Para poner orden en el mundo, los griegos crearon una infinidad de categorías, muchas de las que hasta los días de hoy siguen siendo de utilidad. En la taxonomía de las formas de gobierno posibles que hace Platón, por ejemplo, la democracia aparece y ya como una cosa muy imperfecta, hasta peligrosa e inadecuada. Platón hace hablar a Sócrates para decir que, en la democracia, la opinión de un individuo ignorante tendía a tener el mismo valor que la opinión de un sabio y que eso no era conveniente para la organización de lo que hoy llamamos sociedad, del grupo. Allí está la muy oportuna metáfora fisiológica, en la que un paciente enfermo no reúne en asamblea a una multitud en su auxilio para votar democráticamente el mejor método de cura, sino que busca el consejo de uno solo, del que sabe más del asunto: el médico. En igual medida, cuando una sociedad está enferma o la patria está en peligro, opina el gran crítico de la democracia, no conviene confiar la solución de la enfermedad o del problema a una multitud en cuyo seno da lo mismo un burro que un gran profesor. Lo mejor ahí es recurrir a la dirección de los que saben más y eso es una sofocracia, un gobierno de los sabios, lo que equivale en estas categorías platónicas a la aristocracia, o el gobierno de los mejores.

He ahí en su origen filosófico y brevemente expuesta la idea del “gobierno de científicos” que lanzó el presidente Alberto Fernández para definir su propia gestión: en el concepto platónico del gobierno de los que saben más, de la sofocracia, un tipo de liderazgo basado en una real o supuesta autoridad intelectual y que es requerido en un momento de trance. De eso, de la percepción de que existe hoy una “tiranía” de los que se la saben lunga, como diría el que se expresa en lunfardo, salen las desopilantes ocurrencias de nuestra oposición gorila como la ya célebre “infectadura”. Claro que esa oposición y esos gorilas no se caracterizan precisamente por su erudición ni por su amor a la filosofía y por eso mismo tienden a expresar sus ideas de manera más bien brutal. La “infectadura” es eso, es una forma gorila y lógicamente brutal para decir “sofocracia” y todo eso, a su vez, es un resultado necesario de la caracterización de “gobierno de científicos” lanzada por Alberto Fernández. Pero no es el único resultado ni el más funesto. En todo lo que la conducción de un movimiento político dice con la boca o con el cuerpo también hay una respuesta o un reflejo inmediato en el comportamiento de los subalternos en dicho movimiento.

Cuando en su discurso el presidente opta por correr del centro de la discusión a los siempre cuestionables dirigentes políticos y los reemplaza por los científicos, lo que les está informando a los militantes en ese acto es que a partir de allí se constituye un liderazgo de tipo intelectual. Y aún más: que esa conducción está en manos de una intelectualidad que no debe ser objetada, pues es poseedora de una modalidad de inteligencia que desde el advenimiento de la modernidad se asemeja a la verdad absoluta. La consecuencia de esa información es que nuestra militancia —ya de por sí con tendencia a la soberbia, a raíz de su convicción jacobina, pero fundada, de que su proyecto político es el mejor disponible en el mercado— va a comportarse frente a los civiles no militantes de un modo tal que la consecuencia será la enajenación del favor de esos civiles. En otras palabras, cuando a la militancia se le dice que está en poder de un argumento irrefutable por cualquier individuo que no sea científico, la militancia hará de eso dos cosas. Primero se abstendrá ella misma de cuestionar dicho argumento, puesto que la opinión científica no es una opinión, sino lo más cercano a la verdad revelada. Y luego rechazará de plano y sin mucho diálogo toda expresión de disconformidad por parte de los civiles que represente una contradicción a esa verdad revelada. Gobierna la ciencia, gobiernan los que saben más y los que no saben deben callar y hacer caso.

