En agosto de 1991 la llamada “línea dura” de los dirigentes del Partido Comunista de la Unión Soviética se lanzó a un intento desesperado de golpe de Estado contra Mijaíl Gorbachov. Lo que esos dirigentes ideológicamente “duros” veían entonces era lo que, pocas semanas después del intento fallido de golpe de Estado en Moscú, iba a concretarse efectivamente: las reformas introducidas por Gorbachov con la glasnost y la perestroika iban a resultar en el colapso del sistema socialista y la Unión Soviética iba a terminar desintegrándose. Dicho colapso fue inmediato y vino en la forma de una monumental crisis económica, social y política que resultaría en la desintegración de todo el bloque socialista del Este en el corto plazo. Frente a ese colapso y esa desintegración política, se produjo un festival de hipótesis entre los analistas occidentales sobre qué había realmente pasado en el Este. La Unión Soviética —decían los analistas a principios de los años 1990— era una construcción política muy endeble a raíz de su heterogeneidad, no resistió al colapso económico y se desintegró, lo que equivalía a la afirmación de que los soviéticos estuvieron unidos mientras hubo riqueza y en la pobreza, como se ve, se separaron.

El entonces presidente de la república soviética de Rusia, Boris Yeltsin (izq.), subido a uno de los tanques que habían sido usados en el golpe de Estado de la “línea dura” del Partido Comunista para sostener la construcción política socialista. Al romperse esa construcción y al “independizarse” Rusia de la finada URSS, Yeltsin tendría todo el protagonismo y sería finalmente el mariscal del desastre neoliberal ruso hasta 1999. En el detalle, el desconsuelo del militar soviético cuyo tanque había sido detenido y capturado por los partidarios rusos anticomunistas.

Era frágil entonces la construcción política soviética, una especie de federación de 15 repúblicas cultural y humanamente muy diversas entre sí. Cuando escaseó el pan y el paradigma no supo dar las respuestas necesarias a las anomalías, cada vez más abundantes, los soviéticos se enfrentaron a los tiros entre los de “línea dura” que insistían en sostener una Unión Soviética ya fracasada como proyecto político y los que aprovechaban la volteada para ir declarando la independencia en casi todas las repúblicas satélites. Eso fue lo que pasó y lo que cayó allí fue el socialismo soviético como proyecto político en Oriente, sí, pero mucho más: se desintegró una federación de naciones que había estado unida alrededor de dicho proyecto durante décadas y esa fue una disolución de una construcción política, fenómeno particular muy escasamente analizado por los observadores. La intelectualidad de Occidente estaba más interesada en ver cómo se hundía la ideología comunista y en cómo se producía el triunfo final del modo de producción capitalista con su ideología liberal, o el “fin de la historia”, tal como arriesgara entonces un Francis Fukuyama en éxtasis.

Lo que la intelectualidad en Occidente no vio o no quiso ver en ese momento es que la desintegración de la Unión Soviética fue, en el fondo, la demolición de una construcción política de tipo federal que no existía solamente en la Unión Soviética. Al festejar la caída en desgracia del enemigo, Occidente no quiso ver que allí estaba el prototipo de cómo mueren las federaciones de un modo genérico. Y sobre todo que, de las federaciones que iban a quedar de pie para sobrevivir a la Unión Soviética, la más importante de ellas era justamente el principal oponente de los finados soviéticos: los Estados Unidos de América.

Plano general de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, una colosal federación de 15 naciones sobre un territorio de aproximadamente 22,5 millones de kilómetros cuadrados. La magnitud del colapso de esta construcción política aun no es del todo comprendida y tampoco muy bien aceptada por muchos.

