En una memorable escena de El día después de mañana, obra de ficción estadounidense del año 2004, una gran glaciación provocada por el cambio en la salinización de los mares —a su vez generada por el calentamiento global y el consiguiente derretimiento de los hielos polares— congela la casi totalidad del territorio de los Estados Unidos. Desde la estación espacial se ve cómo el hemisferio norte está casi enteramente tapado por nieve mientras que aquí abajo, en la Tierra, millones de yanquis intentan cruzar ilegalmente la frontera hacia México para salvar sus vidas. Se da la paradoja de multitudes de estadounidenses intentando burlar la frontera para refugiarse en México y en determinado momento de la obra se anuncia la noticia de que el gobierno mexicano ha accedido a abrir la frontera, pero con una condición: que sea condonada toda la deuda externa y no solo de México, sino de todos los países de América Latina.

La escena es apoteótica para todo latinoamericano, pero no es más que una metáfora introducida por el director y guionista Roland Emmerich a la obra original en la que se basa la película. Es una expresión de justicia kármica, si se quiere, son los prepotentes del mundo buscando ayuda y teniendo que bajar la soberbia para obtenerla en medio a la desesperación. El presidente de unos Estados Unidos enterrados en hielo y absolutamente devastados por la catástrofe firma de inmediato la condonación de la deuda externa latinoamericana como si tuviera el poder para hacerlo. Es una alegoría a todas luces, una metáfora. Lo que está expresado allí es que la dominación es un equilibrio mucho más frágil de lo que podemos suponer, un equilibrio que puede romperse ante una catástrofe natural o algo que no esté bajo el control de los que supuestamente lo tienen.

Carátula del DVD de ‘El día después de mañana’, una película estadounidense del año 2004 que con metáforas trata de las consecuencias probables de un evento de destrucción masivo a nivel global.

El día después de mañana es sobre la catástrofe, por supuesto, pero mucho más sobre sus consecuencias. Lo interesante desde el punto de vista del espectador es imaginarse cómo podría ser el mundo no durante el congelamiento súbito de parte de uno de los hemisferios, sino durante el periodo posterior a dicho desastre. Todas las películas del género catástrofe tratan de eso, de lo que será después. Y El día después de mañana representa la hipótesis de un mundo en el que los países dichos desarrollados —casi todos geográficamente ubicados cerca del Polo Norte— quedaron devastados hasta desaparecer literalmente del mapa. Gran parte de la población de esos países ha muerto en el desastre y otra parte busca refugio en los que hoy son los países subalternos. ¿Cuáles serían las consecuencias de semejante movimiento telúrico sobre la realidad global en un hipotético día después de mañana? Consecuencias.

Está claro que es muy poco probable un fin del mundo en la forma bíblica del Apocalipsis y quizá algo menos probable que la humanidad se vea diezmada seriamente en las próximas muchas décadas. Por lo tanto, las películas del género catástrofe no quieren ser la hipótesis del Apocalipsis, aunque se presentan así por razones comerciales, de taquilla. Esas películas son una forma de expresar en la cultura la idea de que un evento inesperado, desastre natural, pandemia y afines, puede resultar en una reconfiguración de la sociedad a nivel global y que eso daría como consecuencia un cambio brusco en el estilo de vida para todos los que sobrevivamos a la catástrofe. Son las consecuencias de un evento inesperado de magnitud global las que realmente interesan y entonces la pandemia actual con el virus del momento, el coronavirus, nos está hablando de una reconfiguración del orden mundial cuando pase la crisis. Habrá dicha reconfiguración y nadie sabe hoy a ciencia cierta cómo será. Solo se sabe que será distinta a la actual.

Espectacular escena de ‘El día después de mañana’, en la que se ve una ciudad de Nueva York enterrada en nieve y el colapso de los Estados Unidos, que deben literalmente mudar la sede de su gobierno a la embajada en México y hacer concesiones inimaginables para salvarles la vida a sus ciudadanos.

La alegoría o la metáfora de la condonación de la deuda externa de toda América Latina por parte de unos Estados Unidos arrodillados puede extrapolarse en la hipótesis, por ejemplo, de qué pasaría si el coronavirus afectara más la economía y hasta la demografía de los países dichos desarrollados que la de las demás naciones como la nuestra. ¿Qué pasaría si un país como los Estados Unidos no llegase a lograr imponer la cuarentena efectiva a sus 300 millones de habitantes y el contagio allí se saliera de control, instalando el caos durante semanas? Es fácil imaginar que la inexistencia de servicios sanitarios públicos sumada a la inclinación yanqui por recurrir a las enmiendas de la Constitución para imponer su libertad individual sobre el interés colectivo jugarían en contra de estos intereses y entonces los Estados Unidos son un gran candidato a reproducir la situación de Italia, pero a grandísima escala. Y aunque sabemos que la mayoría de los infectados por el coronavirus no muere, lo interesante sería saber qué pasaría económicamente si Donald Trump decretara la suspensión de toda actividad y que a eso le siguiera un periodo de caos, extendiendo la paralización más allá de lo previsto. ¿Qué pasaría en el mundo, he ahí la cuestión, si la economía de los Estados Unidos se detuviera casi por completo durante dos o tres meses?

