Fueron décadas de instalación en la cultura mediante un sinfín de obras de ciencia ficción y allí está. La hipótesis de un evento de extinción masiva de la humanidad derivado de la mutación genética y el surgimiento de un patógeno letal y desconocido ya forma parte del inconsciente colectivo en quizá todas las culturas. De cierto modo, la humanidad entera está siempre a la espera de su propia extinción, ya sea esta resultante del impacto de un meteorito sobre la Tierra, del dramático aumento en el nivel de los mares o justamente eso, del advenimiento de un virus mortal e ignorado por la ciencia, cuyo contagio fulminante no pueda evitarse y termine por reducir al hombre a su mínima expresión o directamente a nada, barriendo del planeta cualquier rastro de humanidad. Lo cierto es que estamos esperando que eso ocurra y por eso suelen ser tan populares aquellas obras de ciencia ficción que terminan en destrucción total y extinción: tenemos curiosidad por anticipar aquello que probablemente nunca llegue a ocurrir durante el tiempo de nuestras vidas y, aunque ocurriera, no nos daría la posibilidad de conocer el final, precisamente porque los extintos seríamos nosotros mismos y no habría ya sobrevivientes para mirar y contemplar el resultado.

Eso es lo que habita el imaginario colectivo y entonces es natural y esperable que la noticia de un nuevo virus sea motivo de conmoción generalizada, por lo menos en Occidente y aquí en las colonias. Es natural y absolutamente esperable que a la incertidumbre se le sume la confusión y que ambas campeen en la llamada opinión pública mientras gobiernos, expertos y comunicadores en los medios de difusión discuten los aspectos sanitarios de un escenario global en el que una pandemia ha sido declarada. Todos hablan, las opiniones se intercalan con noticias cada día más desoladoras y nadie parece conocer a ciencia cierta los límites y alcances del coronavirus. ¿Potencial amenaza a la humanidad o un mal más entre tantos otros que circularon y siguen circulando sin que esa circulación signifique mucho más que la capacidad promedio de destrucción? ¿El coronavirus viene a extinguir al hombre o tendrá el destino ordinario de sus antecesores?

‘Soy leyenda’ (2007), protagonizada por Will Smith y un remake del clásico ‘El último hombre sobre la Tierra’ de 1964, es un ejemplo de cómo la ciencia ficción ha tratado en el cine la hipótesis del contagio letal de patógenos que liquida la especie humana. En la obra, el personaje de Smith es uno de los muy pocos inmunes al contagio y transita solo todos los días por las calles de Nueva York.

Es probable que se trate de lo segundo, que este coronavirus que dispara las fantasías alrededor de un evento de extinción masiva termine siendo uno de los tantos virus que circulan de modo regular y relativamente regulado, como cualquier gripe. No se sabe y el no saberlo en este momento es lo que concentra, en efecto, todas las atenciones sobre los aspectos sanitarios de la cuestión. El no saber con precisión de qué se trata, sumado a la cultura de la expectativa permanente de un evento de extinción masiva a nivel global, resulta en la fascinación por la cosa. No se habla de prácticamente nada más, aunque hay mucho más. En una palabra, podría decirse que el interés sobre el fenómeno es tan intenso que desvía la atención sobre las consecuencias del fenómeno en sí y allí es donde hay mucho más.

El atento lector un poco entrado en años recordará muy bien la conmoción social que existió a nivel mundial al generalizarse, a partir de mediados de la década de los años 1980 y hasta bien entrados los años 1990, el virus de la inmunodeficiencia humana. Cuando el VIH empezó a manifestarse en una cantidad visible de casos del síndrome de la inmunodeficiencia adquirida, el SIDA, enfermedad resultante del virus, prácticamente todo el debate se dio alrededor de los aspectos sanitarios del fenómeno. Y solo mucho más tarde, cuando en todo el mundo —salvo en África, donde al parecer sigue avanzando— el VIH alcanzó la curva y empezó a retroceder, la sociología logró instalar en el centro del debate las consecuencias sociales del advenimiento del VIH a fines del siglo XX. Y allí la sociedad empezó a tener conciencia de que el mundo había cambiado al modificarse una serie de costumbres. Lo que el VIH dejó fue una gran cantidad de muertos y otros tantos que hoy pueden vivir con cierta normalidad gracias al tratamiento basado en antirretrovirales y una conducta moderada, sin excesos. Pero mucho más que eso: el mundo posterior al VIH es un mundo distinto en el que ha cambiado la cultura y mucho de lo que fue normal hasta fines de los años 1970 es hoy impensable.