La intelectualidad occidental no lo vio y, en realidad, el asunto sigue bastante oscuro para los que ven la foto fija y no la película entera, como suele decirse, pero en la disolución de la Unión Soviética ya estaba de antemano mucho de cómo será en el futuro la disolución de los Estados Unidos. Aunque esa realidad está inscrita en el mismísimo nombre de dicha construcción política —Los Estados Unidos de América son solo eso, una federación de Estados independientes entre sí en esencia, pero unidos alrededor de un proyecto político común y del hecho de ubicarse geográficamente en América—, no solemos entender que esa construcción también es muy endeble. Tan endeble como podrían ser otras construcciones artificiales muy famosas, como la Unión Europea y el propio Reino Unido de Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte, construcciones que en la actualidad también se caen a pedazos. Los que miran la foto fija no ven que detrás de la aparente buena salud de la que es hoy todavía la única superpotencia global hay una unidad precaria que no descansa sobre vínculos nacionales de tipo cultural. No existen naturalmente el pueblo-nación europeo ni el pueblo-nación británico, por lo que tampoco puede existir el pueblo-nación estadounidense. “Estadounidense”, como se ve, ni siquiera es un gentilicio resultante de una unidad cultural: es una categoría que existe mientras exista la unión entre los Estados involucrados, esto es, mientras la federación lo sea.

Entonces los Estados Unidos de América son eso, un país sin nombre ni identidad que les sea común a todos los pueblos que habitan el territorio y comulgan hoy en esa unidad artificial. Tal vez en algunos de los Estados se haya formado una conciencia nacional/regional como la californiana o la neoyorkina, quizá la texana u otra. Lo que no termina de formarse jamás —pese al bombardeo cultural constante en ese sentido, en el sentido de instalar un patriotismo yanqui— es una conciencia nacional que ponga al neoyorkino, al texano, al californiano y a los demás en la misma vereda con una comunión cultural real. Cuando las papas queman, cuando hay peligro de escasez o de conmoción interna del Estado y cuando no pueden ponerse de acuerdo en lo esencial, rápidamente reflotan en los Estados Unidos las ideas que supuestamente habían sido derrotadas en la Guerra de Secesión (1861/1865) al caer derrotados los confederados del sur agrícola a manos de los unionistas del norte industrial. Esa lucha no fue por la abolición o el mantenimiento del sistema esclavista en América del Norte, sino una lucha por imponer un proyecto político industrial o agrario y someter a todos a la voluntad del ganador. Eso pasó, triunfó el norte fabril y los Estados fueron unidos para construir un futuro de potencia global que, según ellos mismos, ya estaba inscrito de antemano en su ADN en la forma de “destino manifiesto”.

Representación de los bandos unionista y confederado, implicados en el Guerra Civil o de Secesión de los Estados Unidos, que tuvo lugar entre 1861 y 1865. Los unionistas se impondrían con su proyecto de país industrial y moderno, dando nacimiento a la que hoy es todavía la única superpotencia global.

Pero la Guerra de Secesión no termina con el triunfo de uno de los bandos, cosa que suele suceder con las guerras en general. Lo que subsiste es la idea de una unión artificial y contra la voluntad de muchos de los miembros. De hecho, en los actuales Estados del sur la cuestión reflota a cada desastre natural o cada vez que se percibe una resolución injusta de un conflicto por parte de la federación cuyo gobierno político se asienta en Washington y el poder real en Nueva York. No existe realmente una continuidad cultural entre Alabama y Massachussets, por ejemplo. Así, el asunto de la fragilidad de la construcción política en los Estados Unidos de América queda expuesta ante los ojos del mundo cuando un huracán como Katrina devasta el sur del país y los lugareños de Luisiana y Misisipi se sienten abandonados por el gobierno federal. A ningún francés se le ocurre fragmentar el país en la eventualidad de una crisis por catástrofe, conmoción interna del Estado, guerra, escasez o todo eso junto. Es que en Francia existe una continuidad cultural que precede al propio Estado, cosa que no existe en los Estados Unidos. El pueblo-nación francés es una realidad históricamente constituida, mientras que el pueblo-nación estadounidense es una entelequia sin nombre propio.