Como verá el atento lector, el asunto que realmente interesa no es el de la catástrofe, la de un virus de baja tasa de mortalidad que se contagia en progresión geométrica ni nada de eso. Todo eso se va a resolver de una manera o de otra y la coyuntura va a pasar. El asunto son las consecuencias de semejante evento sanitario, es decir, cómo repercutiría eso en el ordenamiento mundial existente antes del advenimiento del coronavirus. Aun en el caso de que el coronavirus termine mutando y les llegue a los estadounidenses en una versión mucho más mortal que la actualmente vista en Europa, aunque eso dé como resultado varios millones de muertos hasta modificar la demografía de un modo relevante, realmente las consecuencias a tener en cuenta no son internas. Los Estados Unidos ya prescinden de hecho de buena parte de su población: hay por lo menos 40 millones de individuos por debajo de la línea de pobreza, viviendo en carpas o en espantosos estacionamientos de casas rodantes por todo el país absolutamente marginados del sistema. Por su filosofía, los Estados Unidos pueden prescindir de millones de los suyos sin que eso tenga incidencia sobre el orden mundial. La hipótesis es otra, es sobre la eventualidad de un parate económico justo en el momento crucial en el que China ya superó el trance y se dispone a avanzar.

Los famosos “homeless”, o sin techo. En los Estados Unidos, unos 40 millones de personas —casi una Argentina entera— está en situación de calle o viviendo en precarias carpas y casas rodantes que no cuentan con el nivel mínimo de dignidad exigido para la vida humana. Son muchos los prescindibles en ese sistema.

La hipótesis de que la primera potencia mundial se quede de manos y pies atados durante un tiempo abre un interesante abanico de posibilidades para el que observa y analiza. Es de público conocimiento que Israel es el primero y más fiel aliado de los Estados Unidos y que su seguridad nacional en una región turbulenta como la de Oriente Medio depende en gran medida del poder bélico de los yanquis. Y se sabe también que los israelíes están trabajando a contrarreloj para dar con una vacuna para el coronavirus, es decir, que los israelíes están sumamente preocupados por el avance de la pandemia, aunque en Israel la situación parece estar controlada. ¿Temerán entonces los israelíes que los Estados Unidos caigan en la espiral del caos y se queden inhabilitados para seguir desplegando su maquinaria guerrera por el mundo? Probablemente sí. La noticia de que los Estados Unidos están demasiado enfrascados en una crisis interna podría sonarles a otros, por ejemplo, a los iraníes, como la señal de que ha llegado el momento de ir por Israel. Y eso explicaría el apuro del gobierno de Benjamín Netanyahu por lograr una forma de resolver un problema que Israel no tiene, pero los Estados Unidos podrían tener. “Tus problemas son mis problemas”, se oye decir a Netanyahu, más por razones de preocupación por las consecuencias que por una desinteresada solidaridad que Israel no tiene ni nunca tuvo.

Las posibilidades se abren y ya que el tema es la desinteresada solidaridad, solo podríamos imaginar qué pasaría si no fuera Israel, sino Cuba el país que llegue primero a la solución para contener y derrotar el coronavirus. ¿Qué pasaría si eso fuera así y todas las potencias occidentales, con los Estados Unidos a la cabeza, tuvieran que venir a La Habana con el caballo cansado, como se dice, a pedir ayuda? Justicia kármica, otra vez, como en la metáfora de México y la apertura de frontera a cambio de una condonación general de deuda externa. ¿Cuáles serían las exigencias o condiciones impuestas por los cubanos a las potencias de Occidente luego de varias décadas de embargo y bloqueo económico de dichas potencias sobre Cuba?

El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, muy preocupado por la epidemia de coronavirus. Aunque en Israel el problema no ha pasado a mayores, una caída de los Estados Unidos en el caos podría ser fatal para la defensa de Israel en la región del Medio Oriente.