No habría ningún problema en ello si la sofocracia pudiera en los días de hoy sostenerse más allá de la opinión de los civiles no militantes, pero eso no pasa. En realidad, son esos civiles los que con su voto deciden todas las elecciones en un escenario clásico de tres tercios en el que en cada extremo hay alrededor de un 30% ya convencido ideológicamente de lo suyo y ninguno de los extremos es capaz por sí solo de ganar las elecciones. A cada dos y cuatro años, esos extremos deben persuadir a los que están justo en el medio y obtener su favor en forma de voto para formar la mayoría necesaria y ganar, no hay otra forma. Y en esa lucha permanente por el voto de los llamados “ni-ni” aparece la militancia “de este lado” empoderada en un argumento no refutable y destilando soberbia. Pero también aparece su contraparte, representada en dirigentes como Miguel Ángel Pichetto, que capitalizan sobre eso al decir que en efecto se trata de una “infectadura” porque gracias a la pandemia gobierna un médico y no el presidente electo para gobernar. En el medio, en lugar de los “ni-ni”, los expulsados por una militancia envalentonada de un lado se van corriendo a buscar refugio en el extremo que ofrece una explicación más o menos plausible del hecho. El que tenga una disconformidad —la que fuere, real o ideológica, es lo mismo para el caso— y reciba de una parte por toda respuesta el argumento de “quedate en casa, no pongas en peligro al grupo queriendo saber más que los científicos” naturalmente se va a frustrar, se va a alejar del extremo que se comporta así y se va a acercar al extremo opuesto, donde están los Pichetto, las María Eugenia Vidal y las Patricia Bullrich, entre otros. Todos más oportunistas que centrodelantero en el área y denunciando que gobierna de facto un vulgar médico y que eso, como se sabe, es una “infectadura”.

La ciencia al poder

Esos son movimientos naturales de la política que no requieren mucha más explicación. El que haya estado simpatizando o militando por el proyecto nacional-popular en las elecciones del año 2015 recordará muy bien cómo los nuestros, convencidos de que un triunfo de Mauricio Macri sería nefasto para el país, cortaron de cuajo cualquier posibilidad de diálogo con los civiles no militantes que entonces tenían alguna disconformidad puntual respecto al gobierno de Cristina Fernández que estaba finalizando. Lo que pasó ahí fue una clásica sobreideologización y una pérdida de contacto de los nuestros con los “ni-ni” que terminó empujando a muchos de estos hacia el otro extremo, derechito a los brazos de Macri. En parte también por eso perdimos las elecciones ese año y los temores se confirmaron: Mauricio Macri llevó a cabo un monumental saqueo y la Argentina es hoy un país que ha retrocedido varios casilleros respecto a la situación existente en diciembre de 2015.

Perdimos de vista entonces el hecho de que las elecciones se ganan con mayoría de votos y que los votos necesarios para formar esa mayoría no estaban todos de antemano en el canasto de ninguna de las dos parcialidades en pugna. Había que ir a buscarlos entre los “ni-ni”, había que hacer política ganándose otra vez el favor de los que nunca se definen del todo por uno u otro proyecto político. Algo de eso empieza a pasar hoy otra vez y no es difícil proyectar el movimiento hacia el futuro, ver cómo las consecuencias pueden impactar en las elecciones de medio término del año que viene y, más importante aún, en las generales del año 2023. Una militancia sobreideologizada va a tender necesariamente a encontrar más rechazo entre los “ni-ni”, que de ideología ni fa ni fu. En consecuencia, a medida que ese rechazo vaya en aumento, en vez de enmendar el error y abrir canales alternativos de diálogo con los civiles, la militancia tiende a cerrarse cada vez más sobre sí misma, a hacerse cada vez más endogámica en su búsqueda por lugares seguros, lugares libres de molestos cuestionamientos. Ese es el famoso microclima militante que resulta de la necesidad natural de contención en un entorno hostil.

Ahora bien, ¿por qué? ¿Por qué el cuestionamiento se percibe como algo hostil por los que, al menos en teoría, tendrían que estar preparados para dar respuestas a esos cuestionamientos? En principio porque no consideramos que los cuestionamientos a nuestro proyecto político sean válidos. Pero no tanto porque nuestro proyecto sea perfecto, no lo es. Nuestro proyecto político es perfectible y tenemos plena conciencia de ello. La cuestión es que el proyecto opuesto —que es el de la fuerza brutal de los gorilas antipatria y antipueblo— es directamente inviable. Como sabemos eso, sabemos que la alternativa no es realmente una alternativa, automáticamente descalificamos los cuestionamientos porque consideramos un delirio la posibilidad de volver a optar por un proyecto de colonia que destruyó la Argentina cada vez que se hizo del poder en el Estado, ya sea por el voto o por el golpe. “¿Por qué tengo que discutir con un globo?”, se preguntan los nuestros. “No puede ser que sean tan tarados a punto de votar a Macri de nuevo”.

