No sin cierto nivel de asombro, se vio en los últimos días en los medios de todo el mundo la noticia de que en plena pandemia del coronavirus los Estados Unidos han recuperado entre los meses de mayo y junio casi 8 millones de los puestos de trabajo que se habían perdido en los meses anteriores. En tan solo 60 días y sin esperar que aparezcan vacunas u otras soluciones milagrosas, los estadounidenses ya han logrado revertir una tercera parte de la pálida económica resultante de la llegada del virus chino al país. Mientras la caída de la economía parecería acentuarse en otras latitudes y tampoco se estarían viendo señales de recuperación en el corto plazo, los Estados Unidos ya empezaron a desandar el camino y prometen ponerse de pie mucho más rápidamente de lo esperado. Frente a los pronósticos de debacle y derrota a manos de China hechos por muchos —incluso por nosotros, mea culpa— hace tan solo tres o cuatro meses, este resurgimiento económico que se verifica hoy en la única potencia global no deja de ser sorpresivo.

Pero más allá del asombro y la sorpresa ante la resiliencia de los estadounidenses, que por momentos parece ser inagotable, es interesante indagar un poco en las razones de tan rápido rebote. ¿Cómo es posible una recuperación de esta magnitud sin que estén dadas las condiciones sanitarias para una reapertura plena de la economía? Aquí, por supuesto, hay mucho de la potencia de una economía que fundamentalmente imprime la moneda de referencia global: los Estados Unidos tienen una posibilidad que nadie más en el mundo tiene, que es la de emitir dinero virtualmente sin límite para salvar una situación crítica sin que ello impacte negativamente —al menos no de inmediato— en su economía. En una palabra, los Estados Unidos imprimen dólares y por eso mismo pueden hacer de la noche a la mañana un Plan Marshall para sí mismos, de ser necesario. Es así cómo al estallar la crisis del coronavirus la asistencia estatal a las empresas y a los trabajadores que se vieron privados de empleo fue inmediata y masiva, con lo que Donald Trump pudo sostener la estabilidad interna durante los meses más críticos, que fueron marzo y abril, quizá hasta los primeros días de mayo. En esos días el Estado intervino fuertemente en la economía, emitió los dólares necesarios para hacerlo, evitó la catástrofe y resistió con éxito al primer golpe, que siempre es el más demoledor. A los entusiastas de la supuesta “mano invisible del mercado” no les va a gustar la conclusión, pero está claro que Washington no dejó la economía del país librada a dicha “mano invisible”, sino que hubo un Estado presente y dispuesto a utilizar todos los recursos existentes, además de crear recursos nuevos prácticamente de la nada, para sostener la estabilidad nacional. La emisión monetaria descontrolada entre los meses de marzo y mayo fue eso, fue el Estado con fuerte presencia en un momento crucial de la historia del país, lo que en la forma y en el fondo no será del agrado ideológico de ningún liberal.

Por otra parte, es importante notar que el plan económico de Donald Trump venía siendo muy exitoso hasta los últimos días de febrero, cuando los Estados Unidos fueron embestidos por la pandemia. Hasta ese momento, existía en el país una situación de pleno empleo y fuerte expansión económica. A diferencia de lo que ocurre en nuestro país, por ejemplo, los estadounidenses no venían saliendo de un ciclo de saqueo y recesión cuando el coronavirus llegó, sino al contrario: había un cierto colchón que pudo ser utilizado para sobrellevar los primeros días de la crisis sin poner en juego la estabilidad del país. La repatriación de capitales promovida por Trump desde el 2016 en adelante había dado algunos frutos y si bien la clase media se vio obligada, por otra parte, a restringir su consumo en un primer momento, lo cierto es que esa clase media de decenas de millones tuvo los ahorros suficientes para sostenerse bien al paralizarse la economía sin tener que caer en aquello que para ese sector sería la humillación suprema: acudir a la ayuda del Estado. Eso fue fundamental para mantener la calma interna y evitar la corrosión social, la que suele ser determinante e irreversible cuando tiene lugar.

¿A qué apuestan?

