El título de este modesto artículo, se ve a simple vista, aparece como una ironía. Y también como una referencia a una serie de televisión estadounidense que fue muy consumida en estos pagos. En dicha serie, todo giraba alrededor de Raymond, el personaje principal: para bien o para mal, todo tenía que ver con Raymond. Todos amaban a Raymond.

El crimen de un ciudadano negro de los Estados Unidos a manos de la policía desató la locura, pero no solo en los Estados Unidos, país en el que ese crimen es un asunto interno de los que quizá sirven para poner al descubierto las estructuras sociales existentes y poco más que eso. El crimen de George Floyd ha enloquecido a muchos por todo el mundo, sobre todo en países culturalmente muy dependientes de Occidente en general y de los Estados Unidos en particular como el nuestro. Aquí no se habla de otra cosa que no sea de George Floyd.

Pero en realidad nadie habla de George Floyd, quien hace hasta unas pocas horas era un desconocido y ahora está muerto. Floyd es la excusa para hablar del que todos aman, cada cual a su manera: Donald Trump. Es para hablar de Trump y hacer decir a Trump aquello que le conviene a cada sector en particular que traen a colación a George Floyd. El problema acá es hacer de Trump algo que sirva tanto para un barrido como para un fregado y que sirva, fundamentalmente, para tapar en el plano local unos baches que de otra manera serían muy difíciles de tapar.

Rápido de reflejos, el globalismo ya convirtió George Floyd en un ícono, inundando la cultura con su imagen. El argumento es poderoso porque la muerte de Floyd es la injusticia universal por antonomasia y es prácticamente imposible no distraerse uno de la agenda propia cuando el poder mediático marca la agenda global con un signo tan potente. Así es cómo la “izquierda” y la “derecha” siguen manteniéndose con vida a más de 30 años de la caída de su esquema político hegemónico: arrastrando la discusión hacia su campo con movidas como esta.

Es harto sabido a esta altura del partido que la política tal como la pensaron los burgueses revolucionarios de Francia está agotada. “La revolución francesa ha muerto”, decía un François Furet pocos días antes de la caída del Muro de Berlín y del bicentenario de esa revolución que en 1789 con la caída de la Bastilla había inaugurado simbólicamente la modernidad. Furet dijo eso sin el diario del lunes, lo dijo en pleno calor de los acontecimientos y por eso su mérito es doble. François Furet dijo que la política de la revolución burguesa se había agotado y de ello se desprende que con ella se agotan todas sus lógicas, entre ellas la lógica de ordenamiento espacial de “izquierda” a “derecha”. Todo lo que sucedió después de los dichos de Furet fue tan solo una simulación de modernidad.

Entonces la “derecha” y la “izquierda” como lugares políticos reales están agotadas, ya no pueden debatir. Lo único que les queda para seguir simulando vigencia es polemizar la una con la otra, mutuamente y dentro de un termo ideológico, sobre asuntos que nada tienen que ver con la política en un sentido de ordenamiento social. La “izquierda” y la “derecha” ahora y desde 1989 no hacen otra cosa que repasar todo el catálogo histórico para revisar las categorías modernas y pelearse sobre ellas. Así es cómo la “izquierda” acusa de fascistas a los de la “derecha” y estos responden acusando a sus hermanos gemelos de comunistas, en un mundo en el que comunistas y fascistas ya son piezas de museo.

¿Por qué la “izquierda” y la “derecha” hacen eso en vez de poner en discusión las problemáticas reales y actuales en cada uno de los países? Porque existen así, entre comillas nada más. Al no tener proyectos políticos viables, al haber fracasado tanto el liberalismo como el socialismo, la “izquierda” y la “derecha” son simulaciones, son fantasmas que existen entre comillas y no tienen nada para ofrecerle a la política. Y por eso, para demorar su hundimiento dialéctico —proceso descrito ya en Hegel y en el propio Marx—, se sirven la una de la otra para hacerse la oposición mutua discutiendo la irrealidad.

François Furet anunció el agotamiento de la revolución burguesa de Occidente pocas semanas antes de la destrucción de un símbolo de dicho esquema: la caída del Muro de Berlín, que pondría fin a la modernidad en la política y a la pugna entre “derecha” e “izquierda” al declararse la quiebra ideológica de esta.