La hipótesis se traslada por todo el globo y nos lleva a Europa, continente viejo, cansado y en franca decadencia hace por lo menos un siglo. Y una vez más, si son los cubanos los que dan con la respuesta al enigma, ¿no sería lícito imaginar un acuerdo de triangulación en el que Rusia finalmente someta a Europa occidental y la haga salir de la órbita del imperialismo? Cabe recordar que el coronavirus que está campeando por toda Europa occidental o bien no llegó a Rusia, o los rusos ya saben de antemano cómo defenderse. En cualquiera de los dos casos y anticipando que Rusia sabrá mantenerse indemne en el trance, es fácil concluir que allí habrá una situación de clara vulnerabilidad de los europeos frente a los rusos. Lo que nos enseña la historia universal es que la vulnerabilidad de los unos siempre resultó en un avance de los otros. Históricamente hablando, la relación entre Rusia y el Europa occidental nunca varió de un estado de tensión permanente, con ambas partes tratando de someterse mutuamente por razones económicas, sí, pero también por los lazos culturales que unen el continuum territorial.

Finalmente, aunque de ninguna manera menos importante, está la cuestión general y es que la pandemia del virus del momento puede haber llegado para enterrar la decrépita globalización neoliberal. Si los que sostienen militarmente esa globalización para mejor provecho de las corporaciones trasnacionales llegaran a hallarse en una posición de vulnerabilidad y caos tal que resulte en la imposibilidad de seguir sosteniendo dicho sistema, entonces la primera consecuencia será la caída del mismo y el desacople de quienes hoy estamos enganchados. Bien mirada la cosa, la tendencia mundial ya viene inclinándose hacia ese desacople, con países como Gran Bretaña en plena salida de bloques continentales como la Unión Europea, la que hace tan solo unos años parecía indestructible. Se imponen por todas partes los aranceles y las barreras comerciales, se falsan uno por uno los postulados neoliberales de la “aldea global” y demás expresiones ideológicas de lo antinacional. Resurgen los nacionalismos en todas partes. Por el momento más declamados que realizados fácticamente, es cierto, pero resurgen. Y en ese remolino estamos los argentinos, estancados con una deuda externa impagable y privados de toda soberanía bajo la bota de las potencias y las corporaciones. La soberanía que el sistema no da ni puede dar, porque es un sistema de sometimiento para la explotación de las riquezas de los pueblos-nación. El desacople del sistema de la globalización neoliberal entonces es eso, es la recuperación de la soberanía perdida mediante la imposición del nacionalismo popular y liberador. Como siempre decimos los que nos dedicamos al análisis de las cosas de la política, nunca es lo mismo tomar decisiones basándose en un programa político e ideológico que hacerlo en el marco de una crisis que demanda esas decisiones para garantizar la seguridad del grupo. Quizá caiga en la volteada lo que no hemos sido capaces de arrancar en la lucha política, tal vez se caiga de maduro el todo, o por lo menos una parte, de aquellos que no pudimos tumbar.

Por su parte, el primer ministro de Gran Bretaña Boris Jonhson ha venido públicamente a aconsejar a los súbditos de la reina a prepararse para perder seres queridos antes de tiempo. Johnson da por sentado que el impacto del virus sobre los británicos será muy fuerte y esta será otra de las potencias que probablemente quedarán paralizadas.

Ya verá el atento lector que el abanico de posibilidades es casi infinito y que todo puede suceder cuando un evento inesperado de orden climático o pandémico sobreviene. Hay muchas cosas que están fuera del control de quienes controlan el sistema, de hecho la mayoría de las cosas lo están, puesto que el más informado de los hombres es ignorante de casi todo lo existente en el universo. “Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que puede soñar tu filosofía”, dice Shakespeare en Hamlet para dar cuenta de lo limitado que es el conocimiento humano sobre la realidad. Solo nos queda hacer volar la imaginación de nuestra limitada filosofía en base a los datos visibles del tablero geopolítico para imaginarnos las posibilidades que se abren en una coyuntura como la actual. No sabemos cómo será el mundo cuando vuelvan a prenderse las luces luego de la oscuridad de la pandemia, pero sí sabemos que será diferente. Ya sabemos que habrá cambios profundos, posiblemente una reconfiguración del ordenamiento mundial que en las categorías de Immanuel Wallerstein es el sistema-mundo y hasta un reseteo económico a nivel global. Todo lo que hoy es la verdad revelada y no se discute puede quedar obsoleto mañana.

Como en El día después de mañana, que es una obra de ficción y por eso mismo expresa la verdad artísticamente, el problema no es la catástrofe, sino lo que viene después. El problema es el día después de mañana, es lo que no podemos anticipar aun sabiendo que está al caer. Habrá una reconfiguración del mundo. Lento, pero viene, decía Benedetti. Y puede que no venga tan lento después de todo.


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