También el cine de Hollywood hizo eco del advenimiento del HIV y su drama sanitario, como en ‘Filadelfia’, protagonizada por Tom Hanks, Denzel Washington y Antonio Banderas. La película fue lanzada en el año 1993, en pleno auge de la epidemia del virus de la inmunodeficiencia adquirida.

Las consecuencias sociales del advenimiento del VIH fueron muchas y muy profundas, como se sabe, aunque hablamos de un virus cuyo contagio se da fundamentalmente en relaciones sexuales y en el uso de ciertas drogas inyectables, esto es, se trata de un virus cuyo contagio puede evadirse con cierta facilidad. A decir verdad, es hoy bastante difícil contagiarse con VIH para el ciudadano promedio fuera del continente africano y, aun así, el VIH sigue determinando el comportamiento social en todo el mundo. ¿Qué pasa, en cambio, con un virus que se adquiere por el mero contacto indirecto con un individuo infectado? No hablamos ya de situaciones extremas como compartir jeringas ni tener relaciones íntimas como condición para el contagio y ni siquiera —véase bien— de estar en presencia del infectado. Hablamos de contagiarse simplemente por estar, por circular allí donde el virus está circulando, lo que sería en todas partes. No hay grupos de riesgo, no hay garantía de que ciertos hábitos sean suficientes para estar a salvo. El coronavirus de un modo genérico, llámese influenza, gripe o como se llame, se está presentando frente a la humanidad como la amenaza de contagio pasivo, como la cosa que está en el aire o en lo que tocamos, como la cosa que está en el pasamanos de la escalera del edificio, en el dinero de curso legal que manipulamos en el cotidiano y en la mano de quienes saludamos protocolarmente en la calle. La cosa es la neurosis colectiva de la que nadie está a salvo por el solo hecho de vivir y ese tipo de neurosis es infinitamente más poderoso que cualquier VIH para modificar la cultura y para reconfigurar el mundo de las relaciones sociales. He ahí las consecuencias.

Cuando vuelvan a prender las luces

El asiático en países como Japón usa barbijo todos los días y no es de hoy, no es por la pandemia de coronavirus recientemente declarada por la Organización Mundial de la Salud. En ciertos lugares de Asia mucha gente circula por la calle literalmente enmascarada y privándose entre sí de buena parte de sus rasgos y expresiones faciales en las relaciones sociales sin que nadie, o casi nadie, se percate de que eso es profundamente antinatural. El japonés ya se habituó a usar barbijo en la calle y se habituó a tratar con otros que también lo usan, de modo que allí se ha naturalizado el cubrirse parte del rostro en público. Por miedo al contagio, por hacinamiento o por la contaminación del aire, se ha impuesto en Japón un verdadero burka sin fundamentos religiosos ni culturales, un velo que no se percibe como tal y, no obstante, lo es. Hay asiáticos que no saben ya salir a la calle sin cubrirse el rostro con una mascarilla y entonces allí existe hoy una restricción —mínima, quizá algo irrelevante— que antes no existía. Las circunstancias tuvieron consecuencias e hicieron cambiar la cultura hasta imponer un barbijo aun cuando no hay ninguna necesidad sanitaria para su uso. La necesidad ahora es cultural: el barbijo se ha puesto de moda en países como Japón, entre otros.

La generalización del uso del barbijo en Oriente es claramente la consecuencia de algo. En el caso de Japón, según el experto en relaciones internacionales Nabih Yussef, el uso del barbijo es resultado de una epidemia de gripe que victimó a unas 300.000 personas a principios del siglo pasado y se volvió casi obligatorio luego del surgimiento del virus de la influenza H1N1 en el año 2009. Desde entonces, casi todos los japoneses solo salen a la calle con barbijo a punto de que la mascarilla se ha convertido en un accesorio estético. El japonés usa barbijo para esconder parte de su rostro y esto es así, aunque no exista ninguna necesidad sanitaria para hacerlo. En la metáfora, algo pasó en Japón y en ese momento se apagaron las luces. Unos meses más tarde, cuando las volvieron a prender, la gente de a pie tenía las caras tapadas allí donde antes las había tenido descubiertas. Ese es un cambio cultural que modifica la sociedad y es, como se ve, una consecuencia.

