Seis meses. Tan solo seis meses han pasado desde que empezó el gobierno del Frente de Todos, asumiendo primero como herencia un país saqueado y luego el desafío de transitar buena parte de esos meses en la contingencia de una pandemia. Fueron apenas 184 días y, no obstante, al presidente Alberto Fernández se le están terminando tanto la luna de miel y como el periodo de gracia. Pese al grado de dificultad de gobernar en un país endeudado y económicamente paralizado, que es altísimo y bien conocido por la opinión publica en general —nadie ignora que en la Argentina hoy la cosa está “cuesta arriba”—, no parecería haber ya contemplación y empiezan a llegar múltiples demandas en simultáneo desde prácticamente todos los sectores. Y por si eso fuera poco, en el conflicto sobre la situación de la cerealera Vicentín estalló lo inesperado por muchos: una interna en el seno del mismísimo peronismo.

Es natural la angustia de los que sufrimos en carne propia los años de saqueo en el gobierno de Mauricio Macri e hicimos lo imposible para superarlo en las elecciones del año pasado. Y muchos nos preguntamos, observando la interna: “¿Por qué hay tanto problema ahora, si recién empezamos y deberíamos estar todos unidos para que no vuelva el gorila al gobierno?” La angustia se justifica en la conciencia del que comprende el peligro de una reacción blanca, siempre al acecho, en la que los mismos saqueadores de hace muy poquitos meses pueden volver envalentonados y hasta reivindicados. El peligro está en que un eventual fracaso del actual gobierno del Frente podría significar en la comprensión de muchos que Macri tenía la razón cuando decía que un triunfo de Alberto Fernández sería una debacle para la Argentina. Los que estamos “de este lado” sabemos muy bien que eso no es así, pero con saberlo nosotros no alcanza. La angustia entonces viene de la anticipación o la posibilidad de que muchos otros crean que eso es así. ¿Cómo argumentar frente a un fracaso manifiesto? ¿Cómo probar que nos dejaron un país chocado y que luego nos golpeó una pandemia y que por eso no hemos podido llevar a cabo todo lo prometido durante la campaña?

A raíz del anuncio de la expropiación de Vicentín, volvieron a aparecer los cacerolazos para reforzar en la conciencia del que está “de este lado” la idea de la fortaleza sitiada. Si hay caceroleros diciendo que no, se hace necesario que gritemos que sí y hacer de esto una nueva grieta. Esa es la única forma que los argentinos conocemos para debatir política hoy: la forma de los extremos polarizados, cada cual en su fortaleza sitiada.

He ahí la angustia de muchos hoy, que sería harina de otro costal si no estuviera en la base de una actitud tendiente a sostener la unidad a cualquier precio. Preocupados y angustiados ante la posibilidad de que vuelvan los gorilas saqueadores, muchos de nosotros suspendemos ciertos valores que en la política de lo nacional-popular genéricamente siempre han sido sagrados, como la apertura al debate de ideas. El miedo al retorno de Macri o de un gorila similar a Macri es tan poderoso que, frente al cuestionamiento de uno de los nuestros, el primer reflejo de muchos es gritarle al disidente que se calle. Estamos dispuestos hoy a sostener la unidad mediante la imposición de la opinión única y el cierre de cualquier debate. Cuando un histórico como Guillermo Moreno presenta un plan económico alternativo y cuestiona el manejo del gobierno, hay gente que ve “oposición” en eso, se asusta y se aferra a la idea de unidad para exigirle silencio. Eso es lo que está pasando ahora en nuestros cuarteles, mientras allá afuera las demandas sociales van en aumento y la economía nacional es una catástrofe.

Pero la idea de una “unidad” sostenida sobre la eliminación del disenso se basa tanto en la angustia del miedo al gorila como en la incomprensión de la naturaleza de las alianzas políticas y de la política en general, en la que la unidad tiene dos momentos: el momento de la lucha por el poder en el Estado y el momento de ejercer el poder en el Estado. Son dos momentos distintos de la política y, al no comprender eso, lo que hacemos es exigir que una unidad propia de la lucha se sostenga en el ejercicio del poder. Hemos pasado de un momento al otro sin todavía poder cambiar el chip. Y entonces vienen los problemas.

