En el mundo debe haber pocos, muy poquitos banqueros comunistas. Carlos Heller es uno de ellos, tiene esa condición tan infrecuente que lo convierte en un ser especial. Ese entrañable antiperonista es banquero y es comunista a la vez, veamos bien esta maravilla, además de ser un idóneo analista de la política económica dentro de los límites de su ideología importada, que son muchos.

En sus pronósticos y definiciones Heller a veces acierta y a veces no, ni más ni menos de lo que nos suele suceder a todos. Alguna vez, durante el régimen de Mauricio Macri allá por el año 2016, Carlos Heller dio la siguiente hipótesis, que está brillantemente formulada y tiene aspecto de axioma, es casi un apotegma: el límite de todo ajuste es la capacidad de los ajustados para soportarlo. Según el amigo Heller, el ajuste fiscal encontraría su techo (o su piso, según cómo se lo mire) en la tolerancia de los de a pie a la pobreza y a la miseria.

Es una hermosa definición y está muy bien para el comentario altisonante en una reunión, es una cosa de efecto. Pero resulta que es incorrecta. El tiempo habría de demostrarle a Heller que el límite del ajuste fiscal no tiene ninguna relación con lo material, sino más bien con lo ideológico. Hoy sabemos que el límite de todo ajuste está en la voluntad de tener la razón por parte de los ajustados, lo que en sí constituye una espantosa conclusión: en ciertas coyunturas la cuestión de pesos y centavos pasa a un segundo y hasta a un tercer plano cuando se quiere tener la razón ideológicamente.

¿Qué es eso? Pues lo siguiente: cuando la grieta se instala en la política y se forman dos bandos ideológicamente opuestos (por lo menos en teoría), allí se da la situación o el escenario ideal para llevar a cabo ajuste prácticamente sin límites. En la grieta, haga quien haga el ajuste, siempre habrá una parcialidad dispuesta a justificarlo, a defenderlo y a militarlo por encima de sus propios intereses con tal de que no gane las elecciones el opuesto ideológico en esa grieta. Véase bien: por encima de los intereses propios, que es como decir que algunos están dispuestos a pagar de un modo no metafórico para tener la razón.

Eso pasó durante el régimen de Mauricio Macri. En aquellos tiempos atroces, el ajuste estaba a la orden del día y así, entre tarifas, inflación e impuestos, el pueblo argentino fue salvajemente despojado de gran parte de su riqueza, la que fue a caer derechito en el bolsillo de las élites y sus corporaciones. Y mientras esa masacre tenía lugar, la parcialidad adicta a la ideología que Macri supo representar en el periodo gritaba que “pagábamos muy poco” las tarifas de electricidad, gas y transporte, que el ajuste era necesario “para arreglar el desastre que dejaron los otros” y que ya iban a llegar los brotes verdes, la luz al fin del túnel, el segundo semestre, la lluvia de inversiones, etc.

Por eso el ajuste pudo hacerse sin mayores problemas en los cuatro años de gobierno de Macri. Con una minoría muy numerosa dispuesta a pagar la cuenta y a militar su propia pobreza era imposible detener el proceso. ¿Cómo torcerle la mano al ajustador si una parte significativa del pueblo lo apoya con pasión, dispuesta a todo para que siga y siga?

Entonces el límite del ajuste no está en ninguna capacidad material de nadie, sino más bien en la ideología. “Como tierra si hace falta para que no vuelva Cristina. ¡Tierra!”, decía el mal llamado macrista en esos días. Y comió tierra, efectivamente. El límite de todo ajuste es cuánto está dispuesto el hombre a resignar con tal de tener la razón en un sentido ideológico.

El poder fáctico del dinero siempre va a exigir ajustes, por la simple razón de que su único interés es cobrar más y pagar menos para maximizar el margen de ganancia. Siempre. Mientras el poder pueda, valga la redundancia, va a querer que suban los precios y que se devalúen los salarios. Y ahora vemos que Heller se equivocaba cuando ponía un límite material al ajuste: hoy el ajuste sigue —con más parsimonia, es cierto, pero sigue— sobre un pueblo que está ya por debajo de la lona y sigue también habiendo gente dispuesta a defenderlo, a militarlo con pasión.

Ya no son los macristas, que ahora lloran y gritan por todo lo que en su momento callaron y otorgaron. Ahora son los que en ese entonces gritaron y lloraron por todo lo que ahora callan. La grieta es exactamente eso: la suspensión del debate político porque una de las partes, la que se siente representada en el gobierno, siempre se retira de la discusión de la política en un sentido estricto, que es la cuestión de pesos y centavos. Cuando una parcialidad siente que el gobierno le es propio, abandona el debate político y se coloca en un lugar que se asemeja al del barrabrava, cuya meta es resistir con aguante para que la hinchada del cuadro rival no pueda festejar.

El límite del ajuste es la ideología. Por ideología el hombre es capaz de comer mierda y de andar en harapos o hasta desnudo en pleno invierno, a tomar agua de la alcantarilla si hace falta. Y el argentino —que es como el hombre, pero con un toque extra de intensidad y masoquismo— mucho más todavía. El poder lo sabe y hará todo el ajuste que quiera. Siempre habrá alguien dispuesto a militar su propio despojo. La penitencia habrá de durar mucho todavía: todo lo que dure la grieta, precisamente.