Los orientales y sus barbijos: una cuestión más bien estética que de salud, un cambio cultural que viene como consecuencia de una coyuntura en la que las mascarillas empezaron a usarse de modo transitorio y se quedaron para siempre.

A partir de sola perspectiva de la llegada del coronavirus a la Argentina y ante los escalofriantes relatos de la crisis en países como Italia y España, la pantalla de la televisión se ha llenado de expertos que recomiendan cambiar hábitos. Lavarse las manos regularmente, es cierto, pero también evitar las reuniones sociales, aislarse voluntariamente en casa —con lo que aumenta el consumo de televisión, por supuesto, como en un ciclo tan vicioso como perfecto— y hasta dejar de hacer aquello que para el argentino es absolutamente trivial, aunque profundamente cultural, como saludarse con un apretón de manos, un abrazo, un beso y compartir el mate. “Son medidas transitorias”, repiten una y otra vez los expertos. “Es solo hasta que termine la pandemia”. Las luces se apagan momentáneamente en una hora de crisis. ¿Cómo nos veremos cuando las vuelvan a prender?

Aunque es poco probable la adquisición permanente del extraño hábito de saludarse tocándose codo con codo y es virtualmente imposible que hagamos como los uruguayos y nos neguemos a compartir un mate en el futuro, existe la posibilidad de que no sean tan transitorias algunas medidas de prevención en el largo plazo. Una de ellas es la imposición del llamado teletrabajo. Otra, asociada en parte a la primera, es la disminución en la frecuencia de la sociabilidad.

Donald Trump, ahí haciendo el patético saludo “codo con codo” para dar el ejemplo de cómo la humanidad debe conducir de aquí en más su sociabilidad.

Por lo primero, las empresas privadas hace mucho ya saben que ciertas actividades laborales son menos costosas y generan menos inconvenientes para el empleador cuando el empleado no concurre al lugar de trabajo habitual, realizando sus tareas desde su domicilio. El proceso de conversión de ciertas modalidades de trabajo en teletrabajo, trabajo a distancia, ya venía avanzando a medida que se generalizaba el acceso a la conexión a internet y al uso de computadoras y teléfonos móviles. Cuando existe la posibilidad de controlar al empleado y exigir que cumpla su función en tiempo y forma sin la necesidad de supervisión in loco, dejan de existir los costos de mantenimiento del propio lugar de trabajo y esos costos los absorbe, sin saberlo, el trabajador, porque hace de su casa una oficina sin percibir ningún subsidio patronal por ello. El avance imparable de las redes de comunicación a gran velocidad ya venía propagando el teletrabajo, aunque encontraba resistencia. Con la pandemia de coronavirus y la necesidad de aislarse en el domicilio desaparece esa resistencia y el teletrabajo se vuelve una necesidad fáctica. Cuando pase la pandemia y vuelvan a prender las luces, habrá trabajadores bien instalados en la modalidad de teletrabajo y habituados a ella que nunca más volverán a la oficina.

Por otra parte, como la cosa más natural del mundo los expertos recomiendan —y el Estado impone, allí donde se percibe que la situación está fuera de control— el aislamiento social. No más reuniones, no salir de casa para todo lo que no sea estrictamente imprescindible. Todo transitorio, por supuesto, aunque desde luego se cortan los circuitos normales de sociabilización en los que el hombre de a pie va ordenando su vida en relación con los demás en un sentido más comunitario que social. Lo que se corta son lazos de solidaridad sostenidos por la frecuencia cotidiana, por el reunirse regularmente con los pares, de modo que el debilitamiento de ciertos vínculos sociales podría resultar en la extinción de esos vínculos. Claro que tampoco se trata de nada nuevo y todavía más claro está que el poder de las élites globales tiene enorme interés en el aislamiento de los individuos entre sí: las llamadas redes sociales, contrariamente a lo que declaran hipócritamente en sus propósitos, no fueron inventadas ni existen para fortalecer los lazos entre las personas, sino más bien para todo lo contrario. La idea es la de reemplazar vínculos reales por vínculos virtuales y luego mediarlos, o hacer que la gente deje de juntarse en la plaza o en el café y pase a hacerlo en Facebook, como efectivamente ocurre con más y más frecuencia cada día. El individuo aislado es incapaz de asociarse con sus pares para concretar la exigencia y la defensa de sus derechos colectivos, como se sabe. Y entonces mientras menos se reúnan, menos van a organizarse como grupo de subalternos frente al dominante para resistirlo, pero hay más. El individuo aislado es un consumidor compulsivo de los medios de difusión —como suele ocurrir, por ejemplo, con muchos de nuestros mayores jubilados, que evitan el contacto social y se sobreexponen a la manipulación mediática por exceso de consumo de televisión— y además lleva a cabo sus relaciones sociales virtuales en redes donde puede ser controlado y luego bombardeado por la publicidad consumista. Sin lugar a dudas, desde el punto de vista de los que venden cosas, un grupo de individuos reunidos en una plaza no es interesante porque no tiende a consumir nada en absoluto. Pero ese mismo grupo “interactuando” en Facebook, en Twitter, en Instagram y demás redes, convierte a cada uno de esos individuos en un blanco fácil para la publicidad, tan fácil como el pescado para el que pesca en una pecera.

