Es parte de la cultura del pueblo-nación argentino la expresión “éramos pocos y parió la abuela”, que puede utilizarse también para describir aquellas situaciones en las que se juntan todos los problemas en una sola coyuntura y, justo cuando uno piensa que la cosa ya no puede empeorar, aparece un problema más. Luego de cuatro años de monumental saqueo y de ser embestidos por la crisis del coronavirus a pocos meses de terminado dicho saqueo, parecería que la tormenta perfecta se ha terminado de formar y que no podría ser peor. Pero la abuela parió y surgen en la discusión las voces más inesperadas: las de los llamados “libertarios”, que son muy parecidos a los liberales tanto en la ética como en la estética, pero con una vuelta de tuerca extra. Los “libertarios” son liberales más sobreideologizados que los propios liberales. Y además son pobres.

Lo que parece un asunto de chacota, es en realidad un enorme drama. El drama de nuestros tiempos y de esta sociedad de la opinión es que hemos llegado a una etapa de nuestro desarrollo en la que toda opinión es válida, sin importar si dicha opinión tiene algún fundamento o si el que la emite lo hace con plena conciencia de lo que dice. En esta etapa del desarrollo material de la humanidad en la que las redes sociales cumplieron la predicción de Umberto Eco y peligrosamente le dieron voz y entidad al idiota, toda opinión es válida y debe ser debatida seriamente, aunque se trate de una expresión ideológica contraria a los intereses y hasta a la propia vida del individuo que la emite. Esa es la descripción del llamado “libertario”, un sujeto de clase trabajadora popular o media que con mucha liviandad hace afirmaciones en el debate político sin comprender muy bien las consecuencias de la aplicación en la práctica de lo que afirma. El asunto no es gracioso ni es para tomarlo a la ligera, no es conveniente minimizar a los “libertarios”. Ellos son, al menos en potencia, la expresión de la autodestrucción.

El semiólogo italiano Umberto Eco, autor de la definición de nuestros tiempos y de la sociedad de la opinión: “Las redes sociales les dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”.

Existe una creencia generalizada de que hay necesariamente una coherencia entre la posición social real de un individuo y su discurso, entre lo que el hombre hace y lo que el hombre dice. Así, cuando uno escucha una reivindicación de los derechos de las mayorías populares, de los trabajadores en general, normalmente espera que dicha reivindicación sea parte del discurso de un dirigente, comunicador o militante con arraigo en las clases populares. De un modo análogo, cuando el discurso es una apología de los privilegios de las minorías ricas, lo esperable es que esa apología venga de parte de un rico. El problema es que hoy eso no funciona así, si es que alguna vez funcionó. Lo que se ve con cada vez más frecuencia —sobre todo en las redes sociales, que son el terreno de lucha por el sentido de nuestros días— es una enorme cantidad de desclasados defendiendo ideológicamente intereses concretos que no solo no son ni jamás serán los suyos, sino que además están en frontal contradicción con sus intereses reales y concretos. En una palabra, pululan en las redes sociales los individuos no ricos que repiten de memoria consignas ideológicas de los ricos, cuya aplicación práctica resultaría en un aumento brutal de la desigualdad y en su propio empobrecimiento.

El desclase social es el resultado de la sobreideologización, es cuando el individuo se encuentra narcotizado por la ideología a punto tal de perder de vista toda realidad objetiva. La ideología, como se sabe, es el estado “natural” del hombre, como diría el filósofo, psicoanalista y sociólogo Slavoj Žižek: una de las consecuencias de la capacidad de abstracción del hombre es su potencial para proyectar las cosas como deberían ser, más allá de cómo realmente son. Eso es la ideología, es esa capacidad de ver lo que hay sin limitarse al statu quo, proyectando sobre la realidad lo que esa realidad podría ser si se modificara. Entonces la ideología es el motor o uno de los motores del cambio social, allí donde uno es movido por una idea y lucha por su concreción. En todo lo anteriormente dicho se ve que existe un equilibrio delicado entre lo que es y lo que podría ser, existe una contemplación de la realidad efectiva y luego existe la capacidad que tiene el hombre de, a partir de esa contemplación, proyectar su modificación. Y si el atento lector reflexiona filosóficamente sobre todo esto sin más herramientas que su propio buen sentido aplicado, verá que todo lo que existe es resultado de la ideología porque primero estuvo la idea y luego su concreción.