La “izquierda” ama al comunismo y la “derecha” ama al fascismo, pero también lo opuesto es verdadero. Nadie habla más de “fachos” que un zurdo y no hay diestro que, en cada diez palabras que emita, no hable del comunismo hasta como muletilla. La “izquierda” ama al fascismo y la “derecha” ama al comunismo. No podría ser de otra forma: al haberse agotado los argumentos, lo único que les queda para argumentar es el peligro que supuestamente representaría el otro. Dependen de que ese peligro siga vigente en la cultura para existir. La “derecha” ama a la “izquierda”, la “izquierda” ama a la “derecha” y todos aman, como veremos a continuación, a Donald Trump.

Fetiches

Es que cuando la argumentación escasea y no hay ideas nuevas para modificar la realidad social, la única solución pasa por desempolvar el archivo. La “izquierda” y la “derecha” hoy son como esos clubes de fútbol muy tradicionales que hace décadas no ganan un campeonato. Lo único que pueden hacer para seguir vigentes y seguir siendo grandes es hablar de viejas glorias del pasado, como de esa copa que ganaron cuando los partidos se veían en blanco y negro y esa vuelta olímpica que nadie vio, porque todavía se escuchaba por radio. Pero los partidos se siguen jugando y nuevos jugadores siguen apareciendo. Y lo único que les queda a los que hace mucho no salen campeones es tomar la imagen de esos jugadores y ver en ella la imagen de viejos ídolos del pasado.

La “izquierda” y la “derecha” hacen eso, hacen fetichismo de lo nuevo tratando de homologarlo con lo viejo, que para ellos —los que ya están viejos, muy viejos— fue la gloria. Es así como cada arquero nuevo debe ser parecido a un Antonio Roma o a un Amadeo Carrizo, todo volante debe tener la elegancia de un Roberto Perfumo o la magia de un Ricardo Bochini y todo delantero debe tener la furia goleadora de un Arsenio Erico, el paraguayo que maravilló en el fútbol argentino. Nada es nuevo, todo es una repetición infinita de un pasado que no puede terminar, porque si termina mueren los que del pasado viven.

Los grupos de “izquierda” caracterizados como “feministas” y “antifascistas”, aquí haciendo un acto simbólico frente a un muñeco de cera de Donald Trump. La “izquierda” necesita a Trump para corroborar la “hipótesis del mal”, que es la de la existencia del fascismo. Si el fascismo existe, entonces debe existir el antifascismo y ahí está el negocio de la “izquierda” en el tráfico mayorista de ese poderoso estupefaciente que puede ser la ideología.

Eso es lo que hacen tanto la “derecha” como la “izquierda” con todos los dirigentes políticos del presente: los colocan en las categorías del pasado. Así Jair Bolsonaro es un “fascista” y Angela Merkel, por otra parte, es “liberal”. Alberto Fernández tiene que ser “comunista” y Cristina Fernández puede ser todo eso a la vez, según el gusto del cliente. Y entonces cuando los Estados Unidos estallan en furia por el crimen de un negro en la brutalidad policial y Donald Trump entra a jugar, a Trump lo van a usar para desempolvar todas las categorías del pasado y mantenerlas así vigentes.

¿Trump avisa que va a enviar al Ejército a reprimir las protestas callejeras si los gobernadores y los intendentes no controlan sus territorios? Pues no hay mejor oportunidad que esa para que la “izquierda” reflote el objeto fetichista de su amor, que es el fascismo. Trump va a ser un “fascista” y, al haber fascismo en el mundo, lógicamente deben estar los “antifascistas”, que son los comunistas. Naturalmente.

Los “antifascistas” son conocidos por estar presentes allí donde el poder global haya armado alguna insurgencia contra un gobierno legítimamente constituido. Aquí se los ve junto a los “rebeldes” sirios, haciéndole la guerra a Bashar Al-Assad.

La “derecha”, por su parte, hace lo mismo y descubre en los llamados “antifascistas” la expresión del comunismo, por lo que la “derecha”, de pronto, recobra vigencia al resucitar su enemigo histórico. Y es siempre una utilización, siempre es una simulación y es un eterno llevarse agua para su molino por parte de los que ya tienen el molino clausurado hace tiempo. Todos aman a Trump porque Trump permite desplegar las categorías viejas de un tiempo viejo, aunque Trump sea lo nuevo en un tiempo nuevo. Si Trump fuera lo viejo no habría ganado las elecciones: estaría junto a la “derecha” y la “izquierda” recordando viejas vueltas olímpicas.