El teletrabajo, que es una forma de explotación laboral no muy bien detectada por el explotado. Cuando el empleado trabaja desde su casa, debe cargar con todos los costos y pierde la posibilidad de ausentarse por razones personales o familiares: no hay razón por la que un teletrabajador no venga a trabajar, ya que no viene a ninguna parte y siempre está en su lugar de trabajo.

La desmovilización del conjunto social, de un modo general, es el objetivo del poder de las élites globales de cara a un futuro en el que se proyecta un tipo de dominación no contemplativo de los intereses de las mayorías populares. Desmovilizar a los pueblos, sin embargo, no es algo que se logre por decreto y mucho menos por la fuerza. Para romper los vínculos sociales, que son lazos de solidaridad cultivados en el tiempo, es precisa una razón de fuerza mayor, es necesario que no se perciba la mano que rige el proceso. Si esa mano no se ve y la desmovilización se presenta como transitoria, como respuesta a una situación concreta y como de interés del desmovilizado, entonces no se resiste y se desmoviliza. Algunos vínculos se van a restablecer una vez pasada la contingencia que forzó la desmovilización, pero no todos. La socialización entre pares será menos intensa después de la desmovilización de lo que había sido antes y allí ya se ha logrado parte del objetivo hasta el advenimiento de una contingencia nueva. Y así.

Es la economía, estúpido

Además de las implicaciones sociales que reconfiguran el mundo como lo conocemos y son consecuencias de aquello que aquí llamamos ahora contingencia, la cosa que está en el aire, en todo lo que tocamos, en todas partes, están los resultados económicos de esta que son siempre una redistribución. Cuando se anuncia que habrá pérdidas económicas multimillonarias derivadas de una pandemia como la del coronavirus de hoy, lo que se hace es omitir parte de la verdad: habrá pérdidas económicas, sin lugar a dudas, pero no todos perderán. Cuando alguien pierde, alguien gana. Y eso es lo que los analistas nunca dicen cuando proyectan el daño económico causado por una pandemia como la actual. La pandemia de coronavirus anunciada por la Organización Mundial de Salud hará quebrar aerolíneas, compañías de viaje y turismo y empresas de muchos otros rubros; hará desplomarse el valor de las acciones, frenará la circulación de dinero y arruinará a millones de comerciantes en todo el mundo; se van a perder muchísimos puestos de trabajo y habrá una recesión. Todo eso es cierto y ni siquiera es necesario proyectar mucho, porque ya está ocurriendo en buena medida. El asunto es que ningún dinero se pierde, sino que va a parar al bolsillo de otros y es un proceso de redistribución que normalmente es regresivo, esto es, que tiende a hacer que los ricos concentren más riqueza y sean, por lo tanto, más ricos.

Entonces alguien está encantado con las consecuencias sociales y también con las consecuencias económicas de la pandemia. Alguien está cosechando los frutos, por una parte, en materia de control social y, por otra, en concentración de riqueza. Sin ir mucho más lejos en hipótesis de lucro exorbitante, es fácil ver cómo especulan y ganan miles de millones sin hacer demasiado esfuerzo los gigantes de la industria farmacéutica, por ejemplo, en cada contingencia como la del presente. Como en las guerras para el complejo industrial-militar de las corporaciones asociadas a las potencias occidentales que hacen precisamente las guerras, la desgracia de las mayorías es el lucro de las minorías privilegiadas cuyo negocio es la necesidad y/o la desgracia del otro. Se venderán menos paquetes turísticos y boletos aéreos, pero muchos más medicamentos. Alguien pierde y alguien gana, sin que se vea necesariamente la relación directa en estos y aquellos, aunque desde luego la hay.

