Una de las características fundamentales de la posmodernidad es la reducción de la realidad a un presente continuo, que se logra mediante la prescindencia del pasado y la renuncia al futuro. Lo posmoderno es eso, es el pensar la realidad siempre en tiempo presente, sin tener en cuenta la historia y sin planificar nada en absoluto. Se es posmoderno cuando lo único que importa es el ahora y se vive de una forma tal que la realidad actual aparecerá siempre sin causales ni consecuencias frente a los ojos del que la observa, la realidad como nacida de un repollo y además infértil. Todo lo que actualmente existe en el mundo resulta de nada y va a resultar igualmente en nada, solo es ahora y es así nomás de una vez y para siempre. Nada tiene explicación ni produce resultados, solo es. La posmodernidad es en un tiempo presente eterno que se asemeja a un callejón sin salida.

Entonces la posmodernidad es la foto fija de la polémica cuyo fin no es la resolución de la problemática social, sino la polémica en sí misma. Al no tener en cuenta el pasado, es incapaz de historizar para comprender las causales y atacar el mal por la raíz y, al no tener tampoco perspectiva de futuro, no pretende llegar a conclusiones sólidas sobre las que se pueda planificar. Es una infertilidad social, es la polémica por la polémica nada más, la posmodernidad no tiene un fin específico. En lo posmoderno, todo lo que vemos es objeto de una opinión que no observa la historia ni tiene en cuenta lo que puede resultar y he ahí la explicación filosófica, si se quiere, de otro fenómeno muy típico de nuestro tiempo: la grieta. Frente a cualquier hecho de la realidad actual, con absoluta ignorancia de la historia y desprecio por el futuro, cada individuo es convocado a ponerse de un lado o del otro de la grieta por opinión particular. Y luego a batirse en escaramuzas ideológicas con los que se pongan del otro lado, por supuesto. En una palabra, la grieta es la posmodernidad y es la mejor garantía de la no resolución del problema debatido, sea cual fuere ese problema. Como la cuestión es solo el presente, el ahora y nada más, nadie analiza las causas históricas de la problemática social y, por lo tanto, el resultado será ninguno, esto es, será solamente el ensanchamiento infinito de la grieta sin más finalidad que esa misma.

El actual presidente de Brasil Jair Bolsonaro es el ejemplo por antonomasia de monstruo que nace a partir de la exacerbación en la grieta. Mientras más sucumbía frente a los escándalos de corrupción, el Partido de los Trabajadores se hundía en el progresismo provocador del sentido común hasta el hartazgo. Bolsonaro se subió a ese hastío generalizado, habló de honestismo y de asuntos de moral sexual, religiosa y racial para meterse en el bolsillo a un electorado que ya estaba harto de tanta provocación.

Y así es precisamente como se construyen los monstruos. En la incertidumbre permanente generada por el no saber de dónde venimos e ignorar hacia dónde vamos, toda la realidad aparece como una cosa tremenda cuyas posibles soluciones se ubican en el presente y deben ser, necesariamente, extremas. La grieta es un lugar muy caliente en el que se vuelcan las pasiones del momento, no hay posibilidad allí de razonar sobre una historia que ha sido borrada ni de advertir sobre las consecuencias de lo extremo, puesto que tampoco se trata de planificar nada. Los monstruos surgen así, en el extremismo de lo que es tremendo hoy y necesita una solución presente, sin importar todo lo que haya fracasado la humanidad cuando aplicó ese criterio y sin importar la evidencia de que las consecuencias solo podrán ser exactamente las mismas.

Fue así, por ejemplo, en una grieta posmoderna, como en Brasil hicieron el monstruo. Cuando los brasileros fueron inducidos a ubicarse a la “derecha” o a la “izquierda” de una grieta que el poder creó al borrar la historia, hubo millones en Brasil que, de pronto, se olvidaron de dónde venían y empezaron a ver en el gobierno del Partido de los Trabajadores un sinónimo exclusivo de corrupción. Ya despojados de la comprensión histórica del proceso político e incapaces por lo tanto de ver todo el avance social que se había logrado desde que Lula da Silva llegó a ser presidente en el año 2002 —fundamentalmente perdiendo de vista lo que había sido Brasil antes de Lula da Silva—, el debate se redujo a una grieta en la que, de un lado, se posicionaron a la “izquierda” los que apoyaban al gobierno de Dilma Rousseff en la continuidad de Lula da Silva, mientras que de otro se ubicaron otros tantos que solo veían en ese gobierno corrupción, “comunismo” y perversión en forma de ideología de género. Lo que se perdió de vista fue el desarrollo económico y social que el Partido de los Trabajadores había propiciado en 14 años de gobierno orientado a los intereses de las mayorías populares. La grieta se formó, las posiciones se establecieron hasta cristalizarse y al llegar a cierto punto de ensanchamiento de esa grieta las posiciones ya estaban tan alejadas una de la otra que no hubo más posibilidad de diálogo. A partir de allí lo que hubo fue una “conversación de sordos” en la que todos gritaban y ya nadie escuchaba a nadie. El brasilero estaba listo para aceptar cualquier tipo de subversión al orden con tal de someter al que opinaba distinto en el otro lado de la grieta: desde la “izquierda” pedían dictadura del proletariado y desde la “derecha” clamaban por un golpe de Estado reaccionario que borrara de cuajo cualquier cosa que tuviera un mínimo olor a progresismo, real o imaginario.

