Dicen los expertos que ganar elecciones es una cuestión de saber representar ideas actuales y de ser bien conocido por el electorado. Y poco más que eso. Incluso la falta de recursos para llevar a cabo una campaña puede superarse —o esos recursos pueden aparecer sobre la marcha, que es más o menos lo mismo— si el candidato principal de una lista es muy conocido y a la vez representa las ideas vigentes en la conciencia de una significativa proporción de electores del distrito en cuestión. He ahí la verdad no relativa de que es muy bueno y también muy difícil para cualquier candidato sostener un alto nivel de imagen positiva y entonces, en su defecto, es preciso hacerse primero de mucha imagen negativa. Hasta la valoración negativa es mejor para un candidato que ninguna valoración en absoluto, por la prosaica razón de que el elector muchas veces vota por el que considera malo, pero nunca por el que no conoce. Lo realmente imposible es ganar elecciones sin ser famoso.

He ahí que en elecciones incluso la mala fama es más útil que el anonimato, lo que puede corroborarse con mil ejemplos. Salvo en aquellas ocasiones en las que se da el “efecto Le Pen” y se forma un consenso social contra el candidato, que son por otra parte muy poco frecuentes, un individuo considerado malo puede perfectamente resultar electo si el conocimiento de su figura por la generalidad es alto. Y aún el “efecto Le Pen” podría no ser un obstáculo en determinadas circunstancias: de no haber existido el ballotage o segunda vuelta en nuestro país, Carlos Menem habría resultado electo presidente de la Nación por tercera vez en el año 2003, aunque el 75% del electorado lo rechazaba de plano. En esas elecciones el desconocido era Néstor Kirchner, quien terminó siendo consagrado al retirarse Menem de la contienda para evitar una avalancha en su contra, o el ya mentado “efecto Le Pen”. Las circunstancias políticas del 2003 eran por cierto muy especiales: había una profunda crisis política desde el estallido de diciembre del 2001 y en las elecciones de aquel año pudo verse claramente la representación de la profundidad de dicha crisis en la inmensa fragmentación del escenario. Se presentaron en total 18 candidatos a la presidencia de la Nación, siendo que 10 de ellos no pudieron superar el 1% de los votos y otros tres (Leopoldo Moreau, Patricia Walsh y Alfredo Bravo) oscilaron entre el 1% el 2% de la voluntad popular expresada en las urnas. De los 18 en carrera, solo cinco competían en serio: el propio Carlos Menem, Néstor Kirchner, Ricardo López Murphy, Adolfo Rodríguez Saá y Elisa Carrió, estos dos últimos aún sin contar con todo el nivel de notoriedad que tienen en el presente. La hazaña de Néstor Kirchner, por lo tanto, solo sería posible en un escenario así de delirante. Y aun así, véase bien, el 25% del electorado optó por el “malo” de la película y el desconocido Kirchner solo pudo resultar electo finalmente por el “efecto Le Pen” que resultó en el abandono de Menem.

Con absoluta serenidad, Néstor Kirchner sigue por televisión el anuncio del abandono de Carlos Menem en las elecciones del año 2003. En ese mismo momento, de acuerdo con la ley argentina, Kirchner se consagraba presidente de la Nación por haber obtenido la segunda mayor cantidad de votos en la primera vuelta electoral.

Pero hay otras circunstancias en las que el “malo” puede ganar tan solo por tener un alto nivel de conocimiento por parte de los electores. En las elecciones que no tienen ballotage como las de medio término o legislativas, por ejemplo. Aquí directamente la imagen negativa es irrelevante puesto que no se realiza ninguna segunda vuelta para definir mayorías absolutas y, además, como en cualquier elección, no existe la hipotética modalidad de voto en contra, en la que el elector podría teóricamente tachar al “malo” y restarle votos. Entonces desde el punto de vista de un candidato, ganar unas elecciones legislativas y hacer entrar al parlamento una buena cantidad de legisladores en su estela será solo una cuestión de representar las ideas de una parte importante del electorado y, fundamentalmente, de ser reconocido por la mayoría, incluso por la contra, esto es, por los que rechazan al candidato y no le darían jamás el voto, como veremos más adelante.