Slavoj Žižek, entrañable personaje cuya crítica a la ideología permite comprender mejor que, pese a ser el estado “natural” del hombre, estar sobreideologizado es una forma de perder de vista la realidad objetiva.

El problema que nos atañe no es, por lo tanto, la ideología en sí, sino la sobreideologización que es la pérdida del equilibrio entre realidad efectiva y proyección. Puede decirse que un individuo está sobreideologizado cuando es todo ideología, cuando su expresión no tiene en cuenta la realidad material desde donde debe partir una idea. Cuando un individuo se enamora de una idea hasta narcotizarse con ella, se dispone a defenderla sin que existan las condiciones materiales para su concreción y, peor todavía, aunque esa concreción pudiera resultar materialmente en un daño o un riesgo para sí mismo y/o para los suyos.

Un claro ejemplo de eso es el comportamiento de los llamados “libertarios” frente a contextos inflacionarios. En esos contextos los precios suben fuera de control y el resultado es que las clases trabajadores populares y medias se encuentran con que sus salarios alcanzan cada día menos para acceder a los productos necesarios para la subsistencia digna. Cuando eso pasa, desde el nacionalismo popular surge la idea —anclada en la realidad efectiva— de controlar esa suba de precios de una manera o de otra, esto es, de activar los mecanismos del Estado para garantizar que los precios no suban y que las mayorías populares sigan teniendo acceso a lo que necesitan para vivir. Entonces aparecen los sobreideologizados con las consignas memorizadas en el consumo de videos de YouTube que son las de “el control de precios es una política de comunistas”, “en ninguna parte funcionó eso” y “es una limitación autoritaria a la libertad de mercado”, entre otras auténticas gansadas liberales. Y ahí está expuesto aquello de la desconexión de la realidad que resulta en la autodestrucción: enamorado de la idea liberal, el individuo pierde de vista que el aumento de precios incide sobre él mismo y sobre su familia, que si los precios de los alimentos y otros bienes esenciales suben sin que suban asimismo los salarios, lo que va a suceder es un empobrecimiento de todo un sector social del que el propio individuo sobreideologizado es parte. En vez de anoticiarse de ello y exigir el control de precios para asegurar su propia subsistencia, el sobreideologizado se desclasa y se dispone a reproducir las consignas ideológicas de los que ganan cuando los precios aumentan, que son los ricos. Se pone el sobreideologizado a pedir aumentos de precios contra su propio bolsillo.

José Luis Espert, uno de los principales referentes de los llamados liberales “libertarios” en Argentina. Por su estilo y retórica que parecen ser muy disruptivos —aunque para expresar ideas ultraconservadoras—, Espert se ha hecho de un gran número de seguidores, los suficientes como para lanzarse a la carrera presidencial en las elecciones del 2019 e instalar su nombre en el escenario, al menos un rincón un poco menos marginal que el que había estado ocupando.

Como se ve, el comportamiento del sobreideologizado es el comportamiento del desclasado y es, a todas luces, temerario. Lo que hace el individuo cuando se divorcia de su realidad objetiva es peligroso no solo para el conjunto social, sino para el propio individuo en primera persona, lo que en sí es una obviedad bien ululante: si hay peligro para el grupo, necesariamente habrá peligro para los individuos del grupo. Pero lo más importante es que ese peligro no es para nada abstracto ni requiere de mucha reflexión para ser percibido. No debería ser muy difícil para uno comprender que no es una situación favorable el tener que pagar el 20% más por algo si el salario de uno no sube el 20% en el mismo periodo y que la consecuencia necesaria de eso será una disminución en el consumo. No es ninguna ciencia, es el sentido común más elemental. Y sin embargo ese sentido común no está accesible para el sobreideologizado, que al narcotizarse con la ideología hasta perder el contacto con la realidad se desclasa y se torna un peligro para sí mismo.

