Seguían visibles allá por mediados de la década de los años 1950 aquellas “viudas” del embajador yanqui Spruille Braden que habían formado en la Unión Democrática diez años antes. Eran los dirigentes y militantes de los partidos políticos que, en todo el arco de “izquierda” a “derecha”, se opusieron furiosamente al gobierno de Juan Domingo Perón hasta lograr el anhelado golpe de Estado de 1955, la autodenominada Revolución Libertadora: la Unión Cívica Radical, el Partido Demócrata Progresista, el Partido Socialista y el Partido Comunista. Esos eran los antiperonistas de la época, los originales. Y entonces surgió en el sentido común, en la cultura popular, la categoría precisa para contenerlos a todos esos antiperonistas: la categoría de “gorila”.

El término fue asimilado por la taxonomía de la política nacional hasta ser parte de la misma formalmente. Es normal en los días de hoy decir “gorila” en nuestra política para referirse a la contra del peronismo, todo el mundo sabe que eso es así. ¿Pero lo sabe todo el mundo?

Casi siete décadas han pasado desde que el pueblo argentino supo denominar como “gorilas” a aquellos personeros criollos de la hegemonía global de los yanquis y los soviéticos, los socios tanto del Partido Demócrata de los Estados Unidos como del Kremlin de Moscú que aquí homologaban el peronismo con el fascismo y le llevaban la contra en nombre de la “democracia”. Casi setenta años desde entonces, mucha agua pasó por debajo del puente: una serie de dictaduras alternadas con periodos de democracia tutelada, gobiernos radicales del todo ineptos y alguna que otra versión del peronismo de antaño. Y fue justamente en esas versiones, penetradas por el entrismo ora “por derecha”, ora “por izquierda”, donde la voz “gorila” como definición del antiperonista se fue perdiendo. Cuando el peronismo recibió el entrismo liberal en la década de los 1990 y en el contexto del Consenso de Washington, “gorila” significó una cosa. Luego, al venir el entrismo progresista en los primeros años del nuevo siglo, “gorila” pasó a significar otra cosa totalmente distinta.

El resultado de todo eso es que la utilización del término “gorila” para referirse a un antiperonista —que es el sentido original de la expresión— se fue perdiendo. Y hoy “gorila” sirve tanto para un barrido como para un fregado. Lo usan todos para los más distintos fines, incluso los propios gorilas sin comillas para lanzar el hiriente mote al que no piensa como ellos.

¿Cómo es posible eso? ¿Cómo puede ser que los gorilas hayan hecho una doble, triple y hasta cuádruple hermenéutica, el salto mortal lingüístico, hasta poder acusar a otros de lo que ellos mismos son y siempre fueron, una manga de gorilas? Pues a través de un proceso de corrupción en el sentido de la expresión, que probablemente empezó en los años 1990. En esos días, la juventud empezó a decirle “gorila” no solo al gorila antiperonista de siempre, sino también a cualquier conservador, incluso si dicho conservador estaba afiliado al peronismo.

No está del todo mal, pues es sabido que en el interior del mismo peronismo hay gorilas reales disimulados, parasitando en el seno del movimiento para lograr sus objetivos personales, casi todos ellos non sanctos. El asunto es que la práctica de homologar “gorila” con el conservadurismo de modo genérico terminó haciéndose costumbre, nos fuimos olvidando de los gorilas originales y, en fin, terminamos diciéndole gorila prácticamente a cualquiera que no pensara exactamente igual que nosotros. Entonces “gorila” llegó a ser directamente opositor a lo que uno expresaba en cada momento, sin importar si se trataba o no de un gorila real.

Y acá estamos, en plena posmodernidad, sin saber qué es un gorila en la política argentina, lo que equivale a decir que no sabemos tampoco dónde están los gorilas. El colmo de la operación hermenéutica llegó cuando los propios gorilas reales empezaron a decirles gorilas a los peronistas, lo que descolocado del contexto es una risa de las grandes. Pero no hay nada de gracioso en ello: los gorilas en el tiempo se adueñaron de una bandera del peronismo para usarla contra el peronismo. Y eso es grave.

