No es secreto para nadie más o menos avisado la verdad de que los medios construyen o son capaces de construir realidades a partir de muy poco, o directamente a partir de nada en absoluto. Una intriga, una floja hipótesis o una mínima sospecha son suficientes para hacer un relato con cierto nivel de coherencia interna y para hacer que dicho relato dure en el tiempo, que sea apto para consumirse durante semanas y meses por los millones de lectores, oyentes y telespectadores de los medios. No importan los hechos, diría Nietzsche, sino la interpretación que alguien hace de esos hechos. Ese alguien son los medios, cuya voz hegemónica tiene suficiente potencia para generalizar su interpretación de lo fáctico e instalarla como la verdad.

En ocasión del crimen de Fabián Gutiérrez en Santa Cruz y en un primer momento, los “de este lado” en la famosa “grieta” entre “kukas” y “globos” fuimos inducidos a pensar que los medios de la oligarquía estaban tramando otra operación clásica con el fin de vincular a la vicepresidenta Cristina Fernández con otro asesinato, una suerte de reedición del caso Nisman. La idea de un “otro Nisman”, de hecho, duró hasta el domingo (5) por la noche, cuando Jorge Lanata apareció en la pantalla de Canal 13 y resolvió la intriga inicial deschavando la verdadera intriga: la vinculación de CFK con el crimen de Fabián Gutiérrez era tan solo un objetivo secundario y los intelectuales orgánicos de la clase dominante oligárquica habían hecho la del tero, poniendo el huevo en una parte y el grito en otra. La vinculación de Cristina Fernández de Kirchner con la muerte de su exsecretario es una cosa forzada, muy tirada de los pelos, no sirve para construir una segunda edición del caso Nisman más que en la conciencia de una minoría sobreideologizada muy delirante. Fabián Gutiérrez muerto les sirve a esos intelectuales orgánicos para reflotar el mito de la existencia de un “tesoro K” escondido en algún lugar de la Patagonia argentina.

Al atento lector no le costará recordar el patético espectáculo mediático y judicial del año 2016 —primer año del gobierno oligárquico que había triunfado en las elecciones de noviembre de 2015— en el que el fiscal Guillermo Marijuan movilizó una cantidad de retroexcavadoras hacia las estancias de Lázaro Báez, en el marco de la causa de la “ruta del dinero K”. Esa fue la instalación en el sentido común de la idea de la existencia de un “tesoro K” que, en teoría, habría sido resultado de un esquema de corrupción sistemático en la obra pública entre el 2003 y el 2015. Como se ve, la cosa es de un nivel altísimo de abstracción y requirió, por supuesto, de un intenso relato mediático para instalarse y prender, además de un derroche infernal de recursos por parte de un Poder Judicial cómplice, ya que el show del fiscal Marijuan no fue gratis ni mucho menos para el bolsillo del contribuyente argentino. La hipótesis fundamental empezaba ya muy floja de papeles al no existir la certeza de la existencia de ningún esquema de corrupción en la obra pública durante los gobiernos peronistas de Néstor Kirchner y Cristina Fernández y, de hecho, la propia CFK le había solicitado a la Justicia una auditoría integral de toda la obra pública en el periodo, pedido que fue extrañamente negado por el Poder Judicial. Así y todo, sin ni siquiera una evidencia que indicara la existencia del esquema de corrupción sistemático en la obra pública más que sendos rumores y extrapolaciones, la “ruta del dinero K” se instaló en la conciencia de millones de argentinos, quienes a partir de allí estuvieron convencidos de que la corrupción en los doce años de gobierno peronista recién finalizado había sido monumental.

Así fue como un fiscal federal pudo desplegar un operativo digno de Hollywood, tanto en términos de espectacularidad como de presupuesto, para buscar en tierras áridas y remotas de la Patagonia un tesoro que podía estar enterrado literalmente en cualquier parte. Guillermo Marijuan excavó la Patagonia y estuvo más cerca de encontrar restos fósiles de dinosaurios que cualquier rastro de dinero escondido. Pero el “fracaso” de Marijuan no fue ningún fracaso, porque logró terminar de instalar la idea de la existencia de un “tesoro K” escondido en la provincia de Santa Cruz. ¿Cómo? Pues muy fácil y lógicamente: el no hallazgo de algo no demuestra que ese algo no existe, sino que debe estar muy bien escondido y que debe buscarse mejor.

Entendámonos en esto el atento lector con nosotros: es imposible demostrar la inexistencia de un supuesto “tesoro K”, no se pueden revolver con excavadoras unos 250 mil kilómetros cuadrados de tierra hasta determinar con certeza que no hay allí dinero escondido y, aunque se pudiera, eso no nos diría más que la posibilidad de que el dinero esté escondido en otro lugar o que no está precisamente enterrado, sino guardado en alguna bóveda, por ejemplo. No hay forma de demostrar fácticamente que el “tesoro K” no existe y entonces, desde el punto de vista de los medios del poder fáctico, la cuestión se reduce a reflotar la hipótesis de tiempos en tiempos.

