El neoliberalismo se ha convertido en una de las más penetrantes y peligrosas ideologías del siglo XXI. Su penetración es evidente no sólo por su influencia sin paralelo en la economía global sino, además, por su poder para redefinir la naturaleza de la política en sí misma. El fundamentalismo de libre mercado antes que el idealismo democrático es ahora la fuerza conductora de la política y la economía en la mayor parte del mundo, y su ideología de mercado está conducida no sólo por sus beneficios, pero también por la habilidad de reproducirse con tal éxito que es más fácil imaginar el fin del mundo que el del capitalismo neoliberal.

A la par de la creencia de que el mercado debe ser el principio organizador para todas las decisiones políticas, sociales y económicas, emprende un ataque incesante contra la democracia, los bienes públicos, el Estado benefactor y los valores consensuados. Bajo el neoliberalismo todo está a la venta o es robado para su beneficio. Las tierras públicas son saqueadas por compañías y terratenientes corporativos; los políticos entregan gustosos las señales de aire públicas a poderosas emisoras y grandes intereses corporativos sin un centavo de compensación; Halliburton da a los beneficios de la guerra un nuevo significado al garantizar contratos corporativos sin licitación competitiva y estafa al gobierno de Estados Unidos por millones; el medio ambiente es despojado y contaminado en el nombre de “generar ganancias” al mismo tiempo que el gobierno aprueba legislación para facilitarle a las corporaciones el hacerlo; se mutilan los servicios públicos para bajar los impuestos de las grandes corporaciones; las escuelas se parecen a shoppings o a cárceles, y los maestros se ven obligados a obtener rentas para su escuela pregonando desde hamburguesas hasta pizza. Cuando los mercados son señalados como las fuerzas que conducen la vida diaria, el Estado es desacreditado como incompetente o amenazante de la libertad individual, sugiriendo además que el poder debe residir en los mercados y en las corporaciones antes que en los gobiernos (excepto para su apoyo a los intereses corporativos y la seguridad nacional) y los ciudadanos.

Bajo el neoliberalismo, el Estado se alinea de manera cruel con el capital corporativo y las corporaciones transnacionales. Se han ido los días en que el Estado asumía la responsabilidad por una amplia gama de necesidades sociales. En lugar de eso, las agencias de gobierno siguen una amplia gama de “desregularizaciones”, privatizaciones y abdicación de responsabilidades en el mercado y la filantropía privada. La desregulación promueve amplia y sistemáticamente la desinversión en la capacidad productiva de la nación. La producción flexible alienta la esclavitud a los malos salarios y deja a la gente postrada en sus hogares. La búsqueda de aún mayores ganancias conduce y acentúa el vuelo de capitales y trabajos hacia el exterior. El neoliberalismo se ha convertido ahora en la lógica que prevalece en los Estados Unidos, y de acuerdo a Stanley Aronowitz “(…) la doctrina económica neoliberal proclamando la superioridad del libre mercado sobre la propiedad pública, o incluso la regulación publica de parte de las actividades económicas privadas, se ha convertido en la opinión general, no sólo entre los conservadores sino también entre los progresistas”.

La ideología y el poder del neoliberalismo cruzan también las fronteras nacionales. Por todo el mundo, las fuerzas del neoliberalismo están en marcha, desmantelando las históricas provisiones sociales garantizadas por el Estado de bienestar, definiendo el producir ganancias como la esencia de la democracia e igualando la libertad con la habilidad sin restricciones del mercado para constituir un “gobierno de relaciones económicas libre de las regulaciones de gobierno.” De alcance transnacional, el neoliberalismo impone ahora su régimen económico y valores de mercado en las naciones en desarrollo y más débiles a través de políticas de ajuste estructural, reforzadas por poderosas instituciones financieras como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, y la Organización Mundial de Comercio. Seguro en su visión distópica de la realidad de que no hay alternativas, como lo señaló alguna vez Margaret Thatcher, el neoliberalismo obvia los temas de contingencia, lucha y agente social, celebrando en cambio la inevitabilidad de las leyes económicas en los que el ideal ético de intervenir en el mundo queda reducida a la idea de “no tenemos opción sino adaptar tanto nuestra esperanza y nuestras habilidades al nuevo mercado global”. Acompañado con la nueva cultura del miedo, la libertad de mercado aparece afirmada en la defensa de seguridad nacional, el capital y los derechos de propiedad. Cuando se une con la cultura mediática de temor y la realidad cotidiana de inseguridad, el espacio público comienza a incrementar su militarización como inversiones gubernamentales en la construcción de prisiones más que en educación. El personal de seguridad en escuelas públicas y los guardias de prisión son dos de las profesiones de más rápido crecimiento.