El “populismo” no funciona

Monos con escopeta, he ahí otra expresión de la cultura popular del argentino que se utiliza para definir al que es peligroso para otros y hasta para sí mismo. El desclase que suele resultar de la sobreideologización ha resultado siempre, valga la redundancia, en un daño muy grave principalmente para los desclasados. Los momentos de mayor avance social de las clases trabajadoras populares y medias coinciden con los periodos de gobierno cuyo signo político se ha dado en calificar como “populista”. En la Argentina, por ejemplo, toda la movilidad social ascendente que es un orgullo de nuestro país frente a otros países de la región que nunca conocieron tal cosa es obra del peronismo con poder en el Estado. Y todos esos periodos de prosperidad general fueron destruidos una y otra vez cuando el argentino se desclasó y se puso a repetir la ideología liberal en su propio perjuicio.

De alguna manera que cuesta comprender o aceptar, lo que se observa es que esos momentos de desclase en nuestra historia coinciden con los periodos de mayor prosperidad, es decir, el argentino siempre se sobreideologizó y se narcotizó con la ideología liberal cuando tuvo la heladera bien llena. Lo que hizo, en vez de aferrarse a las políticas que posibilitaban y aseguraban su propio bienestar, fue un caso omiso de esas políticas y su reemplazo por una proyección ideológica que no coincidía con la realidad efectiva del momento. Allí donde todos los datos indicaban que era el “populismo” la razón de la prosperidad general, el argentino se puso a reproducir la consigna liberal de que “el populismo no funciona”, fundamentalmente porque se basaría en una fantasía insostenible en el largo plazo. Véase bien: lo que en un momento dado está funcionando fácticamente es calificado por algo que para las mayorías solo funciona muy en teoría —el liberalismo—, pero eso es motivo suficiente para que muchos se abracen a lo abstracto para destruir lo concreto. En otras palabras, el liberalismo les dice ideológicamente que el “populismo” es una bomba de tiempo y que es mejor explotarlo mientras funciona para que nunca explote. No es que explota, como se ve, sino que ante la posibilidad teórica de que explote muchos optan por hacerlo explotar. ¿Una cosa de locos? Sí, pero en esencia un delirio místico que solo puede tener lugar cuando uno está bajo el efecto del narcótico ideológico.

La “libertad” del liberalismo, expresada en esta pieza en idioma inglés, donde se lee: “Megacorporación. Abandona todos sus derechos el que entre aquí”. Queda claro que el trabajador en el liberalismo es “libre” para renunciar a sus derechos en nombre de la libertad de mercado, como es “libre” para morirse de hambre si elige no hacerlo.

Es por eso que el desclasado sobreideologizado es un peligro para sí mismo, porque se deja convencer por una ideología que no es la suya e inmediatamente se pone a trabajar en la política para destruir aquello que le conviene. Trabaja contra su propio interés, como el autosaboteador que ante la menor señal de felicidad en el horizonte empieza a hacer de todo para que le vaya mal en todos los ámbitos de la vida, desde lo laboral hasta el amor. El desclasado sobreideologizado se convierte en eso, en un mono con escopeta (o con navaja, como más le guste decir al atento lector), porque con el arma que otros le ponen entre manos hará daño al conjunto y se hará daño a sí mismo.