La inseguridad, que es el delito generalizado, es el problema social que exaspera a la ciudadanía y va erosionando de a poco la paz social hasta convertirse en grieta. Ese es el caldo de cultivo ideal para los monstruos dichos “fascistas”, pero por acción de los monstruos “progresistas” que abandonan al pueblo y no se hacen cargo de las problemáticas reales.

El golpe reaccionario llegó, primero en la forma de maniobra judicial. El gobierno del Partido de los Trabajadores se destruyó, pero la caja de Pandora ya estaba abierta: los golpistas no se iban a detener en un corto gobierno de transición tan solo para que en nuevas elecciones volviera a ganar un Lula da Silva renovado y recargado. El golpe institucional no hizo más que acentuar las divisiones y entonces el bando de la “derecha” estaba dispuesto a tolerar mucho más, incluso la proscripción del principal candidato del bando enemigo que abriría la puerta al triunfo del monstruo. Habiéndose subvertido ya el orden democrático por la voluntad de un sector mayoritario de la población que había sido previamente manipulado para ignorar la historia, despreciar el futuro y ser netamente posmoderno, no fue difícil presentar en elecciones a un candidato cuya única propuesta electoral fueron cinco o seis definiciones de cuño moral. Jair Bolsonaro no dijo durante la campaña una sola palabra sobre cómo sería en un hipotético gobierno suyo el programa económico. Y aun así resultó electo con casi 58 millones de votos, o más del 55% de la voluntad popular expresada en las urnas.

El monstruo había sido creado en la anomia posmoderna de la supresión del pasado y el desprecio al futuro. ¿Por qué? Porque los brasileros ya vivían en tiempo presente y no querían otra cosa que una solución presente a un problema que se percibía como nacido de un repollo. El problema era una corrupción que, vista así, no solo nunca había existido en el país, sino que además aparecía como el único problema. Incapaces de mirar hacia atrás y de historizar, los brasileros aceptaron rifar todos los principios de su construcción política. Y entonces tampoco les importó la consecuencia de ello de cara al futuro. Ahí está la definición precisa de la posmodernidad: perder de vista el pasado y perder cuidado del futuro. Cuando eso tiene lugar en una sociedad, dicha sociedad es posmoderna, vive en el presente sin contexto y se dirige hacia ningún lugar. O más bien hacia un lugar muy puntual, que es el lugar de la destrucción.

Tragados por la grieta

La corrupción en Brasil como foto fija y prescindencia total del pasado como historia está hoy en Argentina en la llamada inseguridad, esto es, en el delito contra el patrimonio o la vida del ciudadano de a pie. Habiendo perdido de vista las décadas de ruina moral del Poder Judicial desde el golpe gorila de 1955 y sobre todo desde el golpe también gorila de 1976, la llamada inseguridad aparece ahora frente a los ojos del espectador como un problema presente, sin causales históricas. Y así, a cada episodio delictivo, una sociedad adiestrada en la posmodernidad para la pérdida de los principios y valores tiende a agrietarse: un crimen nos va a encontrar a todos de un lado o del otro de la grieta, habrá “fascistas” proponiendo resolver la cuestión a los tiros y habrá “progresistas” insistiendo en la absoluta pasividad social frente al delito. Claro que los “fascistas” no son fascistas y tampoco son progresistas los que se hacen llamar así, acá no existen categorías así de grandes. Lo único que hay son divisiones coyunturales por opinión particular en el presente y en función de los hechos del presente. La idea que haga cada uno de un hecho lo va a posicionar a uno en alguno de los dos extremos de la grieta, habrá el bando de los que proponen “hay que matarlos a todos” y habrá el bando de los que ponderen “no puede haber punitivismo con las actuales circunstancias sociales”. Lo que no habrá jamás es el análisis frío de la problemática para su resolución. En la grieta posmoderna de un bando intentando imponer su opinión sobre el otro en cada una de las cuestiones que van emergiendo en un presente infinito, el que intente hacer un análisis histórico señalando al Poder Judicial avalador de sendos golpes de Estado y luego encubridor de crímenes de lesa humanidad será debidamente tragado por la grieta. El problema de la inseguridad es ahora, es cosa del presente y en el presente hay que optar necesariamente entre las dos posturas extremas. Se elige entre “meter bala” o “proteger a los delincuentes”, no hay lugar para razonamientos.

