A mediados de 1956, apenas empezada la guerra de Vietnam y en pleno auge de la revolución popular en China, Mao Zedong presentaba un brevísimo escrito titulado El imperialismo estadounidense es un tigre de papel, en el que hacía un diagnóstico de la hegemonía yanqui en el mundo señalando —como se indica ya en el título del documento— que dicha hegemonía se basaba en una fuerza que no era tal. De acuerdo con el gran Mao, el imperialismo yanqui se sustentaba en una apariencia de poder que no se verificaba en la realidad y de ahí la caracterización de dicho imperialismo como un tigre de papel: visto desde lejos, ese tigre parecía inmenso y muy feroz; pero al acercar la mirada se veía que se trataba de eso mismo, de un tigre de cartón pintado. Mao consideraba que los Estados Unidos no constituían ni siquiera un problema estratégico para China y para los demás pueblos-nación antimperialistas del mundo, sino una cuestión simplemente táctica.

Más de seis décadas han pasado desde aquella precisa definición maoísta y mucho llovió desde entonces: Fidel Castro hizo en Cuba una revolución y la sostuvo a escasos kilómetros de las costas de los Estados Unidos, el fracaso de Washington en Vietnam fue estrepitoso y apenas pudo disimularse, se derrumbó el bloque socialista en el Este por su propio peso y los Estados Unidos se quedaron con el lugar de única superpotencia a nivel global a partir de la década de los años 1990, lugar desde el que incursionaron militarmente en varias regiones, casi siempre tan solo para quedarse empantanados durante un tiempo y tener que retirarse posteriormente sin conseguir demasiadas ganancias para las corporaciones cuyos intereses representaban. Los Estados Unidos han hecho varios desastres bélicos en todas partes y muchos más desde que se quedaron sin su contraparte soviética para equilibrar el tablero. Pero lo cierto es que desde entonces, desde que la Unión Soviética colapsó y se desintegró, los Estados Unidos como Estado y como nación vienen luchando contra sí mismos para sostener una posición que realmente no es sostenible ni redituable.

Representación artística de una reunión entre Mao Zedong y el soviético José Stalin. Pocos meses después de la muerte de este, se produjo la ruptura sino-soviética y China empezó a transitar un camino revolucionario independiente. La URSS habría de colapsar en 1991, resultando en la desintegración del bloque socialista en el Este sin que eso afectara demasiado a China.

En pocas palabras, el lugar de única superpotencia a nivel global es un lugar muy incómodo, un lugar que requiere de ingentes gastos de mantenimiento y que no le reporta al pueblo-nación del Estado que lo sostiene muchos beneficios. La estructura militar, diplomática y de servicios de inteligencia que los Estados Unidos deben mantener año tras año para sostener la dominación simultánea sobre todos los demás es carísima y funciona en el aire, está siempre al borde del descalabro a causa de su complejidad. Y además genera una aparente paradoja, en la que el contribuyente estadounidense paga la totalidad del costo de ese mantenimiento, aunque nunca ve los réditos. Las grandes ganancias de las invasiones militares a los países con abundancia de recursos naturales se las suelen llevar las corporaciones trasnacionales que se instalan en dichos territorios y se respaldan en las armas de los Estados Unidos para hacer negocios allí sin que nadie les estorbe el juego. El pueblo yanqui paga la máquina de guerra, pero no se queda con el botín y entonces los Estados Unidos con su imperialismo no representan los intereses de su propio pueblo-nación, sino los intereses de corporaciones que no tienen ningún arraigo territorial.

