Entre gallos y medianoche, que es para no espantar demasiado a la clientela, El Destape de Roberto Navarro publica una nota en la que se informa de la felicitación enviada por la coalición Juntos por el Cambio al presidente Alberto Fernández sobre el asunto de la condena a Venezuela por violación a los derechos humanos. Claro que por la parte específica, que es la repentina preocupación del sector oligárquico de Mauricio Macri, Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta por los derechos humanos, allí hay una enorme hipocresía. Cualquier cristiano más o menos avezado sabe que Juntos por el Cambio es la propia negación de todo lo que tenga que ver con derechos humanos y asuntos relacionados. Ese no es el problema ni es la cuestión.

El asunto es otro, es el esfuerzo que hace hoy Roberto Navarro por neutralizar una auténtica bala de plata equilibrando su línea editorial ultraoficialista con la presión que viene de abajo, esto es, de los lectores y suscriptores que siguen volando en fiebre por lo de Venezuela, como puede verse en los comentarios. Por una parte, El Destape intenta cuidar lo que queda de la supuesta unidad ideológica en el Frente de Todos, pero por otra cede a la presión de su audiencia, donde la mayoría se fue a dormir anoche y se despertó hoy en pie de guerra justamente por una definición de tipo ideológico que es la propia bala de plata.

Cuando El Destape publica la adhesión de Juntos por el Cambio a la condena del Estado argentino a la revolución bolivariana de Venezuela, entonces toca una fibra muy sensible, o esa bala de plata tan temida en ambos lados de la grieta. Verá el atento lector: cuando un gobierno tiene alguna contradicción o conmoción en el propio campo, lo único que no debe hacer la oposición es atacarlo. Decía Napoleón Bonaparte que no conviene interrumpir a tu enemigo al verlo equivocarse o, en criollo, que hay que dejarlo que meta la gamba nomás hasta el fondo.

Pero frente a todas las contradicciones internas del gobierno de Alberto Fernández la oposición hasta aquí había hecho caso omiso de Bonaparte. A cada movimiento de Fernández allí estuvo un referente político o mediático de la oposición para gritarle eso mismo, su oposición y su repudio. Sin importar mucho el carácter de la decisión tomada por el gobierno del Frente de Todos, hasta hoy Juntos por el Cambio se paró siempre en la vereda contraria y eso, lejos de debilitar a Alberto Fernández, lo fortaleció una y otra vez. Y por una razón muy sencilla: en el campo propio existe la convicción de que cuando los de en frente gritan, es porque de este lado se están haciendo las cosas bien.

Ese razonamiento se basa en la lógica de la grieta y en el principio de proyecto de país, según los que ellos quieren algo diametralmente opuesto a lo que nosotros queremos y entonces, en consecuencia, cuando ellos dicen que algo está mal es porque debe estar bien. Aunque a uno le haga ruido y no le cierre del todo una determinada política pública, uno tiende a convencerse de que sí cuando los contreras dicen que no. Es la lógica de la grieta una vez más, la misma que le permitió a Macri llevar a cabo auténticas barbaridades durante su gobierno: como los que denunciaban esas barbaridades eran los dirigentes, militantes y simpatizantes alineados con Cristina Fernández —o la propia Cristina Fernández—, el elector de Macri se vio obligado siempre a apoyar a su principal referente en todas.

De manera análoga, la fe en Alberto Fernández se sostuvo en estos diez primeros meses de gobierno básicamente por oposición, es decir, con los propios poniendo el oído en la banda de Mauricio Macri, viendo qué cosa opinaban ellos sobre cada tema y parándose automáticamente del lado opuesto. Entonces la oposición fue hasta aquí funcional a Alberto Fernández cada vez que se opuso, así es la grieta. Hasta aquí, decíamos, porque algo acaba de cambiar. Cuando Juntos por el Cambio emite un comunicado de Patricia Bullrich felicitando a Alberto Fernández por algo, por lo que sea, la lógica de la grieta colapsa abruptamente y todas las certezas se desvanecen en el aire como por arte de magia. Eso fue lo que pasó en el asunto Venezuela y ahí está el menudo problema que tiene El Destape entre manos.