A eso se le suma lo que para nosotros es una obviedad: Mauricio Macri y sus gorilas chocaron la calesita, como dice el buen sentido popular. Y la chocaron hace muy poquito, eso está bien fresco en la memoria. Sí, pero quizá solo en nuestra memoria. Lo que para nosotros es obvio es que Macri o cualquiera de los dirigentes que forman en su espacio gorila son una especie de Fernando de la Rúa, son una opción por la que nadie nunca más puede volver a votar. Y nada de eso se verifica en la realidad cuando llega la hora de contar los porotos: lo cierto es que ya para el 2021 la alianza gorila volverá a aparecer con un nuevo nombre de fantasía, muchos colores, bailes sobre el escenario y, lógicamente, globos. Y otra vez obtendrá millones de votos en todo el país. Así es la política y si desde este extremo ideológico no hacemos lo necesario para formar los consensos y la mayoría para ganar, esos millones de votos van a ser suficientes para que el gorila gane otra vez y vuelva a tener el poder político en el Estado para finalizar la obra de destrucción de Macri, que quedó trunca por el triunfo del peronismo en el 2019.

Entonces estamos convencidos de que “a Macri no lo votan ni los parientes” y estamos equivocados. Pero hay más. A la convicción de que nuestro proyecto es mejor porque la opción no es viable y a la certeza de que los gorilas pusieron el país de sombrero se les suma ahora otra certeza ideológica, la que al principio de este texto describíamos: el nuestro es un “gobierno de científicos”, es una sofocracia y es la conducción de los que entre nosotros saben más. Es la ciencia al poder. ¿Quién podrá cuestionar eso y ponderar el voto a un Macri, a una Vidal o a una Bullrich? ¿Se imaginan lo que sería la Argentina frente a la pandemia del coronavirus si Macri hubiera ganado las elecciones del 2019?

De todas las certezas ideológicas esta última es lógicamente la más nueva y es también la que con más fuerza nos va a empujar hacia la endogamia del microclima militante. ¿Por qué? Porque es lo obvio ululante, al menos para nosotros: existe una amenaza real a la salud pública y frente a esa amenaza se impone la necesidad de un “gobierno de científicos”. No pueden gobernar esta crisis los “globos” que bailan sobre el escenario y se la pasan durmiendo sobre una reposera y, en realidad, no la puede gobernar nadie que no sea científico. “¡Todo el poder a los laboratorios y a los tubos de ensayo!”, gritaría un hipotético Lenin frente al escenario actual. ¿Quién podría dudar de ello? Es esa obviedad tan grande, tan potente para nosotros, la que no puede ser objetada y que nos hace reaccionar con furia cuando algún “anticuarentena, antivacunas, terraplanista, estúpido, etc.” plantea alguna disconformidad o disidencia. ¿Acaso son idiotas y no entienden que si salen van a contagiarse, van a matar a otros y van a morir?

No hay debate posible. Ya no lo había cuando nuestras certezas ideológicas eran solo las de la inviabilidad del proyecto político alternativo al nuestro y del hecho de que los gorilas saquearon y dejaron destruido el país, menos que menos habrá posibilidad de debatir ahora que nos han empoderado en una verdad científica. Véase bien, ya no es solo la convicción netamente política de tener el mejor proyecto hasta por descarte y de que el otro se fue prácticamente corrido del gobierno. No, no. Ahora nuestra verdad es científica y nadie está dispuesto a discutir eso, ni ahora ni nunca.