Pero ahí no está, sino que está gobernando y aplicando todas y cada una de las normas maquiavélicas —las que nunca pierden vigencia, porque se refieren a la naturaleza misma de la política y a la naturaleza del hombre en sociedad— para convertir un estallido social en una grieta y sobre esa grieta construir su reelección. Los “periodistas” en los canales y en las radios no lo ven, piensan que ahí hay “crisis terminal”, pero en la grieta del orden o el desorden Trump está dejando pegados a todos los gobernadores y les está mostrando a los estadounidenses que en esa grieta él es el orden.

Implicaciones

Todos aman a Donald Trump, pero lo aman mucho más los que dicen odiarlo, puesto que no pueden parar de hablar de él. Sin cuidado de ello, Trump se desmarca de su fan club marginal y no se pone la casaca del fascismo, del liberalismo ni del comunismo. Eso ya pasó y Trump lo sabe. Trump se dirige al corazón del sentido común de su pueblo-nación con el mensaje que el pueblo-nación entiende porque le es propio: el mensaje del nacionalismo. Trump es eso, es un nacionalista en un mundo donde solo el concepto de nación podrá terminar con la orgía ideológica moderna que puso al mundo en bancarrota.

Donald Trump es lo que los peronistas vamos a llamar, en el decir de Guillermo Moreno, un nacionalista de exclusión. Es un líder que va a poner bien alta en el cielo la bandera de los Estados Unidos luego de que los “demócratas” y también los “republicanos” la hayan entregado al globalismo apátrida y la hayan arrastrado por todo el barro. Trump va a poner esa bandera bien alta en el cielo, pero excluyendo en el proceso a un cuarto de la población yanqui. Los ricos van a seguir siendo tan ricos como siempre y la burguesía nacional y los trabajadores con un mínimo de calificación se van a beneficiar de la relocalización de la industria al territorio del país. Y el 25% restante, que es el lumpenproletariado escasamente calificado y educado, va a ser invisible en la marginalidad total.

Eso es el nacionalismo de exclusión, esa es la jugada: la grandeza de la patria para el 75% de los compatriotas. “No está mal”, dirá alguien. “Al fin y al cabo, es razonable que tres cuartos de la población de un país vivan con dignidad, es un buen número”. Pero hay una alternativa mejor, una que contempla al 100% y no va a dejar a nadie al costado del camino. Esa alternativa no es “de derecha” ni “de izquierda”, como se sabe, puesto que tanto la “derecha” como la “izquierda” ya no son. Esa alternativa es igual de nacionalista, pero es de inclusión social. La alternativa es el peronismo nacionalista popular, que con su Comunidad Organizada quiere cerrar los números de la economía con todos adentro y repartiendo la torta.

Donald Trump es la representación simbólica ideal del mal: machista, xenófobo, racista y desagradable para el paladar sensible del sentido común “progresista”, muy frecuente entre los jóvenes de nuestro país. El problema para estos jóvenes “progresistas” es que ninguno de ellos vota en los Estados Unidos: votan los estadounidenses, entre los que hay muchísimos que se sienten plenamente representados por Trump en su cultura, sobre todo en lo que se usa llamar “los Estados Unidos profundos”.

La discusión de Trump no es ni podría ser con los “antifa” que salen a prender fuego todo. Esos son solo los muñecos que Trump va a usar coyunturalmente para obtener su reelección. La discusión de Trump es con un proyecto parecido al suyo y que para el suyo es una amenaza por ser superador. Donald Trump es el enterrador de la “derecha” y de la “izquierda”, no su objeto de fetiche. Y cuando Trump termine de enterrar lo que queda de la revolución burguesa de Europa el nacionalismo de exclusión va a avanzar por todo el mundo. Ya está avanzando, expresando sus consignas en muchos países donde la “derecha” piensa que gobierna y la “izquierda” ve fascismo.

Entonces la mesa estará servida para el debate real del siglo XXI, que será entre nacionalismos. Al nacionalismo de exclusión de tipo occidental le saldrá su antítesis: el nacionalismo de inclusión de tipo hispanoamericano, argentino para ser más precisos. Trump tendrá que discutir con el peronismo, porque el peronismo va a plantear que hay un nacionalismo viable sin la necesidad de excluir a nadie. Eso será el futuro.