Lo cierto, lo fáctico en lo numérico es que los Estados Unidos venían económicamente bien y entonces la pandemia, al llegar de China vía Europa, tomó relativamente en buenas condiciones a los estadounidenses. Pero hay mucho más. En la rápida recuperación económica que está ocurriendo hoy en los Estados Unidos también hay cuestiones culturales que son insoslayables y hay una buena cuota de inteligencia estratégica por parte de los cerebros del Partido Republicano a la hora de definir tanto el contenido del discurso como la acción de gobierno para, valga la redundancia, gobernar la crisis. En primer lugar, esos asesores jamás perdieron de vista las enseñanzas maquiavélicas, sobre todo las que sugieren cuáles son las prioridades verdaderas en la conciencia colectiva. En El Príncipe, Maquiavelo explica que “Los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio”, esto es, que la disyuntiva entre vida o economía no solo es en un principio falsa, sino que además puede no ser lo que suponemos que es. Lo que entendieron los asesores de Trump desde un primer momento es que el estadounidense promedio tiende a perdonar incluso una catástrofe sanitaria, siempre y cuando el relato de dicha catástrofe sea exitoso en el sentido de deslindar responsabilidades. Lo que ningún yanqui perdonaría jamás —y menos aun en un país en cuya cultura el dinero, el alto nivel de consumo y la riqueza ocupan un lugar central— es la catástrofe económica. De haber sido asesorado en un sentido de apagar la actividad económica con la finalidad de evitar contagios mediante un aislamiento social estricto, a Trump no lo salvaría ningún argumento de “estamos salvando vidas” si eso resultara en serias dificultades económicas.

En eso también juega la cultura, que en el caso de los Estados Unidos es única. El valor asignado a la vida humana allí no es, a todas luces, el mismo que en países como el nuestro. En la Argentina un crimen puede ocupar la primera plana de todos los diarios durante semanas, mientras que en los Estados Unidos se cometen decenas de homicidios todos los días sin que se inmute la sociedad por ello. Los hispanoamericanos somos mucho más sensibles ante el hecho de la muerte que los anglosajones, lo que en sí no es novedad para nadie. Y entonces Trump comprende que, de haber una contradicción entre vida y economía, en el mediano plazo su electorado tiende a optar por esta última, o por lo menos a tener esa percepción. He ahí todo: Trump logró instalar en la percepción que el suyo es el rol del que cuida la economía del país y eso va prendiendo hasta hacerse un relato dominante, hegemónico. Tal como prescribía Maquiavelo.

Entonces la reactivación económica es posible, aunque el coro de epidemiólogos y otros científicos grite horrorizado que los contagios serán masivos y morirá mucha gente. Socialmente hablando, el coronavirus o cualquier enfermedad no es una cuestión de verdad o mentira, sino un asunto de percepción: si una sociedad llega a creer que la muerte de una cantidad de sus miembros es un precio justo a pagarse por el bienestar de todos los demás, entonces la amenaza del contagio pasa a un segundo plano y el miedo a dicha amenaza desaparece, lo que podría ser similar a la lógica del soldado que avanza en el frente de batalla, aunque lluevan las balas. Al existir un objeto claro en el discurso hegemónico, la muerte es tan solo una circunstancia y mucho más cuando se trata de un enemigo invisible que, además, según los datos conocidos hasta el momento, no suele victimar a los jóvenes ni a los individuos sanos, que son la enorme mayoría de la población. ¿Por qué habría de temer un joven estadounidense decidido a trabajar y ganar el dinero necesario para sostener un nivel de consumo que lo define culturalmente como sujeto? No quedan dudas de ello y la expresión “antes muerto que pobre” se vuelve literal cuando aplicada sobre gente que no conoce las penurias económicas y quizá no sabría convivir con ellas. Es un error grosero ver la realidad de los Estados Unidos con los ojos de un argentino acostumbrado a no consumir cada vez que el ciclo económico cambia y hay una recesión. Ellos no conocen el hambre ni pretenden conocerla.