Verdades reveladas

La ciencia no se discute. O, mejor dicho, no la discutimos los que no somos científicos y eso se asemeja muchísimo, tanto en la forma como en el fondo, a un oráculo de sabios desde el que baja la verdad en forma de revelación. Un científico presenta una hipótesis argumentada en un lenguaje no accesible para los mortales, la camarilla de científicos analiza la argumentación y, si una determinada cantidad de ellos considera que está bien, la hipótesis es aceptada por la comunidad. Así es cómo funciona lo que llamamos “ciencia” y no podría ser de otra forma. ¿Cómo podrían someter sus argumentaciones a la opinión de gente que no está calificada para comprender de qué se trata? No podrían, lógicamente. La ciencia es un asunto de los científicos como lo es el arte de los artistas o el golf de los golfistas, si se quiere. Son campos, como diría Pierre Bourdieu. Eso siempre funcionó así, nunca va a funcionar de otra forma. Y entonces está bien, no hay realmente ningún problema en ello.

El problema empieza cuando la opinión emitida por un campo determinado se quiere generalizar en la sociedad en la forma de política. O, mejor dicho, cuando la opinión de ese campo no está conjugada con la opinión de los demás campos que forman el vasto, vastísimo entramado social. La articulación de ese entramado es el trabajo de la especialidad general de todas las especialidades: la política. Por lo tanto, queda en evidencia que una cosa tal como un “gobierno de científicos” es tan indeseable en términos democráticos —en los términos del objeto de la crítica platónica, antidemocrática— como podría ser, por ejemplo, un gobierno de artistas o de golfistas. No es ninguno de los campos el más idóneo para asumir la conducción de una sociedad que es mucho más vasta que cualquiera de esos campos, cuyos intereses exceden muchísimo el interés particular de cada uno de los campos. El gobierno siempre es un gobierno de los dirigentes políticos, de los que están preparados para articular entre todos los campos, entre todos los sectores y además para comunicar correctamente esa articulación de una forma que todos puedan comprenderla.

Hasta ahí el asunto del “gobierno de científicos” que, como se ve, es una quimera. Eso no es más que una consigna cuya utilidad se limita a una coyuntura muy puntual: la de una pandemia como la del coronavirus. Hay una pandemia, una amenaza a la salud general. Y la mejor solución para alejar esa amenaza es la ciencia, puesto que la ciencia es la investigación necesaria para dar con la cura a la enfermedad pandémica. Ergo, no hay nada más conveniente para el grupo que un “gobierno de científicos”, una sofocracia que también es una aristocracia, una dirección puesta en las manos de los mejores.

Nadie puede dudar de eso, pero eso tiene un límite: la limitación de la ciencia para dar respuesta sobre las problemáticas de otros campos y sectores de la sociedad. Como decíamos, una sociedad es una cosa muy heterogénea, no se reduce a la prédica ni a los intereses particulares de ninguno de los sectores de los que ella misma, la sociedad, está compuesta. Concretamente, cuando los científicos dicen —correctamente, hasta donde sabemos— que es hora de guardarse en casa para evitar que haya un contagio masivo de la enfermedad pandémica, no dicen qué hay que hacer, por ejemplo, con la economía de los que se van a guardar en casa. Y eso es lógico, porque un médico no va a decir una palabra sobre economía, no es su campo. Un médico va a decir una palabra sobre medicina y se supone que la diga bien. Pero no alcanza. Además del médico y del científico, tienen que decir una palabra el economista, el abogado, el contador, el sociólogo, el ferretero, el aguatero, el trabajador autónomo, el obrero y, en fin, todos los que están en sociedad. Todos tienen que decir su palabra y es trabajo de la política articular esa palabra para que todos los sectores de la sociedad vean satisfecha su demanda y la sociedad funcione. El que dice la palabra final, siempre, como síntesis de la palabra de todos los demás es el dirigente político, cuya función es la función general de dirección intelectual y moral de la sociedad, sea cual fuere su forma de gobierno.

Todos los sectores tienen su verdad revelada. Si se le pregunta al gremio de la construcción qué hay que hacer, ese gremio dirá que es necesaria la obra, pública y privada. Y es así, la obra es necesaria en una sociedad. El asunto es que para la realización de la obra tienen que funcionar muchas otras cosas que no están en la órbita de la construcción. Y entonces un gobierno de los albañiles y los maestros mayores de obra también sería una quimera, aun cuando el contexto fuera el de un país recién bombardeado que necesita reconstruirse. Alemania no salió de las ruinas de los bombardeos de la II Guerra Mundial con un gobierno de albañiles. Salió con un gobierno de políticos que articularon las múltiples demandas de la sociedad, entre las que estaba la construcción civil.