Conmociones

He ahí la diferencia y ahí la fragilidad inherente a la construcción política federativa, que es la misma para la finada Unión Soviética y para los Estados Unidos, los que hoy se encuentran frente a una encrucijada de las grandes. Y quizá con un grado extra de dificultad: a diferencia de lo que pasaba en la Unión Soviética, en los Estados Unidos el rejunte está pegado con liberalismo, que es como decir pegado con saliva. Con una Constitución típicamente liberal cuyas enmiendas garantizan como sagradas las libertades individuales y las ponen por encima del interés colectivo, los Estados Unidos están siempre a un pasito de volverse ingobernables en la eventualidad de una conmoción interna del Estado. Claro que eso sumado al altísimo nivel de autonomía otorgado por el gobierno central a los Estados federados resulta en una totalidad muy precaria y que puede volverse muy inestable de la noche a la mañana. Además de la Constitución ultraliberal cuya prioridad es el individuo, cada Estado federado tiende a reproducir el comportamiento individualista frente al grupo. Quizá como una forma de tratar de asegurar su pertenencia, se les ha otorgado a los Estados el derecho a conservar la prerrogativa de legislarse a sí mismos de manera casi independiente, de ahí, por ejemplo, la aplicación de la pena de muerte para ciertos crímenes en algunos de ellos, cuando en otros la pena capital está abolida hace mucho y hasta se considera inaudita. Entonces en los Estados Unidos los Estados están unidos y los individuos se dan un gobierno central con asiento en Washington, votan más o menos directamente para elegirlo y se atienen a su régimen, pero no mucho. En la práctica, los Estados pueden tener leyes que contradigan la Constitución y los individuos están habilitados para excederse en la defensa de sus intereses particulares. Un ejemplo de eso es la libertad para poseer, portar y usar armas de fuego, derecho que está consagrado en la segunda enmienda y significa que el Estado no va a tener realmente el monopolio de uso de la fuerza a la hora de los bifes, como se dice. Con la mayoría de los individuos fuertemente armados y conscientes de que su libertad individual está por encima de los intereses del grupo, el gobierno estadounidense se sabe siempre al borde de una guerra civil en la que, para imponer su voluntad, tendría que aplicar la fuerza brutal de las armas de guerra y en cantidad considerable contra su propia población civil.

El derecho a poseer y portar armas de fuego, una garantía constitucional en los Estados Unidos. Fundamentalmente desde la Guerra Civil en adelante, se ha considerado que una de las bases de la construcción política estadounidense era la garantía de la posibilidad de que los ciudadanos se alcen en armas incluso contra el Estado nacional para la defensa de sus derechos individuales. Una encuesta del Instituto Gallup reveló en el año 2017 que por lo menos el 42% de hogares en los Estados Unidos tenía por lo menos un arma de fuego, estimándose un total de 393 millones de armas distribuidas en unos 118 millones de hogares. Todo eso en manos de civiles, donde descansa la frágil construcción política de los Estados Unidos de América.

Y eso es un genocidio en potencia, por supuesto. Asuntos que en otros países como el nuestro son tan elementales como la definición de las responsabilidades en la administración de los recursos frente a una amenaza a la salud pública como la actual pandemia del coronavirus pueden volverse muy complejos en países como los Estados Unidos. Aquí no hay mucha discusión y el gobierno nacional —véase bien la preferencia por “nacional” sobre “federal”, aunque técnicamente también la Argentina es una federación de Estados provinciales— puede asumir y efectivamente asume la responsabilidad, los costos y las decisiones generales en esa administración. En otras palabras, aquí el presidente es de la república cuando todo está muy tranquilo, pero es de la Nación cuando las papas queman. Así, el presidente toma las decisiones y la mayoría hace caso, con todas las excepciones que ya conocemos y no son realmente legales. En los Estados Unidos, en cambio, las decisiones del gobierno central no deben entrar en conflicto con las leyes de los Estados y, sobre todo, no pueden de ninguna manera suponer una amenaza a las libertades individuales. Y allí aparece la pregunta esencial de los tiempos que corren: si ya quedó demostrado que la forma de evitar el crecimiento exponencial de un virus como el COVID-19 es meter a todos en sus casas, ¿cómo decretar una cuarentena que sea obligatoria para todo el país sin pisarles los pies a los gobernadores y sin restringir las libertades individuales previstas y garantizadas en la Constitución?