Por eso el asunto es que, para ganar, no es suficiente con solo ser conocido por los propios, sino también por los ajenos. Bien observada la cosa y en realidad, lo primero puede obtenerse mediante lo segundo, es decir, un candidato puede hacerse conocido por los que representa ideológicamente a través del rechazo de quienes le llevan la contra. Piénsese, por ejemplo, en el caso de Amalia Granata en las elecciones del 2019 en la provincia de Santa Fe. Al momento de postularse a una banca de diputada provincial, Granata ya era bastante conocida a nivel nacional por su actividad en la farándula y por un supuesto encontronazo amoroso con un cantante de renombre internacional, pero no en la política. Dicho de otra forma, Amalia Granata tenía el nivel de exposición necesario y solo le faltaba cumplir una condición para el éxito electoral, que es el representar ideas actuales. Lo que le faltaba a Granata era tan solo el reconocimiento por parte de los que en ese momento pensaban igual que la propia Granata, lo que equivale a una operación de sentido en la que el elector pasa a ver representada su ideología abstracta en una figura concreta. ¿Cómo lograr eso? ¿Cómo hacer que los pañuelos celestes y toda la masa antifeminista, o una parte significativa de ella, comprenda que sus banderas se corporizan en un individuo como Amalia Granata o similar? Pues precisamente apelando al rechazo de los que piensan todo lo opuesto para empezar.

Odiame mucho

Podría parecer algo extraño en un principio, pero cuando la grieta se instala en la política el amor también puede construirse a partir del odio. Si se analiza fríamente la cosa, se verá que toda la grieta actual funciona en ese esquema y la gran parte del apoyo que los representantes en cada extremo obtienen proviene del rechazo del opuesto, allí donde pares se forman en oposición y se mantienen vigentes en tanto y en cuanto el otro exista. Mauricio Macri es una auténtica estulticia y sus electores lo saben, pero le siguen dando apoyo para llevarle la contra a Cristina Fernández. Por eso Macri seguirá vigente mientras Fernández exista y solo podrá bajar de ese lugar de representación si otro llegara a reemplazarlo como par opuesto, que es justo lo que vienen tratando de lograr individuos como Horacio Rodríguez Larreta, por ejemplo. Mientras exista el odio a Cristina Fernández en un vasto sector del electorado, va a existir igualmente su contracara. Esa es la lógica de la grieta que rige prácticamente toda la política argentina hace ya muchos años, una lógica que se traga impiadosamente a los que intentan salirse de ella transitando los llamados caminos del medio.

Amalia Granata, el fenómeno electoral que se construyó a partir de la provocación al progresismo. Al sostener escandalosamente las ideas consideradas “conservadoras” por los progresistas, estos militantes se encargaron de hablar incesantemente de Granata y de difundir su imagen hasta el infinito, instalándola entre todos los que no comulgan con el progresismo y, sobre todo, entre los que lo detestan.

Por eso el procedimiento de Mauricio Macri o de cualquier otro personaje que logre superarlo y reemplazarlo en el lugar del llamado antikirchnerismo es y será siempre el mismo, a saberlo, el hacerse odiar mucho por el opuesto. La parte de la representación de la ideología de los propios e incluso la calidad de la gestión de gobierno una vez ganadas las elecciones se vuelven absolutamente secundarias. Macri hizo en cuatro años entre el 2015 y el 2019 un gobierno que perjudicó principalmente a sus propios electores ubicados en la clase media al priorizar a una minoría rica cuyo voto es insuficiente para elegir siquiera un concejal de pueblo chico, pero la situación no cambia y allí sigue su tercio duro, más fiel que nunca. En la grieta ideológica tiene poca importancia el aspecto fáctico de la política que es la gestión de gobierno, la transformación de la realidad en tanto fin de la lucha por el poder en el Estado. Lo que importa es ver la derrota del otro, es ver de rodillas al que piensa distinto, aunque esa sea en la práctica la derrota y la genuflexión de toda la comunidad.