“En la actualidad, el imperialismo norteamericano exhibe una gran fuerza, pero en realidad no la tiene”, decía Mao Zedong en 1956. “Políticamente es muy débil, porque está divorciado de las grandes masas populares y no agrada a nadie; tampoco agrada al pueblo norteamericano. Aparentemente es muy poderoso, pero en realidad no tiene nada de temible: Es un tigre de papel. Mirado por fuera parece un tigre, pero está hecho de papel y no aguanta un golpe de viento y lluvia. Pienso que Estados Unidos no son más que un tigre de papel”. Mao ya sabía entonces lo que sabemos ahora, que el imperialismo yanqui no es conveniente para nadie y tampoco para el pueblo-nación estadounidense, el que paga la cuenta para que los beneficios se los lleve otro. Entonces el imperialismo yanqui en el lugar de única superpotencia a nivel global no solo es un tigre de papel, sino que además es un problema para los mismos yanquis.

Ronald Reagan, George Bush y Mijaíl Gorbachov, reunidos en Nueva York al finalizar la presidencia del primero y empezar la del segundo en los Estados Unidos. A partir de este momento histórico, los Estados Unidos habrían de quedar como la única superpotencia global.

Desde el punto de vista del que vive en los Estados Unidos y se las tiene que ver con el fisco para sostener la máquina de dominación imperialista, esa máquina es indeseable. Si un yanqui, cualquier yanqui, comprende que está pagando impuestos no para que reviertan en servicios públicos de salud y educación, por ejemplo, sino en armas para la defensa de los intereses de empresas privadas que no le pertenecen, ese yanqui debe necesariamente llegar a esa conclusión. Y también debe llegar a otra, mucho más fácil de observar: el llamado “sueño americano” dejó existir precisamente cuando el gasto militar de los Estados Unidos creció exponencialmente ante la necesidad de sostener una hegemonía unipolar. En los últimos treinta años el nivel de vida del ciudadano estadounidense ha descendido bruscamente y ese ciudadano ha tenido que endeudarse para sostener cierto consumo, al que ya se había acostumbrado. Existe entonces una relación directa entre el derrumbe del socialismo en el Este y el descenso de la calidad de vida en los Estados Unidos: ahora el dinero que antes se destinaba a subvencionar la existencia en abundancia de un pueblo va a parar en la máquina de guerra que las corporaciones necesitan para lucrar. Y eso no tiene nada que ver con lo que el pueblo-nación estadounidense quiere.

El divorcio

Cuando aquí pensamos en los Estados Unidos solemos pensar en una cosa homogénea, en un país con un Estado centralizado y con un gobierno potente, sin grietas. Pensamos un pueblo uniforme, perfectamente adiestrado por Hollywood en las premisas ideológicas del liberalismo, que son la meritocracia, las libertades individuales y el libre comercio. Y en parte eso es así, ya que sería imposible sostener la enorme mentira si las mayorías populares supieran de qué se trata. El problema ahora, a tres décadas de la supuesta consagración de los Estados Unidos como reyes a nivel mundial, es que empezó a existir una grieta entre las clases dirigentes y ya no todos están contentos en ser funcionales a los intereses de corporaciones trasnacionales que poco y nada tienen que ver con los Estados Unidos. Y en dicha grieta un grupo propone abrirse de eso, es decir, propone que los Estados Unidos no sostengan ya una dominación mundial para garantizar la operación y el lucro de las corporaciones en todas partes. En resumen, una parte de la clase dirigente de los Estados Unidos ya no quiere defender militarmente los intereses de las corporaciones y además comprendió que el lugar de única superpotencia global se ha vuelto insostenible.

Los Estados Unidos de las Corporaciones, una simpática representación de cómo un país puede privatizarse y ponerse al servicio de los ricos del mundo.