El progresismo, que es la lavada de cara de la izquierda marxista (la original, que murió al desintegrarse la Unión Soviética y todo el bloque socialista en el Este), penetró profundamente en las estructuras del peronismo. Primero mediante alianzas electorales necesarias para triunfar en las urnas y después, ya más atrevidos, a los progresistas no les alcanzó con llamarse a sí mismos aliados del peronismo. Un buen día los progresistas entendieron que como aliados iban a ser siempre furgón de cola, solos no iban a poder ganar nunca una elección y entonces empezaron directamente a llamarse peronistas a sí mismos. ¿Dejaron de ser progresistas “de izquierda” y abrazaron la doctrina del movimiento nacional justicialista? De ninguna manera. Siguen siendo tan progresistas y tan “de izquierda” como siempre, pero ahora se hacen llamar peronistas para tener lugar en las listas, acceder a cargos en los gobiernos del peronismo, a ministerios y hasta a algo más.

Entonces esos progresistas entran al peronismo, miran a los que ya están allí y juzgan que se trata de gente muy conservadora. Y en vez de huir espantados, gritando que el peronismo está lleno de conservadores, se plantan, golpean el pecho, ponen los dedos en V y les gritan a los peronistas que estuvieron siempre en el peronismo que son unos “gorilas”. La opereta hermenéutica está completa: los gorilas de “izquierda”, los herederos de aquellos socialistas, comunistas, radicales y progresistas de la Unión Democrática dieron vuelta el tablero y ahora clasifican como “gorilas” a los peronistas que son herederos del General Perón al continuar su doctrina. En una palabra, los gorilas reales dicen que los antigorilas históricos son los “gorilas” y que ellos mismos, antiperonistas de toda la vida “por izquierda” ahora son los peronistas. Y esto ya es una locura.

Hay más. ¡Guay del peronista que se subleve contra eso! Ni lerdos ni perezosos, los progresistas gorilas ahora reconvertidos en peronistas sacan rápidamente el argumento del “peronómetro” y se termina la discusión. Nadie es más peronista que nadie y entonces nadie puede decir que el otro no es peronista, pero los progresistas disfrazados de peronistas pueden decir que el otro es un “gorila” cuando el otro no se sube a la ideología del marxismo cultural, la ideología “de género”, la ideología “antimilico” o la ideología “antifascista”, por ejemplo. Uno puede ser peronista aferrado a la totalidad de la doctrina del General Perón, pero si no se sube a las ideologías de izquierda que el progresismo hizo entrar al peronismo, será tildado de “gorila” y sanseacabó.

Robaron la bandera, la pintaron de otro color y la plantaron en el campo, que ahora es de ellos. El peronismo hoy es “de izquierda” o no se puede ni decir, aunque de acuerdo a la doctrina del General Perón —de ahí “peronismo”, como se ve—, el movimiento político no es liberal ni marxista, no es yanqui ni es soviético. Es de tercera posición a modo de superación dialéctica de ambos polos existentes en la política mundial desde mediados del siglo XIX. Pero si un peronista dice eso, dice que es de tercera posición, ni liberal ni marxista, el progresismo dueño actual del campo peronista grita que “facho”, que “dinosaurio”, que “atrasa” y, por supuesto, que “gorila”.

Usted, atento lector peronista, ¿qué piensa hacer al respecto? ¿Va a esperar hasta que finalmente cuelguen en la sede del Partido Justicialista la foto del gran “demócrata” Spruille Braden?

Hay que tener mucho cuidado con todo esto, debemos ser precisos en la taxonomía de la política. Si vemos “gorilas” donde no los hay y, lo que es peor, donde en realidad están los auténticos enemigos de los gorilas reales, nunca sabremos dónde están estos últimos. No vaya a ser cosa que estén donde uno menos sospecha: usurpando una identidad que no les corresponde, en la que no creen y de la que han renegado siempre para llevar a cabo un plan que nada tiene que ver con el programa peronista.


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