Así es cómo el dirigente político deja de ser un dirigente y pasa a ser un provocador cuyo único objetivo es hacerse odiar por los que su electorado odia en primer lugar. En una palabra, todavía en el ejemplo propuesto, Macri no intenta hacerse querer por una parte del electorado beneficiando a dicha parte con políticas públicas orientadas a mejorar su calidad de vida, sino todo lo contrario. Lo que Macri hace es perjudicar a la mayoría para enriquecer aún más al 1% ya de por sí muy rico —el que es numéricamente demasiado escaso para ser base electoral de nadie— y luego lanzar sendas provocaciones dirigidas al campo ideológicamente opuesto. ¿Para qué? Pues para que lo odien los que ya son odiados por otros y hacer valer aquella máxima de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. A veces la política es así de prosaica, muchas veces se hace en base a un comportamiento infantil, desprovisto de toda lógica.

Esa es la parte del enigma que hoy vemos en la figura de un Sergio Berni, por ejemplo, que cuesta tanto descifrar. Envuelto en la trama e incapaz de ver la prestidigitación frente a sus ojos, el vasto sector progresista suele pensar infantilmente que todo el mundo es bueno (en los términos del propio progresismo, por supuesto) o que, si no lo es, debería serlo. Y que en consecuencia de lo que se trata es de denunciar el mal para que los malos abandonen el vicio y se vuelvan buenos, cosa que en la realidad fáctica no pasa. Dicho de otra manera, lejos de cometer un error, Berni se hace odiar adrede por el progresismo para que el propio progresismo salga rabioso a denunciarlo como el mal absoluto y así hacerse conocido por la enorme mayoría del electorado que está por fuera del microclima progresista y en buena parte —aquí está el sentido de la jugada— se le opone.

Mauricio Macri, haciendo uno de los tantos “papelones” que nunca lo fueron. Todas y cada una de las supuestas payasadas de Macri fueron verdaderos factoides cuyo objetivo era lograr que los militantes de la idea opuesta lo señalaran como el mal y así indicarles a todos lo demás que Macri representaba el antikirchnerismo. Esa situación sigue inalterada y, de hecho, hace pocas horas Macri publicó un artículo de opinión en el Diario La Nación y allí fue todo el kirchnerismo a darle la publicidad que el expresidente necesita para seguir vigente y defender su lugar de conducción frente al avance de Rodríguez Larreta.

Eso es lo que está funcionando en las declaraciones recientes de Sergio Berni, en las que denuncia a los organismos de derechos humanos por su vagancia y declara su inutilidad. La crítica iba dirigida específicamente al Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), una oenegé “progresista” de propiedad del operador Horacio Verbitsky y no a toda la militancia de la causa de los derechos humanos en Argentina, pero tampoco hay ningún error en la generalización. Cuando Berni generaliza y acusa de vagos e inútiles a todos los que ocupan cargos en aquellos organismos, lo que hace es golpear la parte más sensible, en todo lo que hay de más sagrado para el progresismo en nuestro país. Berni sabe que ese sector va a reaccionar violentamente y va a armar un escándalo de grandes proporciones. Y que con eso va a dar a conocer su figura a los que no comulgan con el progresismo o directamente se le oponen. Asesorado o no, Berni sabe que por lo menos unos dos tercios del electorado no comulgan en los valores progresistas, es decir, no entienden el mal como lo entiende el progresismo. Los derechos humanos en esos dos tercios no son un valor sagrado o bien son un valor negativo, asociándose con aquello del falso “garantismo” que en el sentido común de las mayorías es sinónimo de protección a los delincuentes, entre otros chanchullos. Berni busca el reconocimiento en esos dos tercios que son la mayoría de los votantes y para ello se sirve del progresismo, forzándolo a difundir sus ideas entre los electores de ese sector mayoritario por simple oposición. Si esos electores detestan a los progresistas y estos dicen que Berni es malo, como es de suponerse, Berni va a ser automáticamente bueno al recibir el rechazo del progresismo. Berni se hace conocer por los que no lo conocían y en una sola jugada se hace querer por muchos de estos, con una estrategia exactamente igual a la aplicada con tanto éxito por la muy bien asesorada Amalia Granata y por tantos otros antes que ella en la lógica de la grieta: obligando a los que lo odian a hacer la difusión de su imagen.