Entre las empresas que más sufren y seguirán sufriendo los efectos de la pandemia de covid-19, las aerolíneas y el rubro del turismo en general quizá sean las más perjudicadas. Se estima que pocas tendrán la espalda suficiente para salir de la crisis sin presentar la quiebra y también que en la nueva configuración del mundo habrá mucha menos circulación de personas, lo que es letal para quienes viven de hacer viajar a la gente.

Lo anterior es solo un ejemplo muy prosaico que el atento lector sabrá utilizar para sacar las demás conclusiones y ver claramente quiénes pueden beneficiarse de una situación como la de una pandemia de un virus, de una guerra o de cuanta “desgracia” haya en el mundo. Lo importante es comprender que, al final del proceso y cuando vuelvan a prenderse las luces, en el mundo habrá una reconfiguración, nada será igual. Es difícil saber qué va a cambiar y cómo será la nueva configuración, pero es una obviedad casi ululante el hecho de que habrá un mundo distinto cuando las autoridades declaren el fin de la pandemia e intentemos volver a la normalidad. Lo que hoy consideramos normal puede no serlo entonces.

En términos sociales y políticos, que son términos económicos, el problema real de la contingencia de una pandemia como la del coronavirus que en Occidente y en las colonias parece estar apenas empezando es que supone una reconfiguración y eso, en el fondo, es un reordenamiento del poder a escala global. Más allá de los intereses privados a los que nos referíamos, estas contingencias suelen dar como consecuencia la precipitación de resultados que, de otra forma, tardarían algo más en aparecer. He ahí que para quienes desean reordenar el mundo en sus propios términos para conducir el proceso de desarrollo de la humanidad en su conjunto estas contingencias se aprovechan para acelerar lo que ya está en marcha. Específicamente, lo que hoy está en potencia o apenas incipiente tiene a estar en acto cuando pase la contingencia o cuando se vuelvan a prender las luces, que es como describimos metafóricamente la situación. Y eso repercute en la transición entre órdenes mundiales, entre sistemas-mundo, como diría Immanuel Wallerstein.

Vista del Hospital de Wuhan, en China, construido en unos impresionantes 10 días. China dio muestras de su poder superlativo durante los dos primeros meses de 2020 y ahora empieza a dar por resuelta la crisis, justo mientras Occidente se hunde más y más en ella.

En la actualidad, lo que vemos en la superficie como una guerra comercial ordinaria entre la primera potencia mundial —en descenso— y su escolta —en ascenso— es una lucha entre ambas por la reconfiguración del sistema-mundo, que es como decir por la instalación de un nuevo orden. Estados Unidos y China, representaciones de las cosmovisiones occidental y oriental, respectivamente, luchan hoy por sostener o por instalar sus sistemas. Y lo que no se ve porque está tapado por esa guerra comercial de aranceles de importación, patentes, nuevas tecnologías y todo lo demás es esa lucha para definir quién va a tener la manija del mundo y determinarlo. En una palabra, los Estados Unidos y China están en una carrera en la que los primeros intentan sostener el orden mundial unipolar resultante de la caída del Muro de Berlín, la disolución del bloque socialista en el Este y el “fin” de la Guerra Fría (dicha nunca tiene un fin, realmente), mientras los últimos quieren superarlo. De eso se trata y se viene tratando en las últimas tres décadas y ahora, con esta nueva contingencia, el proceso para dirimir la cuestión se acelera.

No es posible, como veíamos, anticipar cómo será el mundo cuando hayamos superado la amenaza y el coronavirus del 19 haya sido ubicado en la categoría de virus regular junto a sus familiares con distintos nombres. Lo que sí sería lícito suponer de antemano que ese resultado va a depender en gran medida de la capacidad de cada bloque en pugna a la hora de sortear el desafío, ponerse otra vez de pie y volver a producir como antes. Y ahí, en este momento, se ve claramente como China y el bloque oriental en su conjunto pican en punta para salir mejor parados y más rápidamente del trance. Sin importar quién puso a circular el virus y con qué propósitos, lo cierto es que mientras en Occidente la cosa avanza y no se ve ni de lejos aún la salida, en China el coronavirus ya está bajo control y tiene fecha definida de expiración. Por lo tanto, es probable que en los próximos meses los Estados Unidos y demás socios de Europa occidental estén transitando la etapa más crítica de la contingencia mientras China alcanza los niveles de producción que supo tener antes del rebrote del virus. Al parecer, los chinos van a volver a avanzar a toda máquina mientras Occidente hace cuarentena y esa es una ventaja tremenda para aquellos.