La militancia progresista en Brasil, equivocándose: en vez de buscar el diálogo para encontrar puntos de contacto con las mayorías populares, los militantes del Partido de los Trabajadores se fueron hacia la extrema “izquierda”, mezclaron consignas de feminismo con imágenes de la historia de Europa que en Brasil son significantes vacíos y asumieron la identidad de los comunistas del siglo pasado. El resultado fue que el pueblo-nación de Brasil comprendió mejor a Bolsonaro, mucho más cercano al sentido común. El lema del “Ele não” (Él no) terminó de instalar a Bolsonaro y decretó su triunfo. Si las minorías ideológicas decían que Bolsonaro no, las mayorías en Brasil concluyeron que Bolsonaro sí, puesto que desprecian a las vanguardias iluminadas de estudiantes universitarios.

Existe, no obstante, una creencia errónea sobre la grieta y dicha creencia es la de que la irracionalidad es una propiedad del lado opuesto al que ocupa uno mismo. En otras palabras, cuando la grieta se instala y un individuo se ubica en uno de sus extremos, ese individuo tiende a percibirse a sí mismo como portador de la razón, adjudicando toda irracionalidad al otro. Ese es un error por el siguiente motivo: en cualquier grieta son irracionales ambos extremos, simplemente porque ambos son posmodernos despojados de pasado y sin cuidado del futuro. En el caso de la llamada inseguridad, es posmoderno el “fascista” entre comillas que insiste en el “hay que matarlos a todos” porque, al hacerlo, está ignorando la historia en el abordaje del problema y también en el cálculo de las consecuencias de lo que propone, que ya son conocidas. El “fascista” elige hacer caso omiso de los desastres sociales que tuvieron lugar en la historia cada vez que se aplicó ese tipo de “mano dura” y entonces, por lógica, elige también hacerse el distraído frente a las consecuencias de ello de cara al futuro. Al caer en un posmodernismo en el que solo importa el presente, el que se pone a la “derecha” de la grieta está creando el monstruo que pronto se le volverá en contra, simplemente porque ignora la lección histórica del pasado y no tiene ningún cuidado por el futuro. Es un irracional.

Pero he aquí que en el opuesto extremo de la grieta tampoco está la racionalidad. El “progresista” y “garantista” —todo entre mil comillas, por supuesto— también es un posmoderno y se ubica en una postura irracional al colocarse en un extremo que inviabiliza el diálogo y traba cualquier posibilidad de resolución del problema. Y eso es un caldo de cultivo de aquello que el propio posmoderno “progresista” y “garantista” supuestamente quiere evitar. Cuando el “progresista” se va al extremo y “se pasa de progre”, lo que hace es negar el problema del delito, justificarlo por las condiciones sociales y proponer la pasividad: no hay nada que hacer, la desigualdad es demasiada y el delito, en estas circunstancias, es una consecuencia natural. Y así el asunto se va a trasladar a la política grande cuando el ciudadano de a pie pase de odiar a los delincuentes a odiar a aquellos que en su óptica defienden a los delincuentes. Naturalmente, el que pide “mano dura” para el que roba y el que mata no tendrá ningún problema en quedarse quieto y hasta aplaudiendo cuando esa “mano dura” se vuelva en contra del “progresista”. Ahí está el ejemplo de Jair Bolsonaro, que ganó prometiendo reprimir al delito y terminó reprimiendo la protesta social con absoluta anuencia de su electorado, que detesta al delincuente y también detesta al militante “de izquierda”, porque lo ve como defensor de los delincuentes, más bien como parte del problema y no de la solución.

Enfermedades endémicas

Por eso la grieta de extremos es una característica fundamental de la posmodernidad, es la prescindencia de la historia y es el no cuidado del futuro. La grieta se traga a los mejores cuadros de una sociedad, a los que están dispuestos a razonar y a debatir los asuntos para resolverlos. La grieta se traga a los que pretenden hacer una comunidad organizada y equilibrada, dejando en vigencia a los que sostienen las opiniones extremas que van a cerrar cualquier posibilidad de diálogo. Entonces la grieta es la garantía de que los problemas se discutan a los gritos y de que, por eso mismo, no se resuelvan jamás. La posmodernidad, por lo tanto, es un presente eterno en el que los problemas presentes también son eternos y nunca habrá solución, solo una paulatina disolución social que tiende a la demolición de la construcción política, a la anomia y al surgimiento de monstruos extremistas.