El saber “técnico” inobjetable

Pero el asunto del “gobierno de científicos” sigue siendo fuerte, principalmente por la coyuntura de amenaza a la salud general. Y sigue siendo fuerte porque el sentido común les atribuye a los científicos un saber técnico inobjetable. Cuando el científico habla nadie discute, fundamentalmente porque nadie entiende muy bien lo que el científico dice y entonces lo mejor es hacer caso. Ese es el saber técnico inobjetable desde el punto de vista de los que no lo tenemos: una cosa inasible, grave, envuelta en un manto de seriedad que no admite la discusión. Y veremos que ese saber técnico inobjetable —siempre en la percepción del sentido común, claro, porque todo es objetable si el que objeta sabe de qué se está hablando— no es propiedad exclusiva de los científicos del laboratorio y el tubo de ensayo. Hay muchos otros científicos que disimulan su opinión particular en un manto de saber técnico inobjetable justamente para que no se les discuta lo que dicen.

Durante los años 1990 y hasta entrados los años 2000, en la Argentina debieron imponerse las políticas neoliberales que el Consenso de Washington exigía. Caído el Muro de Berlín, disuelta la Unión Soviética y habiendo triunfado la hegemonía unipolar de los Estados Unidos, el Consenso de Washington era un mandato para todos los dirigentes políticos de América, no había forma de decirle que no al no haber alternativa. No estaba ya la URSS como polo opuesto para equilibrar la balanza de la geopolítica y limitar el poder de Occidente. Entonces había que hacer lo que Occidente quería, pero había un problema: ¿Cómo explicarles eso a las sociedades sin que nadie se retobara? ¿Cómo implementar políticas neoliberales, a todas luces ruinosas para las mayorías, sin que nadie objete esa implementación y el fundamento de esas políticas?

Pues haciéndolas pasar por saber técnico inobjetable y así nace en los años 1990, aquí en la Argentina, por ejemplo, el “gobierno de los economistas”. Estos economistas no se presentaban frente a la sociedad como dirigentes políticos a los que se les puede discutir, sino como técnicos cuyo saber solo podía ser discutido por otros técnicos. Los economistas entonces no hacían política: lo que hacían era poner en práctica un saber técnico inobjetable y expresado en un lenguaje que ningún no economista podía entender del todo. Así fue cómo el argentino se acostó y aceptó que Domingo Cavallo llevara a cabo la totalidad del proyecto político dictado por el Consenso de Washington. “Cavallo es un tipo que sabe mucho de economía y sabe lo que hace”, decíamos en esa época. Y los resultados están a la vista.

Pero son patrañas. Cavallo nunca habló desde el lugar del saber técnico inobjetable, simplemente porque eso no existe. Todo es objetable si se le conoce la naturaleza a la cosa. Cavallo habló siempre desde la opinión, siempre desde el lugar de la política. Domingo Felipe Cavallo fue un dirigente político al que se le encargó la aplicación de las políticas neoliberales de un pacto firmado muy lejos de acá. Cavallo fue un político, eso son los que asumen la dirección del gobierno formal o informalmente, porque el gobierno siempre es eso, un gobierno de dirigentes políticos.

Hoy, después de la catástrofe del 2001 y la caída en desgracia de los economistas “técnicos”, a los que se les cayó la máscara, los técnicos inobjetables son los científicos. Las innumerables demandas de los sectores sociales quedan enterradas bajo la sentencia magistral de los que tienen ese saber técnico inobjetable y no son, por esa razón, objetados. Si alguien se atreve a decir en la Argentina o en cualquier país cuya media de educación sea más bien alta que la ciencia no es más que una opinión entre muchas otras y que una sociedad no puede dirigirse por una sola opinión particular, ese atrevido será atacado con furia por la turba cientificista, que será muy adicta al saber y al conocimiento, pero no se priva de utilizar métodos “bárbaros” o “medievales” de linchamiento público cuando alguien se atreve a cuestionar la existencia de ese dios moderno que es la ciencia. Entonces nadie dice nada y la ciencia va al poder, para aplicar desde allí lo que considera correcto y ciertamente lo es, aunque también es absolutamente insuficiente para la organización social.