La destrucción de la cultura

En su capacidad de deshistorizar y despolitizar la sociedad, tanto como en sus intentos agresivos de destruir todas las esferas públicas necesarias para la defensa de la democracia genuina, el neoliberalismo reproduce las condiciones de liberar las fuerzas más brutales del capitalismo. Se ha resucitado el darwinismo social de las cenizas del siglo XIX y ahora puede verse en su esplendor en la mayoría de los reality de televisión y en los intereses personales desencadenados que conducen ahora la cultura popular. Cuando el narcisismo es remplazado por el materialismo auténtico, el interés público colapsa en consideraciones de terceros totalmente privadas y donde la esfera pública existe es principalmente utilizada como confesionario para los infortunios privados, un juego de cortarse la garganta donde el ganador se lleva todo, o es ocupado con un anuncio para el consumo.

Las políticas neoliberales dominan el discurso de los políticos y usan la incansable retórica de la victoria global de la racionalidad del libre mercado para recortar los gastos públicos y minar aquellas esferas que funcionan como reservorio para la educación crítica, el lenguaje, y la intervención pública. Puesto enfrente por los medios de comunicación masivos, los intelectuales de derecha, religiosos fanáticos y políticos, la ideología liberal, con su progresivo énfasis en la desregulación y las privatizaciones, deja su expresión material en todos los ataques a los valores democráticos y toda noción de esfera pública. En el discurso neoliberal, la noción de bien público es devaluada y, donde es posible, eliminada por parte de una base más amplia de intereses privados, en busca de controlar la vida social tanto como sea posible para maximizar su beneficio personal.

Los servicios públicos, tales como salud, protección de la niñez, asistencia pública, educación y transporte están ahora sujetos a las reglas del mercado. Interpretando el bien público como privado y las necesidades del sector privado y corporativo como la única fuente de inversión, la ideología neoliberal produce, legitima y exacerba la existencia de pobreza persistente, inadecuados cuidados de salud, discriminación racial en el interior de las ciudades, y las crecientes inequidades entre ricos y pobres.

Como apunta Stanley Aronowitz, la administración Bush ha hecho de la ideología neoliberal la piedra angular de su programa de gobierno y ha estado en el frente defendiendo e implementado las siguientes políticas:

  • Desregulación de negocios en todos los niveles para empresas y comercio;
  • Reducción de impuestos para empresas e individuos acaudalados, para los más ricos;
  • El resurgimiento de la industria de energía nuclear;
  • Limitaciones y revocaciones para los derechos laborales para organizarse y negociar colectivamente, una política acerca de la tierra que favorece el capital a expensas de la conservación y otras políticas pro ambientales;
  • La eliminación de ingresos sociales mínimos para los desocupados;
  • La reducción de la inversión para la educación y la salud;
  • Privatización del sistema de pensiones, la seguridad social;
  • Limitación de individuos ofendidos para demandar empleadores y corporaciones que proveen servicios;
  • Sumado a la reducción de los programas sociales, se incrementan las funciones represivas del Estado, expresados en la guerra en nombre de combatir el crimen, más recursos para el control de los ciudadanos comunes, y la expansión de las fuerzas policiales federales y locales.

Son centrales, tanto para la ideología neoliberal como para su implementación, los intentos por parte de los fundamentalistas de libre mercado y los políticos de la derecha por hacer ver el Estado como un enemigo de la libertad (salvo cuando colabora con el gran negocio) y por desmerecerlo como guardián del interés público. Este llamado por limitar el tamaño del Estado es la gran idea unificadora del neoliberalismo y ha tenido amplio apoyo popular que apela en los Estados Unidos a profundos principios enraizados en la historia del país y enredada con la noción de libertad política. Incluso, la apropiación de esta tradición por parte del ala derecha se contradice de forma tormentosa en término de políticas neoliberales.

El ataque al concepto de Estado

Los abogados del neoliberalismo han atacado al Estado cuando provee redes cruciales de seguridad esenciales para los menos afortunados, pero no se le mueve un pelo al utilizar al gobierno para abandonar la industria aérea después de la caída económica que siguió la elección de Bush en el 2000 y los eventos del 9/11. No hay ninguna expresión de sentimiento de atrocidad por parte de los defensores del liberalismo cuando el Estado se compromete en promover las variadas formas de bienestar corporativo proveyéndoseles miles de millones de dólares directa o indirectamente en subsidios para las corporaciones multinacionales. En síntesis, el gobierno no tolera obligaciones ni para el pobre ni para el desposeído o por el futuro colectivo de la gente joven.

