El martes 11 de febrero de 1946, mientras en la Plaza de la República una multitud asistía a la proclamación de la fórmula presidencial Perón-Quijano, en Washington el Departamento de Estado entregaba a la Agencia United Press el texto completo del ‘Blue Book on Argentina’.

Al día siguiente, en Buenos Aires, bajo el circunspecto título ‘Consulta entre las repúblicas americanas sobre la situación argentina’, el matutino La Prensa le dedicaría cinco páginas completas al documento que acusaba al expresidente conservador Ramón Castillo, al presidente Farrell, a sus ministros y a más de la mitad de la clase dirigente argentina, pero muy especialmente al coronel Juan Perón, de haber colaborado con Alemania durante la guerra. Basado en erráticos y ambiguos “papers” del Departamento de Estado, el ‘Libro Azul’ básicamente cuestionaba la neutralidad argentina y propiciaba la invasión del país.

El promotor del disparatado documento había sido el exembajador Spruille Braden, en esos momentos secretario adjunto del Departamento de Estado.

En mayo de 1945, Braden se había hecho cargo de la embajada estadounidense en Argentina, llevando como secretario privado al misterioso español Gustavo Durán, verdadero redactor del “informe” promovido por el embajador.

Compositor, escritor, militar y espía, durante la guerra civil española Gustavo Durán había cumplido un papel destacado en las milicias comunistas del Quinto Regimiento y en la XI Brigada Internacional, donde fue jefe del estado mayor del general Kleber (“nom de guerre” de Manfred Zalmánovich Stern, oficial austrohúngaro miembro del servicio de inteligencia militar de la Unión Soviética, vulgarmente conocido como GRU) y tras participar de la defensa de Madrid y otras importantes batallas, estuvo al frente del Servicio de Información Militar (SIM) hasta que el ministro de Defensa, el socialista Indalecio Prieto, consiguió librarse de él.

Exiliado en Estados Unidos luego de la derrota de la República, se vinculó muy activamente al Departamento de Estado. Llegado a nuestro país con Braden, se reencontró con sus viejos amigos Rafael Alberti y María Teresa de León, quienes lo vincularon a la élite intelectual porteña en la que resplandecía la aristócrata Victoria Ocampo, secundada por sus amanuenses José Bianco y Jorge Luis Borges.

El agente español Gustavo Durán (der.), haciendo el clásico saludo comunista y enfundado en su uniforme de combatiente republicano en la Guerra Civil española. Por lo visto, siempre hay un Durán en el camino de la Argentina hacia la conquista de su soberanía e independencia.

Anticipándose un par de horas a la aparición del ‘Libro Azul’, en el transcurso del discurso con que inauguraba oficialmente su campaña electoral, el coronel Perón denunciaba la intolerable injerencia del señor Braden en los asuntos internos del país al expresar que “yo jamás sería presidente de los argentinos y que aquí, en nuestra patria, no podía existir ningún gobierno que se opusiese a los Estados Unidos”.

Pero el candidato contaba con su propia bomba diplomática. Según denunció, el antiguo agente comunista Gustavo Durán, secretario privado de Braden y autor del libelo, había realizado viajes a Montevideo para buscar contactos con exiliados argentinos y mantenía una relación estable con el jefe comunista Vittorio Codovilla, a quien había conocido durante la Guerra Civil. También había estado a cargo de Durán, según la revelación del candidato, realizar colectas entre las compañías norteamericanas radicadas en el país para financiar la campaña electoral de la Unión Democrática.

El ‘Libro Azul y Blanco’, que refuta las acusaciones estadounidenses, fue un best-seller: impreso en papel de diario y con una sencilla portada, llegaron a editarse más de 80.000 ejemplares.

Durán haría carrera en el gobierno de Estados Unidos así como en Naciones Unidas y siempre negaría haber sido comunista, descalificando las acusaciones de Perón, pero poco antes de su muerte terminó admitiendo su participación en la redacción del libelo distribuido por el Departamento de Estado.

“Más inesperada ―dirá el investigador y periodista Rogelio García Lupo― fue la confirmación indirecta de su actividad comunista en una carta de la escritora Victoria Ocampo a su enamorado, el escritor francés Roger Caillois. La carta es de ese explosivo año 1945 y en ella la escritora le pregunta en confianza a Caillois qué debía hacer frente al acoso ideológico de Durán, quien pretendía reclutarla para el comunismo”.

Además de ser comunista, debía estar completamente chiflado.

Perón, que sin dudas conocía lo primero, debía intuir lo segundo, porque algo ―llámese inspiración, iluminación o sexto sentido― lo llevó a sintetizar el conflicto con el contundente eslogan publicitario “Braden o Perón”.

 “Durán o Perón” no hubiera tenido la misma eficacia.

(Por Teodoro Boot)


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