Por eso la tendencia es a la expansión sin límites. A medida que más y más estadounidenses vayan perdiéndole el miedo al coronavirus y pasen a entenderlo como algo parecido más bien a la Gripe A o incluso a la gripe estacional común y silvestre, la tendencia es a que desafíen las imposiciones de los gobernadores demócratas que siguen resistiendo con sus cuarentenas y exijan el fin de las restricciones a la circulación. Y eso, sumado a la recuperación inicial de 8 millones de puestos de trabajo deberá actuar sobre la economía en un sentido de ciclo virtuoso de tipo keynesiano, donde al haber más gente trabajando aumenta a la vez la demanda y eso genera, finalmente, más puestos de trabajo. Es el efecto rebote por el que Trump piensa recuperar todo el empleo perdido y volver a encender la economía hasta los niveles existentes antes del coronavirus e incluso más allá. Si eso pasa en los próximos tres o cuatro meses, cumpliéndose las proyecciones de los analistas, la reactivación total de la economía de los Estados Unidos llegará justo para el mes de noviembre, para las elecciones en las que Donald Trump debe ganar sin despeinarse de ser así. Salvado el estilo de vida que define culturalmente al pueblo-nación estadounidense, un Trump ya reelecto estará en posición de comparar la mortalidad del coronavirus con la de otras gripes ya existentes y demostrar en el discurso que no había ninguna necesidad de destruir la economía nacional con medidas sanitarias demasiado extremas. Y entonces la primera consecuencia será la derrota total de la estrategia de Beijing y un avance de los Estados Unidos sobre posiciones que se habían perdido a manos de los chinos.

Ahora bien, ¿cómo? ¿Cómo es posible que Trump conquiste la reelección con todos los medios de difusión gritando “muerte” y sembrando el terror continuamente? Es posible porque, en una derivación informal de lo enseñado por Maquiavelo sobre la muerte del padre y el patrimonio, también es una verdad universal la de que cuando el hombre vota —aquí, en el Congo Belga y en todas partes—, lo hace con el bolsillo. Y mucho más, como es de suponerse, en los Estados Unidos de la calidad de vida comprendida culturalmente como capacidad de consumo. Como nadie en el mundo el estadounidense promedio vota con el bolsillo, esto es, está atento a la economía mucho más que a cualquier otra cosa a la hora de definir su voto. Priorizando la cuestión de pesos y centavos, la apuesta de Trump es a una reactivación total para fines de octubre, con la finalidad de que el estadounidense vaya a votar a principios de noviembre con la percepción de que uno de los candidatos —el propio Trump, por supuesto— se paró firme frente a la extorsión china, sostuvo la economía nacional y es el artífice de una situación de bonanza mientras en otros países hay debacle. Esa es la apuesta de Donald Trump, la de que luego de un conato de crisis generalizada predomine la percepción de un comienzo de ciclo económico expansivo y de abundancia gracias a su propia gestión de la crisis. Si los 8 millones de puestos de trabajo que se recuperaron en los dos primeros meses se multiplican por el empuje de una población que le pierde el miedo al virus y los Estados Unidos llegan a noviembre con niveles de producción y empleo similares a los de febrero, el relato va a prender y Trump va a ser electoralmente invencible.

Consecuencias

Además de un profundo revés para las expectativas de China en la guerra declarada por la hegemonía mundial, el resurgimiento de los Estados Unidos tendrá consecuencias inmediatas sobre nuestra región, la que los estadounidenses consideran como su zona de influencia natural. Claro que China tendrá que recalcular toda su estrategia frente a un enemigo fortalecido y no de rodillas con un cataclismo económico y una población paralizada por el miedo, que es lo que Beijing pudo haber deseado. Pero los chinos son ya una potencia global y cualquier revés que puedan tener en su avance no será más que un retraso en su marcha hacia la hegemonía mundial. En soledad o compartiendo dicha hegemonía con socios como Rusia y los mismísimos Estados Unidos, lo cierto es que China sigue en camino a la realización de su proyecto expansionista, por lo que una recuperación de los yanquis no afecta demasiado a China. Quizá, como suele decir Guillermo Moreno, los Estados Unidos logren extender la fecha de vencimiento de su hegemonía unipolar por unas dos décadas más, aunque de ninguna forma se detiene el proceso que ya está en marcha. El asunto está en nuestra América.