Descíframe o te devoro

Por eso Sergio Berni es un claro resultado de la grieta que ya está instalada en la política argentina hace tantos años. Ni más ni menos que eso, sin que ello tenga un carácter despectivo ni nada que se le parezca. Berni es un dirigente que aplica la inteligencia estratégica para superar políticamente una limitación que, de otro modo, lo dejaría fuera del juego. No hay nada de ilegal en eso y mucho menos de inmoral, puesto que la moral política se orienta al triunfo en el campo de batalla y no a la “bondad” en un sentido de moral cristiana. Todo lo explicado por Maquiavelo hace cinco siglos sobre la moral política se encuentra prácticamente expuesto en la estrategia de Berni de cara a futuras elecciones.

El “perro” Horacio Verbitsky, blanco principal de la crítica de Sergio Berni. Además de golpear lo sagrado, que es el concepto de derechos humanos, Berni golpeó a Verbitsky, que ha sido canonizado por la militancia kirchnerista y no puede ser cuestionado por nadie sin que las consecuencias sean infernales para el atrevido que cuestiona. Por estas o por otras razones, Sergio Berni es hoy el enemigo Nº. 1 de los progresistas, con lo que tiende a subir en la valoración del restante 70% del electorado.

Al golpear en el centro de los valores sagrados del progresismo y sabiendo que ese es un sector numeroso, pero minoritario, Sergio Berni empieza a posicionarse en la carrera orientando su discurso a las siguientes parcialidades de un escenario político tremendamente fragmentado: 1º. Toda la parte no progresista del kirchnerismo, que lo ve como un alfil de Cristina Fernández en un campo que la propia Cristina Fernández hoy no puede ocupar ideológicamente; 2º. Virtualmente todo el peronismo no kirchnerista, que lo va a valorar por su fidelidad a la doctrina del nacional justicialismo y su prédica caracterizada como “conservadora” por los progresistas, a los que el peronismo ubica en el lugar del gorila “de izquierda”; 3º. Una parte significativa de los indecisos, o los llamados “ni-ni” en la grieta, los que tienden a identificarse con sus ideales de ley y orden; 4º. Una cantidad aún no determinada de conservadores reales ubicados “del otro lado” de la grieta respecto al kirchnerismo, a los que Macri defraudó por haber sido demasiado tibio en el combate al delito. 5º. Una camada numerosa de jóvenes no alineados con el progresismo y que se adscriben erróneamente a una ideología “libertaria” muy difusa, por absoluta ausencia de representación actual. Como se ve, se trata de una porción muy importante del electorado, mucho más que suficiente para hacer triunfar una lista en elecciones de medio término y quizá incluso para disputar el poder político en el Estado después de eso en las elecciones generales.

