Carlos Alberto Raimundi es el embajador de nuestro país ante la Organización de los Estados Americanos (OEA), foro político de carácter continental que alguna vez fue definido por Fidel Castro en una sensacional ocurrencia como el “ministerio de colonias”. En la OEA se reúnen embajadores de 35 países de América, de norte a sur, salvo los de Cuba y de Venezuela. Y allí en la OEA el embajador Raimundi pronunció un discurso explosivo en el que relativizó las conclusiones del informe de Michelle Bachelet y denunció el fuerte intervencionismo que viene imponiéndose sobre Venezuela, sin subirse al coro de denuncias por violación a los derechos humanos en el país. En una palabra, Carlos Raimundi hizo desde su lugar de embajador una defensa del gobierno de Nicolás Maduro frente a la OEA.

Hasta ahí todo bien, todo normal. El problema es que Cancillería salió al cruce del embajador, lo desautorizó e impuso la confusión en los medios, que hasta ahora no saben cómo dar la noticia. ¿Un embajador representa la opinión del gobierno que lo designó en un determinado asunto? Se supone que sí y que los embajadores son eso mismo, repetidores de la política exterior de sus respectivos gobiernos en países extranjeros o en foros multilaterales como la OEA. En una palabra, hoy por hoy no queda claro si el gobierno argentino se pliega a la opinión del Grupo de Lima sobre la definición de la revolución bolivariana como una dictadura que viola los derechos humanos o si, por el contrario, adhiere a la postura de Nicaragua y Cuba en la defensa de la legitimidad del gobierno de Nicolás Maduro. Es una grieta internacional sobre Venezuela y no se sabe de qué lado se para Argentina en esa loca grieta.

Y es que la grieta internacional es en nuestro país una grieta dentro de la grieta, lo que no parecería ser muy lógico y sin embargo lo es. Carlos Raimundi dice una cosa y representa la opinión del sector del Frente de Todos comúnmente denominado “kirchnerista”, es decir, el sector que en el Frente es el más numeroso en cantidad de militantes y simpatizantes y es leal a Cristina Fernández. En los primeros años del siglo, Venezuela fue un actor fundamental en la recuperación económica de la Argentina luego de la crisis de los años 2001 y 2002, aportando ingentes ayudas económicas al gobierno de Néstor Kirchner, por ejemplo, para echar del país al Fondo Monetario Internacional (FMI). Hugo Chávez fue un gran amigo de Kirchner y un gran amigo de la Argentina y allí nace la amistad ideológica natural entre la revolución bolivariana de Hugo Chávez y el naciente kirchnerismo de Néstor Kirchner.

Por esa razón, el kirchnerismo jamás se va a subir al coro de los que condenan al actual presidente Maduro. Es una cuestión lógica, ideológica. El kirchnerismo se caracteriza por ese sentido de la lealtad a los amigos, lo tiene profundamente arraigado y no suele omitir sus principios en casos como el de Venezuela. Raimundi pertenece al kirchnerismo y no va a traicionar. El problema es que el otro sector del Frente de Todos —el que se referencia más bien en Sergio Massa— tiene poco y nada que ver con eso. El canciller Felipe Solá pertenece a este otro sector, es un “massista” más o menos desde que Sergio Massa empezó a existir con luz propia allá por principios de los 2010. Massa dice sin ambages que en Venezuela hay una dictadura y que allí se cometen violaciones a los derechos humanos, milita la destitución de Nicolás Maduro y hasta el reconocimiento del inefable Juan Guaidó como “presidente encargado”. Si de Massa dependiera, nuestro gobierno ya hubiese reconocido a la embajadora “acreditada” por Guaidó en la Argentina, cosa que no pasa.

Entonces el embajador Raimundi dice una cosa y Cancillería dice lo opuesto, generando confusión en el observador desavisado que ve unidad de criterio donde existen opiniones muy disidentes en el asunto Venezuela y en tantos otros asuntos. Pero más allá de la confusión está el problema diplomático propiamente dicho, que es la indefinición allí donde todos los demás ya se han definido. Y ese problema no lo tienen Raimundi, ni Solá ni Massa: el problema lo tiene Alberto Fernández.

Mapa de los países que en la actualidad reconocen la legitimidad de la revolución bolivariana. La presencia de México aquí está reñida con los últimos acuerdos suscritos entre López Obrador y Donald Trump y el apoyo mexicano a la causa venezolana va a quedar supeditado al resultado de las elecciones del 3 de noviembre próximo en los Estados Unidos. Por lo demás, todos los países señalados son, en mayor o menor medida, aliados ideológicos en el sentido común de la mayoría de los militantes y simpatizantes del Frente de Todos.