Pero lo insostenible no es ni jamás fue la dominación, puesto que esta nunca existió de hecho, sino más bien como una idea que los dominados aceptan como real. Como un tigre de papel, precisamente: bien mirada la cosa, en el terreno militar los Estados Unidos han cosechado muchos más fracasos que éxitos y hasta se suele decir que ese país perdió todas y cada una de las guerras en las que estuvo involucrado, salvo su guerra de independencia contra Gran Bretaña. Es una afirmación audaz y para corroborarla habría que definir muy bien qué cosa es un triunfo bélico. Pero lo cierto es que, por lo menos desde mediados del siglo pasado a esta parte, no queda muy claro qué victorias militares han tenido realmente los Estados Unidos. Empezando por la guerra de Vietnam —que fue una derrota estrepitosa, como veíamos, a manos de un ejército de campesinos descalzos—, todas las incursiones militares de los Estados Unidos han resultado en fracaso o estancamiento, sin que se haya logrado ninguna victoria clara. Es cierto que las corporaciones y el complejo industrial-militar hicieron muy buenos negocios con las invasiones de Irak y Afganistán, pero nunca hubo allí ningún triunfo. Los Estados Unidos invadieron países que ya estaban en la lona, estacionaron sus tropas allí para cuidar los negocios privados y luego se retiraron. ¿Dónde está el triunfo militar?

Lo que los Estados Unidos vienen sosteniendo a base de mucha inversión es la idea de que su flota sería capaz de ocupar y de reprimir simultáneamente a todos los países que se atrevieran a sacarse los pies del plato. Esa es la idea del tigre de papel por la que nadie salta, el temor al látigo que nadie ve, pero que todos creen que existe. Y, no obstante, si observamos también los casos de los países que se atrevieron a cuestionar la dominación yanqui desde la II Guerra Mundial hasta la actualidad, nos vamos a encontrar con que los Estados Unidos no han podido dominar y someter a ninguno de ellos, empezando por Cuba y luego pasando por todos los casos en los que los Estados Unidos amagaron avanzar y luego recularon, sobre todo en años recientes: Crimea, Siria, Irán, Corea del Norte, Venezuela. En todos estos la autoridad de la superpotencia universal ha sido desafiada y en ninguno de ellos la flota estadounidense pudo hacer nada para responder al desafío.

Crimea, Siria, Irán, Corea del Norte y Venezuela. Algo está pasando y es que el grupo disidente en las clases dominantes de los Estados Unidos está intentando instalar una idea: la del divorcio entre el pueblo-nación estadounidense que paga la cuenta y las corporaciones, las que se quedan con el botín. Hay alguien queriendo explicarle a la opinión pública estadounidense que la hegemonía en un sistema-mundo unipolar es inconveniente, indeseable y a todas luces insostenible.

La guerra de Vietnam, en la que los Estados Unidos entraron a dar una paliza y una demostración de su poderío frente a la Unión Soviética, pero terminaron derrotados y humillados por un ejército formado básicamente por campesinos descalzos y dispuestos a defender la patria con la vida.

La hipótesis es sencilla y ha sido abundantemente explorada por nosotros tanto en esta Revista Hegemonía como en La Batalla Cultural: frente a la insostenibilidad del esquema unipolar, habrá que optar entre dos modelos de destrucción de un imperio. Por una parte, el modelo romano, que es el de la inflexibilidad, el de ponerse “duros” en la negación de la decadencia. Y, por otra, el modelo inglés, que es el de la retirada ordenada, el descenso suave en el tiempo. El primero es el modelo del “morirse con las botas puestas” y sosteniendo una dominación que en la práctica no existe. El resultado de eso puede ser el descenso brusco, esto es, las “invasiones bárbaras”, el saqueo y la destrucción del territorio, la exposición de la población civil a los actos de violencia revanchista. Si los Estados Unidos insisten en sostener la posición de única superpotencia a nivel mundial, deberán entrar en guerra contra las potencias emergentes —China y Rusia, básicamente— y no podrán flaquear jamás, puesto que a la primera señal de debilidad la rebeldía sería generalizada y sería solo cuestión de tiempo para que todos hagan fila para “cobrar” la factura de las atrocidades que los militares de los Estados Unidos cometieron por todo el mundo, que son muchas. Y el problema de este modelo es que se resume a una simple cuestión de tiempo, puesto que es imposible sostener la guardia alta indefinidamente. Sería solo cuestión de tiempo hasta que los Estados Unidos se vieran obligados a destinar su máquina de guerra a una guerra proxy y dejaran descubierto algún flanco. “Todo está sujeto a cambio. Las grandes fuerzas decadentes tendrán que ceder el lugar a las pequeñas fuerzas nacientes. Las fuerzas pequeñas se transformarán en grandes, porque la gran mayoría de la gente exige el cambio”, decía Mao en El imperialismo estadounidense es un tigre de papel. “La fuerza del imperialismo norteamericano, que es grande, pasará a ser pequeña, debido a que el pueblo norteamericano también está descontento con el gobierno de su país”. Como se ve, tan solo una cuestión de tiempo.