Mientras las leyes del mercado toman preeminencia sobre las leyes del Estado como guardianas del bien público, el gobierno ayuda poco en la mediación comunicativa entre el avance del capital y sus rapaces intereses comerciales. Tampoco colabora con los intereses de las esferas no comerciales y de mercado que crean los espacios políticos, económicos y sociales y las condiciones de discurso vitales para una ciudadanía crítica y vida pública democrática. Dentro del discurso del neoliberalismo se hace difícil para el ciudadano medio hablar de transformación o política, o incluso enfrentar la creciente corrupción, la caída de los ingresos, la liquidación progresiva del trabajo o la eliminación de beneficios para la gente que trabaja de manera precaria.

El viejo vocabulario democrático liberal de derechos, provisiones sociales, comunidad, responsabilidad social, salario digno, seguridad laboral, igualdad, y justicia parecen haber quedado fuera de lugar en un país donde la promesa de la democracia ha sido reemplazada por el casino capitalista, una filosofía de ganador se queda con todo, conveniente tanto para los jugadores de lotería como comerciantes. Mientras la cultura corporativista se extiende aún más profundo en las instituciones básicas de la sociedad política y civil, sostenida a diario por una cultura industrial en manos del capital concentrado, se refuerza con mayor fuerza por el temor e inseguridad públicos de que el futuro no contiene nada más que una versión aguada del presente. Cuando el discurso del neoliberalismo es el que prevalece delimitando el imaginario público, no hay vocabulario para el cambio social progresista, visiones democráticamente inspiradas o nociones críticas de agente social para expandir el significado y propósito de la vida pública democrática. Contra la realidad de salarios laborales bajos, la erosión de provisiones sociales de un creciente número de gente, y la expansión de la guerra contra la gente joven de color dentro y fuera de las fronteras a modo de construcción imperial, la fuerza destructora conducida por el mercado por parte del neoliberalismo continua movilizando su interés en producir identidades de mercado y relaciones de mercado que últimamente cortan la relación entre la educación y el cambio social reduciéndolo a obligaciones de consumismo.

Al extenderse de modo aún más profundo la ideología neoliberal y la cultura corporativista en las instituciones básicas de la sociedad civil y política, hay una disminución simultánea en las esferas públicas no comerciales —tales como las escuelas públicas, librerías independientes, iglesias, estaciones de radio públicas no comerciales, sindicatos e instituciones voluntarias comprometidas en el diálogo, educación, y aprendizaje— que albergue la vida individual dentro de la pública y provea un instrumento robusto para la ciudadanía democrática y participativa. En el vacío que deja la disminución democrática, el fanatismo religioso, chauvinismo cultural, discriminación y racismo se convierten en las tropas dominantes de los neoconservadores y otros grupos extremistas ansiosos por sacar ventaja de la creciente inseguridad, el miedo y la ansiedad que resulta del desempleo, la “guerra contra el terror”, y las comunidades “desenredadas”.

Como resultado del ataque corporativo consolidado sobre la vida pública, el mantenimiento de las esferas públicas democráticas desde las cuales lanzar una visión moral o para comprometerse en una lucha viable contra la política así establecida pierde toda credibilidad, por no mencionar apoyo económico.

Mientras la objetividad alegada por la ideología neoliberal permanezca sin ser enfrentada en la esferas públicas dominantes, la crítica individual y la lucha política colectiva se hacen más difíciles. Y esto se pone peor: dominado por extremistas, la administración Bush está conducida por la arrogancia de poder e inflamado sentido de moral rígida mediada por un falso sentido de certeza y posturas triunfalistas sin fin. Como apunta George Soros, la ideología rígida y sentido inflexible de misión por cumplir permite a la administración Bush creer que “porque somos más fuertes que otros, debemos saber mejor y tener el derecho de nuestra parte. Aquí es donde el fundamentalismo religioso viene junto al fundamentalismo de mercado para conformar la ideología de supremacía estadounidense”.