La grieta en Brasil tocó su límite en las elecciones del año 2018. Los militantes “progresistas” asumieron los colores rojos del socialismo, mientras que el sentido común se embanderó con los colores nacionales. El resultado no podía ser distinto: una parcialidad optó por identificarse como una parte y la otra se presentó como la totalidad y, lógicamente, triunfó.

El que pide “mano dura” está deseando un Jair Bolsonaro en el presente por razones de extremismo ideológico, es cierto. Pero el que aduce el “garantismo” mal entendido también hace de todo para que venga el monstruo. Es que, en un tiempo presente sin pasado y sin futuro, toda la política tiende a reducirse para los individuos involucrados en ella a una expresión de deseo por “triunfos” morales efímeros e inmediatos. Acá no se trata ya de resolver el problema del delito que llamamos inseguridad. Para el “fascista” —que no es fascista ni nada que se le parezca, sino un ciudadano que ya no tolera la delincuencia y no sabe razonar para resolver el problema, solo sabe correrse hacia el extremo ideológico que le marcan—, se trata de que dicho problema resulte en el presente en el monstruo que venga y los mate a todos, sobre todo a los “zurdos” que en su visión defienden a los delincuentes. Y tampoco se trata de resolver el problema del delito para el “progresista”, sino de imponer su razón y probar mediante “triunfos” políticos que la “mano dura” no sirve. El tema es probar que uno tiene la razón, con lo que los extremos demuestran que ninguno la tiene porque los problemas no encuentran solución en su dialéctica de opuestos irreconciliables donde el debate político es inviable. La posmodernidad es la muerte de la razón moderna y entonces todo posmoderno es un irracional sin perspectiva histórica ni proyecto a futuro.

El delito, en el decir del ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires Sergio Berni, es una enfermedad endémica. Es el resultado de las condiciones sociales adversas, claramente, pero no principalmente de eso. El delito que llamamos inseguridad es el resultado de una policía corrompida y adiestrada para reprimir y ser autoritaria y de un Poder Judicial que es una cloaca vieja e inmunda. A su vez, tanto la policía como el Poder Judicial son consecuencias de la dictadura genocida, que impuso su impronta en ambas instituciones hasta los días de hoy. Ahí tenemos un poco de la perspectiva histórica que hace falta para abordar el problema hacia su resolución: comprender que la inseguridad es un mal endémico y que no se resuelve ni a los tiros ni tampoco negando el problema a lo progre, sino atacando la raíz del mal que se encuentra en un Poder Judicial donde los jueces cobran coimas para activar la “puerta giratoria” en las cárceles y en una policía que tiene complicidad en gran parte de la actividad delictiva y hasta lucra con ella. Todo argentino avispado sabe que un abogado con el dinero suficiente entre manos libera a un preso en prácticamente cualquier juzgado y también sabe que ciertos delincuentes salen a delinquir patrocinados por la misma policía, en el clásico modus operandi de liberar zonas y de no atender a tiempo los llamados. Eso no es ninguna novedad, está presente en el sentido común y es como decir que todos saben que eso existe. Si no empezamos políticamente y con coraje a desmantelar ese aparato de complicidad, el mensaje hacia los que quebrantan la ley siempre será de impunidad. Y la inseguridad va a seguir siendo endémica por más tiros que tiremos.

Sergio Berni es la esperanza del peronismo en la actualidad para despegarse del “progresismo” sectario y volver a conectar con el sentido común de las mayorías para superar la grieta y triunfar más allá de la coyuntura de unas elecciones.

La grieta existe para eso, para adiestrarnos en la posmodernidad a no comprender qué nos pasa y para que hagamos de todo una escaramuza ideológica en la que sea imposible razonar en la resolución efectiva de los problemas. El problema, ahora sí, es que eso tiene un límite. De tanto gritarse como locos entre lados extremos de la grieta y no ser escuchados por nadie, tendemos a la anomia y a la caída de la fe en nuestra construcción política. Cuando comprendamos que todo es igual y nada va a tener solución, que el delito es lo que es y nadie está dispuesto a hacer nada al respecto, vamos a estar preparados para hacer nuestro propio monstruo. Vendrá como el mesías, con cinco o seis definiciones imprecisas como “hay que matarlos a todos” y “hay que terminar con la joda” y la sociedad lo apoyará masivamente. Se habrá perdido lo poco que queda de perspectiva histórica y el futuro se nos aparecerá como un abstracto utópico, como una cosa irrealizable. Seremos entonces del todo posmodernos y estaremos listos para dar el paso decisivo hacia la disolución de nuestra comunidad, que ya está maltrecha. Si no aprendemos a discutir los problemas en vez de discutir la ideología del otro para decir que no sirve, haremos nuestro propio monstruo. Lo haremos entre todos, entre los “fachos” y los “progres”. Y lo padeceremos también entre todos, porque los monstruos suelen desconocer, más temprano que tarde, a su creador. Por eso son monstruos.


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