Retiradas

El modelo alternativo al de la inflexibilidad romana, el inglés, es el de la retirada ordenada en el tiempo hasta estacionarse en el lugar de potencia en un mundo con otras potencias, con lo que se evita el peligro de las “invasiones bárbaras” y de la violencia revanchista. Y si bien es claramente el modelo más racional, es también el más difícil de implementarse. ¿Por qué? Porque la opinión pública no está adiestrada y preparada para aceptar su implementación. Esto es un poco difícil de comprender si pensamos como solemos pensar los que estamos en la periferia del imperio, por lo que es necesario hacer un ejercicio de abstracción y tratar de ver la cosa como la vería el ciudadano yanqui promedio. ¿Qué pensaría ese ciudadano si un dirigente político se presentara públicamente con el proyecto de retroceso estratégico? Luego de décadas de adiestramiento para convencerse de que los Estados Unidos tienen un poder militar, tecnológico y económico superior al de todos los demás países del mundo combinados, ¿cómo convencerse de lo contrario? ¿Cómo aceptar mansamente y sin previo aviso la realidad de que los Estados Unidos no solo no tienen toda esa fuerza, sino que además están siendo superados por la alianza oriental entre Rusia y China en todos los campos? ¿No era que habíamos derrotado a los comunistas soviéticos y había llegado el fin de la historia, con el triunfo final de la libertad y la democracia? ¿De dónde rayos salen estos rusos y estos chinos, si ya los habíamos enterrado?

Mapa de la dominación del imperialismo británico hacia 1937. De un “imperio donde el sol nunca se pone” a una potencia mundial de carácter regional: así ha sido el descenso suave de los británicos desde finalizada la II Guerra Mundial hasta el presente.

No, ningún dirigente político en los Estados Unidos está hoy en condiciones de decir la verdad y proponer un descenso suave para evitar las “invasiones bárbaras”. Nadie puede hablar de esto públicamente hoy sin ser enterrado vivo por la opinión pública, nadie puede decir que el estatus de superpotencia única en el mundo está caduco porque los argumentos todavía no están a la vista. La clase dirigente sabe que esto es así, pero está dividida entre los que trabajan para las corporaciones (todo el Partido Demócrata y buena parte del Partido Republicano) y los que quieren el divorcio. No hay consenso. ¿Cómo lograr el consenso entonces? Pues reeducando la opinión pública para que esta comprenda el peligro, genere presión social y el consenso se forme. Si el ciudadano yanqui promedio comprende que en otros países ya entendieron que los Estados Unidos como única superpotencia global son un tigre de papel y son un instrumento bélico de las corporaciones y las élites, va a comprender igualmente que esa situación es peligrosa. La hegemonía está resquebrajada, los subalternos están a punto de golpear y si la opinión pública en los Estados Unidos comprende eso, entonces la fracción del grupo dirigente que trabaja para las corporaciones y para las élites globales va a tener que callarse y el modelo inglés de retirada o descenso suave va a poder implementarse.