Darse la espalda: Donald Trump y Xi Jinping, durante la cumbre de Osaka, Japón, en 2019. La “guerra comercial” entre los Estados Unidos y China no es realmente tal, sino la lucha por la conducción del sistema-mundo de aquí en más.

Y mucho más si analizamos en detalle el hecho de que en unos 60 días China supo controlar la epidemia en un país inmenso de unos 1.400 millones de habitantes, dando una muestra de su potencia. De construir hospitales enteros desde los cimientos en poco más de una semana hasta poner en cuarentena a decenas de millones de personas, las hazañas de China en esta coyuntura quedarán registradas en la historia para siempre y servirán para mostrarle al mundo que nadie más tiene la capacidad de acción, la resiliencia y la disciplina que tienen los chinos. Si alguien creyó quizá en enero y hasta en febrero de este año el coronavirus iba a significar la derrota de China en su lucha contra el bloque occidental liderado por los Estados Unidos, ese pronóstico no solo falló, sino que además salió por la culata. Lo que se verá claramente a medida que pasen los meses que China se ha fortalecido simbólicamente al derrotar la terrible amenaza con una rapidez y una eficacia asombrosas. Y si se demuestra al fin que el virus fue introducido por Occidente con la finalidad de desestabilizar al enemigo, entonces estaremos frente al famoso tiro en el pie más grande de toda la historia de la humanidad.

Por supuesto que todos estamos, el atento lector con nosotros, muy asustados frente a algo que no comprendemos bien y que nadie parece saber en qué va a terminar. El panorama siempre es oscuro cuando se trata de algo que se contagia con tanta facilidad, de algo que parece estar en el aire que respiramos o por lo menos en los espacios que transitamos. No sabemos bien y eso asusta. Pero no conviene olvidar que, como dicen los que se dedican a lo motivacional, curiosamente en idioma chino tradicional crisis y oportunidad son sinónimos. Eso es así porque aún en las peores contingencias no ocurre que todos pierdan, sino más bien una redistribución. Y si Occidente se enfrasca en su propia impotencia característica de las llamadas “democracias liberales” y no logra hacer frente al desafío, puede acelerarse el proceso de cambio y podremos ver en el corto plazo cambios que estaban previstos para más tarde. Si eso pasa, desde el punto de vista de los condenados de la tierra —que seríamos nosotros, en el decir de Frantz Fanon— el sistema-mundo que nos oprime desde siempre puede derrumbarse, beneficiando con su caída a los que buscamos la liberación. Es una probabilidad, al igual que la de aprovechar la volteada para tomar en el plano local unas decisiones que en circunstancias dichas normales encontrarían mucha resistencia por parte del enemigo. No es lo mismo, por ejemplo, nacionalizar recursos estratégicos basándose en un programa político e ideológico que hacerlo en el marco de una crisis en la que las circunstancias lo exigen para la garantía de la seguridad de la ciudadanía en su conjunto. Y más aún si los que sostienen al enemigo están con el mismo problema en sus países. No es lo mismo, se ve, confiscar las cosechas de la oligarquía parasitaria para garantizar la alimentación del pueblo en su totalidad que hacer lo propio sin una contingencia que lo justifique. Las alternativas son muchas, tanto para quienes luchan por la conducción del sistema-mundo como para los que buscamos insertarnos allí más dignamente. Lo cierto es que ellos ponen mucho más en juego que nosotros y cualquiera sea la reconfiguración del mundo cuando vuelvan a prenderse las luces luego de la oscuridad pandémica, una configuración distinta puede no ser igual a la deseada por quienes hoy son dominantes. Y si, finalmente, el mundo está en vías de reconfigurarse, pues que eso venga ya y no dentro de 5, 10 y 20 años. ¿Por qué dejar para mañana lo que puede hacerse hoy, si el futuro llegó hace rato y es todo un palo?


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