En la conciencia de muchos de los que hoy consideramos nuestros, la campaña electoral del 2019 no terminó, nunca hemos pasado al momento de discutir realmente cómo es la mejor forma de gobernar el país que nos dejaron. Y eso, en aspecto mucho más que en esencia, es similar a la actitud de los que consideramos que están en frente: entre los que apoyaron y votaron a Mauricio Macri en el 2015, los siguientes cuatro años fueron años de aceptar cualquier cosa, de no discutir nada y de acallar a los eventuales disidentes internos que surgieran. Así fue como Macri pudo sostener la fidelidad de su tropa, amenazando siempre con un indeseable retorno del llamado “kirchnerismo”. Lo que Macri hizo para poder llevar a cabo un saqueo y al mismo tiempo sostener el apoyo de los saqueados fue decirles a estos que la cosa se pondría peor si Cristina Fernández ganaba las elecciones y volvía ese “kirchnerismo” al poder político en el Estado. Con esa espada de Damocles pendiendo sobre sus cabezas, los que temían al “kirchnerismo” aceptaron mansamente y sin hacer cuestionamientos que Macri implementara la casi totalidad del proyecto político que a él le habían encomendado los poderes fácticos. La casi totalidad, sí, porque el resto del proyecto estaba reservado para ejecutarse en un segundo mandato de Macri, cosa que jamás ocurrió.

Ignacio de Loyola, el militar santificado por su lealtad al Papa y a la Iglesia católica, tan citado por Fidel Castro cuando este hacía la caracterización de Cuba como una fortaleza sitiada.

Entonces muchos de los que sufrimos el gobierno de Mauricio Macri y pusimos de nosotros para superarlo hoy estamos en esa situación, la de tener sobre nuestras cabezas la espada de Damocles del retorno del gorila al poder político en el Estado. Y por eso seguimos en campaña, seguimos exigiendo la unidad del “es con todos” que, en la práctica, es la aplicación de la máxima de San Ignacio de Loyola, tan citada por Fidel en su momento: “En una fortaleza sitiada, toda disidencia es traición”.

La estrategia de Fidel al citar a San Ignacio era clara, era la de instalar un permanente estado de sitio —real, por supuesto, no se trató nunca de una cortina de humo— frente a la amenaza de la invasión yanqui. Cuba fue siempre y sigue siendo una fortaleza sitiada, bloqueada y embargada por la fuerza brutal del imperialismo occidental. En una situación así, una situación de máxima polarización y de peligro, cualquier disidencia va a ser naturalmente traición y en Cuba la disidencia está y siempre estuvo prohibida por ley. Cuba se gobierna por un esquema de partido único que garantiza la inexistencia de disidentes y, por supuesto, la imposibilidad de que dichos disidentes operen en la política los intereses del enemigo.

Los dos momentos de la política

Así fue como los cubanos pudieron resistir a los más de sesenta años de asedio por parte del imperialismo occidental sin claudicar. Y eso es heroico, sin lugar a dudas. Pero cuando la idea de la fortaleza sitiada se traslada a un esquema que no es de partido único, la exigencia de unidad a cualquier precio se ve distorsionada y puede llegar a degenerar en una suerte de pacto hegemónico entre las fuerzas políticas dominantes con el objetivo de sostener su alternancia. Si esas fuerzas hegemónicas fueran A y B, tanto A como B ejercerían indefinidamente el poder político en el Estado en un permanente estado de sitio ideológico, siempre afirmando que la supervivencia del gobierno propio es la garantía del no retorno de un gobierno del enemigo. Y el resultado sería esa alternancia, puesto que el enemigo siempre va a volver más temprano que tarde, pero además la eliminación del debate interno tanto en A como en B. La sola perspectiva de que A pueda volver a gobernar opera como un condicionante sobre los militantes de B y estos van a tender al sostenimiento de la unidad a cualquier precio, incluso mediante la imposición de una dictadura partidaria interna.

Eso es lo que pasa y es por eso que los argentinos en general no podemos superar el momento de la lucha por el poder en el Estado y pasar al momento del ejercicio en el poder político en el Estado, que es el momento de discutir seriamente un proyecto de país en su aplicación. Estamos siempre en medio a una campaña electoral permanente, en la que apenas pasadas las elecciones ya empezamos “militar” contra el enemigo de cara a los próximos comicios y el resultado es que nunca nos ponemos a debatir entre los que ganamos las elecciones sobre la mejor manera de ejercer el poder político en el Estado, de gobernar para modificar la realidad.

El momento de la lucha por el poder en el Estado en el marco de lo que se suele llamar democracia representativa —del esquema de partidos múltiples que en Cuba, por ejemplo, no existe— es el momento de las elecciones. En dicho momento, las fuerzas en pugna luchan entre sí y a la vez tejen alianzas para ganar en la correlación de fuerzas, que en este caso es el asunto de quién tiene más voto en la urna para ganar. Entonces en el momento de la lucha por el poder en el Estado todos son amigos, esto es, uno quiere tener la mayor cantidad posible de amigos para tener la mayor cantidad posible de votos, sin fijarse mucho en el color particular de cada amigo. Esas son las alianzas, o la naturaleza de las alianzas. Es allí donde aparece el “es con todos”, con la finalidad de que seamos muchos y ganemos las elecciones, como ocurrió efectivamente en octubre del 2019.