Y cuando pensamos en la otra fracción del grupo dirigente, la que desea el divorcio con las corporaciones y sus élites y desea el descenso suave hasta el lugar de potencia mundial en un sistema-mundo multipolar, mucho más cómodo, sustentable, barato y redituable, conviene no olvidar que en la entronización de Donald Trump está el affaire Putin en las elecciones del año 2016 en los Estados Unidos. Conviene no pasar por alto la posibilidad de que Trump haya llegado a ser presidente de la mano de Putin y con un mandato preciso: instalar en el debate los argumentos necesarios para afirmar la urgencia de una retirada estratégica de los Estados Unidos de una posición dominante que ya no existe en la práctica. En otras palabras, es preciso tener en cuenta la posibilidad de que Trump esté haciendo todo lo que hace para demostrarle al pueblo-nación estadounidense que al Tío Sam ya no le da la nafta. Y que es urgente un plan de retirada ordenada, porque el peligro acecha y es grande.

La imagen del Tío Sam, utilizada para convocar al reclutamiento militar a los jóvenes. Hoy el Tío Sam ya no tiene tanto músculo y el estadounidense promedio debe comprenderlo.

Si eso fuera así, estaríamos ante una movida de ajedrez por parte de las potencias emergentes del Este para evitar la guerra abierta contra unos Estados Unidos que están en decadencia, sí, pero que pueden hacer todavía muchísimo daño en caso de conflicto bélico. La movida sería justamente en el sentido de evitar esa deflagración generalizada —o la III Guerra Mundial, probablemente mucho más destructiva que las dos anteriores combinadas, por el desarrollo tecnológico del complejo industrial-militar en los últimos 75 años— y entonces podrían entenderse perfectamente todos los movimientos “en falso” de Donald Trump en los últimos años: avanzar sobre Crimea, sobre Siria, sobre Irán, sobre Corea del Norte y sobre Venezuela y luego retroceder ante la primera oposición presentada por China, por Rusia o por ambos. Retrocediendo sin luchar. ¿Cuál es el mensaje implícito en esos movimientos “en falso”? Pues ese mismo, el de que al Tío Sam ya no le da la nafta para ser el halcón que alguna vez fue, al menos supuestamente. Es necesario empezar a recular.

Todo eso parecía ser cierto incluso con las bravatas de Trump en la famosa “guerra comercial” contra China, en la que una y otra vez cedió luego de avanzar. Y ahora, frente a la crisis sanitaria provocada por la pandemia del coronavirus, la tendencia a los movimientos “erráticos” por parte de Trump para instalar la idea del peligro inminente se confirma. La opinión pública estadounidense está asustada, confundida, golpeada. Con la cantidad de víctimas por el coronavirus en aumento y el caos instalado entre el gobierno federal y los gobiernos estatales a nivel regional, el estadounidense promedio empieza a comprender su propia vulnerabilidad frente a una amenaza externa. Todo el adiestramiento hollywoodiano se va esfumando junto a la idea de “destino manifiesto” inevitable, la falsa creencia en un poder que los Estados Unidos no tienen ni nunca tuvieron.

El encuentro entre Kim Jong Un y Donald Trump, luego de este agitara todo tipo de amenazas contra Corea del Norte: un movimiento “errático” que corrobora la tesis del avance y retroceso orientados a reeducar la opinión pública estadounidense.

Mao también decía que “(…) Lo grande no tiene nada de temible. Será derribado por lo pequeño. Y lo pequeño se hará grande”. Y luego afirmaba: “Sólo podrá haber paz cuando haya sido eliminado el imperialismo. Llegará el día en que el tigre de papel será destrozado. Pero no desaparecerá por sí mismo; para ello hace falta el golpe del viento y la lluvia”. El tigre de papel no son los Estados Unidos como país y como nación, eso es una potencia real con más de 300 millones de habitantes asentados sobre el cuarto territorio nacional más extenso del mundo. El tigre de papel es el imperialismo yanqui al servicio de las corporaciones y las élites globales, el que en sí es más una simulación de poder que poder real. Es un tigre de papel que va a sucumbir ante el golpe del viento y la lluvia. ¿Habrá llegado al fin la hora de la tormenta que exponga la verdad y reordene el mundo con una redistribución geográfica del poder? La respuesta puede estar llegando en los próximos capítulos de esta historia que se está escribiendo ahora mismo.


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