(Por Roland Van Aeken)

¿De dónde salieron, dónde estaban? Es lo que estamos preguntándonos todos los argentinos bien nacidos en estos momentos. ¿De dónde salieron estos desgraciados, que se pavonean en los grandes medios, dándonos clases de moral con los pantalones bajos? Queremos saber cómo estos miserables se atreven con total impunidad a decir las barbaridades que dicen, sin que se les mueva un pelo de humanidad, ofendiendo los más básicos principios de la inteligencia y la ética. Estos oligarcas, estos vendepatrias profesionales, estos ricos que no piden permiso a nadie para nada, que nos saquean los bolsillos y se llevan nuestro esfuerzo a paraísos fiscales, son los que en masa aparecen en TV defendiendo lo indefendible, mientras ponen cara de demócratas. Estos CEO, que se atreven a decir —recordando a Jauretche— zonceras que causan espanto, tal como la que Esteban Bullrich esbozó hace unos días afirmando que Ana Frank “tenía sueños, sabía lo que quería, escribía sobre lo que quería y esos sueños quedaron truncos en gran parte por una dirigencia que no fue capaz de unir y llevar paz a un mundo que promovía la intolerancia”. Una zoncera muy cercana a la hijaputez total. Nuestro ministro de Educación hablaba sobre la joven judía, que, como tantos otros tantos millones de víctimas del Holocausto, al parecer, no entendió los esfuerzos pacificadores de los dirigentes del régimen nazi.

Pero, por un momento, y antes de contestar dónde estaban estos repudiables personajes, pongamos en contexto esta zoncera juaretchiana y otros dichos del mismo tenor y autor y otros similares, y en la misma sintonía, para entender qué es lo que realmente nos quieren decir estos personajes más allá de la lectura inicial que podamos hacer de sus barrabasadas; porque el guiso es bien espeso y no está hecho de una lenteja sola, y porque para entender el presente el camino más fácil es entender el sinuoso sendero de la historia. Veamos.

Éste es el mismo Bullrich que no hace un año había dicho que la inauguración del Hospital Escuela de Veterinaria de la Universidad Nacional de Río Negro era parte de la nueva Campaña del Desierto; recordemos que la primera parte de la Campaña del Desierto la había llevado a cabo Julio Argentino Roca entre 1878 y 1875, campaña que constituyó a aquel “desierto” en uno de los primeros campos de concentración y extermino. Ponerle el nombre de “Desierto”, claro está, no fue casual —nada lo es si hablamos de historia— porque en un desierto quedó transformada la región pampeana y patagónica después de la masacre de los pueblos indígenas que la habitaban. No por mucho tiempo, obviamente, porque en seguida, los cerca de once millones de hectáreas “desiertas” fueron ocupadas por 290 familias terratenientes (quienes financiaron la matanza) que tenían apellidos como Martínez de Hoz y Bullrich (¿les suenan?).

Tampoco olvidemos que este Bullrich es ministro de un gobierno cuyo responsable máximo (para no exagerar diciéndole presidente) es un fulano que también habló de Ana Frank y el Holocausto. ¿Qué dijo? En línea con los dichos de Bullrich, Macri afirmó que el de la joven judía que murió de tifus, luego de pasar por Auschwitz, fue “un mensaje de esperanza en medio de la oscuridad”, y nos aconsejó que en caso de que los dirigentes que buscan la paz y la unión —como los Roca y los Hitler— terminen confinándonos hasta morir como ratas, seamos felices pensando “en toda la belleza” que nos rodea en una situación así. Y todo esto dicho y “made in” Holanda; mientras en Argentina ardía el renovado repudio al golpe del ‘76, conmemorado, como cada año, el 24 de marzo. Memoria, Verdad y Justicia… en Europa no se consigue.

Ahora bien, reflexionemos sobre el trasfondo de este oscuro mensaje, y lo que se esconde detrás de él. ¿Es acaso un hecho menor que alguien diga, y piense, que Ana Frank intentaba consolarse y consolar (vaya a saber a quién) con la idea de un encierro feliz a la espera de una muerte soñada, mientras se deleitaba en la belleza de un mundo en ruinas? En la respuesta obvia a esta pregunta encontramos además la respuesta a otras interesantes cuestiones. A saber: ¿no está este mensaje de aparente bondad en línea con el macabro hecho de pedirnos, como lo hicieron Michetti, González Fraga y otros, que aceptemos mansamente nuestra pobreza y encontremos en ella el miserable y mínimo grado de felicidad al que como pobres podemos acceder en virtud de nuestra condición de condenados? ¿Y no estará esta siniestra forma de ver el mundo asociada a aquella que nos transmitió MauriCeo, cuando tuiteó la foto de un docente y sus alumnos enseñando y aprendiendo bajo los escombros de un bombardeo atómico? ¿Por qué la insistencia en la idea de que se puede ser feliz entre las ruinas? Y si es así —como lo es— entonces, la metáfora es clara: nosotros somos Ana Frank y ellos son… ellos son lo otro.

¿Casualidad? De ninguna manera. Neoliberalismo puro y duro, fríamente calculado. Hambre y terror planificados. No por obra de la providencia eligen las fechas que eligen para decir lo que dicen. Sabemos que no es así. A estas bestiales zonceras y a sus bestiales defensores les adivinamos la intención a la legua. Tienen en la mira la instalación en el imaginario colectivo, como sentido común, del complejo sistema de prejuicios de las clases dominantes, que hacen del terror y la crisis el eje sobre el que articulan su política de ajuste, miseria y garrote contra las mayorías populares. Tienen como fin imponer su doxa, el punto de vista del establishment, para que el resto de la sociedad lo adopte como verdad irrefutable y así acepte cómo válidos los mandatos de una dirigencia perversa alineada con los insaciables intereses de los grupos del poder concentrado (que no buscan unir, precisamente). Es, ni más ni menos, la pata política de una batalla cultural (de la que ya hablaba Gramsci, estudiando a Marx) que se lleva adelante en todos los frentes. Conocemos sus planes. Las noticias del frente de batalla son variadas; hay buenas y malas. Una buena noticia para nosotros, es que ya no cuentan con el factor sorpresa. Sabemos lo que son y qué buscan. La mala es que están en el poder, en todo el sentido de lo que esa palabra significa. Ya no manejan desde las sombras del lobby los hilos de sus agentes políticos; ahora satisfacen sus anhelos sin necesidad de intermediarios.

La batalla no es nueva compañeros, correligionarios y camaradas. Podemos afirmar que ocurre desde los inicios de la historia humana. En pocas palabras: lucha de clases. Y con toda seguridad también podemos afirmar que continuará, porque de este lado de la trinchera hay un pueblo que no va a rendirse. Del otro lado hay un enemigo que tampoco se entrega, porque cuando parece derrotado, lejos de ello, se camufla, se reabastece y vuelve con más furia al ataque.

Por eso, a la pregunta que introdujo este breve análisis: ¿De dónde salieron, dónde estaban? Podemos responder con las mismas palabras que Evita pronunció sobre este ejército de enemigos oligarcas y vendepatrias, que allá por los ‘50, lejos de estar vencido, se había replegado y se mantenía recluido y seguían atentando contra el pueblo “desde sus guaridas asquerosas”.