Muchos de los nuestros aun no lo comprendieron y se quedaron con el relato mediático de “derecha” y de “izquierda” que, vaya casualidad, ven en Trump tan solo machismo, xenofobia, racismo y sectarismo religioso. Muchos de los nuestros siguen tratando de hacer entrar a Trump en las viejas categorías históricas que proponen los fantasmones ideológicos por ambos flancos y todavía no lo comprendieron, pero Trump tiene la llave de lo nuevo. Al enfrentarse a las élites globales, Trump ataca al corazón del sistema del que aquí en la Argentina nuestra oligarquía sigue dependiendo para sostenerse en el lugar de clase dominante. Trump ataca a la oligarquía global, de la que nuestra oligarquía criolla es dependiente en la función colonial que ellos asignaron a nuestro país. Caído ese sistema, caen los que en el plano local lo sostenían y sacaban tajada.

No vale pensar en Trump como un Hitler ni nada parecido. Si vamos a hacer una caracterización histórica en serio, sin querer llevar agua para el molino de nadie, hay que hacerla bien. De un modo práctico, geopolítico, Donald Trump solo nos interesa en un sentido. A los argentinos no aculturados y no dependientes culturalmente de los Estados Unidos poco nos importa lo que haga o no haga Trump de su política interna. Poco y nada. Trump nos puede interesar por esto y solo por esto: porque puede llegar a tener en la historia del equilibrio mundial un rol parecido al de Napoleón Bonaparte. Cuando Napoleón invadió España a principios del siglo XIX y destronó a Fernando VII, el resultado o la consecuencia —ciertamente no prevista y mucho menos deseada por Napoleón— de eso para nosotros fue que aquí se dieron las condiciones para que los criollos patriotas avanzaran sobre el virrey Cisneros y empezaran a hacer nuestra independencia. Debilitado el poder del que Cisneros era subalterno, quedó al descubierto el propio Cisneros y allí empieza, un tanto tímida al principio, nuestra historia como país independiente. Pero empieza.

Napoleón Bonaparte, un hijo de la revolución burguesa, avanzó por toda Europa imponiendo el imperialismo francés en forma de “liberación burguesa” y “republicana”. En una de sus movidas, sacó de circulación al rey Fernando VII y posibilitó de rebote que aquí nuestros criollos hicieran su propia revolución.

Si Trump hace la de Bonaparte y avanza sobre el poder del que nuestra clase dominante es subalterna, si destruye a la oligarquía global que sostiene a nuestra oligarquía local como un satélite, podrán estar dadas las condiciones para que los criollos patriotas de hoy avancemos sobre el virreinato. La oligarquía global es el globalismo que se materializa en las corporaciones y en los organismos internacionales, a los que Trump les ha declarado la guerra. Esa es la corona y nuestra oligarquía es el virreinato, ahí está la verdadera similitud, muy alejada de las caracterizaciones fantasmales que hacen la “izquierda” y la “derecha” para seguir con su simulación moderna en plena posmodernidad.

No es cuestión de simpatizar o no con Donald Trump, no nos corresponde ninguna de las dos opciones. Trump es el presidente de un país que no es el nuestro, no podemos opinar ni bien ni mal de él por lo que él haga respecto a la política interna de los Estados Unidos. A Donald Trump lo votan los estadounidenses y si estos eligen darle un nuevo mandato en noviembre, bien por ellos. Y si no, bien también. Siempre será su soberanía expresada en las urnas y nunca es asunto nuestro. Napoleón Bonaparte tampoco nos cae simpático ni desagradable, solo útil en la medida en que una de las consecuencias de sus actos terminó beneficiando nuestro proyecto de país. Al fin y al cabo, todos aman a Trump como aman a Bonaparte, sobre todo la “izquierda”, que por cierto ve “bonapartismo” en todos lados. Todos aman a Trump, sí, pero no todos en un sentido literal. Todos los que ya quedaron caducos en la política, no tienen patria y se meten en los asuntos de otros países porque en su propio país ya no existen políticamente más que fantasmas. Los que estamos en el juego queriendo dar la vuelta olímpica en HD esperamos de Trump que puertas afuera cace el ratón del globalismo apátrida que hoy nos tiene bajo la bota con sus FMI, sus OMS, sus Open Society y demás arietes del poder real y mundial. Lo que los argentinos amamos es la Argentina y solo nos metemos con nuestros asuntos, aprovechando las coyunturas favorables cuando estas se presentan en la forma de consecuencia.


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