Es presumible que, una vez puestos de pie y frente a la debacle generalizada, los Estados Unidos quieran fortalecer su posición dominante en todos los países de la región y eso necesariamente empieza por el asunto Venezuela. En un hipotético segundo mandato suyo, Donald Trump se verá obligado a resolver la situación de un país que está sentado sobre las mayores reservas de petróleo y gas natural a nivel mundial y que hoy tiende a funcionar en la órbita de las potencias del Este, constituyendo para los yanquis una amenaza en el Mar Caribe muchísimo más seria de la que fue Cuba en su momento. Y eso porque, más allá de un enclave soviético a 90 millas de la Florida y un potencial emplazamiento de armas, Cuba siempre fue un país muy pobre en términos de recursos naturales y nunca pudo hacer mucha cosa por su propia cuenta para molestar a los Estados Unidos. El caso de Venezuela es muy distinto y Washington lo sabe. Permitir que Venezuela caiga definitivamente en manos de un consorcio ruso y chino sería el punto de partida para que desde las costas venezolanas parta algún día la agresión oriental que los estadounidenses tanto temen.

Por lo tanto, un poco por las riquezas naturales de Venezuela y otro poco por su ubicación estratégica, muy deseada por las potencias emergentes del Este, Trump tendrá necesariamente que resolver la cuestión y es poco probable que eso se haga mediante una invasión militar ni nada que se le parezca. La estrategia de la imposición de un títere como Juan Guaidó tampoco ha dado buenos resultados y está hoy prácticamente descartada. Lo único que va quedando es la opción de la buena y vieja diplomacia, para la que Trump ya viene preparando el terreno. Luego de declarar crípticamente que se reuniría con el presidente Nicolás Maduro para conversar, Trump ha dado un paso decisivo para que se establezca un canal de comunicación con Caracas que permita algún tipo de acercamiento: la nueva relación de amistad con el presidente de México Andrés Manuel López Obrador. La reciente reunión entre Trump y AMLO, en las que ambos se tiraron flores mutuamente y hablaron de amistad, unidad y cooperación, preanuncia la posibilidad de que López Obrador funcione en un futuro a mediano plazo como un mediador serio entre Trump y Maduro. La resolución del asunto Venezuela por la vía diplomática, como se ve, se vuelve una posibilidad real que tanto China como Rusia tendrán que sabotear fuertemente, con la dificultad extra de que México y Estados Unidos son socios naturales y, por lo tanto, tienden siempre a establecer alianzas muy difíciles de romper.

Todo depende de esta recuperación económica de los Estados Unidos, depende de que sea rápida y que esté visible para los primeros días de noviembre. Si Donald Trump logra triunfar en el plano local, instalando su discurso con un correlato en la economía real, el estadounidense promedio va a perder el miedo al coronavirus del todo, va a volver al trabajo y habrá un formidable rebote. En esas circunstancias, la reelección de Trump será un hecho consumado —es inusual que un presidente yanqui no sea reelecto para un segundo mandato— y las consecuencias empezarán a sentirse aquí ya en los primeros meses del 2021. Con todos los países de Sudamérica saliendo maltrechos y hasta devastados de la crisis del coronavirus, ninguno estará en condiciones reales de resistir a un reforzamiento de la presencia estadounidense en la región. Y el problema es aun más serio en el caso de nuestro país, que se encuentra ahora mismo enfrascado en una negociación de la deuda externa en la que los Estados Unidos pueden tener una opinión decisiva. Sea como fuere, las cartas están todas sobre la mesa. Si ya en condiciones consideradas “normales” la influencia de los Estados Unidos suele ser inevitable por irresistible, en un escenario como el que se está proyectando el pronóstico es el de una hegemonía incontestable.

Muchos esperábamos el debilitamiento de Washington frente a la crisis del virus que surgió en China, hizo estragos en Europa y luego llegó a América. Eso no sucedió y ahora estamos ante la posibilidad de que los Estados Unidos salgan fortalecidos de la crisis y encuentren a todos sus vecinos en un estado lamentable tanto económica como socialmente. El cálculo de Beijing falló, los meses pasan y el miedo a la muerte va desapareciendo de la conciencia de los estadounidenses. El resultado puede ser un triunfo rutilante de Trump y un escenario en el que aquí no tenemos la maquinita de imprimir dólares y tampoco tenemos una cultura preparada para encender la actividad económica por encima de la amenaza epidemiológica. Y allí puede demorarse el Consenso de Beijing, al que ya se estaban suscribiendo algunos de los nuestros. Tendrán que dar marcha atrás. Si la proyección se confirma, el Consenso de Washington habrá renovado su fecha de vencimiento.


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