Ahora bien, ahí está revelada la jugada estratégica, que es buena y tiende a funcionar, como siempre. Lo que queda es el enigma: ¿Cómo hace Berni para desplegar esa estrategia en el mismo seno del kirchnerismo, que es mayoritariamente progresista? Eso es lo que confunde enormemente no solo a los propios kirchneristas, sino a los mismísimos operadores mediáticos de la contra. En los medios del Grupo Clarín, por ejemplo, aún no saben qué hacer con Sergio Berni y oscilan entre utilizarlo para golpear a Cristina Fernández y a Axel Kicillof y defenestrarlo sin mucha convicción. El trabajo de los operadores mediáticos del antikirchnerismo aquí se ve complicado por la naturaleza del público al que se dirigen. Ellos saben que gran parte de dicho público tiende a simpatizar con Berni a la medida que el progresismo le vaya declarando la guerra y saben que, en el fondo, las ideas de Berni coinciden con buena parte de la cosmovisión general del público que consume el contenido del Grupo Clarín. Por lo tanto, defenestrar a Berni hoy para los que operan la realidad en medios como TN, Canal 13 y Radio Mitre es un arma de doble filo. ¿Cómo decirles a los propios que es malo el que representa las ideas sostenidas desde siempre por uno mismo como buenas sin descalificar esas mismas ideas?

Contra todo pronóstico, el gobernador de la provincia de Buenos Aires Axel Kicillof —considerado muy progresista por todos, desde los propios hasta los extraños— sigue sosteniendo y apoyando a Sergio Berni, quien queda ratificado en el cargo de ministro de Seguridad del gobierno de Kicillof. Esta es la parte del enigma que nadie puede descifrar y que amenaza con devorar a todos, como la esfinge.

Por otra parte, toda la política argentina ya leyó la tendencia —que es mundial— hacia aquello que el progresismo y la “izquierda” caracterizan como “conservadurismo”. Cristina Fernández no es ajena a esa lectura, sino todo lo contrario. Fernández es la que con más claridad la ve y por lejos es la dirigente con mayor capacidad de analizar el presente y proyectar el futuro. Ella sabe mejor que nadie “cómo viene la mano” en el mundo y por eso hace jugar a su alfil “por derecha”, justamente para ocupar en la política un espacio ideológico que la propia Cristina Fernández no puede ocupar al haberse identificado con el bando opuesto, lo que en sí descifra parte del enigma. Para el sentido común de la militancia, Cristina Fernández es progresista y Axel Kicillof lo es mucho más, incluso por haberse iniciado políticamente en la mal llamada “izquierda”. ¿Y entonces? ¿Cómo es posible que en un gobierno como el de Kicillof y en un espacio político como el de Fernández exista y tenga protagonismo un referente como Sergio Berni, que al parecer es la propia contradicción ideológica?

Está claro que las ideas de “mano dura” contra el delito expresadas por Berni no generan el mismo nivel de escándalo cuando quien las expresa es una Patricia Bullrich o un Gómez Centurión y ahí está, precisamente, el secreto del éxito de la jugada estratégica que está instalando a Sergio Berni en el escenario político nacional con un nivel de reconocimiento muy alto. Más allá de los cuatro grandes —Cristina y Alberto Fernández, por un lado, Mauricio Macri y Elisa Carrió, por otro— Berni es el personaje de la política argentina que más crece en imagen positiva y negativa a la vez, esto es, en conocimiento neto por parte del elector de a pie. Y eso se debe tanto a la enloquecida moción de rechazo por parte del progresismo como por la crónica venenosa de los medios ubicados en el antikirchnerismo, que lo ven a Sergio Berni hasta en la sopa. Y al no existir la mala publicidad, Berni se sirve de todos los que hablan de él para hacerse conocido y posicionarse expectante en el escenario. Se sirve, los usa a todos y mucho más a los que han decidido odiarlo por “facho”, mientras los mira con ese gesto adusto, con aquello que en el juego de naipes se suele denominar “a cara de perro”, sin dar ninguna pista de lo que está pensando. Y a todos les da la directiva: “Descífrenme o los devoro”. Dentro de poco, por lo visto, Berni hará la digestión con muy buen provecho.


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