Así el espacio público es crecientemente comercializado y el Estado se enajena en manos del capital, la política es definida por su función de policía más que como una agencia para la paz y la reforma social. Mientras el Estado abandona sus inversiones en salud, educación, y el bienestar público, toma de forma creciente las funciones de policía o seguridad estatal, cuyos signos más visibles son el uso el aparato estatal para espiar y arrestar a los sujetos, la encarcelación de individuos “marcados” y la criminalización de movimientos políticos y sociales. Ejemplos de esto último son las ordenanzas que prohíben el mendigar y holgazanear o penan a los sin techo por sentarse o estar tirados demasiado tiempo en espacios públicos. Un ejemplo aún más despreciable de la naturaleza bárbara del neoliberalismo con su énfasis en los beneficios y ganancias por sobre la gente y su necesidad castigar antes que servir al vulnerable y pobre puede ser vista en la creciente tendencia de muchos hospitales a través del país que han hecho arrestar y encarcelar pacientes que no pueden pagar sus cuentas médicas. La política, como salida directamente de las páginas de 1984 de George Orwell, representa la vuelta de los deudores a la prisión, que ahora es llamada “fijación del cuerpo”, y que es “básicamente una garantía para el arresto del paciente.”

Neoliberalismo total

El neoliberalismo no es sólo una política económica y simple diseñada para cortar el gasto público, seguir políticas de libre mercado y liberar al mismo de regulaciones gubernamentales; es también una filosofía política e ideológica que afecta todas las dimensiones de la vida social. El neoliberalismo ha anunciado un cambio económico, político y de experiencia que define al ciudadano como un consumidor, disuelve el contrato social en intereses privados, y separa al capital del contexto de lugar. Bajo tales circunstancias, augura la muerte de la política como la conocemos, desviste lo social de sus valores democráticos, y reconstruye sus agentes en términos de ser privatizadas totalmente y deja condiciones sentadas para la emergencia de una forma de protofascismo que debe ser resistida a todo costo. No solo consagra al individualismo sin freno, sino también destruye todo vestigio de sociedad democrática al talar sus amarras morales, materiales y regulatorias. Y al hacerlo no ofrece ningún lenguaje para entender cómo el futuro puede ser construido fuera de la estrecha lógica del mercado. Pero queda aún más en juego que la anulación de los intereses públicos, la muerte de lo social, la emergencia de un fundamentalismo basado en el mercado que recorta la habilidad de la gente de entender cómo traducir la experiencia privada de miseria en acción colectiva y la eliminación de lo obtenido por el Estado de bienestar. Existe también la amenaza creciente de desplazar la soberanía política por la soberanía del mercado, como si esta última tuviera su propia inteligencia y moral. Como la democracia llega a ser una carga bajo el reino del neoliberalismo, el discurso cívico desaparece y el reinado del darwinismo social libre surge como una nueva forma de protofascismo.

Educadores, padres, activistas, trabajadores, y todos aquellos que puedan tomar este desafío al construir alianzas locales y globales y comprometerse en luchas que desconozcan y trasciendan las fronteras nacionales, pero también se conecten con modos de política conectadas con la vida diaria de la gente. Las luchas democráticas no pueden quitar el acento de la especial responsabilidad de los intelectuales para quebrar la visión convencional y los mitos del neoliberalismo con su definición simplista de la libertad y su definición despolitizada y deshistorizada. Como argumentó Pierre Bourdieu, cualquier política viable que enfrente el neoliberalismo debe refigurar el rol del estado en limitar los excesos del capital y proveer importante provisión social. Al mismo tiempo, los movimientos sociales deben poner en su agenda el tema crucial de la educación al desenvolverse a través de las esferas culturales porque el poder del orden dominante no es sólo económico, sino también miente intelectualmente en el reino de las ideas, y es precisamente en el interior del dominio de las ideas que el sentido de la posibilidad utópica puede ser recolocada en el reino de lo público. Más específicamente, la democracia requiere formas de educación que provean e una nueva ética de libertad y de reafirmación de identidad colectiva como preocupaciones centrales de una cultura y sociedad democráticas vibrantes. Dicha tarea, sugiere en parte, que los intelectuales, artistas, sindicatos y todo movimiento progresista cree enseñanzas a través de todo el país nombren, critiquen y conecten las fuerzas del fundamentalismo de mercado con la guerra interior y fuera de las fronteras, el vergonzoso recorte de impuestos para los pudientes, el desmantelamiento del Estado de bienestar, los ataques a los gremios, la erosión de las libertades civiles, la encarcelación de una generación de jóvenes de color, el ataque a las escuelas públicas y la creciente militarización de la vida pública. Mientras la crisis de credibilidad de Bush crece, ha llegado el tiempo de conectar los asuntos económicos con la profunda crisis de la cultura política y de conectar esta última con la crisis democrática misma.

Necesitamos un nuevo lenguaje para la política, para analizar dónde puede tomar lugar, y lo que significa movilizar alianzas de trabajadores, intelectuales, académicos, periodistas, grupos juveniles y otros para reclamar, como el coronel West ha definido correctamente como esperanza en tiempos de oscuridad.

Por Henry Giroux