Si el atento lector lo piensa prácticamente un momento, verá que la revolución bolivariana de Venezuela está hoy absolutamente aislada en el contexto regional, tan aislada como supo estar la revolución cubana durante décadas, especialmente en el último cuarto del siglo pasado. Se ha dado una coyuntura regional en la que no existe un solo gobierno sudamericano que esté de parte de Nicolás Maduro, habiendo caído en manos de sus enemigos ideológicos todos los países que hasta hace poco fueron sus aliados más cercanos.

Empezando por Brasil, donde al caer en desgracia el gobierno del Partido de los Trabajadores en un golpe de Estado se dio como resultado el régimen de Jair Bolsonaro luego de una transición amañada en manos de Michel Temer, que fue la preparación del terreno. Luego pasando por Ecuador, país en el que el golpe no fue tal, sino más bien una traición. La entronización de Lenin Moreno vino de la mano del propio Rafael Correa en elecciones y luego los ecuatorianos comprendieron que se pasaban de bando. En Bolivia el golpe fue aún más abierto que en Brasil y el MAS de Evo Morales corrió la misma suerte de Dilma Rousseff y el Partido de los Trabajadores. Ahora Bolivia tiene un gobierno de facto en el que Jeanine Áñez teje pacientemente la trama para que la salida electoral no resulte en el retorno del MAS en la figura de algún apoderado de Morales, jugando el rol de Temer. Y finalmente en Uruguay, donde el aliado venezolano cayó con la derrota del Frente Amplio en las elecciones del año pasado.

Los demás países de la región, cuyos regímenes ya eran enemigos de la revolución bolivariana, ahora no están sino más envalentonados: Colombia, Perú, Chile y Paraguay, la columna vertebral del famoso Grupo de Lima. La postura de esos países siempre estuvo muy clara y jamás varió en sus transiciones internas. De hecho, el caso de Chile es paradigmático pues la oposición de los chilenos a Maduro y su firme definición de la revolución bolivariana como una dictadura violadora de los derechos humanos no viene de la mano de la “derecha” liderada por Sebastián Piñera, sino directamente de la “izquierda” con el informe de Michelle Bachelet.

Así es cómo hoy ocho de los nueve vecinos sudamericanos de Venezuela —descontamos la Guyana británica y el Surinam, que no cortan ni pinchan, además de la Guayana francesa que ni independiente es todavía— están directamente en una oposición frontal a la revolución bolivariana, caracterizando un escenario de claro aislamiento. Y después de todo esto está la Argentina en su indefinición, o donde las cosas no están del todo claras en el plano ideológico y mucho menos en el plano del pragmatismo. Y ese es el problema del momento.

El problema del momento es que Alberto Fernández está rodeado por dentro y por fuera en el asunto Venezuela. Por dentro, bajo la presión del kirchnerismo que impuso el embajador ante la OEA, pero no pudo ubicar al canciller. Por fuera, allí donde todos los gobiernos de los países de la región están definidos y presionan al gobierno argentino para que se pliegue. Por eso son risibles los gritos de los contreras, que exigen la desacreditación de Carlos Raimundi como embajador y la renuncia de Felipe Solá. Nada de eso va a pasar, al menos no hasta que exista una definición. El presidente se encuentra ante el dilema infernal de ceder a las presiones internas o a las presiones externas: si se define y se pliega a la postura de Cuba y Nicaragua, sosteniendo que el gobierno de Venezuela es legítimo y democrático, recibirá el apoyo de su base electoral actual, que es kirchnerista, pero pondrá su política exterior a contramano de la de todos los países de la región. Y si hace lo opuesto, recibirá el respaldo internacional a la vez que el embate de la militancia y los simpatizantes en el plano local.

La cuestión Venezuela hoy en Argentina es un intríngulis mucho más complejo que “echen a Solá” o “echen a Raimundi”. No se trata ni del uno ni del otro, sino de dos opiniones particulares y, sobre todo, profundamente ideológicas. No proceden los gritos enloquecidos de la oposición local porque las cosas en el Frente de Todos, como en cualquier frente político que se precie de serlo, no se resuelven echando gente. Las cosas se resuelven tomando decisiones y las decisiones son instancias en las que algo se gana y algo se pierde. Y en la actual coyuntura política de nuestro país nadie está en condiciones de perder nada. Por lo visto hasta aquí, Venezuela va a tener que esperar. Mientras las presiones del frente interno y las presiones del frente externo puedan administrarse, se van a administrar. No dura para siempre, pero en este momento Caracas es la última de nuestras prioridades, sin que esto deje de ser cierto: cuando llegue la hora de tomar una decisión sobre Venezuela, en esa decisión va a estar también la decisión sobre la propia Argentina y su rumbo.


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