Ahora bien, ¿de dónde sale todo esto? ¿Qué es esa fuerza tan poderosa, aunque absolutamente abstracta, con capacidad de separar de la realidad concreta la conciencia de individuos que nunca van a poseer nada más que su propia fuerza de trabajo? Por lo que puede observarse en un análisis rápido, más allá de la acción clásica de los medios de difusión privados que difunden la ideología de los ricos, han proliferado en los últimos años los llamados “youtubers económicos”, unos muchachos que con un título universitario en Economía política se paran desde el lugar del “gurú” para predicar sobre la organización social, de la producción y la política en general. Lo que al parecer tienen en común todos esos “gurúes” de YouTube es un estilo cuyo aspecto, estética y discurso aparentan ser muy disruptivos para lo que se considera lo establecido. En ese sentido, los “youtubers” que adoctrinan sobre todo a los adolescentes de clase trabajadora popular o media en las consignas ideológicas del liberalismo copian la fórmula de los que hace mucho vienen haciendo lo mismo, pero “por izquierda”. Lo que ya venía haciendo el trotskismo desde hace muchas décadas —a saberlo, traficar ideología liberal envuelta en un discurso explosivo para consumo de almas fácilmente impresionables— es lo que hacen hoy los “gurúes” del liberalismo “libertario”, pero con el libre mercado reemplazando como dios y fetiche a otras libertades individuales dichas “de izquierda” como la ideología “de género”, por ejemplo. Pero es siempre tráfico de estupefacientes ideológicos para la desconexión de la realidad objetiva, el delirio místico y el desclase. En esa tradición liberal “de izquierda” abrevan los “gurúes” de YouTube que hoy “por derecha” esparcen el virus ideológico, ya que el liberalismo en sí, como se sabe, tiene una pata en cada extremo del arco jacobino.

Por su parte, Iván Carrino es uno de los insólitos “gurúes” del liberalismo “libertario” en YouTube, plataforma desde la que ha hecho muy buena fama y bastante dinero con el tráfico mayorista de estupefacientes ideológicos.

Ese es uno de los resultados de la sociedad de la opinión que las redes sociales han instituido y si el atento lector observa bien la cuestión, verá que tanto “por izquierda” como “por derecha” el objetivo siempre es el mismo: hacer pasar como programa político opiniones ideológicas que se restringen a muy pequeñas minorías sectarias ubicadas en los extremos del arco. Mientras el trotskismo y el progresismo afirman que el “populismo” es reaccionario e impide que llegue la revolución, los “libertarios” y los liberales por su parte sostienen lo mismo, pero no poniendo al “populismo” como un estorbo, sino como decadencia. Tenga el aspecto que tenga, la meta siempre es desclasar al individuo de clase trabajadora popular o media, arrastrarlo hacia un extremo y dejar que, desde allí y narcotizado por la ideología, ataque al “populismo” ya sea “por derecha” o “por izquierda”. En el caso específico que nos atañe, que es el caso de los “libertarios”, ese ataque es “por derecha” colocando la doctrina del pueblo-nación en un lugar simbólico de autoritarismo y de restricción de libertades consideradas sagradas para el dogma liberal, como la libertad de mercado, la de ir y venir, etc.

He ahí como llegan a organizarse grupos bastante numerosos de delirantes para protestar contra un “comunismo” imaginario en una coyuntura como la presente, por ejemplo, cuando a todas luces la doctrina de los pueblos que es el peronismo está tan lejos del viejo comunismo como del aún más viejo liberalismo. La fuerza del desclase y la sobreideologización es tanta, tamaña es la desconexión respecto a la realidad efectiva, que el resultado es una buena cantidad de narcotizados repitiendo consignas ideológicas trasnochadas, teorías históricamente falsadas hace ya mucho tiempo, para atacar lo nuevo que es el principio peronista de partir siempre de la realidad objetiva e ir procediendo desde allí para construir la idea, nunca al revés.

Finalmente, queda claro que la sobreideologización y el desclase resultante de ella son problemas que deben resolverse sin caer en provocaciones. Frente a la repetición de viejas consignas liberales “por derecha” y también “por izquierda” es preciso responder siempre llamando a la reflexión permanente sobre la realidad efectiva. Nunca hay que aceptar el debate en los términos propuestos por los liberales y menos aún si ese debate es con los liberales pobres, simplemente porque las premisas que estos proponen son de una ideología que ya está caduca y que además no tiene anclaje en la realidad efectiva. Pero también porque el desclasado siempre es un idiota en sentido amplio, es un idiota que se somete mansamente a la conducción de los estafadores y los traficantes de ideología. Y como diría presumiblemente el genial Mark Twain, nunca es recomendable discutir con un idiota, porque él nos hará descender a su nivel y allí nos derrotará por experiencia. La cancha embarrada solo les es conveniente a los que, sin saber jugar bien, pretenden cuidar un empate.


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