La fortaleza ha estado sitiada en Cuba desde que triunfó en ese país la revolución. En consecuencia, toda disidencia interna se considera traición en tanto y en cuanto hay un asedio, un bloqueo y un embargo ejercidos por el imperialismo occidental, es cuestión de vida o muerte. ¿Se asemeja esa situación a la discusión al interior de una fuerza política en un esquema de democracia representativa como el nuestro?

Pasado ese primer momento de la lucha por el poder político, no obstante, empieza el segundo momento, que es el de ejercer el poder político en el Estado conquistado en las elecciones. Ese es el momento de aplicar un proyecto político precisamente mediante la implementación de políticas públicas que resultan de un programa ideológico. Véase bien: el proyecto político que va a aplicarse en el Estado es el resultado o se determina siempre por un programa ideológico, nunca por dos o varios programas ideológicos. Y aquí tenemos el primer problema, ya que para ganar las elecciones fue necesaria la composición de un frente al que vinieron a aportar fuerzas políticas con distintos programas ideológicos y ya sabiendo de antemano que el triunfo electoral será la garantía de que solo se va a aplicar el proyecto de una de las fuerzas que componen el frente. En otras palabras, para ganar las elecciones en un primer momento la cosa va a ser “con todos”, pero eso pasará a ser una quimera en lo que se refiere a cómo se va a gobernar, es decir, a qué políticas se van a aplicar al ejercer el poder en el Estado. Ahí no se puede aplicar una política que deje contentos a todos, eso es imposible. Se aplica la política del sector de la alianza que se haga con la manija.

Se supone que eso es así y que el proyecto político que va a ser predominante en un gobierno que resulta de un frente electoral será a su vez el resultante del programa ideológico de la fuerza que aporte la mayoría de votos al triunfo y que, para sostener todo lo posible la unidad en el frente, habrá un debate interno en el que las fuerzas minoritarias podrán intervenir para aportar lo suyo a la gestión de gobierno. Esto es, el proyecto político siempre es el resultado del programa ideológico de la fuerza mayoritaria, pero a las fuerzas menores se les permitirá opinar en la medida que hayan aportado al triunfo y así se construirá dialécticamente, si se quiere, el proyecto político. En una alianza coyuntural como el Frente de Todos, al menos en teoría, eso debió funcionar con el peronismo mayoritario imponiendo su programa ideológico, aportando la mayoría de los cuadros para la gestión de gobierno y ponderando puntualmente la opinión de sus socios minoritarios de distinto color ideológico a la hora de aplicar el proyecto político, pero siempre sin desviarse del programa propio, que es el programa de la doctrina peronista.

¿Ganó el peronismo?

Eso es lo que en teoría debió pasar y es lo que pasa en todos los gobiernos que resultan de un triunfo electoral de un frente en el que se agrupan los distintos con una misma finalidad central. Derrotar al saqueo oligárquico de Mauricio Macri fue esa finalidad tanto para el peronismo como para un sector del radicalismo, los socialistas, los comunistas y otras fuerzas menos expresivas de la política argentina. Por eso esas fuerzas se constituyeron en el Frente de Todos: no porque piensen igual o porque tengan el mismo programa ideológico, ni mucho menos, sino porque el objetivo central era el desplazamiento de la oligarquía del lugar de poder político en el Estado. Una vez que ese objetivo se logra y el Frente de Todos gana las elecciones, el peronismo debe asumir la administración del Estado con sus cuadros políticos y debe empezar a implementar su programa ideológico, reservando algunos espacios de gestión a sus aliados para que aporten puntualmente, pero sin modificar la tendencia general de las políticas públicas, que siempre deben ser de corte peronista.

¿Por qué? Porque el peronismo en el Frente de Todos es el que aporta la mayor cantidad de votos y podría decirse simplemente que Alberto Fernández no gana con los votos de los radicales díscolos, de los socialistas, de los “progresistas” ni de los comunistas, sino con los votos del peronismo. De haberse formado sin la concurrencia del peronismo, el Frente de Todos difícilmente podría llamarse así y probablemente no obtendría más que el 4% o el 5% de la voluntad popular expresada en las urnas, no ganaría ninguna elección. Pero ganó el Frente de Todos con la enorme mayoría de los votos peronistas en el territorio y entonces naturalmente es el peronismo quien debe asumir la conducción del poder político en el Estado.