Es preciso decirlo: los científicos, como los economistas, son unos tipos muy especiales. Raros, diríamos en el barrio. Son gente que no pertenece a la media social y fundamentalmente que no tiene lo que se llama los pies sobre la tierra en materia de arraigo en la realidad cotidiana. El elemento del científico es el laboratorio y eso es el éter, el científico es “inmundo” en el sentido estricto etimológico de la palabra: no tiene mundo, no tiene calle, no está conectado con el barro social y no está, por lo tanto, preparado para gobernar. El que sí está preparado es el dirigente político, pues funda toda su construcción en lo que llamamos las bases, la gente de carne y hueso que vive, sufre y goza en humanidad real. Y cuyas demandas, a los ojos de un científico, van a aparecer siempre como irracionales.

La cultura occidental hace mucho detectó ese carácter especial de los científicos. La figura del “científico loco” es ya todo un clásico de esa cultura prácticamente desde la revolución burguesa, industrial, desde el surgimiento del personaje del Dr. Frankenstein en la obra de Mary Shelley. A partir de eso, en Occidente supieron lo que nosotros sabemos hoy de los economistas: que son gente especial, rara en todo sentido. Y que de ninguna manera es apta para conducir los destinos de todos los demás. Aquí en la Argentina, no obstante, ese asunto es todavía un tabú y la figura del “científico loco” como caricatura del que vive entre tubos de ensayo, cobayos y tablas periódicas no solo no existe, sino que está prohibida. Es el brazo largo del sarmientismo que impone la obligatoriedad de reverenciar al que sabe. Al que más sabe no se lo puede caricaturizar y mucho menos se le puede discutir. Sabe como sabían los que en la premodernidad podían leer y monopolizaban la palabra del Todopoderoso expresada en la Biblia. El científico hoy es eso, es el sacerdote de una fe ideológica muy moderna, la fe positivista en la ciencia que —en el decir de Nietzsche— mató a Dios para que el hombre llegara al conocimiento. “Dios ha muerto” entonces cuando llegamos a la ciencia, aunque el resultado final fue que la ciencia quedó restringida en manos de una minoría segregada de la realidad social y entonces lo único que hizo la modernidad fue reemplazar el Dios celestial por el dios ciencia, cuya fe ideológica es el orden y es el progreso y los sacerdotes son los científicos.

No hay ningún problema en ello, la humanidad necesita fe para subsistir y la modernidad no pasó por alto ese detalle. El problema sería si nos dejáramos gobernar por la fe y si, en consecuencia, intentáramos conducir al pueblo con la consigna de “lo dicen los que saben, hay que hacer caso y no hay que discutir”. Muy mal nos iría así y no, eso no es un gobierno. La cuestión de gobernar, como diría un gran patriota y un gran peronista como Rodolfo Kusch, “no radica en mandar, sino en escuchar al que recibe las órdenes. Por eso ante la crisis no caben las soluciones elaboradas minuciosamente por los estudiosos en nombre de un racionalismo de estudiante recién recibido, sino que es preciso entroncar con alguna constante. Y en América no hay otra constante que la de su pueblo. La base de nuestra razón de ser está en el subsuelo social. Es lo que demuestra el peronismo y este, a su vez, es la consecuencia de una verdad que América viene arrastrando a través de toda su historia. Fue la verdad que alentaba detrás del Inca Atahualpa y es la que sigue palpitando, aun hoy, después de la muerte de Perón. Contra esa constante que es el pueblo, se estrellan las izquierdas y las derechas y los centros”.

Y se estrellan las torres de marfil, por cierto. Es conveniente hacer política escuchando al subalterno, que es el soberano, para atender puntualmente sus demandas. Si el gobierno no hace eso y no conjuga rápidamente las soluciones elaboradas minuciosamente por los estudiosos con la demanda del subsuelo social, entonces es solo cuestión de tiempo para que la idea de la “infectadura” prenda en el pueblo y seamos derrotados una vez más por la soberbia. Una vez más la cuestión se reduce a autocrítica o derrota, a humildad o soberbia. Una vez más.


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