “populista” iniciado por Hugo Chávez, Lula da Silva y Néstor Kirchner entre 1998 y 2003, la Argentina está hoy absolutamente rodeada por gobiernos que representan los intereses de sus élites locales, que son subalternas a su vez de las élites globales. Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Brasil, todos gobernados por el partido fundamental de las clases dominantes, mientras en Venezuela se apagan las luces y la revolución bolivariana lucha aislada por no morir de inanición.

No es casualidad que Alberto Fernández haya intentado vincularse con el lejano México, sin mucho éxito. México está desde luego en la órbita de los Estados Unidos como Mercurio en la órbita del sol, es decir, en el primer cordón de influencia. Ni lerdo ni perezoso, anticipando la reelección de los republicanos, López Obrador no resistió y cerró con Donald Trump, dejando a Fernández en una incómoda contradicción ideológica: el amigo mexicano ahora es amigo del objeto del odio de buena parte de la militancia propia en el plano local. Con Venezuela aislada y el lejano México haciendo su propia geopolítica regional, que no tiene mucho que ver con América del Sur y sí con América del Norte, que es donde México se ubica en la realidad efectiva, Fernández se encuentra hoy sin amigos. En la hipótesis de que esté intentando reeditar la década ganada, en el frente regional no lo podrá hacer y más bien tendrá problemas por los cuatro costados.

Esa es la realidad actual y la pregunta que queda es la siguiente, a modo de ejercicio de investigación de cara al futuro: ¿Qué pasó en ese año 2013 para que la representación de las mayorías en la política deje de serlo, se repliegue en la forma de secta “progresista” y caiga? ¿Qué es lo que hizo cambiar de rumbo a los que hacían política de masas y los puso en rumbo de colisión con la filosofía de las mayorías populares que es el sentido común?

El mejor ejemplo de la debacle es Jair Bolsonaro, con quien habíamos empezado esta nota. Bolsonaro es una auténtica bestia, es un hombre no calificado para dirigir nada en absoluto y mucho menos un país de las dimensiones y la importancia de Brasil. Parece frágil, siempre errático y sin embargo sigue allí, fortaleciéndose contra todo pronóstico. Estamos haciendo mal el pronóstico: en nuestras cuentas, siempre está la alternativa, la mejor opción para los pueblos o esa representación de las mayorías que conocimos en la primera década de este siglo y hasta los primeros años de la segunda década. El problema es que, al parecer, eso ya no existe. Estamos pensando que Bolsonaro se cae porque va a aparecer algo mejor, pero ese algo simplemente no está.

En Brasil, el Partido de los Trabajadores abandonó la prédica y la praxis dicha “populista” y la reemplazó por otra, una de tipo “progresista”, allí donde la redistribución de la riqueza, la movilidad social ascendente y la justicia social de una manera general fueron reemplazadas por banderas identitarias en las que el sujeto político ya no se define por su posición social —por la cuestión de pesos y centavos de siempre—, sino por su raza, su religión, su género, su orientación sexual y todo lo que hace al individuo, no al grupo. En una palabra, el Partido de los Trabajadores hoy milita ese “progresismo” que está bien lejos de la comprensión de los trabajadores, de la enorme masa del pueblo.

La militancia del Partido de los Trabajadores piensa que el pueblo va a darse cuenta de que Bolsonaro es “de derecha”, soltándole la mano en algún momento para optar por la “izquierda”, pero ese es un típico error de microclima sobreideologizado. Las mayorías populares no entienden la realidad en el plano horizontal de “izquierda” a “derecha” que los jacobinos iluminados inventaron en Francia y nuestra política sigue queriendo reproducir aquí. Los pueblos se vuelcan a apoyar al que sabe en cada momento representar sus deseos, sus esperanzas y, sobre todo, sus miedos. Y cuando el Partido de los Trabajadores dejó de hacer eso para agradar a su propia militancia con la agenda “progresista”, dejó también el espacio vacío para que otro lo ocupara. El Partido de los Trabajadores en Brasil pasó a ser el Partido de la Militancia, dejó de hacer “populismo” y la transición resultó en un Bolsonaro absolutamente “populista”.

Hay una verdad universal que la militancia en todas partes parece desconocer: nadie sabe hacer “populismo” mejor que la llamada “derecha”. El problema es que el “populismo” de ellos es casi totalmente demagógico, no hace realmente avanzar a los pueblos, aunque simula muy bien hacerlo. Entonces si el campo opuesto quiere ganar, debe ocupar ese espacio, echar a la “derecha” de allí y sostener la posición haciendo “populismo” del bueno, esto es, representando los deseos, las esperanzas y los medios de las grandes mayorías. Eso es precisamente lo que dejó de pasar en América del Sur a partir de 2013. En algún momento, el discurso y la praxis se volvieron endogámicos, se empezó a hacer política para el gusto de una militancia que en líneas generales es vanguardista respecto al pueblo en un sentido de querer poner el carro delante de los bueyes.

Bolsonaro es un animal, es machista, racista, homofóbico y facho en las categorías propias de la militancia. Pero en las categorías propias de las mayorías no politizadas, es el que sostuvo la economía durante la crisis del coronavirus allí donde decenas de millones se morirían literalmente de hambre si se vieran impedidos de salir a trabajar dos días consecutivos. Bolsonaro es el que dice que a los delincuentes hay que darles mano dura y ese es el concepto general de “seguridad” dominante, un problema que en Brasil es todavía más grave que acá, sobre todo para los más pobres que viven en verdaderas zonas de guerra.

Todo el ejemplo de Brasil, el Partido de los Trabajadores y el bestial Jair Bolsonaro es válido para los demás países de la región. Sí, también para la Argentina. Algo pasó, lo que era secundario pasó a ser todo el discurso y toda la praxis y los “populistas” de América del Sur dejaron de hacer “populismo” en 2013. Allí empezó la derrota. Hoy el enemigo de los pueblos ocupa todos los espacios y triunfa sin hacer mucho esfuerzo. Los Bolsonaro de Sudamérica van a seguir haciendo el “populismo” brutal y su oposición va a seguir llorando que son fachos, derechosos, no deconstruidos, va a seguir sin hablarles a las mayorías en el idioma que esas mayorías entienden. La oposición quiere seguir hablando difícil y entonces no es oposición. El triunfo de los Bolsonaro en nuestra América es un triunfo sin oposición, por abandono. Pasarán años hasta que entendamos el error.