Todos contra ellos: el Frente de Todos se formó con el objetivo de lograr esta imagen de derrota en Juntos por el Cambio y desplazar así a Mauricio Macri del poder político en el Estado. Por lo tanto, el Frente de Todos no es ni nunca se pensó como algo ideológicamente homogéneo, sino precisamente como una alianza entre distintos. Entonces es lógico que haya desacuerdos en el seno del Frente de Todos.

Entonces hay problemas porque el peronismo empieza a querer expresarse en disidencia afirmando que las políticas públicas aplicadas en los últimos seis meses no son realmente de corte peronista, esto es, que no resultan del programa ideológico contenido en la doctrina del peronismo. “El peronismo ganó las elecciones”, dicen. “Pero gobierna el progresismo aplicando su programa ideológico, aunque el progresismo no tiene ni aporta votos a ninguna construcción ganadora”. Y es más: a los peronistas que se expresan así se los tilda de “traidores” y se los acusa de hacer disidencia en una fortaleza sitiada. No solo los han desplazado de la conducción y de la gestión, sino que no se les permite decirlo, porque si lo dicen le dan de comer al enemigo y eso, en un estado de sitio permanente, es intolerable.

Hay problemas cuando una cantidad de peronistas empieza a detectar esa situación y empiezan a decir que “voté al peronismo y quiero peronismo, me lo tienen que dar”. El peronista llega a esa conclusión y empieza a gritar su verdad, tan solo para que los mismos que lo colocaron en la marginalidad y luego lo desplazaron de la gestión de gobierno tras ganar las elecciones con su voto le digan “traidor”. A todas luces se trata de una situación absurda, contradictoria, que el peronista percibe como opuesta a la realidad. Se trata de una situación en la que se sirven del voto del peronista para ganar, lo desplazan luego de la construcción y la aplicación del proyecto político y, finalmente, lo colocan en el lugar del “traidor” si el peronista se subleva contra la traición sufrida.

Guillermo Moreno, a quien cierto sector del Frente de Todos lanzó el mote de “traidor” por exigirle al gobierno que cumpla lo prometido en campaña y aplique el programa político del peronismo. Efectos de la percepción de la fortaleza sitiada: se le dice “traidor” al que exige el avance necesario para fortalecer la construcción.

No hay ningún misterio, van tan solo seis meses de gobierno y esto recién empieza, el rumbo todavía no está definido de una vez y para siempre. Si a partir de ahora el presidente Fernández decide ubicar al peronismo en los lugares claves de la gestión, desplazando de allí a los radicales y a los “progresistas” que debieron estar acompañando y no ejecutando las políticas públicas, el resultado será un peronismo total. Si el gobierno le hace caso a la fuerza política que aportó los votos para ganar las elecciones y para que ese gobierno sea eso, un gobierno, no habrá ya distorsión ni conflicto por los que tengamos que lanzar el hiriente mote de “traidor” a nadie. Cada cosa estará en su debido lugar, el peronismo estará haciendo aquello que debe hacer y las demás fuerzas minoritarias estarán acompañando, siempre habilitadas a dar su opinión libremente en la diversidad de la democracia representativa actual.

Aunque la conducción esté en manos del peronismo y se aplique el programa ideológico contenido en la doctrina del General Perón, ningún peronista sería “traidor” por expresar algún tipo de disidencia frente a la conducción. Es muy importante comprender la diferencia entre el verticalismo peronista y la obsecuencia, el seguidismo que son más bien típicos tanto de la “izquierda” como la “derecha” en su naturaleza, que es profundamente antidemocrática. El peronismo es de otra madera, es democrático en sus formas y en sus contenidos, es la democracia del pueblo-nación argentino materializada en un programa ideológico cuyo objetivo es la felicidad de ese pueblo. Si el presidente Fernández avanza hacia el peronismo total en democracia habrá paz y felicidad para el pueblo. Y, en consecuencia, no habrá más problema que el de tener a raya al enemigo gorila, el que hoy por hoy está encantado al ver que intentamos sostener nuestra unidad en base a la represión de la expresión disidente en nuestro propio seno. El enemigo sabe que eso no funciona, no le funcionó y no va a funcionar jamás. El gorila está encantado cada vez que le gritamos “traidor” al que exige peronismo total, porque eso es precisamente lo que el gorila no quiere. El gorila no quiere peronismo total ni ningún peronismo a secas porque no quiere la felicidad del pueblo argentino.


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