No vamos a terminar el día sin decir algo medianamente objetivo sobre el fallecimiento del juez federal Claudio Bonadío, que ocurrió por la mañana temprano este martes 4 de febrero.

Estuvimos viendo la clásica guerra de opiniones que se da siempre entre populares —entre los de a pie, nosotros— cuando muere alguien que no es de a pie y está bien lejos de estar entre nosotros. Clásica guerra de opiniones, sí, que termina siempre con el mismo resultado: suma cero.

Suma cero además porque Bonadío está muerto y eso no va a cambiar. “¡Pues bien muerto está!”, gritaron muchos durante todo el día, anunciando que a la noche iban a descorchar para festejar. “No está bien celebrar la muerte”, contestaron muchos otros. Y así transcurrió el día en las redes sociales, que son como el café de la esquina, pero del siglo XXI y ampliado.

Otros se atrevieron a un poco más que asignarle un valor positivo o negativo a la muerte y lamentaron retóricamente que Bonadío no haya vivido largos años para pagar en vida y con cárcel los muchos delitos y crímenes que cometió en su carrera de juez pistolero. Sobre esto queremos hablar, sobre lamentarse de que alguien muera sin conocer la justicia de los hombres.

Claro que hubiera sido justo que Bonadío marchara preso y bien esposado, que fuera juzgado y encerrado en un penal. ¿Quién lo va a negar? Nosotros claramente no. Solo vamos a decir que entre despedirlo hoy a Bonadío y dejarlo vivir muchos años más a ver si llegamos a hacer justicia con él, si nos dieran a elegir elegiríamos lo primero.

¿Por qué? Por una cuestión muy simple: si Bonadío seguía, podría ir preso o no, eso no se sabe. Lo que se sabe es que muerto no tiene posibilidad de hacer más daño al pueblo argentino.

Objetiva y pragmáticamente hablando, en lo que se refiere a la construcción de una patria, da exactamente lo mismo si un individuo X está libre o está preso. Lo que sí importa es si X puede o no puede estorbar en esa construcción, de modo que no hay nada que lamentar: hoy ha dejado de existir un estorbo de los grandes y eso en sí ya es justicia.

Los conceptos de “justicia” y “venganza” a menudo se mezclan. Así, cuando decimos que fulano debe pagar por lo que hizo, estamos hablando un poco de justicia y otro poco de venganza, aunque muchas veces no seamos conscientes de ello.

Pero no, vengarse de Bonadío no tiene objeto ni hubiéramos ganado nada con eso. Eso sí, ganamos muchísimo con su ausencia porque otro juez federal dispuesto a vender el alma con las corporaciones y el poder fáctico en general va a ser difícil de encontrar. Entonces el pueblo-nación argentino gana muchísimo con la ausencia de Bonadío y eso es justo, es justicia.

No se trata de festejar la muerte ni nada de eso, nunca le habíamos deseado la muerte al juez Bonadío ni a nadie. Se trata de una constatación después del hecho: el mundo es un lugar hoy mejor que ayer y la Argentina tiene un estorbo menos en el camino a su realización.

Allá estará Bonadío, saludando a Braden y demás muchachos de la fuerza brutal de la antipatria, como decía nuestra Evita. Allá estará, según los creyentes, en ese lugar especialmente reservado para los que incurren el octavo pecado capital: el cipayismo.

Será justicia.