Ellos no tienen una nación, sino una república donde la res publica se administra en base a los preceptos del liberalismo, que son las leyes del individualismo. A pesar de toda propaganda cultural patriótica en décadas de cine de Hollywood, los Estados Unidos no son una nación y probablemente jamás lo serán, como tampoco serán una sola nación los nacionales escoceses y los nacionales ingleses en el Reino Unido ni los nacionales daneses y los nacionales portugueses en la Unión Europea. El rejunte no está diseñado para ser una sola pieza culturalmente homogénea: la federación está diseñada para sostener una unidad precaria entre distintos alrededor de un fin y cuando ese fin se pierde, la unidad también se pierde.

El gobernador del Estado de Nueva York, Andrew Cuomo, uno de los jefes distritales que más desafía en la actualidad la autoridad del presidente Donald Trump. En recientes declaraciones, el gobernador Cuomo le “recordó” a Trump que los Estados son anteriores a la Unión —en una palabra, que Nueva York está antes que los Estados Unidos, lo que es históricamente correcto, ya que además Nueva York es una de las trece colonias originales—, en una clara demostración de que la idea de la fragmentación está siempre latente en la conciencia del estadounidense y no solo en los Estados del sur del país.

La Unión Soviética se disolvió hace casi tres decadas cuando ya no fue capaz de sostener un estándar de vida aceptable para realizar la igualdad contenida en su proyecto político e ideológico. Cuando eso pasó, los distintos que habían estado unidos se volvieron hacia sus respectivas nacionalidades para barajar y dar de nuevo, esto es, abandonaron el pacto federativo fracasado y fueron a tratar de sus asuntos cada cual por su parte y lo mejor posible. Eso fue así al sobrevenir la conmoción interna que el Estado no supo enfrentar, la crisis para la que el poder político central no pudo dar las respuestas que las partes esperaban. Eso es lo que les pasa a las federaciones naturalmente cuando les llega la hora y cumplen sus ciclos o cuando su finalidad ideológica se pierde, deja de tener sentido de destino común para los participantes. Desnudos, los Estados Unidos se ven precarios, como atados con alambre por todas partes y sin los elementos necesarios para afrontar una coyuntura como la actual. El liberalismo utilizado por los padres fundadores como amalgama para la construcción y luego degenerado por sus sucesores, probablemente desde la presidencia de Woodrow Wilson en adelante, no lleva inscrito en su naturaleza el código de organización comunitaria necesario para imponer los intereses colectivos sobre los derechos individuales y tampoco para someter los Estados federados a la autoridad de un gobierno central con traje de bombero puesto. El gobierno de los Estados Unidos no tiene poder real sobre la voluntad de los individuos, sobre los intereses particulares de los Estados y ni siquiera controla realmente su propio Banco Central desde que el mencionado presidente Wilson creara la Reserva Federal como organismo independiente del Estado y demasiado cercano a los banqueros privados. ¿Cómo decretar la cuarentena con mano de hierro y evitar una catástrofe sanitaria, si la mano de hierro no es?

El anuncio de llegada de la pandemia a los Estados Unidos generó un pánico inicial entre la población, que corrió a vaciar las góndolas de los supermercados para abastecerse como si se avecinara una catástrofe de grandes proporciones. De acuerdo con Russia Today, la cadena de distribución de alimentos en los Estados Unidos podría llegar a comprometerse en los próximos días si el gobierno federal no interviene en el mercado para regularlo y garantizar el abastecimiento. En la tierra del liberalismo.

La real naturaleza de la política grande en los Estados Unidos va a quedar al descubierto en las próximas semanas y allí veremos que el gobierno federal de Washington, pese a toda su grandeza aparente, no es más que un ejecutor de las guerras que el poder del dinero necesita para robar alrededor del mundo y acumular riqueza sin que eso revierta en beneficios reales para los estadounidenses. Ahora veremos la debilidad del que parecía ser el más fuerte de todos y veremos cómo lidian los Estados Unidos con su hora de Unión Soviética. El rey está desnudo y quizá veamos que nunca fue rey de nada, que los reyes están en cualquier otra parte menos en el Despacho Oval de la Casa Blanca. En cualquier otra parte y a punto de revelar la cara que han escondido tras la fachada de una identidad nacional artificial y endeble.

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