He ahí el objetivo principal de la operación mediática en torno al crimen de Fabián Gutiérrez y he ahí también la razón por la que el Poder Judicial no aceptó la propuesta de Cristina Fernández de hacer una auditoría total de la obra pública realizada entre los años 2003 y 2015. La intriga solo puede existir allí donde hay oscuridad, donde no queda del todo claro el fin de las cosas. Entonces el “tesoro K” es una hipótesis muy débil al no existir asimismo la certeza de que hubo un esquema de corrupción mediante el que ese tesoro pudo amasarse, pero los hechos no tienen tanta relevancia frente a sus interpretaciones y la hipótesis se convierte en intriga, el “tesoro K” tiene que estar en alguna parte y es cuestión de seguir buscándolo, como en las películas de piratas con mapas en islas desiertas.

¿Dónde buscarlo? ¿Con qué mapa habría que dirigirse al lugar de las excavaciones para dar con esos miles de millones de dólares escondidos? El “se robaron todo” elevado a “se robaron un PBI entero” no tiene correlato judicial, no hay evidencia de que se haya robado nada, pero eso no tiene importancia. Si los medios tienen la capacidad de sostener el relato en una nebulosa de sospechas, dudas y permanente incertidumbre —y la tienen, por supuesto, como ya hemos visto— lo único que deben hacer es ofrecer una versión del mapa del tesoro cada tanto para que la hipótesis vuelva a instalarse como verdad revelada y eso dé los resultados políticos esperados. El mapa del tesoro es eso, es el indicio de que el dinero puede estar escondido en un lugar más o menos determinado. Ese lugar hoy son los dominios del finado Fabián Gutiérrez.

El primer mapa del “tesoro K” condujo a Guillermo Marijuan a las estancias de Lázaro Báez. Marijuan contó los pasos y puso las máquinas a trabajar, pero el mapa lógicamente era humo. Marijuan nunca quiso encontrar nada allí, el objetivo era otro. Lo que el fiscal Marijuan hizo fue darles a sus socios en los medios de difusión un factoide desde el que los operadores mediáticos pudiesen hacer todo el relato subsiguiente. Si Marijuan despliega un operativo de película en la Patagonia, pensará el sentido común con cierta lógica, es porque Marijuan encontró el mapa del “tesoro K” en sus investigaciones. Entonces el “tesoro K” existe y si Marijuan no lo pudo encontrar, véase bien, es porque el terreno es inmenso o porque en realidad el dinero está en otra parte, muy bien escondido. Otra vez, el no hallazgo de algo no demuestra su inexistencia: solo nos indica que debemos buscarlo mejor, que debemos seguir buscando.

Entonces ahora la búsqueda se traslada a los dominios de Fabián Gutiérrez, hay un nuevo mapa del “tesoro K”. Y otra vez los operadores de nuestra oligarquía dominante en el plano local y subalterna frente a la sinarquía internacional va a revolver tierra en la provincia de Santa Cruz, va a montar un show, pero con cierta moderación: el poder sabe que no debe agotar todas las posibilidades y esto es por la sencilla razón de que el poderoso sabe que el “tesoro K” es humo. Y por eso no puede agotar las posibilidades, siempre debe dejar una cantidad de lugares oscuros para que aparezcan más tarde nuevos mapas del tesoro y el relato pueda renovarse de tiempos en tiempos.

En cierto sentido, parecería más fácil en esta posmodernidad manipular la opinión pública de lo que fue, digamos, a mediados del siglo pasado. Cuando la oligarquía triunfó con el golpe de 1955 y el General Perón fue forzado al exilio, todos los días aparecía en los medios una “noticia” del hallazgo de tesoros que el “tirano prófugo” había tenido escondidos en alguna parte. Autos de lujo, joyas, los carísimos vestidos de Eva Perón, todo lo que en ese momento se consideraba como símbolos de riqueza y resultado de dinero mal habido. Eso pasó y aun así, bien mirada la cosa, aquellos golpistas de la autodenominada “Revolución Libertadora” se esmeraron mucho más en la construcción de su relato que sus actuales sucesores gorilas. En 1955 y en adelante tuvieron el cuidado de presentar físicamente automóviles de lujo, joyas y otras riquezas para atribuírselas a Perón. Ahora, en cambio, nunca aparece nada, ni siquiera se toman la molestia de producir la puesta en escena del “tesoro” tan buscado. Ahora el “tesoro” es abstracto, es una entelequia que puede estar escondida en cualquier parte y es un acto de fe a todas luces. Nadie nunca vio ni verá jamás un solo peso que haya sido enterrado o una bóveda que no sea una maqueta en cartón pintado presentada por un Jorge Lanata en televisión, pero muchos están convencidos. Eso también nos está hablando de nuestra involución cultural: para dejarse engañar, el argentino de 1955 necesitaba ver algo, autos, joyas, billetes, vestidos. Algo. El argentino de hoy, como se sabe, no es tan exigente. Con un relato de riquezas enterradas a lo pirata en alguna isla desierta y un mapa apócrifo que aparece modificado de vez en cuando ya alcanza. La mala noticia es que nos han bajado enormemente el precio y ahora con muy poquito hacen de nosotros lo que ellos quieran.


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