En un santiamén, la lógica de la grieta empieza a funcionar al revés y todos los que aplaudían empiezan a gritar. Si el propio dice A y el enemigo dice B, uno tiende a sostener A aunque no esté muy convencido de los contenidos de A y hasta haya ponderado los argumentos de B. Un ejemplo claro de ello fue el acuerdo firmado por el ministro de Economía Martín Guzmán con el FMI, que fue muy pobre y cuyas consecuencias ya empiezan a sentirse. Como Juntos por el Cambio gritó y dijo que se trataba de un mal acuerdo, de este lado nos pusimos automáticamente a valorar dicho acuerdo como muy positivo y hasta a adorar a Martín Guzmán. El acuerdo con el FMI era A, la negación del acuerdo era B y estaba todo muy claro: en el Frente de Todos hubo apoyo incondicional al acuerdo A porque en Juntos por el Cambio hubo oposición B.

Esa es la lógica de la grieta. ¿Pero qué pasa cuando los supuestos enemigos irreconciliables dicen ambos A o B? Pues pasa que la unidad en uno de los campos se quiebra, mientras se fortalece la del campo opuesto. Hay en el tercio duro dicho macrista respecto al asunto Venezuela una unanimidad, están todos furiosamente en contra de la revolución bolivariana. Todos, no hay un solo macrista con dudas al respecto. Lo mismo no ocurre en el actual Frente de Todos. ¿Y por qué? Porque Juntos por el Cambio no es un frente formado entre distintos, sino una alianza entre gorilas de pelaje ligeramente variado. La única coalición existente entre parcialidades ideológicas muy diferentes entre sí hoy es el Frente de Todos y ahí está la conclusión de que el llamado kirchnerismo está desde siempre abroquelado ideológicamente junto a Nicolás Maduro, pero el kirchnerismo es la parcialidad más numerosa del Frente de Todos, no la única.

Cuando Alberto Fernández toma finalmente la decisión que para él es inevitable de alinearse con el Grupo de Lima en la condena al régimen venezolano, lo hace a instancias del sector de Sergio Massa, que en el Frente de Todos es menos numeroso en cantidad de militantes y, a la vez, más poderoso en capacidad de lobby. Entonces Fernández se inclina por el llamado massismo, que es un primo hermano ideológico del macrismo, por lo que recibe el apoyo de este último sector y pierde la adhesión automática de los muy numerosos kirchneristas cuando ese apoyo se difunde en la forma de un comunicado.

De ahí el problema de Roberto Navarro, que debe hacer la crónica de una desintegración ideológica de aquello que se dispone a defender a capa y espada. Con El Destape, Navarro se ve obligado a decir eso mismo, que Alberto Fernández se alineó en el plano internacional con Sebastián Piñera, Jair Bolsonaro, Iván Duque, Jeanine Áñez y, pecado de los pecados, con Donald Trump y el socio eterno de Occidente Benjamín Netanyahu. Y entonces se alinea en el plano interno con Sergio Massa, el que a su vez está en coincidencia ideológica… ¡con Mauricio Macri! Y la adhesión pública del propio Macri expresada en el comunicado de Juntos por el Cambio, en consecuencia, lejos de fortalecer a Alberto Fernández lo debilita aún más. Es la bala de plata, es un “apoyo” millones de veces más efectivo como tiro que todos los tiros que han tirado hasta aquí desde el sector contreras.

Cuando en una situación de grieta uno se abraza con su enemigo ideológico, es porque alguien está equivocado en dicho abrazo. Para Alberto Fernández, el haber calificado como “amigos” a Horacio Rodríguez Larreta y a Marcelo Mindlin fue un ensayo de ese abrazo teóricamente contra natura, fue un primer acercamiento a un lugar donde el sector kirchnerista del Frente de Todos no quiere estar, más allá de lo que ocurra o no ocurra en Venezuela, que está lejos: la misma vereda de quienes han sido definidos como enemigos desde que vino el General Perón allá por mediados de la década de los 1940 y mandó a parar. Es el abrazo entre Carlos Menem y el almirante genocida Isaac Rojas. Nada de eso puede salir gratis, la bala de plata no suele fallar. Si la oposición es viva, se fundirá con pasión en ese abrazo de oso al albertismo y probablemente le “sugiera” a Cancillería como próximo paso para sellar la alianza la aceptación de las credenciales de la embajadora de Juan Guaidó en Argentina. No existen los almuerzos gratis en la lucha política.


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